| I'M
NOT THERE
La Navidad, como bien sabrán, es un momento muy de ver la
televisión, y a mí, personalmente, me da por TCM,
esa cadena donde no hay nadie y que seguirá emitiendo clásicos
fascinantes cuando las ciudades comiencen a arder tras un holocausto
de guerra biológica a lo “La carretera” de Cormac
McCarthy. El caso es que a mí, intransferiblemente,
se me apareció de nuevo “Monster´s ball”,
esa película estremecedora donde Heath Ledger
se pega un tiro por no aguantar al racista de su padre. Luego, Billy
Bob (Thornton) le enseña sus fotografías
a Halle Berry, y hete aquí que piensas que
Heath Ledger siempre ha estado muerto. En “El País”
dicen que cada década postra a sus pies un cadáver
joven y hermoso. A saber: Marilyn Monroe en los
60, Natalie Wood en los 80, River Phoenix
en los 90, y Heath Ledger en esta década innombrable.
Resulta extraño mirar fotografías de los muertos.
Si se fijan bien, en esta imagen el actor australiano parece asumir
serenamente una certeza. Más allá de los siempre fotogénicos
pómulos hundidos y del límite impuesto por sus brillantes
oscuros, sus labios asumen un interrogante que acaba de ser comprendido.
A Heath Ledger, de sangre escocesa, le halló desnudo y sin
vida, rodeado de pequeños envases de somníferos, un
vulgar masajista en un apartamento del Soho neoyorquino. Kierkegaard
decía que “los primeros recuerdos también serán
los últimos”, así que nos preguntamos si mientras
su mente se deslizaba hacia el olvido se vería a sí
mismo intentando levantarse para ir al colegio en una mañana
de Perth. No sabemos si realmente hizo buenas películas,
pero este mujeriego de 28 años que se follaba a Lisa
Zane, Heather Graham, Naomi Watts y tuvo una hija con
Michelle Williams, interpretó de manera libérrima
a Ennis del Mar, aquel contenido vaquero que pateaba las paredes
de rabia por habitar un mundo que no le permitía amar a Jake
Gyllenhaal. El futuro, como pudo suponer Heath Ledger mientras le
tomaban esta fotografía, a veces es muy breve.
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PLAZA DE CASTILLA
Allá donde se cruzan los caminos, concretamente el nudo
profundo de las líneas 1, 9 y 10, se elevan las Torres
de Kío. Eso lo sabe cualquiera. Esa manera de moverse por
una plaza circular repleta de dársenas de autobuses lejanos
que delimitaban el norte de la ciudad. Ahora, a punto de sucumbir
como límite y ceder el testigo a las nuevos 4 rascacielos
que son perfil de cristal, uno no sabe hacia dónde mirar
cuando los trenes llegan desde el norte.
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