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Madrid, miércoles 18 de abril de 2007

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Casa de fieras

Escaparate de relámpagos
Por Emilio J. B.
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Los rusos, que no eran tontos, se vieron en Berlín en mayo de 1945 y se dijeron, qué diantres (pero en ruso) y se quedaron con la parte Este. Porque allí, sabes, estaba lo bonito y lo monumental by Unter den Linden. En el oeste, para respirar un poco del cerco, plantaron tantos árboles que consiguieron un bosque germánico a lo golem y lo llamaron Tiergarten o Jardín de Fieras. Ahora, si paseas por allí, ves aves exóticas y/o tropicales en lo que es a) frontera de Zoo y senderos de encuentros furtivos (ejem) y b) yonquis que te increpan -en alemán- por cuarenta y siete céntimos de euro. Allí vive Knut. Ya saben, ese osito u osezno polar (blanco, para más señas) que apareció en la portada de “El País” hace domingo y medio. Knut, es una estrella “por haber robado el corazón de los alemanes” y por haber sobrevivido a) a la muerte de su hermanito, b) al hecho de que su madre le repudiara, y c) a la inyección letal que los ecologistas (imaginen) querían aplicarle para que no sobreviviera en un entorno no salvaje (¿en qué entorno ha de vivir un ecologista para merecer la vida?: reflexionen, oigan).

El caso es que al osito van a verle los niños, da saltos y come cosas. Berlín es una ciudad de Alemania cuyo símbolo es el oso y tiene un festival de cine donde el premio son osos. Madrid es otra ciudad de Europa donde el símbolo es un oso junto a un arbusto inextricable y donde Sergi López redescubrió su atractivo gracias a ciertos bares donde la pasión bear es ley. Ahora, en la galería Rita Castellote de Madrid, David Trullo (más iconografía de jaulas) expone “Ecce Home”, una cosa de fotografías y osos (humanos) con toque leather en el incomparable marco de la pasión de Cristo. De todo esto, la cabeza no nos da más que para digerir que las personas físicas, vaya Vd. a saber pourquoi, reconocemos la belleza en el concepto oso, pero no así en otras manifestaciones estético festivas.

Joshua Bell, virtuosísimo y afamado violinista, se plantó hace unos días en el metro de Washington con un Stradivarius durante varias horas y no sólo nadie le reconoció sino que apenas sacó unos dólares. Sé que esto levantará ampollas (con perdón) pero yo, personalmente, lo entiendo. El menda sólo lloraría de roja emoción si en la estación de Nuevos Ministerios me diera con los pelos góticos de Robert Smith y sus The Cure interpretando “Just like heaven”. Se siente. Mi canción favorita de los heterodoxos Glamour To Kill se llama “Eisbär”. Oso o sea. Y esto me pasaba antes del cachorro (no de Miguel Albaladejo sino de Knut). West Bentley, aquel hermético adolescente que pasaba marihuana a Kevin Spacey en “American Beauty” proyectaba la imagen de una bolsa de papel mecida por el viento contra una pared de ladrillos rojos y seducía a Thora Birch afirmando “hay tanta belleza en el mundo que a veces no puedo soportarlo”. Los zíngaros tocaban un violín y su oso una pandereta. Ahora lo entiendo, casi, todo.

ZANUSSI SUPERFROST

LA CANCIÓN MÁS FASCINANTE DEL MUNDO (al menos durante siete días)
Mika “Relax, take it easy” (“Life in cartoon motion”)

LA COSA
En los grandes almacenes de corte británico sitúan sus productos junto a los de Versace, acaso porque todo viene de Italia. El cristalino naranja que emite su envase es premonición de un perfume del mismo (c)olor. Mandarina Duck para esas mañanas donde hay que evitar el universo de grises de las escaleras del metro.

FROZEN
Hablaría de los botecitos negros de Capuccino de Nescafé, pero para qué, si esta semana me está quedando muy largo. Mejor rememorar ciertos frappés que preparan en las cafeterías de la Europa septentrional. He dicho.
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