La
solapa
"Este libro es la prolongación literal de otro
que publiqué hace dos años, Mano de sombra,
en estas mismas colección y editorial. Si aquel volumen
recogía ciento cuatro artículos, el presente
reúne veinticuatro meses más de opiniones sin
cuento. En el preámbulo a Mano de sombra me
despedí diciendo que al releer todas las piezas seguidas
había tenido la impresión de haber opinado demasiado.
Así que imagínense ahora, tras otras ciento
cuatro. No sé cómo nadie consiente, tras tanto
tiempo, que le siga reventando los domingos". Así
dice Javier Marías en el preámbulo
a Seré amado cuando falte. Pero quizá
haya que concederle más crédito en otro sitio:
"No me gusta el proselitismo y aún menos el espíritu
evangélico, veo ambas cosas como una forma de violentar
las creencias y las voluntades. Es arriesgado que diga esto
quien escribe una columna dominical desde hace años,
pero, si no me equivoco en exceso, y aunque mis argumentaciones
sean a veces vehementes, creo que no pretenden tanto convecer
a los lectores para que se adhieran a ellas o adopten ciertos
comportamientos cuanto que las tengan en cuenta y se paren
a pensar un rato con la perspectiva de otro a quien no suele
bastar lo que la mayoría piensa o, como lo he exprsado
otras veces, lo que ya piensa la época por nosotros".
Lo que han dicho
La rotundidad de un estilo
El repertorio de cuestiones que preocupan a un escritor
no es infinito. Trata con el mundo y con sus semejantes, y
luego, cuando trata con el lenguaje para cubrir de palabras
las hojas en blanco, le regresan unas cuantas manías,
unas cuantas ideas, un puñado de imágenes y
de obsesiones, unos pocos sonidos. Tiene lo que siempre ha
tenido en la despensa, lo que se le fue sedimentando a través
de su experiencia y de sus lecturas, todo aquello de lo que
se sirvió para escribir lo que se ha escrito. Así,
cada página no es más que el resultado de permitir
obrar un estímulo, el que sea, sobre lo que tenía
de antemano. Luego resulta que cada página es distinta
de todas las anteriores.
Cada escritor maneja lo suyo como le viene en gana, dispone
de sus recursos y los explota cuándo y cómo
quiere, salvo cuando le toca cumplir con los encargos. En
esos casos, se les suele imponer el tamaño del texto
y la fecha de entrega, a veces incluso el tema. No hay remedio,
los escritores viven en un mundo donde hay periódicos
y revistas, y éstos reclaman de tanto en tanto sus
servicios. Estos dos libros de Javier Marías
reúnen diversos textos suyos que nacen de la iniciativa
de otros. En uno de los casos, Seré amado cuando
falte, el pacto es duradero, la distancia del trabajo
la misma, así como su periodicidad: son los artículos
que publicó entre el 1 de diciembre de 1996 y el 22
de noviembre de 1998 en El Semanal, el suplemento
que aparece cada domingo en diferentes diarios de este país.
Es la continuación de otro volumen anterior, Mano
de sombra (Alfaguara, 1997), que reunía 104 textos
aparecidos entre el 4 de diciembre de 1994 y el 24 de noviembre
de 1996 en el mismo suplemento. En Pasiones pasadas,
en cambio, el libro reúne piezas de distinto tamaño,
que proceden de medios distintos y que nacieron en condiciones
menos regulares, algunas de ellas como resultado de un encargo
muy preciso. Escribe Marías en el prólogo que
en todos estos textos “tuve que hacer mío su asunto
para poder componerlos”.
En esta mecánica de los encargos periodísticos,
el escritor corre diferentes riesgos, el mayor de los cuales
tal vez sea el de convertir su escritura en remedo de sí
misma. La urgencia obliga. Comentaba Juan Benet
en una entrevista que al leer el periódico adivinaba
con frecuencia qué noticias habrían de prolongarse
en los comentarios de determinados columnistas. Quería
decir con esto, posiblemente, que había asuntos que se
ajustaban a las maneras literarias de algunos escritores, con
lo que la gracia de la escritura terminaba por perder toda su
gracia porque se hacía previsible. Ocurre, así,
que quienes se zambullen en el hervidero de los periódicos
terminan por no ser otra cosa que el eco de una colección
de tópicos sobre los que vuelven, una y otra vez, como
una melodía recurrente para hacer bailar su escritura
y seguir llenando páginas y papeles. No es el caso de
Javier Marías, y no lo es porque, como se advierte en
estos libros, su escritura también en los periódicos
sigue siendo soberana. Hace suyo cualquier asunto, no remeda
sus recursos sobre la cuestión que toque.
