vvela@sincolumna.com

:: Inicio >> La estantería >> Libro

HARÁN DE MÍ UN CRIMINAL
Javier Marías
Alfaguara. Madrid, 2003. 319 páginas

La solapa
"Este libro es la prolongación literal de otro que publiqué hace dos años, Mano de sombra, en estas mismas colección y editorial. Si aquel volumen recogía ciento cuatro artículos, el presente reúne veinticuatro meses más de opiniones sin cuento. En el preámbulo a Mano de sombra me despedí diciendo que al releer todas las piezas seguidas había tenido la impresión de haber opinado demasiado. Así que imagínense ahora, tras otras ciento cuatro. No sé cómo nadie consiente, tras tanto tiempo, que le siga reventando los domingos". Así dice Javier Marías en el preámbulo a Seré amado cuando falte. Pero quizá haya que concederle más crédito en otro sitio: "No me gusta el proselitismo y aún menos el espíritu evangélico, veo ambas cosas como una forma de violentar las creencias y las voluntades. Es arriesgado que diga esto quien escribe una columna dominical desde hace años, pero, si no me equivoco en exceso, y aunque mis argumentaciones sean a veces vehementes, creo que no pretenden tanto convecer a los lectores para que se adhieran a ellas o adopten ciertos comportamientos cuanto que las tengan en cuenta y se paren a pensar un rato con la perspectiva de otro a quien no suele bastar lo que la mayoría piensa o, como lo he exprsado otras veces, lo que ya piensa la época por nosotros".

Lo que han dicho

La rotundidad de un estilo
El repertorio de cuestiones que preocupan a un escritor no es infinito. Trata con el mundo y con sus semejantes, y luego, cuando trata con el lenguaje para cubrir de palabras las hojas en blanco, le regresan unas cuantas manías, unas cuantas ideas, un puñado de imágenes y de obsesiones, unos pocos sonidos. Tiene lo que siempre ha tenido en la despensa, lo que se le fue sedimentando a través de su experiencia y de sus lecturas, todo aquello de lo que se sirvió para escribir lo que se ha escrito. Así, cada página no es más que el resultado de permitir obrar un estímulo, el que sea, sobre lo que tenía de antemano. Luego resulta que cada página es distinta de todas las anteriores.
Cada escritor maneja lo suyo como le viene en gana, dispone de sus recursos y los explota cuándo y cómo quiere, salvo cuando le toca cumplir con los encargos. En esos casos, se les suele imponer el tamaño del texto y la fecha de entrega, a veces incluso el tema. No hay remedio, los escritores viven en un mundo donde hay periódicos y revistas, y éstos reclaman de tanto en tanto sus servicios. Estos dos libros de Javier Marías reúnen diversos textos suyos que nacen de la iniciativa de otros. En uno de los casos, Seré amado cuando falte, el pacto es duradero, la distancia del trabajo la misma, así como su periodicidad: son los artículos que publicó entre el 1 de diciembre de 1996 y el 22 de noviembre de 1998 en El Semanal, el suplemento que aparece cada domingo en diferentes diarios de este país.

Es la continuación de otro volumen anterior, Mano de sombra (Alfaguara, 1997), que reunía 104 textos aparecidos entre el 4 de diciembre de 1994 y el 24 de noviembre de 1996 en el mismo suplemento. En Pasiones pasadas, en cambio, el libro reúne piezas de distinto tamaño, que proceden de medios distintos y que nacieron en condiciones menos regulares, algunas de ellas como resultado de un encargo muy preciso. Escribe Marías en el prólogo que en todos estos textos “tuve que hacer mío su asunto para poder componerlos”.

En esta mecánica de los encargos periodísticos, el escritor corre diferentes riesgos, el mayor de los cuales tal vez sea el de convertir su escritura en remedo de sí misma. La urgencia obliga. Comentaba Juan Benet en una entrevista que al leer el periódico adivinaba con frecuencia qué noticias habrían de prolongarse en los comentarios de determinados columnistas. Quería decir con esto, posiblemente, que había asuntos que se ajustaban a las maneras literarias de algunos escritores, con lo que la gracia de la escritura terminaba por perder toda su gracia porque se hacía previsible. Ocurre, así, que quienes se zambullen en el hervidero de los periódicos terminan por no ser otra cosa que el eco de una colección de tópicos sobre los que vuelven, una y otra vez, como una melodía recurrente para hacer bailar su escritura y seguir llenando páginas y papeles. No es el caso de Javier Marías, y no lo es porque, como se advierte en estos libros, su escritura también en los periódicos sigue siendo soberana. Hace suyo cualquier asunto, no remeda sus recursos sobre la cuestión que toque.

