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ARTICUENTOS
Juan José Millás
Editorial Alba y Punto de Lectura . Madrid, 2001. 295 páginas

La solapa
"Toda la obra narrativa de Millás es un ejemplo perfecto de literatura crítica. El nombre de 'articuentos' para los textos aquí recogidos pretende subrayar su principal peculiaridad: se trata de artículos de opinión porque como tales aparecieron en la prensa pero, por sus característica, están más cerca de los textos de ficción, la fábula o le microrrelato fantástico.
El libro, prologado por Fernando Valls, es una recopilación de casi doscientas columnas y artículos publicados en su gran mayoría en El País, aunque Millás es además colaborador de otros medios regionales como La Nueva España, Diario de Mallorca y Levante. Aparece el volumen organizado por temas, con apartados como Identidad e identidades, Los entresijos de la realidad, Moralidades y Asuntos lingüísticos. El más antiguo de los artículos es del año 1993 y el más reciente del 2000.

Lo que han dicho

Contra la costumbre
Es un hecho que parte importante de la mejor prosa española -y no sólo española- de los dos últimos siglos se ha publicado en los periódicos, pero busquen ustedes en las historias de la literatura al uso el nombre de un articulista cuyo nombre no sea Mariano José y cuyo apellido no sea Larra. No lo hallarán, o lo hallarán porque además escribió poemas, o dramas, o novelas. Pero la novela tardó casi tres siglos en abandonar su condición subalterna de mero entretenimiento sólo apto para ociosos y convertirse en un arte serio, en ascender a eso que ahora suele llamarse canon (y por ello don José María Valverde repetía con razón que Cervantes nunca hubiera ganado el Premio Cervantes); uno sospecha -o desea- que no tardará en ocurrirle lo mismo al articulismo. De ser así, el de Juan José Millás figurará sin duda en un lugar de honor en la literatura española de este cambio de siglo.

Articuentos ofrece una antología, magníficamente ordenada y prologada por Fernando Valls, de los artículos Millás ha publicado en los últimos años en este y otros periódicos desde 1993. El título define la naturaleza híbrida de estos textos, cuyo origen remoto no es difícil rastrear en El desorden de tu nombre (1987). Uno de los temas de fondo de esa novela capital en la trayectoria de Millás es la pugna entre el cuento y la novela, que no se resuelve, y que a partir de entonces lleva al autor a alternar los dos géneros, hasta que el hallazgo de una originalísima fórmula del articulismo fagocita las virtudes del cuento -y, hasta cierto punto, también de la novela, que pasa a alimentarse de ese nuevo género, donde se ensayan, como afirma Valls, muchos de los procedimientos que luego se expenden en aquélla-. El artículo se ha convertido con el tiempo, así, en una suerte de alcaloide de toda la literatura de Millás.

Dice Montaigne que la costumbre borra el verdadero rostro de las cosas. Cápsulas narrativas cuyo significado explosiona en múltiples direcciones, los artículos de Millás constituyen una batalla sin cuartel contra la costumbre: su objetivo es permitirnos mirar la realidad -que para Millás no es sino una construcción cultural e ideológica- como si la viéramos por vez primera, con la mirada virgen del extranjero, en todo su absurdo y su horror, pero también en toda su maravilla. Como escribir consiste en fabricarse una identidad, el instrumento de esa desautorización de lo real -y acaso el gran hallazgo de Millás- es un narrador perplejo y angustiado, siempre al borde de la depresión, incapaz de asumir su propia identidad -esa señora tan escurridiza- y consciente de que siempre es culpable, mientras no se demuestre lo contrario. Es decir: un narrador que es más o menos como cualquiera de nosotros, y en cuya vida de permanente desasosiego y extrañeza, lo irreal -sus fantasmas, obsesiones y deseos- influye de tal modo en la realidad que acaba configurándola y, a menudo, siendo la única vía de acceso a ella. De ahí que Millás opere casi siempre por asociación, juntando ideas, palabras u objetos disímiles y arrancando de ese choque un significado inédito, como si de una especie de greguería conceptual se tratara. Lo admirable, sin embargo, es que, gracias precisamente al penchán fantástico de muchos de estos textos, así como a la capacidad de Millás para abordar los problemas de la actualidad desde el ánuglo más inesperado y en apariencia anecdótico, no es impertinente leer este libro como una crónica sesgada, moral y política a la vez, de lo que los últimos años han hecho con este país, una crónica que non exlucye la denuncia, pero sí la moralina farisaica y bienpensante de ciertos columnistas con tendencia al sermón. O dicho de otro modo: bastaría este puñado de textos para demostrar, por si todavía hacía falta, que la literatura periodística de Millás es ahora mismo indispensable.
Javier Cercas, Babelia, 16 de junio de 2001

