La
solapa
"Toda la obra narrativa de Millás es
un ejemplo perfecto de literatura crítica. El nombre
de 'articuentos' para los textos aquí recogidos pretende
subrayar su principal peculiaridad: se trata de artículos
de opinión porque como tales aparecieron en la prensa
pero, por sus característica, están más
cerca de los textos de ficción, la fábula o
le microrrelato fantástico.
El libro, prologado por Fernando Valls, es
una recopilación de casi doscientas columnas y artículos
publicados en su gran mayoría en El País, aunque
Millás es además colaborador de otros medios
regionales como La Nueva España, Diario de Mallorca
y Levante. Aparece el volumen organizado por temas,
con apartados como Identidad e identidades, Los entresijos
de la realidad, Moralidades y Asuntos lingüísticos.
El más antiguo de los artículos es del año
1993 y el más reciente del 2000.
Lo que han dicho
Contra la costumbre
Es un hecho que parte importante de la mejor prosa
española -y no sólo española- de los
dos últimos siglos se ha publicado en los periódicos,
pero busquen ustedes en las historias de la literatura al
uso el nombre de un articulista cuyo nombre no sea Mariano
José y cuyo apellido no sea Larra.
No lo hallarán, o lo hallarán porque además
escribió poemas, o dramas, o novelas. Pero la novela
tardó casi tres siglos en abandonar su condición
subalterna de mero entretenimiento sólo apto para ociosos
y convertirse en un arte serio, en ascender a eso que ahora
suele llamarse canon (y por ello don José María
Valverde repetía con razón que Cervantes
nunca hubiera ganado el Premio Cervantes); uno sospecha -o
desea- que no tardará en ocurrirle lo mismo al articulismo.
De ser así, el de Juan José Millás
figurará sin duda en un lugar de honor en la literatura
española de este cambio de siglo.
Articuentos ofrece una antología, magníficamente
ordenada y prologada por Fernando Valls,
de los artículos Millás ha publicado en los
últimos años en este y otros periódicos
desde 1993. El título define la naturaleza híbrida
de estos textos, cuyo origen remoto no es difícil rastrear
en El desorden de tu nombre (1987). Uno de los temas
de fondo de esa novela capital en la trayectoria de Millás
es la pugna entre el cuento y la novela, que no se resuelve,
y que a partir de entonces lleva al autor a alternar los dos
géneros, hasta que el hallazgo de una originalísima
fórmula del articulismo fagocita las virtudes del cuento
-y, hasta cierto punto, también de la novela, que pasa
a alimentarse de ese nuevo género, donde se ensayan,
como afirma Valls, muchos de los procedimientos que luego
se expenden en aquélla-. El artículo se ha convertido
con el tiempo, así, en una suerte de alcaloide de toda
la literatura de Millás.
Dice Montaigne que la costumbre borra el verdadero rostro
de las cosas. Cápsulas narrativas cuyo significado
explosiona en múltiples direcciones, los artículos
de Millás constituyen una batalla sin cuartel contra
la costumbre: su objetivo es permitirnos mirar la realidad
-que para Millás no es sino una construcción
cultural e ideológica- como si la viéramos por
vez primera, con la mirada virgen del extranjero, en todo
su absurdo y su horror, pero también en toda su maravilla.
Como escribir consiste en fabricarse una identidad, el instrumento
de esa desautorización de lo real -y acaso el gran
hallazgo de Millás- es un narrador perplejo y angustiado,
siempre al borde de la depresión, incapaz de asumir
su propia identidad -esa señora tan escurridiza- y
consciente de que siempre es culpable, mientras no se demuestre
lo contrario. Es decir: un narrador que es más o menos
como cualquiera de nosotros, y en cuya vida de permanente
desasosiego y extrañeza, lo irreal -sus fantasmas,
obsesiones y deseos- influye de tal modo en la realidad que
acaba configurándola y, a menudo, siendo la única
vía de acceso a ella. De ahí que Millás
opere casi siempre por asociación, juntando ideas,
palabras u objetos disímiles y arrancando de ese choque
un significado inédito, como si de una especie de greguería
conceptual se tratara. Lo admirable, sin embargo, es que,
gracias precisamente al penchán fantástico de
muchos de estos textos, así como a la capacidad de
Millás para abordar los problemas de la actualidad
desde el ánuglo más inesperado y en apariencia
anecdótico, no es impertinente leer este libro como
una crónica sesgada, moral y política a la vez,
de lo que los últimos años han hecho con este
país, una crónica que non exlucye la denuncia,
pero sí la moralina farisaica y bienpensante de ciertos
columnistas con tendencia al sermón. O dicho de otro
modo: bastaría este puñado de textos para demostrar,
por si todavía hacía falta, que la literatura
periodística de Millás es ahora mismo indispensable.
