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LAS APARIENCIAS
Antonio Muñoz Molina
Alfaguara. Madrid, 1995. 272 páginas

La solapa
«En una vocación solitaria de conocimientos y viaje la que lo impulsa a uno a mirar sin descanso y a vivir atrapado en las miradas de otros» De esta forma nos define Antonio Muñoz Molina su manera de entender el oficio de escribir, una idea que impregna todos los artículos que aquí se recogen bajo el título de Las apariencias. Estas páginas además de ofrecernos una serie de historias humanas, poseías de esa parte inquietante que a veces tienen los hechos reales, nos guían por los caminos que el escritor anduvo durante el tiempo en que fueron escritas (1988- 1991) y publicadas en ABC y El País. Las apariencias nos permite conocer aquellos sucesos que entonces impresionaron al escritor, los recuerdos que en esos años acudían con frecuencia a su memoria y nos descubre una época decisiva a la hora de entender su manera de relacionarse con lo literario. La mujer de identidad desconocida que agoniza en una acera de la Gran Vía, un inocente que ha de soportar la terrible acusación de haber abusado de su hija de dos años, desaparecidos, traficantes de muertos, visitantes ocasionales de la locura, capítulos sueltos y anónimos de la comedia humana, o recuerdos de aquel que fue un adolescente con pretensiones literarias y cosmopolitas y que hoy conocemos como Antonio Muñoz Molina. El volumen recoge 43 columnas y un prólogo de la también escritora y mujer del autor, Elvira Lindo. En los textos destaca su pasión por la literatura, por el cine, pero anuncia una mayor intención observadora, como explica en ‘La manera de mirar’, columna que abre el volumen. En ella, Muñoz Molina asegura: "Durante demasiado tiempo uno creyó que el arte, aunque se alimentara de la vida, era superior a ella, y miró cuadros y frecuentó canciones y libros ocmo un adicto que exige al opio la felicidad y le agradece los sueños de sus ojos cerrados. Vivir era presenciar de lejos las vidas de otros y recluirse en pleno día en la quietud narcótica de una sala de cine y mirar la sombra de uno mismo que proyectaba la lámpara de su habitación y descubrir, cuando caía la noche, sombras iguales en las ventanas de la vecindad. Hizo de la claudicación una especie de heroísmo: algunas veces miró con la expresión turbia y obstinada con que Johnny Guitar solicitaba una mentira. Sólo ahora, tan tarde, uno va sabiendo que hay otra manera de mirar misterios evidentes y ocultos en el juego de las apariencias. Basta de espejos y de sombras, se dice, basta ya de melancolía y de literatura, de canciones escuchadas para sufrir más dulcemente y de libros escritos y leídos para inventarse una vida que no supo tener. Procurará mirar desde ahora las cosas con los ojos tan apasionadamente abiertos como un pintor de la verdad, como Edward Hopper o Velázquez, con la serenidad de Vermeer, con el espanto y la rabia, si es preciso, de Francis Bacon, con la inocencia de un recién llegado, con la temeridad de un espía que se juega la vida con su indagación. Intentará vivir para contarlo".

Lo que han dicho

Leyendo el futuro
“En más de una ocasión, Antonio Muñoz Molina ha reconocido una devoción especial por esos libros que se han ido construyendo sin que él se diera cuenta, sin que el escritor tuviera la sensación de un principio y un fin en su propio trabajo. Así tuvo entre sus manos el primero, El Robinson urbano, un volumen donde se reunían sus primeros artículos en la prensa granadina, y fue precisamente ese libro, publicado en una modesta editorial y pagado de su bolsillo, el que le proporcionó la primera emoción, ese encuentro de dos viejos amigos que han de reconocerse de nuevo, el escritor y las páginas que iba entregando al periódico, que con el tiempo envejecían en una carpeta y que volvían a su esplendor primero, embellecidas en su dimensión de libro. Las recopilaciones, tanto sea de artículos como de relatos, han ido intercalándose entre la producción novelística de Muñoz Molina. Ahí tenemos el Diario del Nautilus (1985), una colección de sus artículos en el Ideal (…) No creo exagerar si aventuro que siguiendo el curso trazado por lo que se escribió en ellas seguimos más de cerca los pasos del escritor al que deseamos conocer. La novela no nos basta, su preparación precisa de un fuego lento, y a menudo, el lector, ajeno por fortuna a los desvelos y las dificultades que presenta llegar al final de una historia, se desvincula del autor hasta que éste le ofrece otra nueva creación. Por tanto, los artículos y los cuentos suponen un alimento mutuo en esos tiempos de silencio, el lector mantiene vivo el contacto con el escritor, y el escritor, a su vez, mantiene un diálogo con el presente. (…) Muñoz Molina nos avisa, nos ha ido avisando a través de los artículos, de sus cambios literarios que son, en definitiva, cambios o crecimientos personales. (…)