Los articuentos de Juan José Millás en su contexto
"No hay hallazgo ideológico que no esté precedido en alguna medida por un hallazgo formal", escribía Millás en Visión del ahogado (1977). Unos años después, en 1990, una fecha clave en su trayectoria literaria, publica dos novelas, La soledad era esto, con la que gana el premio Nadal, y Volver a casa. El 24 de febrero de ese año, empieza a publicar un artículo semanal, los viernes, en el diario El País. De las colaboraciones en ese periódico y en otros medios escritos (los diarios del grupo Prensa Ibérica y la revista Jano) han surgido tres libros: Algo que te concierne (1995), Cuentos a la intemperie (1997) y Cuerpo y prótesis (2000). Si observamos las fechas, entre 1990 y 1994, en que aparece Tonto, muerto, bastardo e invisible, no publica ninguna novela. Con esta última obra, tras su paso por la editorial Destino, vuelve a Alfaguara, donde luego aparecerán también El orden alfabético (1998) y No mires debajo de la cama (1999), sus dos últimas narraciones largas, caracterizadas por encubrir tras su sencilla apariencia una esencia compleja.

A mí me gusta pensar que es en 1990, con su trabajo como articulista en El País, cuando emprende definitivamente un nuevo rumbo narrativo, adoptando una nueva poética. En suma, que es en los artículos donde Millás ensaya, experiementa, con una manera distinta de encarar la realidad, de insuflarle savia nueva a sus novelas. Y es en el cruce de géneros (artículo/cuento/fábula/novela, periodismo/literatura) donde surge esa regeneración enriquecedora para el conjunto de su obra.

No se me escapa que esta nueva mirada es producto de una larga gestación y que está, en forma embrionaria, si se quiere, en su obra anterior. Por ejemplo, en Papel Mojado (1986), donde el protagonista escribe con "un toque de ensueño o de irrealidad"; en los cuentos que luego compondrán Primavera de luto (1992) o en El desorden de tu nombre (1987), donde hay momentos en los que se borran las fronteras entre la realidad y la ficción. Todo ello podría concretarse en dos cuestiones que me parecen capitales para entender la obra de Millás. La primera surge al constatar que la pesadilla que padecemos no puede ser real y que al vivir hoy en un ámbito fantástico, la literatura debe ser un instrumento para dar con una grieta que conduzca a lo real. Dicho de otra manera: sólo en la imaginación podemos encontrar la clave de la realidad y llevando el razonamiento al absurdo, utilizando la lógica del disparate hasta sus últimas consecuencias, podemos entenderla en toda su complejidad. Buenos ejemplos de esto último son artículos como 'Enhorabuena', 'Lo real', con el que obtuvo el premio Mariano de Cavia 1999 y 'Averías'. La segunda cuestión se refiere a la hibridez genérica; o sea, a una cierta disolución de los géneros narrativos como la fórmula más adecuada para el enriquecimiento de los textos.

Millás nos ha enseñado a percibir la realidad de una manera distinta. Tal y como él la practica esa mirada no es más que una forma de ponerla en cuestión; escribir implica extrañarse de la realidad. Pero en sus artículos se plasma también una suerte de ficción, porque como se dice en uno de ellos: "siempre he mantenido que las cosas irreales han determinado nuestras vidas mucho más que las reales (en 'El agente de la Interpol'). ¿Qué es para Millás la realidad, en qué consiste hoy lo real? En sus textos denuncia que nos hemos alejado tanto de ella que ya no la reconocemos y quizá por eso estamos construyendo unos mundos que "no sugieren este trayecto hacia el interior, hacia el hueso, sino hacia un exterior fantasmal, sin pulpa ni corteza". Por ello, estamos buscando desesperadamente lo real. Piensa el autor en una realidad, más inestable hoy que nunca, integrada también por lo que consideramos irreal, por la fantasía. No en balde, ha recordado en varias ocasiones que lo que llamamos irreal, anormal o imaginario, tiene mucho más peso en nuestra existencia y una mayor carga simbólica que la experiencia de lo real. Y quizá por todo ello, por esa característica que tiene la realidad actual, de presentarse en permanente estado de reconstrucción, podemos incidir sobre ella mediante unas descripciones distintas.

