LAKSHMI
Shiva Nataraja, Señor de la Danza, divinidad hindú
de la creación y la destrucción, gira, baila eternamente
en torno a su cuerpo devorado por serpientes sosteniendo el mundo
con una de sus manos, mientras que, con la otra, lo destruye nuevamente
con fuego. No sé a ustedes, pero a mí la mitología
hindú me fascina pero mucho, tanto que desde que leí
“La vida de Pi” sueño con viajar a la India en
busca de una estatua de Ganesha, ese dios con cabeza de elefante
y barriga prominente que ayuda a superar las dificultades, para
ponerlo encima del televisor. La foto que ven ustedes ahí
arriba no corresponde al videoclip de los
Chemical Brothers
“Hey girl, hey boy”, sino a la radiografía muy
real de una niña que nació hace dos meses en el estado
indio de Bihar. Si se fijan bien, la pequeña posee cuatro
brazos y cuatro piernas, puesto que del gemelo con el que fue concebida
sólo quedaron unas extremidades que la abocaron a la aberración
o a la divinidad. Sus padres la llamaron Lakshmi, nombre que corresponde
a la diosa hindú de la felicidad y la riqueza, poseedora,
además, de tantos brazos y piernas como la recién
nacida. Los habitantes de la pequeña aldea donde ha nacido
se acercan a su casa en busca del cuerno de la abundancia y de la
vasija de ambrosía que habría de traerles la diosa,
pero 30 cirujanos acaban de cesar el multiplicado movimiento de
sus extremidades. Si bien
Lakshmi
es también la diosa de la salud, a su reencarnación
en la tierra la aguardan dolorosas operaciones en sus diminutos
pies para lograr que algún día pueda caminar con normalidad.
Paradojas de no habitar los cielos. Resulta cuando menos inquietante
observar las representaciones de la diosa hindú –a
caballo entre el kistch más irritante y el deseo de una próspera
trascendencia en la tierra- y pensar en que acaso la auténtica
felicidad consista, nada más, en tener tan sólo dos
brazos y dos piernas. El Universo gira porque Shiva Nataraja prosigue
su danza de fuego.