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LOS HIPOPÓTAMOS DE BAUER: A mi entender
(algo que nunca está de más) “El programa de
Ana Rosa” debería poseer (con perdón) una sección
de parafilias literarias. Ahí encajarían (ejem) mi
extravagante a.k.a flamboyant querencia a cepillarme cualquier página
manufacturada por Vargas Llosa, y la suya (la de
él) por Jack Bauer. Realmente –sé
que es muy fuerte- daría un giga de mi mp3 por explicarle
a toda la nación (española) cómo me afecta
el recuerdo de aquella tarde en que me vi (gracias a las fotos del
EPS, aunque eran dignas de AD) en la casa de V-LL. Do mora el peruano
de la enigmática sonrisa (¿?), allá por Saint-Michel
(boulevard más, boulevard menos) fulguraba una mesa de escritor
de 40 metros cuadrados, al modo del neopiso do moro yo. Y era total,
porque por todas partes everywhere asomaban el hocico pequeños
hipopótamos en figurilla de mucho lujo. Ahí descubrí,
sabes, que éramos almas gemelas, V-LL y yo, porque desde
siempre he albergado un gusto singular (desde entonces plural) por
el animal más copulador, pacífico y sin embargo feroz
de la junglaselva. Pero hace un mes ya fue lo más, Ana Rosa,
porque leerías al igual que todo dominguero triste en “El
País” esa descacharrante y luminosa crítica
-que yo atravesé quasi en trance- de don Mario acerca de
“24” (“Jack Bauer se llena de sangre y horror
para salvarnos... bla bla bla”). Desde entonces, querida Oprah,
digo Anarrosa, padezco de sueños recurrentes
donde se me entrecruzan los alumnos del colegio militar Leoncio
Prado asaltados por hipopótamos de la U.A.T. en pleno boom
post-americano del Barrio Latino cual llano en llamas. Y fue así
que a V-LL se le vino “Travesuras de la niña mala”,
uniendo ciudades, sucesos y temperamentos improbables por casuales
tamizados por la fidelidad, brumoso sentimiento. Cualquier día
escribo “La ciudad y los pencos”. Y me hago un nombre.
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