La
solapa
"Como saben los muchos lectores que conocen sus columnas
en la edición de El País Andalucía,
Luis García Montero es, además
de excelente poeta y estudioso de la literatura, un brillante
cronista, de los que generan seguidores fieles e incluso entusiastas.Como
él mismo nos dice en el «Prólogo»,
«la columna exige el humor, el lirismo, el tiempo hecho
vida, la tarde de lluvia o los manteles de una fiesta recordada».
El lector encontrará todos esos ingredientes en las
cincuenta crónicas aquí seleccionadas por el
propio autor. Aunque fueron apareciendo sin regularidad entre
1995 y 2001, ahora conforman un «año imaginario,
con sabor a fin de siglo», que se lee como un libro
homogéneo escrito al pie del calendario. García
Montero aborda en estas crónicas cuestiones mayores,
como la huella del tiempo, las relaciones familiares, las
obligaciones sociales o la verdadera edad (que es la del espíritu),
siempre desde una perspectiva deliberadamente humilde y cotidiana,
como si fueran conversaciones de ascensor. Detrás de
«la lluvia, el sol, las mañanas de primavera,
las bellezas y los peligros de la nieve, el final de las vacaciones
y el cocodrilo insaciable de las mesas de trabajo, la rutina
de las fiestas anuales, la prisa de los almanaques»,
este libro esconde todo un ejercicio de estilo, una verdadera
declaración de principios y, lo que no es poco, un
acercamiento poético a la realidad más inmediata.
Este volumen recoge cincuenta textos, cincuenta columnas que
han sido organizadas para simular el transcurso de un año
en la vida del columnista, arrancando con las promesas del
enero y muriendo en diciembre, después de atravesar
la paleta de sentimientos de las diferentes estaciones y meses
del año. La pasión de las vacaciones, el regalo
de los primeros calores y la melancolía del otoño,
la comodidad de ver la nieve detrás de los cristales
o las piernas que comienzan a asomar a las puertas de los
colegios, los coches anónimos que prometen veraneos
o el regreso al colegio son algunos de los asuntos que aparecen
recogidos en estas columnas con una importante carga poética.
Entre las mejores, 'Los amigos', 'Amarillos fatigados', 'Obsesiones'
o 'El Cuarto de Irene'.
Un texto
Prólogo en el ascensor
Hay muchas razones para que un escritor hable del tiempo en
sus columnas periodísticas. No me refiero al tiempo
ambicioso, la sombra que huye por las metáforas de
un poema barroco, el murmullo de ríos y de mares que
se desliza por los corredores de la filosofía para
invitarnos a la presencia de un dios o de una nada. Lo mismo
que soportamos muchas pinturas de dios, también son
posibles diferentes versiones de la nada, y, en el fondo,
esto es lo que caracteriza nuestra época. Si la cultura
clásica vivió sus fábulas sobre la mano
abierta del politeísmo, nuestra época ha desbrozado
las rutas del polivacío, las mil versiones ambiguas
de la nada. Los acontecimientos nos enseñaron que es
más sencillo ponerse de acuerdo sobre dios que sobre
la nada. Por eso estamos tan desorientados, y por eso nuestra
desorientación alienta muy pocos gritos de verdadera
calidad. Es preferible no gritar en estas circunstancias.
No pretendo hablar aquí del tiempo infinito, de las
reglas de la vida y la muerte, porque los columnistas de periódico
se ponen en ridículo al confundir los tonos y los temas.
Cuando cargan sus palabras con demasiada solemnidad, equivocan
la puerta y aparecen por la calle en pijama, sin ducharse,
atravesando las multitudes con una indignación de biblioteca
privada y un corazón de dormitorio. En la tarjeta del
columnista es bueno que aparezca la dirección personal,
pero no los secretos de su dormitorio, y mucho menos sus dudas
en forma de certezas, sus solemnidades íntimas sobre
los relojes de arena y los abismo del tiempo. Lo primero que
uno aprende en este oficio es que la necrológica sentida
resulta una tarea imposible, un desfiladero de tópicos
y de impudores. El autor emocionado se estrella en la realidad
de la literatura hasta que descubre lo que debe callarse y
lo que conviene recordar. Mejor que insistir en la muerte
del amigo, hay que contar la última copa que nos tomamos
con él.