Javier Cercas, Babelia, 16 de junio de 2001
Los articuentos de Juan José Millás
en su contexto
"No hay hallazgo ideológico que no esté
precedido en alguna medida por un hallazgo formal", escribía
Millás en Visión del ahogado (1977).
Unos años después, en 1990, una fecha clave
en su trayectoria literaria, publica dos novelas, La soledad
era esto, con la que gana el premio Nadal, y Volver
a casa. El 24 de febrero de ese año, empieza a
publicar un artículo semanal, los viernes, en el diario
El País. De las colaboraciones en ese periódico
y en otros medios escritos (los diarios del grupo Prensa Ibérica
y la revista Jano) han surgido tres libros: Algo que te
concierne (1995), Cuentos a la intemperie (1997)
y Cuerpo y prótesis (2000). Si observamos
las fechas, entre 1990 y 1994, en que aparece Tonto, muerto,
bastardo e invisible, no publica ninguna novela. Con
esta última obra, tras su paso por la editorial Destino,
vuelve a Alfaguara, donde luego aparecerán también
El orden alfabético (1998) y No mires
debajo de la cama (1999), sus dos últimas narraciones
largas, caracterizadas por encubrir tras su sencilla apariencia
una esencia compleja.
A mí me gusta pensar que es en 1990, con su trabajo
como articulista en El País, cuando emprende
definitivamente un nuevo rumbo narrativo, adoptando una nueva
poética. En suma, que es en los artículos donde
Millás ensaya, experiementa, con una manera distinta
de encarar la realidad, de insuflarle savia nueva a sus novelas.
Y es en el cruce de géneros (artículo/cuento/fábula/novela,
periodismo/literatura) donde surge esa regeneración
enriquecedora para el conjunto de su obra.
No se me escapa que esta nueva mirada es producto de una larga
gestación y que está, en forma embrionaria,
si se quiere, en su obra anterior. Por ejemplo, en Papel
Mojado (1986), donde el protagonista escribe con "un
toque de ensueño o de irrealidad"; en los cuentos
que luego compondrán Primavera de luto (1992)
o en El desorden de tu nombre (1987), donde hay momentos
en los que se borran las fronteras entre la realidad y la
ficción. Todo ello podría concretarse en dos
cuestiones que me parecen capitales para entender la obra
de Millás. La primera surge al constatar que la pesadilla
que padecemos no puede ser real y que al vivir hoy en un ámbito
fantástico, la literatura debe ser un instrumento para
dar con una grieta que conduzca a lo real. Dicho de otra manera:
sólo en la imaginación podemos encontrar la
clave de la realidad y llevando el razonamiento al absurdo,
utilizando la lógica del disparate hasta sus últimas
consecuencias, podemos entenderla en toda su complejidad.
Buenos ejemplos de esto último son artículos
como 'Enhorabuena', 'Lo real', con el que obtuvo el premio
Mariano de Cavia 1999 y 'Averías'. La segunda cuestión
se refiere a la hibridez genérica; o sea, a una cierta
disolución de los géneros narrativos como la
fórmula más adecuada para el enriquecimiento
de los textos.
Millás nos ha enseñado a percibir la realidad
de una manera distinta. Tal y como él la practica esa
mirada no es más que una forma de ponerla en cuestión;
escribir implica extrañarse de la realidad. Pero en
sus artículos se plasma también una suerte de
ficción, porque como se dice en uno de ellos: "siempre
he mantenido que las cosas irreales han determinado nuestras
vidas mucho más que las reales (en 'El agente de la
Interpol'). ¿Qué es para Millás la realidad,
en qué consiste hoy lo real? En sus textos denuncia
que nos hemos alejado tanto de ella que ya no la reconocemos
y quizá por eso estamos construyendo unos mundos que
"no sugieren este trayecto hacia el interior, hacia el
hueso, sino hacia un exterior fantasmal, sin pulpa ni corteza".
