La
solapa
"Escribir cada lunes es una aventura rotunda, definitiva
y radical que me hace sentir un privilegiado ya que no he
hecho méritos para merecer esta dulce puñalada
semanal. Van para tres los años que llevo firmando
esta columna semanal y creo que puedo entrever lo que me empuja
a hacerlo: ¿la sonrisa en busca de amistad? No se me
ocurre otra. Es posible que mi afán por convertirme
en el fairy del periodismo interior me haya empujado a continuar
con estas crónicas enclaustradas y llevarlas al tope;
pero tampoco". Santi Unermano es el trasunto universitario
de Santiago Riesco. Este libro, 'Crónicas
enclaustradas', recoge una selección de las columnas
publicadas en Tribuna Universitaria, semanario salmantino
dirigido a los estudiantes, lo que se refleja en la elección
de los asuntos que elige el autor para sus textos.
Lo que han dicho
Prólogo
Estimado escritor:
El tono general de sus artículos es bueno; conciso,
directo y eficaz. Son crónicas terráqueas con
mensajes pulcros y rotundos que aseguran el feedback
con sus lectores. brillante, no hay duda. Sabe cómo
nombrar las cosas, cómo insuflarles hálito,
cómo asignarles el epíteto oportuno. Frase corta.
Frase larga. Sí señor, un ritmo templado.
Si nos paramos en el estilo, adivinamos en sus textos una
influencia muy notable de Sabina, sobre todo
en su manera de contar historias y en los matices que les
da a los temas. La digestión de sus columnas nos pone
en relación directa con su capacidad de observación
y el uso, tan maestro, de su fonendoscopio con el que escucha
esa intrahistoria ajena y propia de la que habló su
queridísimo Unamuno. No acertamos
en cambio a adivinar su clara significación emocional
y el déficit tan acusado de autoestima que le hace
retratarse como un vate de provincias. No es usted tan malo,
hombre. Su columna -todo hay que decirlo-, es como el objetivo
de una webcam por donde, día a día,
desfila el mundo. Después de un trienio barnizando
el claustro y acomodando en él todas sus crónicas,
y tras vivir al borde de sí mismo sin sucumbir al precipicio,
es comprensible su actitud. Pero tranquilo, hombre. Usted
demuestra, una y otra vez, cómo salir del enclaustramiento
que nos propone con su columna vertebral.
Su historia cotidiana, marcada por el tiempo en el que se
ha asomado a nuestro interior, tiene su eco en los andamios
de las letras. Allí tejió, como Penélope,
su telaraña de recuerdos, su ristra de suspiros, sus
pancartas. Un discoplay de sentimientos.
Nos sorprende su vitalidad, su entusiasmo, la necesidad que
tiene de compartir el mundo. Y es tanta esa exigencia que
hasta se inventa un nuevo amigo (es posible que exista el
referente verdadero) para cederle un rato la palabra. Nos
ha caído bien el Bruno ese y coincidimos con usted
que no es un alter ego. Un hacha el tío.
Pero también reconocemos en sus palabras un poco de
colesterol (del bueno y del malo) y su carácter impulsivo
y duro. Pese a todo es usted todo un ejemplo de humildad.
Todo un mediano saltamontes que se aproxima de puntillas a
la textura del arroyo para verse una y otra vez en sus espejos
y corregir su transparencia. Todo un chaval con ganas de aprender
y de soñar. Y está bien que se reconozca en
sus palabras y se baje, de vez en vez, los pantalones para
mostrarnos su metaescritura. Es un ejemplo claro de cercanía
con su público, una manada de mujeres como un tren
(de cercanías) que le regalan sus hermosas dioptrías
y todo su cariño. Es usted muy agradecido, sí
señor. Y lo dice muy bien, con su sonrisa tan vital.
Aplaudimos su sinceridad y su curiosidad por las cosas. Se
nos antoja usted un poco Principito en busca de rosales y
de zorros para regatear su soledad. Un poco Momo en esto de
pararse a descifrar el tiempo y escuchar al otro. De fumigar
recuerdos y fantasmas, de acomodarse un rato en las miradas
y preparar los besos on the rocks.
No se amedrente más, querido amigo, y guarde ya el
cilicio en el cajón de la mesilla. Ponga su corazón
unos minutos al bañomaría y piense en todos
los hermanos grandes que tratan de vencer la claustrofobia,
soñando con usted y su palabra.