Hace suyo el asunto o hace como si lo hiciera suyo. Quizá no sea baladí ese como sí. Podría ser que el propio Marías considerara una exageración decir que el suyo es de los pocos casos en que se encuentra un escritor que sigue tomándose en serio el oficio de escribir. Ahora que ya no se estila. Sobre todo en esta cuestión habría que subrayar el como sí. Porque Marías nunca avasalla con lo que le ocupa y preocupa, casi siempre escribe en voz baja. Sólo como si el hecho de tratar de moral, de fascinarse con algo, de irritarse, reflexionar, denunciar, quedarse perplejo o rendir homenaje fueran cuestiones que son asunto suyo. Nunca invade el espacio de los periódicos con las maneras rotundas de los que se creen obligados a poner los puntos sobre las íes en esto y aquello. No usa maneras rotundas porque quiere ser rotundo. Por eso deja que su escritura baje a la despensa, se alimente, se vaya empapando de una ciudad –ahí está su soberbio acercamiento a Venecia en Pasiones pasadas-, de un hombre –están sus retratos de Benet o de Aliocha Coll entre otros-, de su época –son habituales sus trifulcas con los hábitos de la justicia o con la banalidad en sus textos para El Semanal- o de su propia experiencia vital y literaria –“La dificultad de perder la juventud”, en Pasiones pasadas, es una pieza maestra-. Porque en eso consiste, quizá, ser escritor: en darle vueltas a todo y en no proferir tantos alaridos.

Escribía Benet en La inspiración y el estilo que “la madurez supone casi siempre un estilo porque es el estado que comienza con la decisión de abandonar la búsqueda del vacío para dedicarse al pulimento de la herramienta. Y el hombre maduro lo es tanto más cuanto no necesita de los descubrimientos; más bien los rechaza, ya que es capaz, de ahora en adelante, de concebir cualquier obra como un puro problema técnico o como el ejercicio de unas facultades acrisoladas. Sus temas ya no serán tan originales, ni siquiera nuevos, ni –quizá- actuales en ese sentido periodístico del término; derivará su oficia hacia aquellos otros eternos a los que –supremo orgullo de una carrera laureada- será capaz de dar nuevo brillo con las delicias de un estilo único y depurado”. Pues en eso anda, sin ir más lejos, el Marías de estos textos.
José Andrés Rojo, Babelia, 3 de julio de 1999

Un texto

Nota previa
Este libro es la prolongación literal de otro que publiqué hace dos años, Mano de sombra, en estas mismas colección y editorial. Si aquel volumen recogía ciento cuatro artículos, correspondientes a dos años de tarea, que había ido sacando en el suplemento dominical El Semanal entre el 4 de diciembre del 94 y el 24 de noviembre del 96, el presente comienza una semana después de aquel final y reúne los paarecidos entre el 1 de diciembre del 96 y el 22 de noviembre del 98, veinticuatro meses más de opiniones sin cuento.

En el preámbulo de Mano de sombra -¿por qué seré así? No me entiendo- hice comentarios que sentaron mal a algunos críticos, varios de los cuales me lo hicieron saber en seguida por periódico interpuesto y en letra impresa. Así que dada la sensibilidad cutánea de quienes no se abstienen de practicar el piercing, el tattoing y aun el perforating sobre las pieles de sus reseñados, el scalping, el scalloping, el trepanating y el lobotominzing sobre sus cabezas y el gaslighting sobre sus maltrechas psiques (luz de gas, ya saben, agún día les pondré un buen ejemplo real), prefiero no entregrarme esta vez a ese género de cavilaciones ni hacer vaticinios tentadores. Doy la recopilación a las prensas y que sea lo que George Sanders quiera desde el más allá, pues no puedo evitar ver siempre a este actor como al crítico por antonomasia, en su insuperable encarnación de Addison de Witt (debiera el gremio convertirlo en su patrón laico).

