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No sabemos, todavía, si Clint Eastwood programó
sus “Banderas de nuestros padres” intuyendo la rave
party que cada sábado nos programa Mariano
por el bien de España con los españoles de bien. En
todo caso, uno no deja de envidiar a otros países donde la
política no la determina el soporífero (y nutritivo)
caos de Chaos, sino pasiones más cercanas.
Hablamos –claro que sí, amigos- de un personaje que
–éste sí- merece toda nuestra admiración
y cercanía. Como sabrán, el embajador de Israel en
El Salvador -lo primero que sorprende del caso es que Israel tenga
embajadores en El Salvador, no sé si me entienden- fue hallado
a la puerta de su diplomática residencia etílico,
desnudo, maniatado y con una pelota de goma en la boca. Parece que
a su alrededor también había (y esparcidos por el
patio, lo cual es megafuerte) diversos objetos sadomasoquistas que
ningún periódico especifica, y es algo que sentimos,
porque no es lo mismo un sling que un arnés de SR.
Tzuriel Rafael, que así se llama el pollo, tiene
más de 50 años y solamente “El Mundo”
apunta su homosexualidad, no sabemos si como sugerencia nada subliminal
de que toda parafilia nace de Pedro J. O algo.
Bien. A lo que íbamos. Que nos gusta Israel porque de la
represión emergen –o explosionan- fenómenos
como Dana International, aquella viva la diva que
espeluznaba a los rabinos enemigos del color. También ese
pequeño y belicoso país exportó “Yossi
& Jagger”, una hermosa y aleccionadora película
que triunfó en la Berlinale hace cinco años y que
nos enseñaba a) que un comandante se puede enamorar de un
jefe de pelotón incluso o sea en la frontera del Líbano
y b) que a los palestinos este hecho se la puede traer al fresco.
Ciertamente, en Israel el sexo no siempre es tan atractivamente
turbio sino directamente turbio, como en el caso de su presidente,
Moshe Katsav, un señor de más de 60 (¿qué
-ejem-comen en Tel-Aviv?) acusado de acosar a funcionarias de Turismo
(no haré chistes) y de violar a su secretaria mientras, más
o menos, le dictaba unos informes. Con todo, en España carecemos
de unos escándalos sexuales de altura. A lo sumo llegamos
a relacionar con muy mal gusto la palabra Extremadura con el porno
religioso, pero un San Roque con el pene erecto abrazando a su perro
o una descacharrante pasión sáfica de Norma
Duval por Carmen Sevilla (“El buscador”
siempre bajándonos la líbido) nunca llegará
a excitar tanto la imaginación como la orgiástica
secuencia previa al estado de amordazamiento de Tzuriel Rafael bajo
el sol de San Salvador. Ahora que llegan las tórridas temperaturas,
habrá que buscarse una fantasía menos castrante que
suponer que Ana Aznar, con melena y paletillas
al vent, se trata en realidad de su padre travestido en Londres.
Feliz próxima manifestación.
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