| VALERIE
Esta mujer que ven ahí, perpleja ante sí misma, extrañada
ante el desordenado escenario donde actúa su cuerpo, se llama
Amy Winehouse. Probablemente ustedes la conozcan
por cantar eso de "Nooou, nooou, nouuuu" en una canción
donde se niega a rehabilitarse de todas las sustancias inconvenientes
con que nutre su alma. Pero es algo más. Esta chica que ustedes
observan, diluyendo su alma oscura en una gama inasible entre el
blanco y el negro, ha conseguido lanzar sus tres discos a lo más
alto de las listas de ventas de un país llamado España
donde nadie -acaso afortunadamente- entiende sus letras ígneas
que alimentan furias indispensables. Les propongo una cosa: lean
los 3 primeros versos de su tema "Back to black" e intenten
no flipar ante lo que creían una delicadísima canción
de amor. Una pista: se habla de pollas goteantes. Esta mujer que
posa con unos adhesivos negros -diríanse pedazos de cinta
aislante- en el filo de sus pechos, medita en su inexpresividad
el anhelo de quien busca un acorde escondido, aquél que apareció
un instante para esfumarse, luego, en el vacío. Acaso todas
las verdades fundamentales que intuimos apenas un instante. Si se
fijan bien, todos los objetos que la rodean parecen acusar aún
más su soledad vertical, cosificándola en un intento
de desprestigiar su nula calidad de objeto encarnado. La batería
que refleja, deformándolas, sus piernas tan delgadas. La
guitarra que reduce su intento de ser más grande separando
las extremidades inferiores. E incluso el micrófono, que
la apunta acusadoramente en este abrumador silencio de las formas.
Y sin embargo, esta chica de 25 años que posa desprovista
de sí misma en una campaña contra el cáncer
de pecho para una revista británica cuyo nombre contradice
toda su existencia, "Easy Living", es un ser ardiente
que extrae de su melena silente algunos gramos de cocaína
-los suficientes- para sobrevivir a cada exposición de sí
misma en un concierto. Un marido encarcelado, un visado que se le
niega para entrar en EEUU, drogas, alcohol y un sexo desesperado
que finalizan en un cuerpo extremo de obsidiana y ángulos
agudos. Y sin embargo, usted escucha esa producción de un
impostor llamado Mark Ronson llamada "Valerie", y le entran
ganas de vivir aunque sea respirando el último aliento de
esta Aretha Franklin de la postmodernidad a punto de ser despedazada
por una bandada de objetos petrificados.
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“LAS PANTALLAS NOS HAN DESTRUIDO"
Philip Roth, gran novelista, dixit. Y uno intuye
que es cierto, que en 20 años los lectores serán
seres extraños, tan minoritarios e imprescindibles como
aquellos que hoy compran y leen libros de poesía. La concentración,
el silencio, la pasión por las palabras ("Tus libros
son egoístas, Lucas Corso") desaparecerán como
lágrimas entre la lluvia. Pero esto no es "Blade Runner".
El Messenger mató a los libros. Las páginas no arden
a 751 grados Fahrenheit. Para que prendan, basta con situarlas
cerca del piloto de encendido de cualquier módem. Todo
arde si le aplicas la chispa adecuada.
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