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Madrid, miércoles 14 de marzo de 2007

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Londres me llama

Escaparate de relámpagos
Por Emilio J. B.
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Rossy (de Palma) se empeñó en ser actriz porque cada vez que flaqueaba, su padre le decía: “Rossy, tú eres mundial”. Y a ella le parecía tan fantástico, ser mundial, que acabó colgada en las pancartas de Manhattan con su nariz remedando sanitarios de lujo. A Londres, ya ves, le pasó igual. Es, o sea, mundial. Las Hammer que hace un año horadaban el desierto insoportable de Irak, se traducen en limusinas donde jovencísimos japoneses con miles de libras ciñendo sus cuerpos semivestidos, desprecian a los mortales acelerando el ritmo de los musicales de Strand Street. El metro, decía Ray Loriga, sigue siendo ese lugar underground y terrible donde el tubo te hace pensar que estarías mejor en cualquier otro lugar. El aire de mazmorra terrible emana de la Beauchamp Tower y de ese cautiverio que padeció incluso Rudolf Hess en la Torre de Londres. Los edificios no necesitan más de tres plantas para extenderse en un color insolente contra el cielo de Inglaterra. En Candem Market los objetos adquieren una cualidad indeterminada que te hace pensar que nada existe igual o de otra manera en otro punto del planeta. Los londinenses escapan de sus jornadas draconianas de trabajo a las 7 de la tarde hacia los bares de copas y se recogen a las 00:30. Lo demás es un after demasiado atrevido para una ciudad que sin embargo mantiene a todos sus habitantes en la calle hasta que ceden a la insistencia de la lluvia. En el Soho, Old Compton se aviva entre trattorias italianas que rivalizan con los suntuosos comercios de Regent´s Street; y los sex shops de la libertad sixty´s se confunden con los puestos de frutas. Los franceses han invadido la Gran Bretaña y los Kaiser Chiefs dominan todos los espacios en las HMV. Oxford Street replica los paisajes de Zara y Massimo Dutti de cualquier ciudad alemana, y una amabilidad realmente intrigante cruza como una impresión equivocada en los gestos del londinense que se dirige a los extraños habituales. Look right: look left. En el British Museum hay folletos que refutan la teoría de que los frisos del Partenón pertenecen a Grecia, y en la National Gallery la gratuidad de la visita se licúa en el agua imposible de los bañistas de Seurat. Londres se extiende hacia Gatwick en una sucesión infinita de pequeñas desolaciones con tejado y dos plantas, lejos del triunfante Whitehall. Vivir en pisos, dicen los británicos, es de pobres, de avispas sumadas a un panel de cemento. En las iglesias reconvertidas en pub de Charing Cross, las librerías de segunda mano se reflejan como posibilidades de otro viaje. Londres me llama.

ZANUSSI SUPERFROST

LA CANCIÓN MÁS FASCINANTE DEL MUNDO (al menos durante siete días)
The Shins “Phantom limb” (“Wincing the night away”)

LA COSA
Elegir una british cosa esta semana de la moda de Londres no es una tarea union jack. Dejaremos a Martin Amis y a los Artic Monkeys, al Phantom of the Opera del Her Majesty´s Theatre, y a los sobadísimos preparados de pescado y patatas, para cambiarlas por “Wonderland” de Michael Winterbotton, aquella película de triste belleza donde el personaje de Nadia buscaba el amor entre los anuncios por palabras. Era 1999. En 2007, los deseos más irrealizables aparecen tamizados ahora por los metadatos de la Red, pero Londres (y Berlín, y Madrid, y Chicago...) sigue latiendo alrededor de todos los que dejaron de esperar la primavera.

FROZEN
En las tiendas Whittard of Chelsea, se ofrece té a los paseantes en pequeños vasos de chupito o shot. El té Assam, con un poco de leche, se toma antes de dormir para conciliar la necesidad de evasión con el hambre nunca saciada de más tiempo.
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