15 de octubre de 2007 |
| Flores
de Estocolmo |
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| FLORES
DE ESTOCOLMO
En uno de los fascinantes relatos incluidos en “86 cuentos”
de Quim Monzó, hay un personaje que se pasa
la vida mirando constantemente el buzón en busca de la carta
de la Academia Sueca que le comunica la concesión del premio
Nobel de Literatura. A la señora que ven en la foto le ha
pasado algo parecido, y como al obsesivo compulsivo de Monzó,
al final sostiene la ansiada carta contra su corazón agotado
de pensar, digo de esperar. Doris Lessing ha dicho
que no comprende ninguna de las razones por las cuales los suecos
le han dado el premio, y puede que de ahí la expresión
de desfallecimiento de su mano izquierda entre las flores. Sabemos
por Rosa Montero que tras la puerta negra de esa
casa cercada por una floresta desordenada y verde, hay un universo
de objetos inverosímiles apilados sobre el polvo de la desidia.
Si se fijan bien, las plantas parecen atacar la figura azul de la
abrumada escritora, quien abraza el plástico de los ramos
rojos sin saber muy bien cómo ocupar la perspectiva perfecta
de su existencia. Acaso esta terrible vegetación constituya
el núcleo que se agita en el interior de su mente tras el
impulso fulminante de la escritura. Dice Enric González
que si tuviera que elegir una ciudad de todas las que ha vivido,
elegiría Londres. Si yo fuera Quim Monzó escribiría
un relato sobre casas de ladrillo en Inglaterra pobladas por premios
Nobel de Literatura que reciben el galardón desgastados y
atónitos como Harold Pinter y Doris Lessing,
al final de su vida. Describiría el interior de la desordenada
habitación en la que descansan, y todos los recuerdos inasibles
y feroces que les desgastan antes de desvanecerse una vez más
en su mesa de escritura. Doris Lessing, en esta imagen, se diría
una Venus de Willendorf cuya fertilidad fue un sueño de papel
y tiempo sostenido en una inextricable combinación de colores.
Traten de descifrar en la expresión de su rostro “el
agudo zumbido de su mente”. No se electrocuten. |
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| (AL
MENOS DURANTE 7 DÍAS)
M.I.A. “Jimmy” (“Kala”)
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"NO SÉ CUÁNTOS
BAÑOS HAY EN MI CASA"
No vayan de listos. Esta frase no es de Lady Ferrero Rocher, de
repente se presentaron unos amigos en mi casa. No. Esta obscena
aseveración ha sido regurgitada por una diva tan necesitada
de Biomanán como de una producción a lo Timbaland.
Sí, amigos, Mariah Carey vive en un tríplex
-¿existen los cuádriplex?- en Manhattan de 1.000
metros cuadrados, de los cuales 270 están poseídos
por su ropa y, glups, lencería. El único baño
que, al parecer, conoce, es uno dedicado a Hello Kitty, gata icónica
de la estupidez japonesa y kitsch, cuya efigie suponemos presidiendo
la tapa del inodoro. Proponemos el destierro de tan sanitaria
señora a una corrala de Lavapiés con baño
compartido y exterior a la vivienda donde suene “Hero”
a demencial volumen desde las profundidades del tubo sifónico.
He dicho.
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CIUDAD LINEAL
En el centro de la antigua plaza de la Cruz se cruza la inacabable
calle de Alcalá con un Madrid diferente y descongestionado
en extrañas y amplias propiedades, como chalets de un centro
periférico. Los pulcros accesos de esta estación
de metro se confunden en una sensación de espacio desconocida
que tiene que ver con la planificación de algunas ciudades
alemanas, pongamos que hablo de Berlín. Cuando Arturo Soria
diseñó estas avenidas no pudo prever los gestos
de profunda desolación y pasos perdidos sobre los trenes
de la línea 5. Esas ganas de regresar.
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Emilio JB
Volatinero del
Periodismo
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