Por ello, estamos buscando desesperadamente lo real. Piensa
el autor en una realidad, más inestable hoy que nunca,
integrada también por lo que consideramos irreal, por
la fantasía. No en balde, ha recordado en varias ocasiones
que lo que llamamos irreal, anormal o imaginario, tiene mucho
más peso en nuestra existencia y una mayor carga simbólica
que la experiencia de lo real. Y quizá por todo ello,
por esa característica que tiene la realidad actual,
de presentarse en permanente estado de reconstrucción,
podemos incidir sobre ella mediante unas descripciones distintas.
Millás concibe la literatura como una vía de
conocimiento que utiliza para explorar los recovecos de la
existencia que desconocemos. Así, por ejemplo, en
El desorden de tu nombre, Julio le confiesa a su psicoanalista
que cree que hay que escribir de lo que no se sabe. Por ello,
el autor se identifica con la metáfora del hijo bastardo
(frente a la del hijo legítimo) para explicar su actitud
ante el hecho literario. Porque representa un tipo de literatura
que surge de la duda, del fracaso, de la sorpresa y la puesta
en cuestión de una realidad que no se acaba de aceptar.
Lo que explica a la perfección que su tradición
literaria sea aquella que pasa por Flaubert,
Dostoievski, Henry James, Joyce, Kafka y
Juan Rulfo. La metamorfosis y
Pedro Páramo son dos textos que él suele
citar con envidia porque en ellos la poetización de
lo real, a la manera platónica, los convierte en metáfora
de la condición humana. No parece casual, así,
que el protagonista de El orden alfabético
se sienta como un escarabajo solitario.
Si sólo podemos acceder a la realidad a través
del símbolo, el periódico es, en sí mismo,
una realidad simbólica dotada de su geografía
particular. Los artículos de Millás desempeñan
en la prensa española la misma función, la de
Pepito Grillo, que los guiñoles de Canal + en la televisión.
Desde ningún otro espacio he visto diseccionada con
tanta lucidez la vida española de estos últimos
años. Quizá porque como ha ocurrido en otras
épocas de nuestra historia (el recuerdo de Valle-Inclán
es obvio), y como sucede en sus últimas novelas, sólo
trastocándola, sólo aplicándole el deformante
espejo de ese metafórico mundo interior, podemos observarla
en toda su complejidad.
Muchos de estos artículos son un modelo perfecto de
cómo tratar la realidad, de ´como ponerla en
cuestión, para mostrarla de una manera más critalina
y sutil "de tal manera -apunta en 'Leer es rebelarse'-
que ni ella misma se pueda contemplar en el espejo sin avergonzarse".
Quizá porque para ver de verdad hay que perder la visión,
como Goya tuvo que quedarse sordo para poder
escuchar los auténticos colores de su producción
oscura (Destino, 'Algo que te concierne').
El título, Articuentos, remite a la hibridez
genérica de los textos. Los que aquí se recogen
son artículos de opinión porque aparecen como
tales en la prensa, no en balde se ocupan de lo que hoy ocurre
en España y en el mundo. Pero por los procedimientos
retóricos y los motivos que utiliza, a veces están
más cerca de los clásicos textos de ficción,
de la fábula o del microrrelato fantástico,
con sus característicos espejos, dobles, máscaras,
fantasmas y transformaciones, la obsesión por el problema
de la identidad, el cultivo de la sorpresa final o la postrera
aparición del término real. Y siempre con el
objetivo de mostrar el revés de la trama, lo verdadero
y lo falos. Otro de sus rasgos característicos es que
la escritura, que en Millás es una peculiar manera
de envolver el pensamiento por medio del humor, la paradoja
o la ironía, acaba por engullir la noticia, lo que
puedeh aber en ellos de comentario sobre la actualidad. Por
lo que en su destilación final sólo queda una
lúcida visión crítica de la realidad
vertida en la mejor literatura posible hoy en España.
Rebusca Millás en las prensa como si hurgara en un
estercolero o en un taller de desguace, intentando dar con
bocados de realidad, con "un pedazo de cualquier cosa
que no haya perdido la capacidad de significa algo",
como escribe en 'Desguaces morales' (La Nueva España,
25 de agosto de 1994). Suele partir de una información
reciente, de un hecho insólito o anecdótico
al que le busca las vueltas para proporcionarle un sentido.
Así, la mecánica de construcción de sus
artículos estriba, en suma, en conectar sucesos e ideas.
De este modo, al relacionar hechos diversos, al mostrar los
hilos invisibles que se tejen entre ellos, cómo se
anuda sorprendentemente la realidad y la ficción, pueden
observarse desde un prisma distinto. Gonzalo Sobejano lo llamó,
con expresión afortunada, "fabulador de la extrañeza".