Millás concibe la literatura como una vía de conocimiento que utiliza para explorar los recovecos de la existencia que desconocemos. Así, por ejemplo, en El desorden de tu nombre, Julio le confiesa a su psicoanalista que cree que hay que escribir de lo que no se sabe. Por ello, el autor se identifica con la metáfora del hijo bastardo (frente a la del hijo legítimo) para explicar su actitud ante el hecho literario. Porque representa un tipo de literatura que surge de la duda, del fracaso, de la sorpresa y la puesta en cuestión de una realidad que no se acaba de aceptar. Lo que explica a la perfección que su tradición literaria sea aquella que pasa por Flaubert, Dostoievski, Henry James, Joyce, Kafka y Juan Rulfo. La metamorfosis y Pedro Páramo son dos textos que él suele citar con envidia porque en ellos la poetización de lo real, a la manera platónica, los convierte en metáfora de la condición humana. No parece casual, así, que el protagonista de El orden alfabético se sienta como un escarabajo solitario.

Si sólo podemos acceder a la realidad a través del símbolo, el periódico es, en sí mismo, una realidad simbólica dotada de su geografía particular. Los artículos de Millás desempeñan en la prensa española la misma función, la de Pepito Grillo, que los guiñoles de Canal + en la televisión. Desde ningún otro espacio he visto diseccionada con tanta lucidez la vida española de estos últimos años. Quizá porque como ha ocurrido en otras épocas de nuestra historia (el recuerdo de Valle-Inclán es obvio), y como sucede en sus últimas novelas, sólo trastocándola, sólo aplicándole el deformante espejo de ese metafórico mundo interior, podemos observarla en toda su complejidad.

Muchos de estos artículos son un modelo perfecto de cómo tratar la realidad, de ´como ponerla en cuestión, para mostrarla de una manera más critalina y sutil "de tal manera -apunta en 'Leer es rebelarse'- que ni ella misma se pueda contemplar en el espejo sin avergonzarse". Quizá porque para ver de verdad hay que perder la visión, como Goya tuvo que quedarse sordo para poder escuchar los auténticos colores de su producción oscura (Destino, 'Algo que te concierne').

El título, Articuentos, remite a la hibridez genérica de los textos. Los que aquí se recogen son artículos de opinión porque aparecen como tales en la prensa, no en balde se ocupan de lo que hoy ocurre en España y en el mundo. Pero por los procedimientos retóricos y los motivos que utiliza, a veces están más cerca de los clásicos textos de ficción, de la fábula o del microrrelato fantástico, con sus característicos espejos, dobles, máscaras, fantasmas y transformaciones, la obsesión por el problema de la identidad, el cultivo de la sorpresa final o la postrera aparición del término real. Y siempre con el objetivo de mostrar el revés de la trama, lo verdadero y lo falos. Otro de sus rasgos característicos es que la escritura, que en Millás es una peculiar manera de envolver el pensamiento por medio del humor, la paradoja o la ironía, acaba por engullir la noticia, lo que puedeh aber en ellos de comentario sobre la actualidad. Por lo que en su destilación final sólo queda una lúcida visión crítica de la realidad vertida en la mejor literatura posible hoy en España.

Rebusca Millás en las prensa como si hurgara en un estercolero o en un taller de desguace, intentando dar con bocados de realidad, con "un pedazo de cualquier cosa que no haya perdido la capacidad de significa algo", como escribe en 'Desguaces morales' (La Nueva España, 25 de agosto de 1994). Suele partir de una información reciente, de un hecho insólito o anecdótico al que le busca las vueltas para proporcionarle un sentido. Así, la mecánica de construcción de sus artículos estriba, en suma, en conectar sucesos e ideas. De este modo, al relacionar hechos diversos, al mostrar los hilos invisibles que se tejen entre ellos, cómo se anuda sorprendentemente la realidad y la ficción, pueden observarse desde un prisma distinto. Gonzalo Sobejano lo llamó, con expresión afortunada, "fabulador de la extrañeza". Y buena prueba de ello son también estos artículos en los que me voy a detener.