Los artículos que conforman este libro fueron escritos desde enero de 1988 hasta mayo de 1991, unos se publicaron en ABC y otros en El País, en la sección de cultura bajo el mismo nombre que ahora los reúne, Las apariencias, o bien en opinión. (…) Fueron algunos más los artículos que Muñoz Molina escribió en esos tres años, pero son éstos los que desprendían la misma melodía, la misma forma de tocar la naturaleza extraña de os hechos, también en lo que se refiere a las teorías que el escritor desarrolla sobre la relación de arte, el artista y la vida (…). Por supuesto que estos artículos tienen algo en común, es fundamental que estén dispuestos cronológicamente –salvo el primero- porque es el momento en que el escritor decide traicionarse a sí mismo, a lo que él mismo ha contribuido a que se espere de él. Quien escribió tantos artículos rabiosamente intelectuales, hermosamente intoxicados de literatura, quien creó personajes completamente novelescos, argumentos de género, situaciones que respondían a estereotipos reconocibles, y escenarios internacionales, reniega ahora de su posible enfermedad literaria y abre las ventanas de la calle y del recuerdo personal. (…)

Si hay algo revelador en este libro es el camino que anduvo el escritor hasta que encontró a un personaje con el que todavía no se había atrevido a enfrentarse, ese personaje era él mismo, alguien que había estado agazapado o disfrazado en Beatus Ille, en El invierno en Lisboa o en Beltenebros. Después de estas tres novelas,. Muñoz Molina se encontraba con el deber moral de decidir si continuaba en lo que hasta el momento le había reportado importantes reconocimientos o cambiar de rumbo y entregarse a sí mismo sinceramente, descargándose de pudores innecesarios.
Elvira Lindo, prólogo del libro

Ciudadano Ulises
Mirar con la inocencia de un recién llegado y la temeridad de un espía: así quiere mirar el mundo Antonio Muñoz Molina en los 43 artículos de Las apariencias, publicados entre 1988 y 1991 en ABC y El País. Muñoz Molina ha ido reuniendo sus artículos como quien pasea por la ciudad y las páginas de los periódicos, sin rumbo fijo, tras las huellas de Baudelaire y Walter Benjamín, pero también, según la imagen de Hans-Jürgen Gawoll, como Montaigne, viajero en su biblioteca: entre el pasear y el pensar, el vagar y el divagar.

Creo que Muñoz Molina ya es más que un escritor: es una manera de mirar, una manera de escribir. Él lo dice: lo que importa en la literatura no es la voluntad de estilo, sino el instinto de mirar. Hay inocencia en los ojos de un recién llegado, pero también ha prevención; y es experta, además de temeraria, la mirada de un espía: Muñoz Molina mira para ver más allá de las apariencias, pues adivina que la mirada puede mentir.

Sospecha, como aquel detective ciego, Max Carrados, que los ojos se confían, se engañan, son poco fiables. El detective Carrados se aliaba con todos sus sentidos para explorar las apariencias: así oía lo que nadie oye y veía lo que nadie ve.
Muñoz Molina recurre a un prodigio para no ceder a las mentiras de la luz: vivir en conversación con los difuntos, escuchar con los ojos a los muertos. Así describía Quevedo el trato con los libros. Usa para afinar la mirada un aparato óptico: la tradición literaria. A través del filtro de la literatura, el mundo es un tiempo y un espacio únicos donde habitan Cervantes, Borges, Teresa de Ávila, Graham Greene, Don Qujote, la señora Bovary y el doctor Jekyll, los colores de Velázquez, Hopper y Vermeer, y los vecinos de la ciudad donde mira y escribe Muñoz Molina, personajes de una novela que no existe, aunque se esté desarrollando ante nuestros ojos.

