| SIN
DUQUE NO HAY PARAÍSO
“Superemos la crisis entre todos. Miremos el futuro con optimismo”.
Yo, se lo juro o sea, he visto una cartulina verde en el cristal
de una floristería de la calle Ortega y Gasset que así
rezaba. Y era como raro. España, ese lugar, más que
al futuro mira a Miguel Ángel Silvestre,
lo cual como que le da más punto que observar las cimbreantes
caderas de un geranio. En Tele 5, you know, emiten una serie -o
algo- llamada “Sin tetas no hay paraíso”. Se
trata de una ensalada camp con diálogos descacharrantes,
mujeres siliconadísimas que tratan de retener con sus ubérrimos
pechos operados al macho narcotraficante de turno escapando así
de su paupérrimo destino. Luego hay tiros y sale Armando
del Río de inspector de policía, lo cual
que también pone al personal. Gustavo Bolívar,
autor de la novela polivalente y adaptada con polipasto en varios
multipaíses, defiende el valor social y de realismo nada
mágico en el que su texto hunde sus colombianas raíces.
Desde aquí, Gustavo, no es por desanimarte, pero, te lo digo
como te lo siento, tu texto es tan extraño que no son las
tetas de Cata y la pelirroja, chaval, lo que ha levantado –glups-
la serie. No. Has provocado el primer fenómeno beefcake español,
a lo milagro homoerótico y panautonómico. La primera
telecosa donde el tío sostiene, ejem, la serie. Miguel Ángel
Silvestre es un ex Mister Castellón de 26 años. Trabajó
en aquel cutrethriller llamado “Motivos personales”
donde todo el mundo quería cargarse a Lydia Bosch
–algo supernormal, a mí también me pasa- y comenzó
a entrenar el deslizamiento innecesario de camiseta y pantalones
hacia la ducha que tan óptimos réditos ha reportado
a su economía nada bolera. Andando el tiempo –un año,
no se me vayan- protagonizó “La distancia”, una
película así como seria donde el siempre recio y todo
viril José Coronado encarnaba a un policía tan armarizado
como cachondísimo por los bíceps del boxeador asilvestrado.
Hoy, debe de ser el DVD más buscado en la FNAC por las niñas
–y los niños- post-adolescentes en edad de exploración
propia. El tercer paso fue el definitivo. El Duque, de cavernaria
y atávica voz –a caballo entre El Padrino y Manuel
Manquiña en Airbag- abre brutalmente los picos de
audiencia de Tele 5 cada vez que aparece sudado y shirtless dando
puñetazos a un saco de arena, o acariciando en ropa interior
negra a su Cata rubia. Las revistas del corazón han vampirizado
su torso praxitélico –con curva ad hoc- fijándolo
a cada una de sus obsesivas portadas semanales, e incluso “Men´s
Health”, paradigma de la vigorexia masculina con un tolerado
pie en el lado menos straight, le ha convertido en su chico del
mes de abril. Si se fijan bien, el six pack de su abdomen es el
responsable de esa media sonrisa entre chulesca y desafiante a lo
qué guay soy. Creatina, glutamina y genética privilegiada
eclosionando en una serie de traquetos excesivamente heterosexuales.
No obstante, tengan cuidado con él. Se trata de un tipo sumamente
inteligente que distrae al personal afirmando que sus aficiones,
en la vida real, son “follar, cocinar y boxear” y esquiva
astutamente la respuesta de si sólo hay tetas en sus paraísos
personales. Silvestre recibe premios de la revista Shangay y en
verano viaja a en soledad al mito azul de la isla de Santorini para
dejar de ser nada más que un cuerpo al sol, diluyéndose
en la costumbre de la sal y las olas del mar. Es todo lo que quedará
cuando esta serie acabe como una extravagancia de 2008 en cualquier
cadena de saldos de la TDT. Eso, y la carne inteligente de un Miguel
Ángel.
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