La
solapa
«En una vocación solitaria de conocimientos y
viaje la que lo impulsa a uno a mirar sin descanso y a vivir
atrapado en las miradas de otros» De esta forma nos
define Antonio Muñoz Molina su manera
de entender el oficio de escribir, una idea que impregna todos
los artículos que aquí se recogen bajo el título
de Las apariencias. Estas páginas además
de ofrecernos una serie de historias humanas, poseías
de esa parte inquietante que a veces tienen los hechos reales,
nos guían por los caminos que el escritor anduvo durante
el tiempo en que fueron escritas (1988- 1991) y publicadas
en ABC y El País. Las apariencias
nos permite conocer aquellos sucesos que entonces impresionaron
al escritor, los recuerdos que en esos años acudían
con frecuencia a su memoria y nos descubre una época
decisiva a la hora de entender su manera de relacionarse con
lo literario. La mujer de identidad desconocida que agoniza
en una acera de la Gran Vía, un inocente que ha de
soportar la terrible acusación de haber abusado de
su hija de dos años, desaparecidos, traficantes de
muertos, visitantes ocasionales de la locura, capítulos
sueltos y anónimos de la comedia humana, o recuerdos
de aquel que fue un adolescente con pretensiones literarias
y cosmopolitas y que hoy conocemos como Antonio Muñoz
Molina. El volumen recoge 43 columnas y un prólogo
de la también escritora y mujer del autor, Elvira
Lindo. En los textos destaca su pasión por
la literatura, por el cine, pero anuncia una mayor intención
observadora, como explica en ‘La manera de mirar’,
columna que abre el volumen. En ella, Muñoz Molina
asegura: "Durante demasiado tiempo uno creyó que
el arte, aunque se alimentara de la vida, era superior a ella,
y miró cuadros y frecuentó canciones y libros
ocmo un adicto que exige al opio la felicidad y le agradece
los sueños de sus ojos cerrados. Vivir era presenciar
de lejos las vidas de otros y recluirse en pleno día
en la quietud narcótica de una sala de cine y mirar
la sombra de uno mismo que proyectaba la lámpara de
su habitación y descubrir, cuando caía la noche,
sombras iguales en las ventanas de la vecindad. Hizo de la
claudicación una especie de heroísmo: algunas
veces miró con la expresión turbia y obstinada
con que Johnny Guitar solicitaba una mentira. Sólo
ahora, tan tarde, uno va sabiendo que hay otra manera de mirar
misterios evidentes y ocultos en el juego de las apariencias.
Basta de espejos y de sombras, se dice, basta ya de melancolía
y de literatura, de canciones escuchadas para sufrir más
dulcemente y de libros escritos y leídos para inventarse
una vida que no supo tener. Procurará mirar desde ahora
las cosas con los ojos tan apasionadamente abiertos como un
pintor de la verdad, como Edward Hopper o
Velázquez, con la serenidad de Vermeer,
con el espanto y la rabia, si es preciso, de Francis
Bacon, con la inocencia de un recién llegado,
con la temeridad de un espía que se juega la vida con
su indagación. Intentará vivir para contarlo".
Lo que han dicho
Leyendo el futuro
“En más de una ocasión, Antonio
Muñoz Molina ha reconocido una devoción especial
por esos libros que se han ido construyendo sin que él
se diera cuenta, sin que el escritor tuviera la sensación
de un principio y un fin en su propio trabajo. Así
tuvo entre sus manos el primero, El Robinson urbano,
un volumen donde se reunían sus primeros artículos
en la prensa granadina, y fue precisamente ese libro, publicado
en una modesta editorial y pagado de su bolsillo, el que le
proporcionó la primera emoción, ese encuentro
de dos viejos amigos que han de reconocerse de nuevo, el escritor
y las páginas que iba entregando al periódico,
que con el tiempo envejecían en una carpeta y que volvían
a su esplendor primero, embellecidas en su dimensión
de libro. Las recopilaciones, tanto sea de artículos
como de relatos, han ido intercalándose entre la producción
novelística de Muñoz Molina. Ahí tenemos
el Diario del Nautilus (1985), una colección
de sus artículos en el Ideal (…) No
creo exagerar si aventuro que siguiendo el curso trazado por
lo que se escribió en ellas seguimos más de
cerca los pasos del escritor al que deseamos conocer. La novela
no nos basta, su preparación precisa de un fuego lento,
y a menudo, el lector, ajeno por fortuna a los desvelos y
las dificultades que presenta llegar al final de una historia,
se desvincula del autor hasta que éste le ofrece otra
nueva creación. Por tanto, los artículos y los
cuentos suponen un alimento mutuo en esos tiempos de silencio,
el lector mantiene vivo el contacto con el escritor, y el
escritor, a su vez, mantiene un diálogo con el presente.