En 'Confusión', el teléfono móvil es el medio que una mujer utiliza para hablar con su marido, el mismo individuo que en la realidad se ha transformado en otro, en el amante. En este caso, (como en Amantes, de Harold Pinter, o en La fiesta, de Lluïsa Cunillé) la pareja necesita de la ficción para mantener su relación, aunque aquí el hombre acabe teniendo problemas de identidad. 'Peor para ella' (p. 92) es un texto en el que se acaba afirmando que la realidad es tan voraz que materializa todo lo que nos pasa por la cabeza: "lo que hace diez o quince años nos habría parecido un cuento de ciencia ficción empieza a ser realismo costumbrista". Y, en 'Bienvenidos a casa', con la excusa de una separación matrimonial, se muestra cómo los movimientos de la banca, de la economía, son tan poderosos que se acaban imponiendo a la voluntad de los individuos.

En estos articuentos, a menudo toma la voz el personaje hipocondríaco que ha creado el autor, una personalidad escindida, de identidad cambiante y dudosa. Millás ha confesado que lo que más le cuesta es dar con esa posición desde la que va a relatar. No en vano concibe el punto de vista como un espacio moral. Estos textos, ocurre lo mismo en sus cuentos y novelas (en este sentido no existen diferencias sustanciales), surgen al desarrollar una idea inicial, al ir escuchando las reglas de juego internas de las que se parte, lo que ahí abajo sigue latiendo. "Cuando escribo un artículo (...) yo no sé cómo va a acabar (le confiesa en una entrevista a Pilar Cabañas). Pero sé que si escucho bien, lo cerraré bien". En 'Los insectos' explica que escribe de lo que ha perdido y por ello sus columnas son como los artrópodos. Así, los tres párrafos que suelen componerlas no son más que la reproducción de la cabeza, el tórax y el abdomen de los insectos. Estos cuerpos que son sus artículos respiran bien a través de los poros que les proporcionan la distancia irónica y la paradoja, y, al no faltarles ninguno de los órganos imprescindibles, están dotados de una lógica interna que los hace vibrar. Y las mejores piezas, como ocurre con cualquier otro género, logran sortear esa fatal caducidad que se le atribuye al artículo, aunque al ser articuentos tengan ya mucho ganado.

Esa estructura cerrada de treinta y dos líneas que son muchas de las columnas de Millás se ha convertido en un espacio de libertad, porque como le gusta repetir al autor "los corsés permiten experimentar mucho". Allí, tras las operaciones bricolaje a que las somete, se transforman en el territorio ideal para la experimentación del que todo escritor insatisfecho y ambicioso ansía disponer. No en balde en sus artículos aparecen ya muchos de sus recursos retóricos -singulares por su frecuencia e intensidad- característicos en sus tres últimas novelas. Sabíamos que el reportaje podía enriquecer la novela (ejemplos señeros son A sangre fría, de Truman Capote, o La canción del verdugo, de Norma Mailer), pero dudo que alugien pueda sospechar que un género tan poco valorado como el artículo iba a oxigenar la prosa narrativa, el cuento y la novela.

Como puede verse en 'Aún no amanece', hay un hilo que recorre la obra de Millás y que va dibujando un territorio mítico, ese Madrid imaginario que aparece en su obra; Canillas, la calle de su infancia, el barrio de la Prosperidad, la casa con sus pasillos, la familia (el padre enfrascado en sus herramientas y lam adre con un dicho siempre a punto), la infancia y las opiniones actuales del narrador. El territorio y el pensamiento, en suma, de alguien que era pero que ya no es hoy Juan José Millás, con ese tratamiento sutil que le da a lo que él mismo ha denominado como "la devastadora enfermedad llamada biografía" ('El genoma'). Lo que sí es cierto, sin embargo, es que toda esa información acaba convertida en literatura fantástica por sus altas dosis de inversoimilitud o de irrealidad, pues, como dice en 'Teologías' "gracias a lo ficticio (...) somos cruelmente verdaderos".

