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Los rusos, que no eran tontos, se vieron en Berlín en mayo
de 1945 y se dijeron, qué diantres (pero en ruso) y se quedaron
con la parte Este. Porque allí, sabes, estaba lo bonito y
lo monumental by Unter den Linden. En el oeste, para respirar un
poco del cerco, plantaron tantos árboles que consiguieron
un bosque germánico a lo golem y lo llamaron Tiergarten o
Jardín de Fieras. Ahora, si paseas por allí, ves aves
exóticas y/o tropicales en lo que es a) frontera de Zoo y
senderos de encuentros furtivos (ejem) y b) yonquis que te increpan
-en alemán- por cuarenta y siete céntimos de euro.
Allí vive Knut. Ya saben, ese osito u osezno polar (blanco,
para más señas) que apareció en la portada
de “El País” hace domingo y medio. Knut, es una
estrella “por haber robado el corazón de los alemanes”
y por haber sobrevivido a) a la muerte de su hermanito, b) al hecho
de que su madre le repudiara, y c) a la inyección letal que
los ecologistas (imaginen) querían aplicarle para que no
sobreviviera en un entorno no salvaje (¿en qué entorno
ha de vivir un ecologista para merecer la vida?: reflexionen, oigan).
El caso es que al osito van a verle los niños, da saltos
y come cosas. Berlín es una ciudad de Alemania cuyo símbolo
es el oso y tiene un festival de cine donde el premio son osos.
Madrid es otra ciudad de Europa donde el símbolo es un oso
junto a un arbusto inextricable y donde Sergi López
redescubrió su atractivo gracias a ciertos bares donde la
pasión bear es ley. Ahora, en la galería Rita Castellote
de Madrid, David Trullo (más iconografía
de jaulas) expone “Ecce Home”, una cosa de fotografías
y osos (humanos) con toque leather en el incomparable marco de la
pasión de Cristo. De todo esto, la cabeza no nos da más
que para digerir que las personas físicas, vaya Vd. a saber
pourquoi, reconocemos la belleza en el concepto oso, pero no así
en otras manifestaciones estético festivas.
Joshua Bell, virtuosísimo y afamado violinista,
se plantó hace unos días en el metro de Washington
con un Stradivarius durante varias horas y no sólo nadie
le reconoció sino que apenas sacó unos dólares.
Sé que esto levantará ampollas (con perdón)
pero yo, personalmente, lo entiendo. El menda sólo lloraría
de roja emoción si en la estación de Nuevos Ministerios
me diera con los pelos góticos de Robert Smith
y sus The Cure interpretando “Just like heaven”. Se
siente. Mi canción favorita de los heterodoxos Glamour To
Kill se llama “Eisbär”. Oso o sea. Y esto me pasaba
antes del cachorro (no de Miguel Albaladejo sino
de Knut). West Bentley, aquel hermético adolescente que pasaba
marihuana a Kevin Spacey en “American Beauty”
proyectaba la imagen de una bolsa de papel mecida por el viento
contra una pared de ladrillos rojos y seducía a Thora
Birch afirmando “hay tanta belleza en el mundo que
a veces no puedo soportarlo”. Los zíngaros tocaban
un violín y su oso una pandereta. Ahora lo entiendo, casi,
todo.
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