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CIEN DÍAS
Eduardo Haro Tecglen
El País Aguilar. Madrid, 1997. 325 páginas

La solapa
"No son cien días, sino ciento treinta y dos de las columnas publicadas en El País durante los últimos dos años, desde el libro anterior (¡Qué estafa!, esta misma editorial). No las he seleccionado yo: no hubiera preferido ninguna. No están por orden cronológico; no suponen un relato continuado de este tiempo, sino una impresión por encima de él. Suelo improvisar: me siento al ordenador sin saber lo que voy a escribir. Se escribe solo. La escritura se hace a sí misma. O la hace el día, el tiempo, el susto, el cansancio, los otros", explica Eduardo Haro Tecglen . El libro articula las columnas en ocho apartados bajo los epígrafes: Tiempo de miedo, Gruñen desde la caverna, derecho a matar, el bolchevismo moral, de la crónica de España, Los condenados de la tierra y Tan lejanos y distintos. Algunos de los textos se acompañan con acotaciones del escritor. Todas las columnas han sido publicadas en la sección Visto/Oído de El País.

Un texto

Camino de sirga
Los sirgadores son unos desgraciados trabajadores que tiran desde las orillas de los ríos y arrastran los barcos en aguas que tienen calado para la quilla, pero sin profundidad para le hélice. "Los sirgadores del Volga", que los antiguos cantamos a veces como lamentos, y sin más palabras que "Volga, Volga" eran personajes característicos del paisaje zarista. A veces se les susittuyó por caballos, pero los caballos morían pronto, agotados, y era mejor emplear hombres, y mejor aún mujeres y niños, que eran bastante más inútiles. Esclavos, o almas muertas. Cuando calculo que he escrito unas tres mil columnas bajo el título VIsto/Oído (inventado por Juan Cruz, entonces encargado de Cultura en El País, ahora el editor de éste y otros muchos mejores libros) me siento agotado: mejor hubiese puesto un caballo a tirar de esa nave sobre el fango. Ah, el fango: imagen espantosa de la vida pública. Algunas de aquellas columnas fueron publicadas en el libro '¡Qué estafa!', de esta misma editorial; la frase estaba tomada de las palabras con que critiqué la barbarie de la guerra del Golfo. Cuando cierro este libro, la guerra del Golfo II está a punto de comenzar de nuevo. Se puede tomar como símbolo de este camino de sirga: se pasa siempre por los mismos paisajes. Quizá la nave cambie: el lodo, no.

No me estoy lamentando. Hay personas que, sin maldad ninguna, me acusan de "victimismo". No amo los "ismos". No me considero víctima. Al contrario, es un privilegio único escribir cada día en el primer periódico de España; un privilegio que sólo tuvo, antes que yo, Umbral. Es un privilegio haber llegado a mi edad, y haber visto personas, fragmentos de historia, circunstancias. Hay, claro, dolores. Sí, es cierto que hablo de víctimas, pero no soy la menor de ellas. Éste es un pueblo de víctimas: desde que empezaron a darle nombres. Pero está en un mundo y dentor de una historia de víctimas. Y es tamibén privilegiado dentro de ese desastre universal. En esos millares de columnas me refiero frecuentemente a víctimas y victimarios. Aprendí así. Por si sirve de algo.

En este libro hay más de cien columnas, de otros tantos días escogidos entre los últimos cinco años: desde que se publicó la colección anterior. Separé de este tiempo unas trescientas: mis compañeros de la editorial han distinguido, entre ellas, al tomar las presentes. Me he sumado a la selección: la acepto. Lo que no hago es releerlas, comparar unas con otras, preferir o condenar. Soy poco capaz de releer lo ya escrito: me asusta. Lo tiraría todo. He aceptado, también, su reparto en secciones, y los títulos que han puesto a cada una de ellas. En esta aclaración debo añadir que no sé si publican en libro exactamente igual a como aparecieron en el periódico, están tomadas de la memoria de los discos del ordenador, tales como se escribieron. Jamás nadie en El País ha cambiado una palabra mí, salvo en casos de flagrante error (hay muchos; no soy cuidadoso en asuntos de memoria) o de espacio, y en esos casos siempre han tenido la delicadeza de contar conmigo. Lo digo con admiración y con proclamación de la honradez profesional del periódico en que escribo. En el que continúo el camino de sirga.
Eduardo Harto Tecglen