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CRÓNICAS ENCLAUSTRADAS
Santi Unermano
Tribuna Universitaria y Caja Duero, 2000, 100 páginas

La solapa
"Escribir cada lunes es una aventura rotunda, definitiva y radical que me hace sentir un privilegiado ya que no he hecho méritos para merecer esta dulce puñalada semanal. Van para tres los años que llevo firmando esta columna semanal y creo que puedo entrever lo que me empuja a hacerlo: ¿la sonrisa en busca de amistad? No se me ocurre otra. Es posible que mi afán por convertirme en el fairy del periodismo interior me haya empujado a continuar con estas crónicas enclaustradas y llevarlas al tope; pero tampoco". Santi Unermano es el trasunto universitario de Santiago Riesco. Este libro, 'Crónicas enclaustradas', recoge una selección de las columnas publicadas en Tribuna Universitaria, semanario salmantino dirigido a los estudiantes, lo que se refleja en la elección de los asuntos que elige el autor para sus textos.

Lo que han dicho

Prólogo
Estimado escritor:
El tono general de sus artículos es bueno; conciso, directo y eficaz. Son crónicas terráqueas con mensajes pulcros y rotundos que aseguran el feedback con sus lectores. brillante, no hay duda. Sabe cómo nombrar las cosas, cómo insuflarles hálito, cómo asignarles el epíteto oportuno. Frase corta. Frase larga. Sí señor, un ritmo templado.

Si nos paramos en el estilo, adivinamos en sus textos una influencia muy notable de Sabina, sobre todo en su manera de contar historias y en los matices que les da a los temas. La digestión de sus columnas nos pone en relación directa con su capacidad de observación y el uso, tan maestro, de su fonendoscopio con el que escucha esa intrahistoria ajena y propia de la que habló su queridísimo Unamuno. No acertamos en cambio a adivinar su clara significación emocional y el déficit tan acusado de autoestima que le hace retratarse como un vate de provincias. No es usted tan malo, hombre. Su columna -todo hay que decirlo-, es como el objetivo de una webcam por donde, día a día, desfila el mundo. Después de un trienio barnizando el claustro y acomodando en él todas sus crónicas, y tras vivir al borde de sí mismo sin sucumbir al precipicio, es comprensible su actitud. Pero tranquilo, hombre. Usted demuestra, una y otra vez, cómo salir del enclaustramiento que nos propone con su columna vertebral.

Su historia cotidiana, marcada por el tiempo en el que se ha asomado a nuestro interior, tiene su eco en los andamios de las letras. Allí tejió, como Penélope, su telaraña de recuerdos, su ristra de suspiros, sus pancartas. Un discoplay de sentimientos.
Nos sorprende su vitalidad, su entusiasmo, la necesidad que tiene de compartir el mundo. Y es tanta esa exigencia que hasta se inventa un nuevo amigo (es posible que exista el referente verdadero) para cederle un rato la palabra. Nos ha caído bien el Bruno ese y coincidimos con usted que no es un alter ego. Un hacha el tío.

Pero también reconocemos en sus palabras un poco de colesterol (del bueno y del malo) y su carácter impulsivo y duro. Pese a todo es usted todo un ejemplo de humildad. Todo un mediano saltamontes que se aproxima de puntillas a la textura del arroyo para verse una y otra vez en sus espejos y corregir su transparencia. Todo un chaval con ganas de aprender y de soñar. Y está bien que se reconozca en sus palabras y se baje, de vez en vez, los pantalones para mostrarnos su metaescritura. Es un ejemplo claro de cercanía con su público, una manada de mujeres como un tren (de cercanías) que le regalan sus hermosas dioptrías y todo su cariño. Es usted muy agradecido, sí señor. Y lo dice muy bien, con su sonrisa tan vital.

Aplaudimos su sinceridad y su curiosidad por las cosas. Se nos antoja usted un poco Principito en busca de rosales y de zorros para regatear su soledad. Un poco Momo en esto de pararse a descifrar el tiempo y escuchar al otro. De fumigar recuerdos y fantasmas, de acomodarse un rato en las miradas y preparar los besos on the rocks.

