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MIRANDO AL MAR SOÑÉ
Antonio Burgos
Planeta, Barcelona, 1997

La solapa
Los recuerdos y las emociones de la generación que hizo la transición, vistos con nostalgia y con humor, a través de estampas literarias que son como postales en color sepia que se sacan de un cajón y que guardamos después de aquel veraneo en que nos regalaron una bicicleta porque habíamos aprobado la reválida de cuarto. Confesionarios de los curas y multicopistas de resistencia al franquismo, motos Vespa de la película Vacaciones en Roma y las niñas que esperan que sean las siete para salir del internado... En la misma acera está fumando un chester uno de Derecho al que llaman "el Feo Matavilloso". En realidad se llama Felipe González Márquez. Todo ello, con estampas luminosas de Cádiz, con manifestaciones al grito de 'Libertad, Amnistía y Estatuto de Atuonomía', con el Concilio Vaticano II, contado por Antonio Burgos a su aire, con su estilo brillante, irónico, vivo, en esta "memoria" colectiva que cada semana va construyendo en El Mundo de Andalucía.


Lo que han dicho

El tiempo en el espejo
Escribía Quevedo: «Más decentes son, en los oídos de los reyes, lamentos que alabanzas». Y he ahí, seguramente, una de las claves del buen articulista, desde Larra a Umbral pasando por Cándido, Losantos, Sánchez Dragó, Martín Prieto, Campmany, Albiac o Márquez Reviriego. Antonio Burgos está, seguro, en esa lista de notables. Así, leerle es siempre un placer (atención, no hablo de lecturas ideológicas, que de tal cosa no es menester hablando de literatura y de gran y honesto entretenimiento). Notable acierto, pues, reunir en este volumen, Mirando al..., una recopilación de artículos publicados en EL MUNDO de Andalucía, y donde se recrean fastos y recuerdos de las generaciones de posguerra. Ahora que generaciones de cuatro décadas parece que hubieran vivido siempre en los Campos Elíseos y sus madres nunca hubieran visitado Sepu o sus padres comprado café de estraperlo es muy conveniente cuidar la memoria histórica (no vaya a ser que, entre citar maltas y viajes a Santo Domingo, se nos vayan a olvidar los parientes del pueblo) y escribir memorables artículos construidos admirablemente sobre los pequeños hechos cotidianos, acaso, mucho más significativos que las grandes palabras. A citar así, por ejemplo, el artículo de Antonio Burgos Aquellas carreteras de macadán, donde la humildad del macadán (piedra machacada con la que se hacían las carreteras en la posguerra) y de sus servidores (los denominados peones carreteros, cuyas casetas -hoy abandonadas- todavía se pueden ver a la vera de las autovías) quizá nos trae -como en las rememoraciones de Proust-, y mejor que muchos enjundiosos estudios de verdadero recuerdo de un tiempo ido, y así también de nosotros mismos en una época que se nos aparece -quizá también como nosotros- detrás de los visillos de la Historia saludándonos desde lejos, y, como aquellos pequeños y desconocidos huertos de los guardagujas, hablándonos de una realidad que no fue más sueño o pesadilla que nuestra moderna y actual vida.
Joaquín Arnáiz, La Esfera, El Mundo.

Un texto

La condesa de Barcelona, una bética en Estoril
Sevilla limitaba al norte con el pino de la Joroba, que estaba en la carretera de Carmona, pasado San Pablo. Al poniente, con la Cuesta del Caracol, que se escribía Cuesta del Caracol en el cartel de Obras Públicas y se pronunciaba Cuesta de Castilleja. Al sur, con el campo del Betis y con la farola monumental del escultor Juan Lafita que había en la rotonda de delante. Al levante, con la fábrica de Cruzcampo, que entonces era La Cruz del Campo y con Ranilla, que aùn no era Sevilla 1. En los límites del mundo, Sevilla limitaba también con Tánger y con Lisboa. El extranjero era un paraíso cerrado para muchos, adonde era dificilísimo ir. Sacar el pasaporte era una aventura, porque había que presentar poco menos que un certificado del párroco diciendo que ibas a misa los domingos. No lo digo en broma. Cuando se pedía un certificado de buena conducta, no era raro que vinieran a la calle a investigar los civiles de la Brigadilla de la Calzada, que estaba en el cuartel de la plaza del Sacrificio, vulgo Fábrica de Galletas, por las que los picoletos daban. Y los de la Brigadilla, vestidos de paisano, preguntaban, por ejemplo, al del despacho de pan y tortas de la esquina como prueba del nueve de la afección al Régimen del Invicto Caudillo Franco:

-¿Y este señor usted lo ve que vaya a misa los domingos?

