A mi, sabes, me
dan ganas de ponerme fatal y total a la caída de la tarde,
en estos días, porque es ver cómo se derrumba el cielo
helado de las cinco y pensar en lo que no hice en mayo, o sea que
así. Si hay luces en las calles de diciembre es para iluminar
de manera terrible todo el recorrido interior que no culminó
en los meses precedentes. Julio Medem, ya saben,
decía en "Tierra" que la existencia está
acompañada de un sonido de fondo llamado angustia que sólo
se soporta a medias. El señor cuya fotografía acompaña
estas líneas y que observa con serena inquietud la mitad
superior de su futuro, se llama Pedro Almodóvar.
Entrevistado hace unos días en "El País"
a propósito de la edición de las canciones tristes
de sus películas, confesaba que desde hace meses sufre una
cosa llamada tinnitus -zumbido, a lo latino-. La ciencia siempre
contiene una parte de poesía en su definición, y así
he descubierto que los acúfenos son, en ocasiones, "una
sensación pulsátil causada por un flujo de sangre
que acompaña cada latido del corazón". No sé
si la angustia se escucha, pero Almodóvar trabaja con techno
suave que no deja huellas en las neuronas para no precipitarse en
la locura. De la misma manera que hay gente que se suicida cuando
padece tinnitus, hay otros tantos que deciden abandonar este mundo
por el rastro del amor que dejaron de sentir para siempre una madrugada
de marzo y por todas las llamadas perdidas del mes de abril que
cada noche, antes de dormir, siguen resonando en su interior. Pedro
Almodóvar escucha la nueva canción francesa de Nouvelle
Vague y los suaves sollozos de Feist para atenuar ese pitido que
sólo a él le tortura. Está convencido de que
cualquier actividad doméstica adquiere una significación
insospechada a través de la música. Yo pienso que
únicamente una canción de Arcade Fire, pongamos por
caso, puede compensar que, otra vez, el año que viene haya
que volver a explorar el fracaso, la euforia, el amor y la duda
en todas sus múltiples y exquisitas formas. Feliz Ello. |