| HÉROES
Si fijan bien, el hombre de la fotografía está muerto.
Paradójicamente, sin embargo, ha estado más vivo que
cualquiera de nosotros. A su espalda, hay un mundo de nubes confundido
en una indecible extensión de colores fríos, geológicos
y definitivos. Al igual que en la escafandra de Neil Armstrong
caminando por la Luna, en los cristales polarizados del montañero
se refleja la parte fundamental del misterio que a nosotros nunca
nos será dado contemplar. Sorprende la perfecta combinación
de azules y rojos de su impedimenta acolchada, acaso para tratar
de hacerse ver en un mundo de claridades imposibles. En su mano
derecha sostiene un tubo que contiene su pequeño lecho de
cada noche en este paradisíaco infierno. Con su mano izquierda
alza un piolet, desnudo y pequeño, como una limpia declaración
de intenciones, una bandera blanca de hierro contra las níveas
paredes, acaso para que los dioses desolados que habitan las cumbres
del Himalaya sepan de la limpia intención de su alma. De
hecho, la expresión de inquietud de su rostro aguarda todavía
una respuesta –que nosotros ya conocemos- a dicho saludo.
Iñaki Ochoa de Olza escalaba los ochomiles
con los que soñaba el protagonista de “Un tranvía
en SP” de Unai Elorriaga como si fueran peldaños
de un tobogán donde sólo sabía precipitarse
su corazón. Si resisten contemplar durante un par de minutos
esta fotografía, se darán cuenta de que todas las
metáforas son posibles. En la quietud, sólo las huellas
de los pasos en el hielo dan cuenta del triunfo. Yo, que en alpinismo
sólo sé decir campamento base, quisiera haber estado
una vez allí. Ochoa de Olza escaló más de doce
ochomiles de nombres fantásticos como el Dhaulagiri. Murió
en el Annapurna la semana pasada y uno de sus mejores amigos escribió,
como elegía, que Iñaki sentía miedo en los
centros comerciales. Cuando llevaba unos minutos entre las tiendas
y la gente llamaba por teléfono con su teléfono móvil
pidiendo ayuda. Se sentía perdido. Últimamente doy
con héroes cuya vida está más allá de
mis límites. Pablo M. Díez, joven
corresponsal de ABC, escribe con sangre desde Extremo Oriente abriéndose
paso a través del apocalipsis del Nargis en Myanmar como
los protagonistas de “La carretera” de Cormack McCarthy.
Rosa María Calaf avanza por nocturnas autopistas
desiertas hacia la zona cero del terremoto chino. Jon Sistiaga describe
Corea del Norte desde sus medievales campos desiertos. Y con menos
heroicidad, pero similar triunfo vital, Rosa María
Molló, corresponsal de TVE en Nueva York y ahora
con blog propio, cuenta la vida absolutamente moderna en la capital
del mundo con el sonido directo del trajín de la gente y
sus aceras. Será el lunes, pero hoy quisiera ser al menos
una de las botas de Ochoa de Olza. O una de las líneas de
David Cacho que todavía echamos tanto de
menos en esta web.
|
"SIN TACONES NO PUEDO PENSAR"
Dramático, ¿verdad? Victoria Beckam,
proteico símbolo y holograma Vogue, dixit. En unas terribles
declaraciones, la esposa del modelo de calzoncillos Armani –futbolista,
in illo tempore- ha afirmado que no puede ir al gimnasio. En zapatillas
de deporte se siente tan nerviosa y poco cool que es incapaz de
enlazar sinapsis, provocándose un colapso dendrítico
de muy padre y señor mío (suponiendo que sepa lo
que fuera ello en cerebral). Josui tiene una
seria competidora en esta carrera está pasando lo estás
viendo por la cima del pensamiento occidental.
|
PRÍNCIPE PÍO
Ahora, lo más es que una estación cuente con su
propio centro comercial. La antigua y hermosa Estación
del Norte de Madrid ha devenido en un mall más donde los
novísimos trenes de las líneas 10 y 6 suben a la
superficie de los antiguos andenes, agitando el flujo de nuevos
clientes. También hay un extraño ramal rojo de cercanías,
único en su especie, que comunica con el Palacio Real,
vía Ópera. Es un escape.
|