No se amedrente más, querido amigo, y guarde ya el cilicio en el cajón de la mesilla. Ponga su corazón unos minutos al bañomaría y piense en todos los hermanos grandes que tratan de vencer la claustrofobia, soñando con usted y su palabra.
Porque es usted, después de todo, un buen poeta. Un soñador rural de los que aún usa pluviómetro para los sentimientos más líquidos y barómetro para los besos más íntimos y la brújula imantada para el más allá.

Qué bueno que dude usted de McLuhan y Laswell y crea en La Fontaine y en Lorca y en Neruda. Que se haya posado cada lunes en la 2, como la tele del alternativo, para hablarnos alto. Qué bueno que haya cocinado en su marmita de cristal la pócima de la utopía, la solidaridad, el juicio y el amor. Qué bueno que haya bostezado, calumniado, agradecido, sentenciado, suplicado, enamorado, confundido en cada artículo, cada sustantivo, cada verbo.

Así creemos que concibe usted el beneficio de escribir, todo un funambulismo. Un privilegio del que algunos huyen.

Aquí, en estos artículos, usted se hipoteca el corazón y hasta las heces. Aquí usted regurgita cada frase, cada pequeño acontecer, cada verdad más absoluta, cada gilipollez... Sabe hilvanar cada renglón, deshilachar metáforas, mojarse hasta los tuétanos. Hasta el político le sale. Gracias, amigo Santi, por imprimir sus sentimientos y sus miedos en nuestra retina (que no rutina) y nuestro corazón. Gracias por convertirse en una enfermedad crónica. Creo que vale la pena publicarle sus textos. Desde luego.
Raúl Vacas

Un texto

Taxi
"Nuestras vidas son los ríos", lloraba Manrique. Después vinieron otros -ya antes los había habido- que compararon el vivir de los hombres con más ríos, con vías de tren, con relojes y hasta con los clicks de Famobil. Pues bien, yo no quiero perder la ocasión de hacer una alegoría prenavideña y trivial: la vida es un taxi.

Un taxi, sí. Porque uno va callejeando por los entresijos del existir y de vez en cuando alguien levanta la mano y se mete en tu vida. A veces bajas la bandera y te olvidas de mirar el taxímetro, y no te importa tener que ir lejos o cerca, que te digan dónde tienes que parar, o incluso que le esperes cinco minutos. Porque sabes que en el fondo merece la pena escuchar -y ser escuchado-, compartir esa carrera en la que no cobrarás suplemento por maletas.

Otras veces, harto de callejear, uno se arma de paciencia y lee a Rosales mientras espera en la parada. Y se puede subir cualquiera. Desde una prima lejana que hacía tiempo no veías, hasta ese amigo de la infancia al que no saludabas porque creías que se te había desatado el cordón del zapato. En el mundo del taxi se les conoce como boquerones. Son carreras pequeñitas, sin mucha trascendencia, y que a uno le sacan de la rutina pero le saben a cuerno quemado porque no dejan posos en el alma. Sólo olor de sorpresa rancia, sosa y telefónica. Sin embargo, hay clientes fijos. Hay personas que entran en tu taxi de vez en vez, y que cuando creías haberlos perdido para siempre, ¡zas! abren la puerta de atrás y te miran los ojos por el retrovisor como echándote en cara la ausencia que nunca quisiste provocar. Y entonces comienzan a hablar. A hablar y a escuchar -que en el taxi todo es confesión-. Y resucitan los recuerdos del ayer, los viajes a través de la noche en los que nunca cobrabas la nocturnidad, los paseos por el parque, esas esperas interminables en las mañanas de invierno, el taxi en doble fila, una multa saliendo de la ciudad o el viaje aquel en el que apagamos la emisora que cantaba números de licencia y calles de la urbe para escuchar a Sabina.

Lo peor no es que vuelvan sin avisar, lo peor es que tras el largo viaje te pagarán el importe y tendrás que volver solo, con el eco de sus confidencias rebotando en el parabrisas, pero solo. Y la tapicería comienza a rezumar su ausencia, y te arrepientes de no haber desollado la soledad en tu compañía, y los ceniceros -como siempre- susurrando que el tabaco te está matando.

Tenía que haber hecho caso a Bruno: "si sales de la ciudad, la tarifa es doble". No pensé que me fuera a salir tan caro.
Santi Unermano