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ALMANAQUE DE FABULADOR
Luis García Montero
Tusquets. Madrid, 2003. 203 páginas

La solapa
"Como saben los muchos lectores que conocen sus columnas en la edición de El País Andalucía, Luis García Montero es, además de excelente poeta y estudioso de la literatura, un brillante cronista, de los que generan seguidores fieles e incluso entusiastas.Como él mismo nos dice en el «Prólogo», «la columna exige el humor, el lirismo, el tiempo hecho vida, la tarde de lluvia o los manteles de una fiesta recordada». El lector encontrará todos esos ingredientes en las cincuenta crónicas aquí seleccionadas por el propio autor. Aunque fueron apareciendo sin regularidad entre 1995 y 2001, ahora conforman un «año imaginario, con sabor a fin de siglo», que se lee como un libro homogéneo escrito al pie del calendario. García Montero aborda en estas crónicas cuestiones mayores, como la huella del tiempo, las relaciones familiares, las obligaciones sociales o la verdadera edad (que es la del espíritu), siempre desde una perspectiva deliberadamente humilde y cotidiana, como si fueran conversaciones de ascensor. Detrás de «la lluvia, el sol, las mañanas de primavera, las bellezas y los peligros de la nieve, el final de las vacaciones y el cocodrilo insaciable de las mesas de trabajo, la rutina de las fiestas anuales, la prisa de los almanaques», este libro esconde todo un ejercicio de estilo, una verdadera declaración de principios y, lo que no es poco, un acercamiento poético a la realidad más inmediata. Este volumen recoge cincuenta textos, cincuenta columnas que han sido organizadas para simular el transcurso de un año en la vida del columnista, arrancando con las promesas del enero y muriendo en diciembre, después de atravesar la paleta de sentimientos de las diferentes estaciones y meses del año. La pasión de las vacaciones, el regalo de los primeros calores y la melancolía del otoño, la comodidad de ver la nieve detrás de los cristales o las piernas que comienzan a asomar a las puertas de los colegios, los coches anónimos que prometen veraneos o el regreso al colegio son algunos de los asuntos que aparecen recogidos en estas columnas con una importante carga poética. Entre las mejores, 'Los amigos', 'Amarillos fatigados', 'Obsesiones' o 'El Cuarto de Irene'.


Un texto

Prólogo en el ascensor
Hay muchas razones para que un escritor hable del tiempo en sus columnas periodísticas. No me refiero al tiempo ambicioso, la sombra que huye por las metáforas de un poema barroco, el murmullo de ríos y de mares que se desliza por los corredores de la filosofía para invitarnos a la presencia de un dios o de una nada. Lo mismo que soportamos muchas pinturas de dios, también son posibles diferentes versiones de la nada, y, en el fondo, esto es lo que caracteriza nuestra época. Si la cultura clásica vivió sus fábulas sobre la mano abierta del politeísmo, nuestra época ha desbrozado las rutas del polivacío, las mil versiones ambiguas de la nada. Los acontecimientos nos enseñaron que es más sencillo ponerse de acuerdo sobre dios que sobre la nada. Por eso estamos tan desorientados, y por eso nuestra desorientación alienta muy pocos gritos de verdadera calidad. Es preferible no gritar en estas circunstancias.

No pretendo hablar aquí del tiempo infinito, de las reglas de la vida y la muerte, porque los columnistas de periódico se ponen en ridículo al confundir los tonos y los temas. Cuando cargan sus palabras con demasiada solemnidad, equivocan la puerta y aparecen por la calle en pijama, sin ducharse, atravesando las multitudes con una indignación de biblioteca privada y un corazón de dormitorio. En la tarjeta del columnista es bueno que aparezca la dirección personal, pero no los secretos de su dormitorio, y mucho menos sus dudas en forma de certezas, sus solemnidades íntimas sobre los relojes de arena y los abismo del tiempo. Lo primero que uno aprende en este oficio es que la necrológica sentida resulta una tarea imposible, un desfiladero de tópicos y de impudores. El autor emocionado se estrella en la realidad de la literatura hasta que descubre lo que debe callarse y lo que conviene recordar. Mejor que insistir en la muerte del amigo, hay que contar la última copa que nos tomamos con él.

