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Al regresar de Alemania, es fácil apreciar todavía
más ese país cuya geografía urbana muta en
amplias avenidas de anchos raíles para los tranvías,
y extensos edificios blancos de enormes ventanales por donde casi
nunca aterriza la luz en Berlín. Desde los cines Renoir de
Madrid, “La vida de los otros” aparece, sí, como
una película tan cautivadoramente emotiva como los tonos
apagados, neutros en su complejidad, que se perciben a través
de cada roto fotograma. Gerd Wiesler, capitán
de la Stasi y torturador vocacional, recibe el encargo de vigilar
día y noche a la pareja formada por el escritor Georg
Dreyman y la actriz Christa-Maria Sieland,
y en esa observación de los dos amantes seducidos por el
arte y la cultura, descubre su propia infelicidad. Si en “Monster´s
Ball” Billy Bob Thornton desechaba su racismo
visceral contra los negros por un desgarrado amor hacia Halle
Berry, Gerd Wiesler descubre todo un mundo de emoción
y placer sensible en una sonata de piano o en los contenidos poemas
amorosos del “Devocionario doméstico” de Bertold
Brecht. A veces el infierno no son los demás. En
ocasiones, rozar, apenas, una vida ajena, provoca un destello de
conocimiento hacia lugares ocultos, dormidos, dentro de uno mismo.
“Me engulló el bosque, el bosque azul, ma soeur / sobre
el que los pálidos astros quedaban para siempre ya al oeste”.
Florian Henckel von Donnersmarck ha dirigido su primera película
para provocar el deslumbramiento sutil y tenue de las transformaciones
más esenciales. “La vida de los otros” ha ganado
el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Pero eso
nos da igual. Es la mejor película que se ha podido ver en
demasiado tiempo.
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