Escribió Emilio Lledó que lo efímero nos impulsa a inventar lo clásico, aquellos capaz de revivir sin fin en la memoria. Pero Muñoz Molina inventa lo efímero desde la memoria de los clásicos: transfigura en héroes a los individuos fugaces que cruzan las ciudades, esos lugares que no son lugares, estudiados por el etnólogo Mac Augé, aeropuertos y bares y hoteles, puntos de tránsito y desaparición. El ciudadano anónimo que está a punto de doblar la esquina, a los ojos de Muñoz Molina, es tan excepcional y misterioso como Ulises. Quizá porque la fugacidad es el asunto principal de la literatura, que pretende volver perdurables nuestros gestos, Muñoz Molina utiliza el artículo de periódico, el género literario más fugaz, para mirar el mundo. Se trata de un mirar que va modificando la mirada, la del escritor y la del lector. Es así: los verdaderos escritores transforman nuestra manera de mirar.
Justo Navarro, Babelia, 9 de diciembre de 1995


Un texto

El color de los sueños
"Dice Leonardo en su tratado de la pintura que las sombras de las colinas se vuelven azules al atardecer. Joan Miró pinta un gran espacio azul que ocupa toda la superficie del lienzo y lo cruza en diagonal con unas palabras que se parecen a ese largo rastro blanco que dejan silenciosamente en lo más alto del cielo los aviones supersónicos: Éste es el color de mis sueños.

Mientras vivía era fácil imaginar sus dedos manchados por luminosos residuos de los colores que usaba, vívidos azules, amarillos, rojos, negros de tinta nocturna de constelaciones. En Madrid, en un vestíbulo muy transitado de gente, alguien me deja un sobre cerrado y se marcha, y al abrirlo encuentro unas páginas pulcramente copiadas en ordenador en las que se habla de Vermeer de Delft, de sus azules contagiosos. El azul de Vermeer, el de Miró, el de Leonardo, es un color sereno, con luz de mediodía y amplitudes hospitalarias de lejanía y ternura. EL azul de Van Gogh es tempestuoso y vengativo; el de Marc Chagall también es el color de sus sueños. El de los cielos urbanos de Edward Hopper es un desolado azul de autopista, un azul indiferente y sucio de tejados que alguien mira desde la ventana de la habitación interior de un hotel que da a patios de luces y a muros de ladrillo rojizo oscurecidos de hollín. Desde esa ventana, alguien mira y siente a su espalda toda la soledad cautelosa de la habitación, que espera como un animal en guardia a que su solitario inquilino se dé la vuelta y se atreva a mirarla, a enfrentarse a un vacío donde hasta hace pocos minutos hubo una presencia que ha desparecido tras la puerta cerrada. El azul de Edward Hopper es un color de despedida, es el azul que alguien ve mientras camina por una ciudad y sabe que dentro de unas horas ha de marcharse de ella.

Las penumbras de Rembrandt excluyen los azules. René Magritte es un espía y un perito del azul: él ha visto lo que tal vez sólo saben con su absorta fijeza las pupilas de una lechuza: ese azul tenue y transparente que dura en el cielo frío del invierno cuando en las calles de la ciudad ya es de noche y se han encendido las luces en las ventanas. El azul de Magritte rompe el espacio geométrico del bastidor y se suma a la claridad de otro cielo pintado: las nubes surcan el aire e ingresan en el interior de la pintura. El azul del cielo se repite en el fondo de unos ojos, y al amante le da miedo asomarse a ellos. "De tu mirada emerge a veces la costa del espanto", dice Pablo Neruda. En Blue velvet, la alta y pálida Isabella Rossellini, que mira y habla y se mueve como bajo la influencia de un hipnotismo entre prerrafaelista y pornográfico, canta iluminada por un foco suciamente azul y tiene los párpados azules, como las rameras babilónicas, que se los pintaban de antimonio. En las ciudades invernales, en las ciudades lluviosas donde la gente mira al vacío con ojos de un azul muerto, el viajero puede morirse de nostalgia no de su país ni de la abierta claridad del sol, sino de los azules con que se educó su mirada. Los matices del gris, los verdes húmedos y los ocres del Norte no pueden nunca consolarlo. A los nórdicos, acostumbrados a su azul doméstico, al prudente azul de sus porcelanas, sus moquetas y sus breves días soleados, les ocurre exactamente lo contrario: se emborrachan de azules en los países del Mediterráneo y de Oriente, reniegan de sí mismos y emprenden viajes de delirio que los llevan a descubrir las fuentes del Nilo, a transfigurarse en jeques beduinos o a vivir errantes bajo las geografías inversas de los azules del Sur y a morir sin volver nunca a los grises fúnebres de donde huyeron. Lwarence Durrel en Provenza, Graves en Mallorca, Brenan en Alhaurín el Grande, provincia de Málaga. El apátrida llegado a Europa desde el hemisferio austral siente que todas las calles y todas las ciudades son iguales y de pronto una mancha azul le devuelve la vida: "Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad"; dice Raúl González Tuñón, "y la mujer que amo con una boina azul".