Hace suyo el asunto o hace como si lo hiciera suyo. Quizá
no sea baladí ese como sí. Podría ser que
el propio Marías considerara una exageración decir
que el suyo es de los pocos casos en que se encuentra un escritor
que sigue tomándose en serio el oficio de escribir. Ahora
que ya no se estila. Sobre todo en esta cuestión habría
que subrayar el como sí. Porque Marías nunca avasalla
con lo que le ocupa y preocupa, casi siempre escribe en voz
baja. Sólo como si el hecho de tratar de moral, de fascinarse
con algo, de irritarse, reflexionar, denunciar, quedarse perplejo
o rendir homenaje fueran cuestiones que son asunto suyo. Nunca
invade el espacio de los periódicos con las maneras rotundas
de los que se creen obligados a poner los puntos sobre las íes
en esto y aquello. No usa maneras rotundas porque quiere ser
rotundo. Por eso deja que su escritura baje a la despensa, se
alimente, se vaya empapando de una ciudad –ahí
está su soberbio acercamiento a Venecia en Pasiones
pasadas-, de un hombre –están sus retratos
de Benet o de Aliocha Coll entre otros-, de
su época –son habituales sus trifulcas con los
hábitos de la justicia o con la banalidad en sus textos
para El Semanal- o de su propia experiencia vital y
literaria –“La dificultad de perder la juventud”,
en Pasiones pasadas, es una pieza maestra-. Porque en eso consiste,
quizá, ser escritor: en darle vueltas a todo y en no
proferir tantos alaridos.
Escribía Benet en La inspiración y el estilo
que “la madurez supone casi siempre un estilo porque es
el estado que comienza con la decisión de abandonar la
búsqueda del vacío para dedicarse al pulimento
de la herramienta. Y el hombre maduro lo es tanto más
cuanto no necesita de los descubrimientos; más bien los
rechaza, ya que es capaz, de ahora en adelante, de concebir
cualquier obra como un puro problema técnico o como el
ejercicio de unas facultades acrisoladas. Sus temas ya no serán
tan originales, ni siquiera nuevos, ni –quizá-
actuales en ese sentido periodístico del término;
derivará su oficia hacia aquellos otros eternos a los
que –supremo orgullo de una carrera laureada- será
capaz de dar nuevo brillo con las delicias de un estilo único
y depurado”. Pues en eso anda, sin ir más lejos,
el Marías de estos textos.
José Andrés Rojo, Babelia, 3 de julio
de 1999
Un texto
Nota previa
Este libro es la prolongación literal de otro que publiqué
hace dos años, Mano de sombra, en estas mismas
colección y editorial. Si aquel volumen recogía
ciento cuatro artículos, correspondientes a dos años
de tarea, que había ido sacando en el suplemento dominical
El Semanal entre el 4 de diciembre del 94 y el 24 de noviembre
del 96, el presente comienza una semana después de aquel
final y reúne los paarecidos entre el 1 de diciembre
del 96 y el 22 de noviembre del 98, veinticuatro meses más
de opiniones sin cuento.
En el preámbulo de Mano de sombra -¿por
qué seré así? No me entiendo- hice comentarios
que sentaron mal a algunos críticos, varios de los cuales
me lo hicieron saber en seguida por periódico interpuesto
y en letra impresa. Así que dada la sensibilidad cutánea
de quienes no se abstienen de practicar el piercing, el tattoing
y aun el perforating sobre las pieles de sus reseñados,
el scalping, el scalloping, el trepanating y el lobotominzing
sobre sus cabezas y el gaslighting sobre sus maltrechas psiques
(luz de gas, ya saben, agún día les pondré
un buen ejemplo real), prefiero no entregrarme esta vez a ese
género de cavilaciones ni hacer vaticinios tentadores.
Doy la recopilación a las prensas y que sea lo que George
Sanders quiera desde el más allá, pues
no puedo evitar ver siempre a este actor como al crítico
por antonomasia, en su insuperable encarnación de Addison
de Witt (debiera el gremio convertirlo en su patrón
laico).