Las razones que invitan a hablar del tiempo pertenecen al mundo social de la climatología. Vivimos en un ascensor, bajo unas luces de vestíbulo impersonal, rodeados de extraños con los que no puede hablarse de otra cosa. La lluvia, el sol, las mañanas de primavera, las bellezas y los peligros de la nieve, el final de las vacaciones y el cocodrilo insaciable de las mesas de trabajo, la rutina de las fiestas anuales, la prisa de los almanaques, en fin, son temas de ascensor, modos de llenar el hueco de un edificio cuando no tenemos nada que decirle al vecino del noveno. O cuando tenemos preguntas y reproches que callar, porque ya hemos aprendido a no nombrar la soga en casa del ahorcado y a comer con cuchara de palo en los festines del herrero. La vida viene por rachas, la condición humana insiste en sus costumbres de comedia latina y de tragedia griega, y los escritores corren el peligro de convertirse en profetas, en voces sermoneantes, en regañones de oficio. A la segunda indignación del mes con la comunidad de vecinos, es preferible pedir asilo en las divagaciones, hablar del tiempo, vender una vez más nuestra redacción sobre la nieve, la llegada del otoño o los villancicos de la navidad solitaria. ¿Y no es mejor callarse del todo? Debe tenerse en cuenta que esto se parece mucho a un trabajo y que un albañil no puede abandonar así como así sus ladrillos. Cuando a Clarín le reclamaron una definición de sus paliques, hizo bien en no coger el asunto por los cuernos de la luna: «El palique no tiene más definición que ésta: un modo de ganarse la cena que usa el autor honradamente, a falta de pingües rentas».

Aunque conforme aquí un año imaginario con sabor a fin de siglo, este almanaque se fue haciendo poco a poco, sin regularidad, entre 1995 y 2001, por motivos de trabajo y para no discutir de política con un tono excesivamente grave en casa del ahorcado, es decir, en mi casa. Hay situaciones en las que conviene hablar del tiempo, mirar por la ventana a ver si llueve y salir a la calle con el abrigo puesto y el paraguas, como ciudadanos que han aprendido a darse los buenos días. Más que un insulto al enemigo, una columna honrada y sincera es una forma de darle los buenos días a los que van con nosotros. Los buenos días del Almanaque de fabulador se escribieron para los lectores de El País Andalucía.

Como el tiempo vuela, la escritura debe volar en las columnas, hacerse pura agilidad, conciencia de sí misma. En el principio de cualquier arte está la artesanía, el oficio, las reglas y los trucos del juego, el valor que se le supone al soldado. La columna es el soneto de la prosa, la capacidad artesanal de escoger una estructura y de hacer flexible el idioma con el uso de una mirada y de unos pensamientos. Al rematar un artículo sobre «Los Campos Elíseos» de Madrid, escrito a golpe de oficio y para ganarse la cena, Bécquer trazó el paralelismo: «A medida que he escrito las cuartillas se las han ido llevando a la imprenta. Pregunten ustedes si hay más de una columna, y si la hay, ya tenemos artículo para mañana y salir del compromiso. «Catorce versos dicen que es soneto», decía Lope de Vega. Once cuartillas suelen ser Variedades, con que le pondré el epígrafe a éstas, y hasta otra».