(…) Muñoz Molina nos avisa, nos ha ido avisando
a través de los artículos, de sus cambios literarios
que son, en definitiva, cambios o crecimientos personales.
(…)
Los artículos que conforman este libro fueron escritos
desde enero de 1988 hasta mayo de 1991, unos se publicaron
en ABC y otros en El País, en la sección de
cultura bajo el mismo nombre que ahora los reúne, Las
apariencias, o bien en opinión. (…) Fueron algunos
más los artículos que Muñoz Molina escribió
en esos tres años, pero son éstos los que desprendían
la misma melodía, la misma forma de tocar la naturaleza
extraña de os hechos, también en lo que se refiere
a las teorías que el escritor desarrolla sobre la relación
de arte, el artista y la vida (…). Por supuesto que
estos artículos tienen algo en común, es fundamental
que estén dispuestos cronológicamente –salvo
el primero- porque es el momento en que el escritor decide
traicionarse a sí mismo, a lo que él mismo ha
contribuido a que se espere de él. Quien escribió
tantos artículos rabiosamente intelectuales, hermosamente
intoxicados de literatura, quien creó personajes completamente
novelescos, argumentos de género, situaciones que respondían
a estereotipos reconocibles, y escenarios internacionales,
reniega ahora de su posible enfermedad literaria y abre las
ventanas de la calle y del recuerdo personal. (…)
Si hay algo revelador en este libro es el camino que anduvo
el escritor hasta que encontró a un personaje con el
que todavía no se había atrevido a enfrentarse,
ese personaje era él mismo, alguien que había
estado agazapado o disfrazado en Beatus Ille, en
El invierno en Lisboa o en Beltenebros.
Después de estas tres novelas,. Muñoz Molina
se encontraba con el deber moral de decidir si continuaba
en lo que hasta el momento le había reportado importantes
reconocimientos o cambiar de rumbo y entregarse a sí
mismo sinceramente, descargándose de pudores innecesarios.
Elvira Lindo, prólogo del libro
Ciudadano Ulises
Mirar con la inocencia de un recién llegado y la temeridad
de un espía: así quiere mirar el mundo Antonio
Muñoz Molina en los 43 artículos de Las
apariencias, publicados entre 1988 y 1991 en ABC
y El País. Muñoz Molina ha ido reuniendo
sus artículos como quien pasea por la ciudad y las
páginas de los periódicos, sin rumbo fijo, tras
las huellas de Baudelaire y Walter
Benjamín, pero también, según
la imagen de Hans-Jürgen Gawoll, como
Montaigne, viajero en su biblioteca: entre el pasear
y el pensar, el vagar y el divagar.
Creo que Muñoz Molina ya es más que un escritor:
es una manera de mirar, una manera de escribir. Él
lo dice: lo que importa en la literatura no es la voluntad
de estilo, sino el instinto de mirar. Hay inocencia en los
ojos de un recién llegado, pero también ha prevención;
y es experta, además de temeraria, la mirada de un
espía: Muñoz Molina mira para ver más
allá de las apariencias, pues adivina que la mirada
puede mentir.
Sospecha, como aquel detective ciego, Max Carrados, que los
ojos se confían, se engañan, son poco fiables.
El detective Carrados se aliaba con todos sus sentidos para
explorar las apariencias: así oía lo que nadie
oye y veía lo que nadie ve.
Muñoz Molina recurre a un prodigio para no ceder a
las mentiras de la luz: vivir en conversación con los
difuntos, escuchar con los ojos a los muertos. Así
describía Quevedo el trato con los
libros. Usa para afinar la mirada un aparato óptico:
la tradición literaria. A través del filtro
de la literatura, el mundo es un tiempo y un espacio únicos
donde habitan Cervantes, Borges, Teresa de Ávila,
Graham Greene, Don Qujote, la señora Bovary
y el doctor Jekyll, los colores de Velázquez,
Hopper y Vermeer, y los
vecinos de la ciudad donde mira y escribe Muñoz Molina,
personajes de una novela que no existe, aunque se esté
desarrollando ante nuestros ojos.
