| LA
PIEL CONTRA LA PIEDRA
Ya está bien de hablar de rusos malos y medio comunistas.
Se dirán, con razón, ustedes. Así que hoy les
traemos esta simpática instantánea con niño.
Niño bagdadí, pero niño, al fin y al cabo.
Si se fijan bien, a su derecha hay un señor con los dientes
tan grandes como las manos, con la diferencia de que los primeros
son blancos y las segundas están manchadas de sangre. Acaso
a la altura donde los dedos se pierden en las axilas del pequeño.
Este señor se llama David Petraeus, y este
apellido latinizado, que proviene del griego “petra”,
me fascina. En las estribaciones del Imperio, EEUU ha nombrado a
un general cuyo nombre puede declinarse, como si nos halláramos
en el año 476 y esto fuera la última legión
antes de la caída. La máxima autoridad militar en
Irak sonríe a cámara como si se hallara en un maizal
de Iowa, protegido por ese casco tan grande como el corazón
–y las manos- de su nación. El niño, sin embargo,
padece en su rostro un pudor inexpresable que le impide pedir ayuda
para soltarse de tan brusco alzamiento. Dicen de Petraeus que es
un “guerrero intelectual”. También un “intelectual
de la contrainsurgencia”. Queremos creer que pisando las ardientes
arenas del desierto tendrá tiempo para pensar, como Heidegger,
“¿por qué existe algo en lugar de nada?”.
Pero, francamente, este señor, según hemos sabido,
sólo da para decir cosas como “hemos obtenido logros
alentadores pero mixtos” (no haremos chistes) o “las
ganancias petrolíferas son importantes sustantiva y simbólicamente
y es difícil decir qué es más importante”
(lo cual daría para una pelea bizantina entre el símbolo
y la sustancia con anacoluto ad hoc). El general Petraeus manda
en un ejército de 16000 soldados que caminan cada día
sobre el espectro de los 655.000 muertos de un país más
que en llamas. Les entiendo. Yo también alargaría
mis brazos para liberar a ese niño –moreno, pero niño
al fin y al cabo- de sus pétreas manos. |