Acostumbrado a las tardes de redacción en El Contemporáneo, a Bécquer no le fallaba el instinto de periodista. Pero tampoco le traicionó su sabiduría de poeta, y sólo escribió sonetos en la época de aprendizaje, cuando heredaba de la tradición los recursos artesanales que iban a permitirle un vuelo más ambicioso. Debido al orgullo mediático que soporta nuestra sociedad, capaz incluso de exigir con titulares y encuestas el control sobre la inmortalidad y las glorias del Parnaso, se ha puesto de moda la simpleza de afirmar que la mejor literatura se escribe hoy en los periódicos. Se confunde así la artesanía con el arte, el buen oficio del domador de palabras con la literatura. Es verdad que no hay buen libro escrito con palabras torpes; pero el oficio del lenguaje busca en las novelas, los poemas y los dramas mucho más que palabras, porque la literatura pasa de las palabras a los hechos y se inventa una forma ambiciosa de que suceda el tiempo en el interior de unos personajes y unos lectores, la realidad emocional de una ficción. Tienen sus razones, pero a medias y con trampa, los que afirman que todos los grandes autores han escrito en periódicos. Bécquer y García Márquez son grandes y escribieron en periódicos. Pero debemos ser sensatos: no son grandes por lo que han escrito para los periódicos. Pusieron en marcha su relojería artesanal al cruzar las fronteras de otros espacios. Negar la trascendencia literaria de los géneros, perderle el respeto a los recursos que se mueven un paso más allá del estilo, no significa exaltar los poderes de la escritura, sino recortar ideológicamente sus posibilidades. El verbo dice su juramento y se hace carne en la ficción, sólo en la ficción y nada más que en la ficción.

El elogio desmedido esconde una mancha de familia, una vergüenza injusta sobre la valía particular de la columna. Nada más ridículo que la señorita de provincias disfrazada de marquesa o que el currículum de los eternos aspirantes a genio adornado con mil flores naturales. La columna está bien como está, soportando con inteligencia y arte los templos de las horas veloces. La columna vale lo que vale y no hay que ponerla a competir con los géneros mayores, porque en esta carrera puede estrellarse y sufrir el accidente espiritual de su degradación. Las alabanzas desmedidas de un oficio convertido en filigrana sólo sirven para imponer la tentación de las recetas amaneradas, un estilismo burocrático que confunde el pensamiento con la ocurrencia y la virtud lingüística con un barroco tan chillón como vestido de domingo en la plaza de las vulgaridades.

Algunos oficinistas de las musas han llegado a argumentar que no hace falta tener ideas para escribir columnas, que se pueden defender cosas opuestas de una sola vez, respetando únicamente la distancia que hay entre dos imágenes llamativas o entre dos puntos y aparte. Pero se trata de un cinismo propio de algunos autores, no de la esencia vana de un género que, por el contrario, necesita opinar del mundo a fuerza de miradas personales y de coraje, mezclándose con los pasos de cebra y con los titulares de periódico, con las tormentas de verano y con los bombardeos imperialistas, con las confusiones del amor y con las hazañas de los políticos. Debajo de toda buena columna hay un artículo de opinión escondido, estilizado, hecho perplejidad personal. La literatura del columnista es el pensamiento grave, pero en forma de mañana de invierno, de sensación infantil en medio de una tristeza primaveral o de paseo solitario junto a unos árboles recién cortados. Tan incómoda resulta la carencia de ideas como el dogmatismo de los sermoneadores profesionales. La columna exige el humor, el lirismo, el tiempo hecho vida, la tarde de lluvia o los manteles de una fiesta recordada. Luis Buñuel dedicó unas páginas de sus memorias a defender la preparación del dry martini perfecto, un fiel compañero de sus días más felices. «Básicamente», escribe, «se compone de ginebra y de unas gotas de vermut, preferentemente Noilly-Prat. Los buenos catadores que toman el dry martini muy seco, incluso han llegado a decir que basta con dejar que un rayo de sol pase a través de una botella de Noilly-Prat antes de dar en la copa de ginebra.» También el pensamiento de los columnistas debe esperar a que un rayo de sol o un copo de nieve lo acerquen, como un rumor sumergido, hasta la vida cotidiana, que no es la vida de todos los días, sino la vida de todos nosotros. Todos nosotros hechos vida, no seres de tiempo filosófico, sino habitantes de una ciudad con meses de marzo, cielos nublados, mañanas de sol o teorías mojadas por la lluvia.

Y aquí salgo del ascensor, porque he llegado a mi piso. Vuelvo a casa más bebido que de costumbre. La cena de nochevieja fue todo un éxito, los amigos cumplieron su papel, sacaron de sus almas buen humor, de sus recuerdos temas de conversación y de la nevera mucho hielo para mantener la lumbre de las opiniones. Mañana me levantaré con resaca. No está mal, las columnas son la escritura de los convalecientes.
Luis García Montero