Las razones que invitan a hablar del tiempo pertenecen al
mundo social de la climatología. Vivimos en un ascensor,
bajo unas luces de vestíbulo impersonal, rodeados de
extraños con los que no puede hablarse de otra cosa.
La lluvia, el sol, las mañanas de primavera, las bellezas
y los peligros de la nieve, el final de las vacaciones y el
cocodrilo insaciable de las mesas de trabajo, la rutina de
las fiestas anuales, la prisa de los almanaques, en fin, son
temas de ascensor, modos de llenar el hueco de un edificio
cuando no tenemos nada que decirle al vecino del noveno. O
cuando tenemos preguntas y reproches que callar, porque ya
hemos aprendido a no nombrar la soga en casa del ahorcado
y a comer con cuchara de palo en los festines del herrero.
La vida viene por rachas, la condición humana insiste
en sus costumbres de comedia latina y de tragedia griega,
y los escritores corren el peligro de convertirse en profetas,
en voces sermoneantes, en regañones de oficio. A la
segunda indignación del mes con la comunidad de vecinos,
es preferible pedir asilo en las divagaciones, hablar del
tiempo, vender una vez más nuestra redacción
sobre la nieve, la llegada del otoño o los villancicos
de la navidad solitaria. ¿Y no es mejor callarse del
todo? Debe tenerse en cuenta que esto se parece mucho a un
trabajo y que un albañil no puede abandonar así
como así sus ladrillos. Cuando a Clarín
le reclamaron una definición de sus paliques, hizo
bien en no coger el asunto por los cuernos de la luna: «El
palique no tiene más definición que ésta:
un modo de ganarse la cena que usa el autor honradamente,
a falta de pingües rentas».
Aunque conforme aquí un año imaginario con sabor
a fin de siglo, este almanaque se fue haciendo poco a poco,
sin regularidad, entre 1995 y 2001, por motivos de trabajo
y para no discutir de política con un tono excesivamente
grave en casa del ahorcado, es decir, en mi casa. Hay situaciones
en las que conviene hablar del tiempo, mirar por la ventana
a ver si llueve y salir a la calle con el abrigo puesto y
el paraguas, como ciudadanos que han aprendido a darse los
buenos días. Más que un insulto al enemigo,
una columna honrada y sincera es una forma de darle los buenos
días a los que van con nosotros. Los buenos días
del Almanaque de fabulador se escribieron para los
lectores de El País Andalucía.
Como el tiempo vuela, la escritura debe volar en las columnas,
hacerse pura agilidad, conciencia de sí misma. En el
principio de cualquier arte está la artesanía,
el oficio, las reglas y los trucos del juego, el valor que
se le supone al soldado. La columna es el soneto de la prosa,
la capacidad artesanal de escoger una estructura y de hacer
flexible el idioma con el uso de una mirada y de unos pensamientos.
Al rematar un artículo sobre «Los Campos Elíseos»
de Madrid, escrito a golpe de oficio y para ganarse la cena,
Bécquer trazó el paralelismo:
«A medida que he escrito las cuartillas se las han ido
llevando a la imprenta. Pregunten ustedes si hay más
de una columna, y si la hay, ya tenemos artículo para
mañana y salir del compromiso. «Catorce versos
dicen que es soneto», decía Lope de Vega.
Once cuartillas suelen ser Variedades, con que le pondré
el epígrafe a éstas, y hasta otra».
Acostumbrado a las tardes de redacción en El Contemporáneo,
a Bécquer no le fallaba el instinto de periodista.
Pero tampoco le traicionó su sabiduría de poeta,
y sólo escribió sonetos en la época de
aprendizaje, cuando heredaba de la tradición los recursos
artesanales que iban a permitirle un vuelo más ambicioso.