Escribió Emilio Lledó que lo
efímero nos impulsa a inventar lo clásico, aquellos
capaz de revivir sin fin en la memoria. Pero Muñoz
Molina inventa lo efímero desde la memoria de los clásicos:
transfigura en héroes a los individuos fugaces que
cruzan las ciudades, esos lugares que no son lugares, estudiados
por el etnólogo Mac Augé, aeropuertos y bares
y hoteles, puntos de tránsito y desaparición.
El ciudadano anónimo que está a punto de doblar
la esquina, a los ojos de Muñoz Molina, es tan excepcional
y misterioso como Ulises. Quizá porque la fugacidad
es el asunto principal de la literatura, que pretende volver
perdurables nuestros gestos, Muñoz Molina utiliza el
artículo de periódico, el género literario
más fugaz, para mirar el mundo. Se trata de un mirar
que va modificando la mirada, la del escritor y la del lector.
Es así: los verdaderos escritores transforman nuestra
manera de mirar.
Justo Navarro, Babelia, 9 de diciembre de 1995
Un texto
El color de los sueños
"Dice Leonardo en su tratado de la pintura
que las sombras de las colinas se vuelven azules al atardecer.
Joan Miró pinta un gran espacio azul
que ocupa toda la superficie del lienzo y lo cruza en diagonal
con unas palabras que se parecen a ese largo rastro blanco
que dejan silenciosamente en lo más alto del cielo
los aviones supersónicos: Éste es el color de
mis sueños.
Mientras vivía era fácil imaginar sus dedos
manchados por luminosos residuos de los colores que usaba,
vívidos azules, amarillos, rojos, negros de tinta nocturna
de constelaciones. En Madrid, en un vestíbulo muy transitado
de gente, alguien me deja un sobre cerrado y se marcha, y
al abrirlo encuentro unas páginas pulcramente copiadas
en ordenador en las que se habla de Vermeer de Delft,
de sus azules contagiosos. El azul de Vermeer, el de Miró,
el de Leonardo, es un color sereno, con luz de mediodía
y amplitudes hospitalarias de lejanía y ternura. EL
azul de Van Gogh es tempestuoso y vengativo;
el de Marc Chagall también es el color
de sus sueños. El de los cielos urbanos de Edward
Hopper es un desolado azul de autopista, un azul
indiferente y sucio de tejados que alguien mira desde la ventana
de la habitación interior de un hotel que da a patios
de luces y a muros de ladrillo rojizo oscurecidos de hollín.
Desde esa ventana, alguien mira y siente a su espalda toda
la soledad cautelosa de la habitación, que espera como
un animal en guardia a que su solitario inquilino se dé
la vuelta y se atreva a mirarla, a enfrentarse a un vacío
donde hasta hace pocos minutos hubo una presencia que ha desparecido
tras la puerta cerrada. El azul de Edward Hopper es un color
de despedida, es el azul que alguien ve mientras camina por
una ciudad y sabe que dentro de unas horas ha de marcharse
de ella.
Las penumbras de Rembrandt excluyen los azules.
René Magritte es un espía y
un perito del azul: él ha visto lo que tal vez sólo
saben con su absorta fijeza las pupilas de una lechuza: ese
azul tenue y transparente que dura en el cielo frío
del invierno cuando en las calles de la ciudad ya es de noche
y se han encendido las luces en las ventanas. El azul de
Magritte rompe el espacio geométrico del bastidor
y se suma a la claridad de otro cielo pintado: las nubes surcan
el aire e ingresan en el interior de la pintura. El azul del
cielo se repite en el fondo de unos ojos, y al amante le da
miedo asomarse a ellos. "De tu mirada emerge a veces
la costa del espanto", dice Pablo Neruda.
En Blue velvet, la alta y pálida Isabella
Rossellini, que mira y habla y se mueve como bajo
la influencia de un hipnotismo entre prerrafaelista y pornográfico,
canta iluminada por un foco suciamente azul y tiene los párpados
azules, como las rameras babilónicas, que se los pintaban
de antimonio. En las ciudades invernales, en las ciudades
lluviosas donde la gente mira al vacío con ojos de
un azul muerto, el viajero puede morirse de nostalgia no de
su país ni de la abierta claridad del sol, sino de
los azules con que se educó su mirada. Los matices
del gris, los verdes húmedos y los ocres del Norte
no pueden nunca consolarlo. A los nórdicos, acostumbrados
a su azul doméstico, al prudente azul de sus porcelanas,
sus moquetas y sus breves días soleados, les ocurre
exactamente lo contrario: se emborrachan de azules en los
países del Mediterráneo y de Oriente, reniegan
de sí mismos y emprenden viajes de delirio que los
llevan a descubrir las fuentes del Nilo, a transfigurarse
en jeques beduinos o a vivir errantes bajo las geografías
inversas de los azules del Sur y a morir sin volver nunca
a los grises fúnebres de donde huyeron. Lwarence
Durrel en Provenza, Graves en Mallorca,
Brenan en Alhaurín el Grande, provincia
de Málaga. El apátrida llegado a Europa desde
el hemisferio austral siente que todas las calles y todas
las ciudades son iguales y de pronto una mancha azul le devuelve
la vida: "Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad";
dice Raúl González Tuñón,
"y la mujer que amo con una boina azul".