Ser "de comunión diaria", como se decía de los caballeros cristianos y hasta de los sevillanos del escándalo de la doble vida, con casita para la querida por Nervión o por la Huerta de Santa Teresa, era el mejor pasaporte para la eternidad y para esa eternidad geográfica, de lejos que nos parecía, que eran Lisboa y Tánger. El fútbol fue una buena puerta para que los sevillanos conocieran mundo. Cuando jugaba el Sevilla en Lisboa con el Benfica o el Betis en Tánger con el España, se organizaban excursiones con autobuses de Atesa (Autotransporte Turístico Español Sociedad Anónima) y con pasaporte colectivo, que era como si el franquismo de la Brigada de Fronteras de la Policía diera absolución general para alcanzar ese paraíso del extranjero.

He dicho el Sevilla en Lisboa y el Betis en Tánger. Pero también fue el Betis a Lisboa, a jugar con el Benfica, que Juan Tribuna, en sus retransmisiones de Radio Sevilla, de la Sociedad Española de Radiodifusión, nos enseñó que era el "Sports de Lisboa e Benfica". La gracia del Betis era que unas veces estaba en el infierno de la Tercera y tenía que coger el Rápido Algeciras y el transbordador "Virgen de Africa" para ir a jugar a Tánger, y que Tropezones pusiera en su dibujo del lunes en el bar de los caballitos de jamón de Manolo González, detrás de Correos, el dibujo de un bético en la aduana, recién bajado del barco, al que le quitaban lo que había comprado en Tánger, la estilográfica Parker, el reloj Cauny Prima:

Adiós, piedras de mechero,
Si la cosa bien se mira,
esto es cosa de Algeciras...
¡y de los carabineros!

Otras veces el Betis, ya llegado a la presidencia Benito Villamarín, estaba en condiciones de ir al paraíso de Lisboa a jugar con el Benfica. Tal ocurrió en 1962, aunque, claro, ya entonces, a esas alturas del régimen de Franco, salir al extranjero no era ni sombra de lo que era. Aunque el Betis, en aquella ocasión que viajó a Lisboa hizo algo que fue muy criticado en la calle Castelar, que era donde estaba la Jefatura Provincial del Movimiento. El Betis, con su directiva y su plantilla, se presentó en Estoril, para cumplimentar al Villa Giralda a una bética de excepción, a la Reina de España en el exilio, Doña María de las Mercedes de Borbón. Más que un acto de adhesión monárquica se trataba de una ceremonia bética. Doña María era bética, y a mucha honra, y desde pequeña, cuando vivía en Sevilla, donde su padre, el Infante Don Carlos, era capitán general. "Los Infantes vivían en La Palmera", recordaba la geografía sentimental de la sevillana del Pali y allí, en La Palmera, doña María veía subir y bajar a las huestes béticas hacia el que entonces se llamaba "el Stadium de la Exposición", ora en tardes de gloria, ora en anocheceres de derrota. Doña María se hizo bética por cercanía de la gracia y los béticos la cumplimentaban en Estoril, que hasta Paquito nos ha quedado para la posteridad en el besamanos de la augusta esposa de Don Juan III en aquella corte española, tan sevillana, de Villa Giralda. Tan sevillana que tenía en el pórtico un azulejo con la salida del Rocío de Triana. Era el azulejo que estaba en la glorieta de Eritaña, en la Venta de Fernando, y que tras su derribo fue comprado por el duque de Alcalá y enviado a los Condes de Barcelona como regalo sevillano para su casa lisboeta.

Y cuando fue el Betis a Estoril, estaban en Villa Giralda los sevillanos leales a Don Juan que nunca faltaban. Pablo Atienza, José María Medina. Con ellos, el presidente del monárquico Circulo Balmes, José Acedo Castilla, sevillista de la vieja escuela del señorío. Llevaba el Betis unas corbatas con el escudo del club y las repartió Manolo Simó a todos los que estaban con los Reyes, quienes, por no defraudar a la bética Doña María y aunque sevillistas, al punto se las pusieron, quitándose las suyas. Y la bética doña María vio a Acedo con la suya en la mano, la duda blanca clon la corbata verde, el Scila y Caribdis de las creencias monárquicas y la protestación de fe sevillista. Si la historia no es ciertamente así, merecería serlo. Porque cuentan que Doña María, sevillana y bética, viendo al sevillista Acedo Castilla con la duda de la corbata bética en la mano, le preguntó con guasa:

-¿No te pones tú también la corbata, Pepe?

-Señora -respondió muy cortesano y respetuoso Acedo-, mi fervor por la Monarquía y mi lealtad a Vuestra Majestad no llegan hasta el punto de que tenga que abjurar de mi fe sevillista...
Antonio Burgos