Debido al orgullo mediático que soporta nuestra sociedad,
capaz incluso de exigir con titulares y encuestas el control
sobre la inmortalidad y las glorias del Parnaso, se ha puesto
de moda la simpleza de afirmar que la mejor literatura se
escribe hoy en los periódicos. Se confunde así
la artesanía con el arte, el buen oficio del domador
de palabras con la literatura. Es verdad que no hay buen libro
escrito con palabras torpes; pero el oficio del lenguaje busca
en las novelas, los poemas y los dramas mucho más que
palabras, porque la literatura pasa de las palabras a los
hechos y se inventa una forma ambiciosa de que suceda el tiempo
en el interior de unos personajes y unos lectores, la realidad
emocional de una ficción. Tienen sus razones, pero
a medias y con trampa, los que afirman que todos los grandes
autores han escrito en periódicos. Bécquer y
García Márquez son grandes y escribieron
en periódicos. Pero debemos ser sensatos: no son grandes
por lo que han escrito para los periódicos. Pusieron
en marcha su relojería artesanal al cruzar las fronteras
de otros espacios. Negar la trascendencia literaria de los
géneros, perderle el respeto a los recursos que se
mueven un paso más allá del estilo, no significa
exaltar los poderes de la escritura, sino recortar ideológicamente
sus posibilidades. El verbo dice su juramento y se hace carne
en la ficción, sólo en la ficción y nada
más que en la ficción.
El elogio desmedido esconde una mancha de familia, una vergüenza
injusta sobre la valía particular de la columna. Nada
más ridículo que la señorita de provincias
disfrazada de marquesa o que el currículum de los eternos
aspirantes a genio adornado con mil flores naturales. La columna
está bien como está, soportando con inteligencia
y arte los templos de las horas veloces. La columna vale lo
que vale y no hay que ponerla a competir con los géneros
mayores, porque en esta carrera puede estrellarse y sufrir
el accidente espiritual de su degradación. Las alabanzas
desmedidas de un oficio convertido en filigrana sólo
sirven para imponer la tentación de las recetas amaneradas,
un estilismo burocrático que confunde el pensamiento
con la ocurrencia y la virtud lingüística con
un barroco tan chillón como vestido de domingo en la
plaza de las vulgaridades.
Algunos oficinistas de las musas han llegado a argumentar
que no hace falta tener ideas para escribir columnas, que
se pueden defender cosas opuestas de una sola vez, respetando
únicamente la distancia que hay entre dos imágenes
llamativas o entre dos puntos y aparte. Pero se trata de un
cinismo propio de algunos autores, no de la esencia vana de
un género que, por el contrario, necesita opinar del
mundo a fuerza de miradas personales y de coraje, mezclándose
con los pasos de cebra y con los titulares de periódico,
con las tormentas de verano y con los bombardeos imperialistas,
con las confusiones del amor y con las hazañas de los
políticos. Debajo de toda buena columna hay un artículo
de opinión escondido, estilizado, hecho perplejidad
personal. La literatura del columnista es el pensamiento grave,
pero en forma de mañana de invierno, de sensación
infantil en medio de una tristeza primaveral o de paseo solitario
junto a unos árboles recién cortados. Tan incómoda
resulta la carencia de ideas como el dogmatismo de los sermoneadores
profesionales. La columna exige el humor, el lirismo, el tiempo
hecho vida, la tarde de lluvia o los manteles de una fiesta
recordada. Luis Buñuel dedicó unas páginas
de sus memorias a defender la preparación del dry martini
perfecto, un fiel compañero de sus días más
felices. «Básicamente», escribe, «se
compone de ginebra y de unas gotas de vermut, preferentemente
Noilly-Prat. Los buenos catadores que toman el dry martini
muy seco, incluso han llegado a decir que basta con dejar
que un rayo de sol pase a través de una botella de
Noilly-Prat antes de dar en la copa de ginebra.» También
el pensamiento de los columnistas debe esperar a que un rayo
de sol o un copo de nieve lo acerquen, como un rumor sumergido,
hasta la vida cotidiana, que no es la vida de todos los días,
sino la vida de todos nosotros. Todos nosotros hechos vida,
no seres de tiempo filosófico, sino habitantes de una
ciudad con meses de marzo, cielos nublados, mañanas
de sol o teorías mojadas por la lluvia.
Y aquí salgo del ascensor, porque he llegado a mi piso.
Vuelvo a casa más bebido que de costumbre. La cena
de nochevieja fue todo un éxito, los amigos cumplieron
su papel, sacaron de sus almas buen humor, de sus recuerdos
temas de conversación y de la nevera mucho hielo para
mantener la lumbre de las opiniones. Mañana me levantaré
con resaca. No está mal, las columnas son la escritura
de los convalecientes.
Luis García Montero |