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Las pandillas hondureñas, nicaragüenses o salvadoreñas,
avanzan pero no dejan crecer lo que no se encuentra dentro de sus
códigos, signos y señales de amplia indumentaria.
Las maras, marabunta de acotado territorio, surgen como trasgos
de trasmundo inaudito en televisados informativos. También
en “La 2 Noticias”, otro lugar, donde otra Mara –salina,
serena, seráfica- acoge la noche, sedente y sedante, purificando
los días imperfectos. Mara Torres acaba
de cumplir 33 años y su nombre podría ser un palíndromo
imposible de la madrugada. En los veranos que pasé en el
limbo (y que luego cantarían Dorian en “La
noche espiral”) Mara abría su “Hablar por hablar”
musitando textos que invitaban a continuar. Gracias a ella escuché
por vez primera el sobrecogedor inicio de “Mortal y rosa”
acerca de los sueños (“Todo lo que somos, sí,
tiene ese revés de sueño, ese cimiento o esa escombrera
turbia, y alguien se preguntaba, irónico, por los sueños
de Kant, de Descartes, de Hegel.
¿Qué clase de sueños no tendrían esos
monstruos de razón?”). Y todavía convalezco
de esa lectura. Ahora, Mara escribe libros sobre el duelo –“Sin
ti, 4 miradas desde la ausencia”- y lee a Coetzee
y a Murakami camino de su trabajo en Torrespaña.
Con todo, en cualquier entrevista, admite que la mayor parte de
sus horas las entrega a la poesía. Suponemos que en los versos
de sus favoritos Gil de Biedma y Ángel
González (“esperanza / araña negra
del atardecer”) halla esa admirable e hipnótica templanza
que vigila el mundo desde las pantallas. Hay seres hermosos.
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