Y buena prueba de ello son también estos artículos
en los que me voy a detener.
En 'Confusión', el teléfono móvil es
el medio que una mujer utiliza para hablar con su marido,
el mismo individuo que en la realidad se ha transformado en
otro, en el amante. En este caso, (como en Amantes,
de Harold Pinter, o en La fiesta,
de Lluïsa Cunillé) la pareja
necesita de la ficción para mantener su relación,
aunque aquí el hombre acabe teniendo problemas de identidad.
'Peor para ella' (p. 92) es un texto en el que se acaba afirmando
que la realidad es tan voraz que materializa todo lo que nos
pasa por la cabeza: "lo que hace diez o quince años
nos habría parecido un cuento de ciencia ficción
empieza a ser realismo costumbrista". Y, en 'Bienvenidos
a casa', con la excusa de una separación matrimonial,
se muestra cómo los movimientos de la banca, de la
economía, son tan poderosos que se acaban imponiendo
a la voluntad de los individuos.
En estos articuentos, a menudo toma la voz el personaje hipocondríaco
que ha creado el autor, una personalidad escindida, de identidad
cambiante y dudosa. Millás ha confesado que lo que
más le cuesta es dar con esa posición desde
la que va a relatar. No en vano concibe el punto de vista
como un espacio moral. Estos textos, ocurre lo mismo en sus
cuentos y novelas (en este sentido no existen diferencias
sustanciales), surgen al desarrollar una idea inicial, al
ir escuchando las reglas de juego internas de las que se parte,
lo que ahí abajo sigue latiendo. "Cuando escribo
un artículo (...) yo no sé cómo va a
acabar (le confiesa en una entrevista a Pilar Cabañas).
Pero sé que si escucho bien, lo cerraré bien".
En 'Los insectos' explica que escribe de lo que ha perdido
y por ello sus columnas son como los artrópodos. Así,
los tres párrafos que suelen componerlas no son más
que la reproducción de la cabeza, el tórax y
el abdomen de los insectos. Estos cuerpos que son sus artículos
respiran bien a través de los poros que les proporcionan
la distancia irónica y la paradoja, y, al no faltarles
ninguno de los órganos imprescindibles, están
dotados de una lógica interna que los hace vibrar.
Y las mejores piezas, como ocurre con cualquier otro género,
logran sortear esa fatal caducidad que se le atribuye al artículo,
aunque al ser articuentos tengan ya mucho ganado.
Esa estructura cerrada de treinta y dos líneas que
son muchas de las columnas de Millás se ha convertido
en un espacio de libertad, porque como le gusta repetir al
autor "los corsés permiten experimentar mucho".
Allí, tras las operaciones bricolaje a que las somete,
se transforman en el territorio ideal para la experimentación
del que todo escritor insatisfecho y ambicioso ansía
disponer. No en balde en sus artículos aparecen ya
muchos de sus recursos retóricos -singulares por su
frecuencia e intensidad- característicos en sus tres
últimas novelas. Sabíamos que el reportaje podía
enriquecer la novela (ejemplos señeros son A sangre
fría, de Truman Capote, o La
canción del verdugo, de Norma Mailer),
pero dudo que alugien pueda sospechar que un género
tan poco valorado como el artículo iba a oxigenar la
prosa narrativa, el cuento y la novela.
Como puede verse en 'Aún no amanece', hay un hilo que
recorre la obra de Millás y que va dibujando un territorio
mítico, ese Madrid imaginario que aparece en su obra;
Canillas, la calle de su infancia, el barrio de la Prosperidad,
la casa con sus pasillos, la familia (el padre enfrascado
en sus herramientas y lam adre con un dicho siempre a punto),
la infancia y las opiniones actuales del narrador. El territorio
y el pensamiento, en suma, de alguien que era pero que ya
no es hoy Juan José Millás, con ese tratamiento
sutil que le da a lo que él mismo ha denominado como
"la devastadora enfermedad llamada biografía"
('El genoma'). Lo que sí es cierto, sin embargo, es
que toda esa información acaba convertida en literatura
fantástica por sus altas dosis de inversoimilitud o
de irrealidad, pues, como dice en 'Teologías' "gracias
a lo ficticio (...) somos cruelmente verdaderos".
