La
solapa
"No son cien días, sino ciento treinta y dos de
las columnas publicadas en El País durante
los últimos dos años, desde el libro anterior
(¡Qué estafa!, esta misma editorial).
No las he seleccionado yo: no hubiera preferido ninguna. No
están por orden cronológico; no suponen un relato
continuado de este tiempo, sino una impresión por encima
de él. Suelo improvisar: me siento al ordenador sin
saber lo que voy a escribir. Se escribe solo. La escritura
se hace a sí misma. O la hace el día, el tiempo,
el susto, el cansancio, los otros", explica Eduardo
Haro Tecglen . El libro articula las columnas en
ocho apartados bajo los epígrafes: Tiempo de miedo,
Gruñen desde la caverna, derecho a matar, el bolchevismo
moral, de la crónica de España, Los condenados
de la tierra y Tan lejanos y distintos. Algunos de los textos
se acompañan con acotaciones del escritor. Todas las
columnas han sido publicadas en la sección Visto/Oído
de El País.
Un texto
Camino de sirga
Los sirgadores son unos desgraciados trabajadores que tiran
desde las orillas de los ríos y arrastran los barcos
en aguas que tienen calado para la quilla, pero sin profundidad
para le hélice. "Los sirgadores del Volga",
que los antiguos cantamos a veces como lamentos, y sin más
palabras que "Volga, Volga" eran personajes característicos
del paisaje zarista. A veces se les susittuyó por caballos,
pero los caballos morían pronto, agotados, y era mejor
emplear hombres, y mejor aún mujeres y niños,
que eran bastante más inútiles. Esclavos, o
almas muertas. Cuando calculo que he escrito unas tres mil
columnas bajo el título VIsto/Oído (inventado
por Juan Cruz, entonces encargado de Cultura
en El País, ahora el editor de éste
y otros muchos mejores libros) me siento agotado: mejor hubiese
puesto un caballo a tirar de esa nave sobre el fango. Ah,
el fango: imagen espantosa de la vida pública. Algunas
de aquellas columnas fueron publicadas en el libro '¡Qué
estafa!', de esta misma editorial; la frase estaba tomada
de las palabras con que critiqué la barbarie de la
guerra del Golfo. Cuando cierro este libro, la guerra del
Golfo II está a punto de comenzar de nuevo. Se puede
tomar como símbolo de este camino de sirga: se pasa
siempre por los mismos paisajes. Quizá la nave cambie:
el lodo, no.
No me estoy lamentando. Hay personas que, sin maldad ninguna,
me acusan de "victimismo". No amo los "ismos".
No me considero víctima. Al contrario, es un privilegio
único escribir cada día en el primer periódico
de España; un privilegio que sólo tuvo, antes
que yo, Umbral. Es un privilegio haber llegado
a mi edad, y haber visto personas, fragmentos de historia,
circunstancias. Hay, claro, dolores. Sí, es cierto
que hablo de víctimas, pero no soy la menor de ellas.
Éste es un pueblo de víctimas: desde que empezaron
a darle nombres. Pero está en un mundo y dentor de
una historia de víctimas. Y es tamibén privilegiado
dentro de ese desastre universal. En esos millares de columnas
me refiero frecuentemente a víctimas y victimarios.
Aprendí así. Por si sirve de algo.
En este libro hay más de cien columnas, de otros tantos
días escogidos entre los últimos cinco años:
desde que se publicó la colección anterior.
Separé de este tiempo unas trescientas: mis compañeros
de la editorial han distinguido, entre ellas, al tomar las
presentes. Me he sumado a la selección: la acepto.
Lo que no hago es releerlas, comparar unas con otras, preferir
o condenar. Soy poco capaz de releer lo ya escrito: me asusta.
Lo tiraría todo. He aceptado, también, su reparto
en secciones, y los títulos que han puesto a cada una
de ellas. En esta aclaración debo añadir que
no sé si publican en libro exactamente igual a como
aparecieron en el periódico, están tomadas de
la memoria de los discos del ordenador, tales como se escribieron.
Jamás nadie en El País ha cambiado
una palabra mí, salvo en casos de flagrante error (hay
muchos; no soy cuidadoso en asuntos de memoria) o de espacio,
y en esos casos siempre han tenido la delicadeza de contar
conmigo. Lo digo con admiración y con proclamación
de la honradez profesional del periódico en que escribo.
En el que continúo el camino de sirga.
Eduardo Harto Tecglen |