También mencionaba en aquel preámbulo que mi buen
amigo Manuel Rodríguez Rivero, al que
tanto rodríguez-venero, solía desaconsejarme publicar
dos o más obras recopilatorias sin que entre ellas mediara
alguna novela o libro de cuentos. Con Mano de sombra desoí
su consejo. no es este lugar para dilucidarlo, pero en el supuesto
de que hubiera tenido él razón, no estaría
yo en modo alguno dispuestoa dársela, al menos no públicamente.
En esta ocasión actúo sobre seguro, ya que la
obra anterior a esta sí fue una novela, o así
lo creía yo, que la llamé "falsa novela"
por guardarme un poco las espaldas, las cuales quedaron aun
así al descubierto para la libre práctica del
darting y el knifing, y aun de los más locales navajing
y rajing.
Me temo que vuelvo a exponerlas al elegir como título
del volumen el de uno de los artículos que contiene.
Pensé en recurrir al de otro, y llamarlo Unas cuantas
necedades, para anticiparme al denvesting, pero me arriesgaba
con eso a ser tachado además de inexacto e impropio,
mediante la irrefutable observación de que ciento cuatro
sno por fuerza algunas más que "unas cuantas".
Quien pese a todo quiera ver en el título definitivo
alguna alusión o indirecta inconveniente, o más
bien impertinente, estará pensando de mala fe, con escaso
ingenio y aún menor fundamento. pues el artículo
que lo suministra refuta precisamente esa idea tan extendida
entre todo tipo de gentes –"Seré amado cuando
falte"–, pero sobre todo entre los escritores, que
a menudo encuentran en ella asidero y consuelo para la incomprensión
de sus contemporáneos. Ese y no otro es el motivo de
haber elegido como epígrafe del conjunto esa frase, que
resume como pocas nuestra vana esperanza, la de todos los que
escribimos. ni siquiera está libre de ella quien sí
es comprendido por wsus contemporáneos, pues temerá
que dejen de hacerlo los venideros lectores, en cuanto él
se marche.
Debo confesar sin embargo otro motivo: Seré amado cuando
falte es una cita de Shakespeare, a quien han
recurrido mis títulos, de este modo o en paráfrasis,
no menos de cuatro veces. nunca en un libro de artículos,
quiero tentar la suerte.
Es probable que el lector contemmporáneo -he ahí
el drama, que sólo con él puede contarse, si es
que se puede- encunetre en estas piezas alguna repetición,
respecto a las manos sombrías o entre ellas mismas, y
me disculpo aquí de antemano. Seguro que no las habría
si yo fuera más chaquetero.
Incluyo de nuevo, por último, la relación completa
de los diarios con que el suplemento El Semanal se
suele entregar los domingos, para que nadie se llame a engaño
y pueda comprar este voluymen creyendo desconnocer sus textos:
El Correo, El Diario Vasco, El Diario Montañés,
La Verdad, Ideal, Hoy, Sur, El Norte de Castilla, La Rioja,
El Comercio, Diario de Navarra, El Heraldo de Aragón,
Las Provincias, Diario de Cádiz, Diario de Burgos, La
Voz de Galicia, Diari de Tarragona, Diario de Jerez, Diario
de León, Diario Mallorca, Menorca, Europa Sur, Diario
de Sevilla y Huelva Información, si no
ha habido incorporaciones o bajas de las que no me he enterado.
Y quizá no esté de más volver a advertir,
para quienes no hayan leído nunca ninguno de estos periódicos
-gente de Madrid o Barcelona, por ejemplo-, que las menciones
que aparecen aquí y allá al "vecino"
Pérez-Reverte siguen refiriéndose
a una exclusiva vecindad de página, pues su sección
lleva ya cuatro años -no sé si empieza a ser abusivo-
precediendo a la mía en el suplemento. En el mismo sentido
hay que entender las ocasionales incursiones de "Madame
Mayoral" y de "Madame Caso", aunque ambas nos
quedan un pco alejadasen la distribución de las páginas,
y así se subrayan sus desdenes. En el preámbulo
a Mano de sombra me despedí diciendo que al
releer todas las piezas seguidas había tenido la impresión
de haber opinado demasiado. Así que imagínense
ahora, tras otras ciento cuatro. No sé cómo nadie
consiente, tras tanto tiempo, que le siga reventando los domingos.
Javier Marías. |