Porque es usted, después de todo, un buen poeta. Un
soñador rural de los que aún usa pluviómetro
para los sentimientos más líquidos y barómetro
para los besos más íntimos y la brújula
imantada para el más allá.
Qué bueno que dude usted de McLuhan
y Laswell y crea en La Fontaine
y en Lorca y en Neruda.
Que se haya posado cada lunes en la 2, como la tele del alternativo,
para hablarnos alto. Qué bueno que haya cocinado en
su marmita de cristal la pócima de la utopía,
la solidaridad, el juicio y el amor. Qué bueno que
haya bostezado, calumniado, agradecido, sentenciado, suplicado,
enamorado, confundido en cada artículo, cada sustantivo,
cada verbo.
Así creemos que concibe usted el beneficio de escribir,
todo un funambulismo. Un privilegio del que algunos huyen.
Aquí, en estos artículos, usted se hipoteca
el corazón y hasta las heces. Aquí usted regurgita
cada frase, cada pequeño acontecer, cada verdad más
absoluta, cada gilipollez... Sabe hilvanar cada renglón,
deshilachar metáforas, mojarse hasta los tuétanos.
Hasta el político le sale. Gracias, amigo Santi, por
imprimir sus sentimientos y sus miedos en nuestra retina (que
no rutina) y nuestro corazón. Gracias por convertirse
en una enfermedad crónica. Creo que vale la pena publicarle
sus textos. Desde luego.
Raúl Vacas
Un texto
Taxi
"Nuestras vidas son los ríos", lloraba Manrique.
Después vinieron otros -ya antes los había habido-
que compararon el vivir de los hombres con más ríos,
con vías de tren, con relojes y hasta con los clicks
de Famobil. Pues bien, yo no quiero perder la ocasión
de hacer una alegoría prenavideña y trivial:
la vida es un taxi.
Un taxi, sí. Porque uno va callejeando por los entresijos
del existir y de vez en cuando alguien levanta la mano y se
mete en tu vida. A veces bajas la bandera y te olvidas de
mirar el taxímetro, y no te importa tener que ir lejos
o cerca, que te digan dónde tienes que parar, o incluso
que le esperes cinco minutos. Porque sabes que en el fondo
merece la pena escuchar -y ser escuchado-, compartir esa carrera
en la que no cobrarás suplemento por maletas.
Otras veces, harto de callejear, uno se arma de paciencia
y lee a Rosales mientras espera en la parada. Y se puede subir
cualquiera. Desde una prima lejana que hacía tiempo
no veías, hasta ese amigo de la infancia al que no
saludabas porque creías que se te había desatado
el cordón del zapato. En el mundo del taxi se les conoce
como boquerones. Son carreras pequeñitas, sin mucha
trascendencia, y que a uno le sacan de la rutina pero le saben
a cuerno quemado porque no dejan posos en el alma. Sólo
olor de sorpresa rancia, sosa y telefónica. Sin embargo,
hay clientes fijos. Hay personas que entran en tu taxi de
vez en vez, y que cuando creías haberlos perdido para
siempre, ¡zas! abren la puerta de atrás y te
miran los ojos por el retrovisor como echándote en
cara la ausencia que nunca quisiste provocar. Y entonces comienzan
a hablar. A hablar y a escuchar -que en el taxi todo es confesión-.
Y resucitan los recuerdos del ayer, los viajes a través
de la noche en los que nunca cobrabas la nocturnidad, los
paseos por el parque, esas esperas interminables en las mañanas
de invierno, el taxi en doble fila, una multa saliendo de
la ciudad o el viaje aquel en el que apagamos la emisora que
cantaba números de licencia y calles de la urbe para
escuchar a Sabina.
Lo peor no es que vuelvan sin avisar, lo peor es que tras
el largo viaje te pagarán el importe y tendrás
que volver solo, con el eco de sus confidencias rebotando
en el parabrisas, pero solo. Y la tapicería comienza
a rezumar su ausencia, y te arrepientes de no haber desollado
la soledad en tu compañía, y los ceniceros -como
siempre- susurrando que el tabaco te está matando.
Tenía que haber hecho caso a Bruno: "si sales
de la ciudad, la tarifa es doble". No pensé que
me fuera a salir tan caro.
Santi Unermano
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