| Cuando despertó era junio, y mordió
el aire entrecortado del dormitorio, el calor todavía sin
nombre de todas las noches iguales que habrían de venir.
Hubiera preferido soñar con la aurora gris de Stonehenge,
con el aquelarre turístico y aritmético que cada solsticio
recibía el verano en la penumbra prehistórica de Inglaterra.
Pero no. La noche había consistido, como siempre, en una
sucesión de impresiones tristes, discontínuas, ominosas,
acerca de un futuro inmediato que no acertaba a ubicar en el continuo
de su roja melancolía. Se incorporó, y en la oscuridad
sintió sobre su espalda la cadencia inerte de todos los veranos
del pasado desdibujando su figura sin luz. Comenzó a abrir
los ojos mientras su mente se esforzaba en emitir imágenes
que contuvieran un rescoldo de ilusión: pantalones cortos
estampados en un amarillo de palmeras, la ventana abierta dirigiendo
las voces de los niños en las tardes de calle y juego, la
piel curada por las heridas del sol de julio, la helada premonición
del otoño en las últimas mañanas de agosto.
Se incorporó para darse cuenta de que sólo la última
semana de junio, aquélla que sabía a agua, iniciaba
una nueva estación. Caminó hacia el cuarto de baño
reconociendo los caminos de la habitación cerrada. Para entonces,
todo había terminado.
Hasta pronto.
|