También mencionaba en aquel preámbulo que mi buen amigo Manuel Rodríguez Rivero, al que tanto rodríguez-venero, solía desaconsejarme publicar dos o más obras recopilatorias sin que entre ellas mediara alguna novela o libro de cuentos. Con Mano de sombra desoí su consejo. no es este lugar para dilucidarlo, pero en el supuesto de que hubiera tenido él razón, no estaría yo en modo alguno dispuestoa dársela, al menos no públicamente. En esta ocasión actúo sobre seguro, ya que la obra anterior a esta sí fue una novela, o así lo creía yo, que la llamé "falsa novela" por guardarme un poco las espaldas, las cuales quedaron aun así al descubierto para la libre práctica del darting y el knifing, y aun de los más locales navajing y rajing.
Me temo que vuelvo a exponerlas al elegir como título del volumen el de uno de los artículos que contiene. Pensé en recurrir al de otro, y llamarlo Unas cuantas necedades, para anticiparme al denvesting, pero me arriesgaba con eso a ser tachado además de inexacto e impropio, mediante la irrefutable observación de que ciento cuatro sno por fuerza algunas más que "unas cuantas".

Quien pese a todo quiera ver en el título definitivo alguna alusión o indirecta inconveniente, o más bien impertinente, estará pensando de mala fe, con escaso ingenio y aún menor fundamento. pues el artículo que lo suministra refuta precisamente esa idea tan extendida entre todo tipo de gentes –"Seré amado cuando falte"–, pero sobre todo entre los escritores, que a menudo encuentran en ella asidero y consuelo para la incomprensión de sus contemporáneos. Ese y no otro es el motivo de haber elegido como epígrafe del conjunto esa frase, que resume como pocas nuestra vana esperanza, la de todos los que escribimos. ni siquiera está libre de ella quien sí es comprendido por wsus contemporáneos, pues temerá que dejen de hacerlo los venideros lectores, en cuanto él se marche.

Debo confesar sin embargo otro motivo: Seré amado cuando falte es una cita de Shakespeare, a quien han recurrido mis títulos, de este modo o en paráfrasis, no menos de cuatro veces. nunca en un libro de artículos, quiero tentar la suerte.
Es probable que el lector contemmporáneo -he ahí el drama, que sólo con él puede contarse, si es que se puede- encunetre en estas piezas alguna repetición, respecto a las manos sombrías o entre ellas mismas, y me disculpo aquí de antemano. Seguro que no las habría si yo fuera más chaquetero.

Incluyo de nuevo, por último, la relación completa de los diarios con que el suplemento El Semanal se suele entregar los domingos, para que nadie se llame a engaño y pueda comprar este voluymen creyendo desconnocer sus textos: El Correo, El Diario Vasco, El Diario Montañés, La Verdad, Ideal, Hoy, Sur, El Norte de Castilla, La Rioja, El Comercio, Diario de Navarra, El Heraldo de Aragón, Las Provincias, Diario de Cádiz, Diario de Burgos, La Voz de Galicia, Diari de Tarragona, Diario de Jerez, Diario de León, Diario Mallorca, Menorca, Europa Sur, Diario de Sevilla y Huelva Información, si no ha habido incorporaciones o bajas de las que no me he enterado.

Y quizá no esté de más volver a advertir, para quienes no hayan leído nunca ninguno de estos periódicos -gente de Madrid o Barcelona, por ejemplo-, que las menciones que aparecen aquí y allá al "vecino" Pérez-Reverte siguen refiriéndose a una exclusiva vecindad de página, pues su sección lleva ya cuatro años -no sé si empieza a ser abusivo- precediendo a la mía en el suplemento. En el mismo sentido hay que entender las ocasionales incursiones de "Madame Mayoral" y de "Madame Caso", aunque ambas nos quedan un pco alejadasen la distribución de las páginas, y así se subrayan sus desdenes. En el preámbulo a Mano de sombra me despedí diciendo que al releer todas las piezas seguidas había tenido la impresión de haber opinado demasiado. Así que imagínense ahora, tras otras ciento cuatro. No sé cómo nadie consiente, tras tanto tiempo, que le siga reventando los domingos.
Javier Marías.