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No. No teman. No voy a destriparles “El perfume”, ese
best seller que cualquier intelectual de provecho les recomendaría
como cesión incomprensible. No. Quiero hablar muy alto de
aquello que preocupa a España. Maricarmen, segurata duty
free aeroportuaria, denunció (públicamente, en “A
tu lado”, sabes) que Aída Nízar
(ese más que ser) trincó alguna colonia y la guardó
bajo sus pieles camino de Gibraltar. Maricarmen, que a raíz
del (¿luctuoso?) hecho ya no ficha por la mañana,
me recuerda (no sé a ustedes) a otra persona humana de su
mismo sexo (femenino, no elucubren) que también entrega su
breve existencia a desactivar obras de arte así como casuales.
Marla Olmstead, niña de 7 años de
NY, pinta cuadros a lo Pollock- De Kooning
vertiendo botes multicolores sobre las paredes. A su corta
edad, ella, oye, expone y vende 250.000 dólares por cuadro.
Se cuenta en un documental llamado “My kid could do that”,
un título que también remite a Aída Nízar.
Ejem. Esperemos que no. En las manchas amarillas de Marla (http://www.marlaolmstead.com)
los evangélicos distinguen el volátil y resbaladizo
rostro de Dios. Esta Marisol del expresionismo
abstracto, dudaría por un instante ante los lienzos de Jasper
Johns, ese icono del siglo XX, el pintor vivo más
cotizado del planeta, que modificaba las texturas de la bandera
americana con ignotos objetivos. Jasper (yo le llamo Jasper) dejó
atrás el “action painting” de Pollock, esa técnica
que consiste en verter directamente la pintura para que chorree
libremente por el cuadro, así los perfumes de la gran hermana
sobre el Louis Vuitton puede que robado. Jasper,
sin embargo, pintaba artefactos, huellas corporales y nombres de
los colores porque “una pintura debería mirarse de
la misma manera que un radiador”. La pintura no sería
algo fijo, sino un no lugar donde el espectador completa lo que
está viendo, tal y como te sucede observando las informaciones
cleptómanas de Emma García en las
tardes telecinqueras: que te imaginas a Aída leyendo a Patrick
Süskind para disimular el vuelo de las esencias. Pero
a mí, o sea, lo que me gusta de Johns (yo le llamo Johns)
es que pintaba dianas de manera obsesiva porque “ver es un
acto potencial de violencia”. Tengan cuidado de a quien miran
después de los banquetes psicotrópicos de “Aquí
hay tomate”. Y no hagan como la niña Olmstead. Reirse
de ARCO puede ser mortífero.
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