Toda la obra narrativa de Millás, con sus artículos
a la cabeza, es un ejemplo perfecto de esa literatura crítica
que tanto echan de menos los historiadores de la literatura.
No creoq ue exista entre nosotros otro autor que haya puesto
en cuestión, con tanta lucidez, la mala utilización
que del poder han hecho los políticos, la demagogia
de los sindicatos o la hipocondría de los nacionalistas
("la cruda realidad -escribe en 'Nada'- es que no venimos
de ninguna parte ni vamos a ningún sitio"). El
autor apunta al meollo del asunto, a la utilización
del lenguaje (en 'Homologación y atraco' se muestra
cómo manda quien domina el lenguaje( y a la de los
aparatos ideológicos que sustentan el poder, del judicial
al ejecutivo.Si el periódico es un artefacto más
o menos literario, una peculiar metáfora de la realidad,
su representación más inmediata, un cuerpo lleno
de prótesis, las columnas de Juan José Millás
se han convertido en la aorta que desde el corazón
o la espalda del periódico lo bombea.
Si tuviera que quedame con uno sólo de estos textos
elegiría 'Escribir II'. Un texto que puede leerse como
un comentario a la tragedia del Kursk, el sumbarino ruso,
pero también como un arte poético, en la que
Millás apunta que ser escritor sirve para poder contar
ciertas cosas que nos importan. Y cuando lo que se tiene que
relatar son situaciones extremas, como e sas pocas palabras
que escribió a ciegas el comandante de la nave rusa
siniestrada, "la literatura sale a presión, como
por la grieta de una tubería reventada", entonces,
dice Millás, ser escritor "significa vivir rodeado
de pánico percibiendo a tu alrededor bultos que pasan
de un compartimiento a otro con los calcetines mojados".
En estos articuentos que aquí se recogen, el autor
ha deshecho una vez más las fronteras entre el periodismo
y la literatura. A través de ellos nos muestra una
obra viva, en permanente búsqueda de las ofrmas más
sutiles para articular lo rela con lo irreal, empeañada
en repreesntar la realidad con la máxima eficacia posible,
desvelando aquellos mecanismos que tanto nos conciernen, proporcionándoles
un sentido del que carecían. En ello consiste, hoy,
para Millás, el arte de la escritura".
Fernando Valls
Un texto
Un caso de alcoholismo
Conozco a un editorialista que nos explica el mundo cada día
desde las páginas de su periódico, pero que
no es capaz de comprender lo que le pasa a su mujer.
-Hace cosas rarísimas -me cuenta-. El otro día
se le cayó al suelo una taza de café y se echó
a llorar como si hubiera sucedido un drama.
-¿Estaba llena o vacía? -pregunté para
ganar tiempo.
-No sé, creo que tenía agua.
Le sugerí que quizá no fuera agua, sino ginebra.
Muchas mujeres beben detrás de las puertas y sienten
por ello una culpa insoportable. Mi amigo reconoció
que había descubierto varias botellas vacías
bajo el fregadero, aunque negó la posibilidad de que
su mujer fuera una alcohólica clandestina. Fíjense:
un hombre al que le parece verosímil que Clinton
bombardee Afganistán para desviar la atención
del caso Lewinsky, no era capaz de entender
que su mujer bebiera a escondidas.
Comimos juntos y me hizo un análisis minucioso del
panorama nacional e internacional. Me costó mucho entender
la devaluación del rublo y la caída de las bolsas
asiáticas. No me excité con los arrebatos pasionales
de Pujol por Duran, ni de Marqués por Cascos, o viceversa,
pero asentí a todo para que dejara de analizar, pues
se trata de un analítico compulsivo y despieza la realidad
con la misma crueldad que un niño un juguete.
-Lo que no entiendo -dijo al fin- es que mi mujer se haya
dado a la bebida. Si tiene todo lo que quiere.
-Clinton también, y se ha entregado a los bombardeos
porque las felaciones no le llenan. La gente es muy rara.
-No compares a mi mujer con Clinton -respondió-. Ella
no mataría ni una mosca para ocultar un adulterio.
Sin embargo, pensé yo, lo mismo se mete dos botellas
de ginebra al día para soportar los razonamientos de
su marido. Unos atacan hacia fuera y otros hacia dentro. Le
sugerí que escribiera un editorial intentando explicar
lo que le pasaba a su mujer, a ver si eso le ayudaba a comprenderlo.
Pero no me ha vuelto a llamar.
Juan José Millás.
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