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Madrid, sabes, no son los millones de banderas rojigualdas azuzando
todos los odios de Iberia en la plaza de Colón. Madrid es
viento y “madera dulce de la luz”, sin confianza en
el futuro. En los instantes de su laberinto se convocan todas las
deidades que habitan el subsuelo, un aire que detona las miradas
en cada vagón de metro. Madrid son los bolsos comprados en
Candem Market que, durante toda la campaña electoral, han
portado chapitas a lo pop con la leyenda “Madrid sin Esperanza”.
Un emblema que, involuntariamente, remitía a la hermosa y
antigua consigna de los gladiadores romanos: “Nec spes, nec
metu” (“Sin miedo, sin esperanza”). Aguirre, que
ha sumado 10 diputados a su nómina de furiosos lacayos, nos
sugiere a Blas de Otero. “Tú, tú y yo nos turnaremos
/ en tornos de cristal ante la muerte”. Pero antes de toda
esa tristeza situada a la derecha de Dior, están las esquinas
donde arde verde la vida de los que se ajustan en verdad a la ciudad
donde se comprenden todas las formas del mundo. Madrid – que
lo sepan todos los que aquí no vendrán- no es la metrópoli
más facha de España, sino un instante donde todo empieza
y se convoca. Si mi Jefe Invisible me da permiso, citaré
un párrafo de Truman Capote que él descubrió
y me regaló para definir todas las ciudades invisibles que
deberían ser Madrid: NUEVA YORK: "Es un mito: la ciudad,
las habitaciones y las ventanas, las calles que escupen vapor; para
cualquiera, para todos, un mito distinto, la cabeza de un ídolo
cuyos ojos son luces de semáforo que parpadean un verde cariñoso,
un rojo cínico. Esta isla, que flota en aguas fluviales como
un iceberg de diamente, llámenla Nueva York, llámenla
como gusten; el nombre poco importa, pues al llegar de la realidad
más amplia de otra parte, uno solo busca una ciudad, un lugar
donde esconderse, perderse o descubrirse a sí mismo, donde
elaborar un sueño en el que te pruebas que, después
de todo, no eres un patito feo, sino maravilloso y merecedor de
amor. Como creías cuando estabas sentado en aquel porche
desde donde veías pasar los Fords, como creías cuando
planeabas tu búsqueda de una ciudad". 1946. Es Madrid
sin Esperanza. Cuatro años más.
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