Hay lugares marítimos donde el azul cunde como una epidemia, como un rastro que guía la mirada y los pasos hacia otros azules, el azul denso y reluciente de la pintura de los barcos de pesca, el de los marcos y los postigos de las ventanas, el de las vigas de las casas, un azul inflexible contra la cal de las paredes, como el azul de esas manos abiertas que se ven a veces en las fachadas de Marruecos y el que fluye en penumbra desde el interior inaccesible de los patios. En Cadaqués yo he visto un azul tan obsesivo y asediante como el silbido de la tramontana. Tras un cristal estremecido se ven los azules impasibles y parece mentira que el viento no los desbarate y los retuerza como a los olivos salvajes de los acantilados. Es el azul que mira la muchacha de espaldas de Salvador Dalí, el que existía en los ojos de Joan Miró, un azul alucinatorio y catalán que sólo puede ser catalogado en sus variedades e inflexiones por la sabiduría cromática de Josep Pla. Viéndolo me acordaba de un relato de Howard Phillip Lovecraft cuyo título es de una maestría que casi nos exime de seguir leyéndolo: El color que cayó del cielo. Por oír una voz elegida que pronuncie su nombre, don Pedro Salinas dice que lo tiraría todo, hasta el azul del océano en los mapas, que seguramente es el primer azul que nos conmueve en nuestra vida y el único que lo resarce a uno de haber tardado tanto en ver el mar. En el blanco y negro del cine resplandecen azules que los ojos no ven: sabemos que en París, durante los primeros días lúgubres de la ocupación, los alemanes vestían de gris, e Ingrid Bergman, de azul.

Los mejores azules son los que surgen tan inesperadamente como manchas audaces arrojadas a un lienzo vació por la mano ebria de un pintor y los que vemos o imaginamos en algunos sueños, en las películas antiguas de navegaciones y piratas, en las novelas de aventuras; durante años, el azul más importante de mi vida fue el que vieron desde la cima de un volcán apagado los náufragos de Julio Verne en La isla misteriosa; un azul unánime y un poco sombrío que era el del Pacífico sur en el mapamundi de mi enciclopedia escolar. Ahora me acuerdo de aquellos libros y de todos los azules que guarda la memoria infiel de los ojos al abrir el periódico y encontrar en sus páginas la noticia del descubrimiento de otro azul que sólo existe en las regiones más inaccesibles de la Tierra; en las laderas del Himalaya, unos científicos acaban de encontrar la planta más azul del mundo, "un fruto tropical que es más azul que la baya más azul conocida". Un azul mágico, casi abstracto, porque esa planta, nos dice, no contiene pigmentos azules; es azul porque sus delgadas capas de materia transparente reflejan unas ciertas longitudes de onda de la luz; como en la pintura, el color sólo existe en la pupila de quien mira. Sé de exploradores que han buscado países, tesoros enterrados, ciudades perdidas; me he educado leyendo relatos de viajes en busca del Vellocino de Oro, de Eldorado, de la Fuente Juvencia, del Santo Grial; hasta hoy, cuando he encontrado ese titular que era como una mancha de azul en la monótona tipografía del periódico -"Descubierta en Asia la planta más azul del mundo"-, no pude imaginar que alguien emprendiera un viaje al Himalaya en busca de un color; lo han visto brillar como un metal en la penumbra de la selva, inasible como el polvo de oro que el viento dispersa entre la arena en aquella película de John Huston. Porque ese azul tampoco podrán traerlo consigo cuando vuelvan: les quedará el testimonio cada vez más inexacto de los recuerdos y de las fotografías, y puede que alguna vez merezcan soñarlo. Así se despide uno de los azules de Vermeer cuando abandona el museo y del azul de una ciudad donde le ha anochecido sin que se diera cuenta mientras preparaba su equipaje".
Antonio Muñoz Molina