Toda la obra narrativa de Millás, con sus artículos a la cabeza, es un ejemplo perfecto de esa literatura crítica que tanto echan de menos los historiadores de la literatura. No creoq ue exista entre nosotros otro autor que haya puesto en cuestión, con tanta lucidez, la mala utilización que del poder han hecho los políticos, la demagogia de los sindicatos o la hipocondría de los nacionalistas ("la cruda realidad -escribe en 'Nada'- es que no venimos de ninguna parte ni vamos a ningún sitio"). El autor apunta al meollo del asunto, a la utilización del lenguaje (en 'Homologación y atraco' se muestra cómo manda quien domina el lenguaje( y a la de los aparatos ideológicos que sustentan el poder, del judicial al ejecutivo.Si el periódico es un artefacto más o menos literario, una peculiar metáfora de la realidad, su representación más inmediata, un cuerpo lleno de prótesis, las columnas de Juan José Millás se han convertido en la aorta que desde el corazón o la espalda del periódico lo bombea.

Si tuviera que quedame con uno sólo de estos textos elegiría 'Escribir II'. Un texto que puede leerse como un comentario a la tragedia del Kursk, el sumbarino ruso, pero también como un arte poético, en la que Millás apunta que ser escritor sirve para poder contar ciertas cosas que nos importan. Y cuando lo que se tiene que relatar son situaciones extremas, como e sas pocas palabras que escribió a ciegas el comandante de la nave rusa siniestrada, "la literatura sale a presión, como por la grieta de una tubería reventada", entonces, dice Millás, ser escritor "significa vivir rodeado de pánico percibiendo a tu alrededor bultos que pasan de un compartimiento a otro con los calcetines mojados".

En estos articuentos que aquí se recogen, el autor ha deshecho una vez más las fronteras entre el periodismo y la literatura. A través de ellos nos muestra una obra viva, en permanente búsqueda de las ofrmas más sutiles para articular lo rela con lo irreal, empeañada en repreesntar la realidad con la máxima eficacia posible, desvelando aquellos mecanismos que tanto nos conciernen, proporcionándoles un sentido del que carecían. En ello consiste, hoy, para Millás, el arte de la escritura".
Fernando Valls


Un texto

Un caso de alcoholismo
Conozco a un editorialista que nos explica el mundo cada día desde las páginas de su periódico, pero que no es capaz de comprender lo que le pasa a su mujer.
-Hace cosas rarísimas -me cuenta-. El otro día se le cayó al suelo una taza de café y se echó a llorar como si hubiera sucedido un drama.
-¿Estaba llena o vacía? -pregunté para ganar tiempo.
-No sé, creo que tenía agua.
Le sugerí que quizá no fuera agua, sino ginebra. Muchas mujeres beben detrás de las puertas y sienten por ello una culpa insoportable. Mi amigo reconoció que había descubierto varias botellas vacías bajo el fregadero, aunque negó la posibilidad de que su mujer fuera una alcohólica clandestina. Fíjense: un hombre al que le parece verosímil que Clinton bombardee Afganistán para desviar la atención del caso Lewinsky, no era capaz de entender que su mujer bebiera a escondidas.

Comimos juntos y me hizo un análisis minucioso del panorama nacional e internacional. Me costó mucho entender la devaluación del rublo y la caída de las bolsas asiáticas. No me excité con los arrebatos pasionales de Pujol por Duran, ni de Marqués por Cascos, o viceversa, pero asentí a todo para que dejara de analizar, pues se trata de un analítico compulsivo y despieza la realidad con la misma crueldad que un niño un juguete.
-Lo que no entiendo -dijo al fin- es que mi mujer se haya dado a la bebida. Si tiene todo lo que quiere.
-Clinton también, y se ha entregado a los bombardeos porque las felaciones no le llenan. La gente es muy rara.
-No compares a mi mujer con Clinton -respondió-. Ella no mataría ni una mosca para ocultar un adulterio.

Sin embargo, pensé yo, lo mismo se mete dos botellas de ginebra al día para soportar los razonamientos de su marido. Unos atacan hacia fuera y otros hacia dentro. Le sugerí que escribiera un editorial intentando explicar lo que le pasaba a su mujer, a ver si eso le ayudaba a comprenderlo. Pero no me ha vuelto a llamar.
Juan José Millás.