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Rossy (de Palma) se empeñó en ser
actriz porque cada vez que flaqueaba, su padre le decía:
“Rossy, tú eres mundial”. Y a ella le parecía
tan fantástico, ser mundial, que acabó colgada en
las pancartas de Manhattan con su nariz remedando sanitarios de
lujo. A Londres, ya ves, le pasó igual. Es, o sea, mundial.
Las Hammer que hace un año horadaban el desierto insoportable
de Irak, se traducen en limusinas donde jovencísimos japoneses
con miles de libras ciñendo sus cuerpos semivestidos, desprecian
a los mortales acelerando el ritmo de los musicales de Strand Street.
El metro, decía Ray Loriga, sigue siendo
ese lugar underground y terrible donde el tubo te hace pensar que
estarías mejor en cualquier otro lugar. El aire de mazmorra
terrible emana de la Beauchamp Tower y de ese cautiverio que padeció
incluso Rudolf Hess en la Torre de Londres. Los
edificios no necesitan más de tres plantas para extenderse
en un color insolente contra el cielo de Inglaterra. En Candem Market
los objetos adquieren una cualidad indeterminada que te hace pensar
que nada existe igual o de otra manera en otro punto del planeta.
Los londinenses escapan de sus jornadas draconianas de trabajo a
las 7 de la tarde hacia los bares de copas y se recogen a las 00:30.
Lo demás es un after demasiado atrevido para una ciudad que
sin embargo mantiene a todos sus habitantes en la calle hasta que
ceden a la insistencia de la lluvia. En el Soho, Old Compton se
aviva entre trattorias italianas que rivalizan con los suntuosos
comercios de Regent´s Street; y los sex shops de la libertad
sixty´s se confunden con los puestos de frutas. Los franceses
han invadido la Gran Bretaña y los Kaiser Chiefs dominan
todos los espacios en las HMV. Oxford Street replica los paisajes
de Zara y Massimo Dutti de cualquier ciudad alemana, y una amabilidad
realmente intrigante cruza como una impresión equivocada
en los gestos del londinense que se dirige a los extraños
habituales. Look right: look left. En el British Museum hay folletos
que refutan la teoría de que los frisos del Partenón
pertenecen a Grecia, y en la National Gallery la gratuidad de la
visita se licúa en el agua imposible de los bañistas
de Seurat. Londres se extiende hacia Gatwick en
una sucesión infinita de pequeñas desolaciones con
tejado y dos plantas, lejos del triunfante Whitehall. Vivir en pisos,
dicen los británicos, es de pobres, de avispas sumadas a
un panel de cemento. En las iglesias reconvertidas en pub de Charing
Cross, las librerías de segunda mano se reflejan como posibilidades
de otro viaje. Londres me llama.
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