Hay lugares marítimos donde el azul cunde como una
epidemia, como un rastro que guía la mirada y los pasos
hacia otros azules, el azul denso y reluciente de la pintura
de los barcos de pesca, el de los marcos y los postigos de
las ventanas, el de las vigas de las casas, un azul inflexible
contra la cal de las paredes, como el azul de esas manos abiertas
que se ven a veces en las fachadas de Marruecos y el que fluye
en penumbra desde el interior inaccesible de los patios. En
Cadaqués yo he visto un azul tan obsesivo y asediante
como el silbido de la tramontana. Tras un cristal estremecido
se ven los azules impasibles y parece mentira que el viento
no los desbarate y los retuerza como a los olivos salvajes
de los acantilados. Es el azul que mira la muchacha de espaldas
de Salvador Dalí, el que existía
en los ojos de Joan Miró, un azul alucinatorio y catalán
que sólo puede ser catalogado en sus variedades e inflexiones
por la sabiduría cromática de Josep
Pla. Viéndolo me acordaba de un relato de
Howard Phillip Lovecraft cuyo título
es de una maestría que casi nos exime de seguir leyéndolo:
El color que cayó del cielo. Por oír una voz
elegida que pronuncie su nombre, don Pedro Salinas
dice que lo tiraría todo, hasta el azul del océano
en los mapas, que seguramente es el primer azul que nos conmueve
en nuestra vida y el único que lo resarce a uno de
haber tardado tanto en ver el mar. En el blanco y negro del
cine resplandecen azules que los ojos no ven: sabemos que
en París, durante los primeros días lúgubres
de la ocupación, los alemanes vestían de gris,
e Ingrid Bergman, de azul.
Los mejores azules son los que surgen tan inesperadamente
como manchas audaces arrojadas a un lienzo vació por
la mano ebria de un pintor y los que vemos o imaginamos en
algunos sueños, en las películas antiguas de
navegaciones y piratas, en las novelas de aventuras; durante
años, el azul más importante de mi vida fue
el que vieron desde la cima de un volcán apagado los
náufragos de Julio Verne en La
isla misteriosa; un azul unánime y un poco sombrío
que era el del Pacífico sur en el mapamundi de mi enciclopedia
escolar. Ahora me acuerdo de aquellos libros y de todos los
azules que guarda la memoria infiel de los ojos al abrir el
periódico y encontrar en sus páginas la noticia
del descubrimiento de otro azul que sólo existe en
las regiones más inaccesibles de la Tierra; en las
laderas del Himalaya, unos científicos acaban de encontrar
la planta más azul del mundo, "un fruto tropical
que es más azul que la baya más azul conocida".
Un azul mágico, casi abstracto, porque esa planta,
nos dice, no contiene pigmentos azules; es azul porque sus
delgadas capas de materia transparente reflejan unas ciertas
longitudes de onda de la luz; como en la pintura, el color
sólo existe en la pupila de quien mira. Sé de
exploradores que han buscado países, tesoros enterrados,
ciudades perdidas; me he educado leyendo relatos de viajes
en busca del Vellocino de Oro, de Eldorado, de la Fuente Juvencia,
del Santo Grial; hasta hoy, cuando he encontrado ese titular
que era como una mancha de azul en la monótona tipografía
del periódico -"Descubierta en Asia la planta
más azul del mundo"-, no pude imaginar que alguien
emprendiera un viaje al Himalaya en busca de un color; lo
han visto brillar como un metal en la penumbra de la selva,
inasible como el polvo de oro que el viento dispersa entre
la arena en aquella película de John Huston.
Porque ese azul tampoco podrán traerlo consigo cuando
vuelvan: les quedará el testimonio cada vez más
inexacto de los recuerdos y de las fotografías, y puede
que alguna vez merezcan soñarlo. Así se despide
uno de los azules de Vermeer cuando abandona el museo y del
azul de una ciudad donde le ha anochecido sin que se diera
cuenta mientras preparaba su equipaje".
Antonio Muñoz Molina |