La
solapa
Los recuerdos y las emociones de la generación que
hizo la transición, vistos con nostalgia y con humor,
a través de estampas literarias que son como postales
en color sepia que se sacan de un cajón y que guardamos
después de aquel veraneo en que nos regalaron una bicicleta
porque habíamos aprobado la reválida de cuarto.
Confesionarios de los curas y multicopistas de resistencia
al franquismo, motos Vespa de la película Vacaciones
en Roma y las niñas que esperan que sean las siete
para salir del internado... En la misma acera está
fumando un chester uno de Derecho al que llaman "el Feo
Matavilloso". En realidad se llama Felipe González
Márquez. Todo ello, con estampas luminosas
de Cádiz, con manifestaciones al grito de 'Libertad,
Amnistía y Estatuto de Atuonomía', con el Concilio
Vaticano II, contado por Antonio Burgos a su aire, con su
estilo brillante, irónico, vivo, en esta "memoria"
colectiva que cada semana va construyendo en El Mundo de Andalucía.
Lo que han dicho
El tiempo en el espejo
Escribía Quevedo: «Más
decentes son, en los oídos de los reyes, lamentos que
alabanzas». Y he ahí, seguramente, una de las
claves del buen articulista, desde Larra a Umbral pasando
por Cándido, Losantos, Sánchez Dragó,
Martín Prieto, Campmany, Albiac o Márquez
Reviriego. Antonio Burgos está,
seguro, en esa lista de notables. Así, leerle es siempre
un placer (atención, no hablo de lecturas ideológicas,
que de tal cosa no es menester hablando de literatura y de
gran y honesto entretenimiento). Notable acierto, pues, reunir
en este volumen, Mirando al..., una recopilación de
artículos publicados en EL MUNDO de Andalucía,
y donde se recrean fastos y recuerdos de las generaciones
de posguerra. Ahora que generaciones de cuatro décadas
parece que hubieran vivido siempre en los Campos Elíseos
y sus madres nunca hubieran visitado Sepu o sus padres comprado
café de estraperlo es muy conveniente cuidar la memoria
histórica (no vaya a ser que, entre citar maltas y
viajes a Santo Domingo, se nos vayan a olvidar los parientes
del pueblo) y escribir memorables artículos construidos
admirablemente sobre los pequeños hechos cotidianos,
acaso, mucho más significativos que las grandes palabras.
A citar así, por ejemplo, el artículo de Antonio
Burgos Aquellas carreteras de macadán, donde la humildad
del macadán (piedra machacada con la que se hacían
las carreteras en la posguerra) y de sus servidores (los denominados
peones carreteros, cuyas casetas -hoy abandonadas- todavía
se pueden ver a la vera de las autovías) quizá
nos trae -como en las rememoraciones de Proust-,
y mejor que muchos enjundiosos estudios de verdadero recuerdo
de un tiempo ido, y así también de nosotros
mismos en una época que se nos aparece -quizá
también como nosotros- detrás de los visillos
de la Historia saludándonos desde lejos, y, como aquellos
pequeños y desconocidos huertos de los guardagujas,
hablándonos de una realidad que no fue más sueño
o pesadilla que nuestra moderna y actual vida.
Joaquín Arnáiz, La Esfera, El Mundo.
Un texto
La condesa de Barcelona, una bética en Estoril
Sevilla limitaba al norte con el pino de la Joroba,
que estaba en la carretera de Carmona, pasado San Pablo. Al
poniente, con la Cuesta del Caracol, que se escribía
Cuesta del Caracol en el cartel de Obras Públicas y
se pronunciaba Cuesta de Castilleja. Al sur, con el campo
del Betis y con la farola monumental del escultor
Juan Lafita que había en la rotonda de delante.
Al levante, con la fábrica de Cruzcampo, que entonces
era La Cruz del Campo y con Ranilla, que aùn no era
Sevilla 1. En los límites del mundo, Sevilla limitaba
también con Tánger y con Lisboa. El extranjero
era un paraíso cerrado para muchos, adonde era dificilísimo
ir. Sacar el pasaporte era una aventura, porque había
que presentar poco menos que un certificado del párroco
diciendo que ibas a misa los domingos. No lo digo en broma.
Cuando se pedía un certificado de buena conducta, no
era raro que vinieran a la calle a investigar los civiles
de la Brigadilla de la Calzada, que estaba en el cuartel de
la plaza del Sacrificio, vulgo Fábrica de Galletas,
por las que los picoletos daban. Y los de la Brigadilla, vestidos
de paisano, preguntaban, por ejemplo, al del despacho de pan
y tortas de la esquina como prueba del nueve de la afección
al Régimen del Invicto Caudillo Franco:
-¿Y este señor usted lo ve que vaya a misa los
domingos?
Ser "de comunión diaria", como se decía
de los caballeros cristianos y hasta de los sevillanos del
escándalo de la doble vida, con casita para la querida
por Nervión o por la Huerta de Santa Teresa, era el
mejor pasaporte para la eternidad y para esa eternidad geográfica,
de lejos que nos parecía, que eran Lisboa y Tánger.
El fútbol fue una buena puerta para que los sevillanos
conocieran mundo. Cuando jugaba el Sevilla en Lisboa con el
Benfica o el Betis en Tánger con el España,
se organizaban excursiones con autobuses de Atesa (Autotransporte
Turístico Español Sociedad Anónima) y
con pasaporte colectivo, que era como si el franquismo de
la Brigada de Fronteras de la Policía diera absolución
general para alcanzar ese paraíso del extranjero.
He dicho el Sevilla en Lisboa y el Betis en Tánger.
Pero también fue el Betis a Lisboa, a jugar con el
Benfica, que Juan Tribuna, en sus retransmisiones de Radio
Sevilla, de la Sociedad Española de Radiodifusión,
nos enseñó que era el "Sports de Lisboa
e Benfica". La gracia del Betis era que unas veces estaba
en el infierno de la Tercera y tenía que coger el Rápido
Algeciras y el transbordador "Virgen de Africa"
para ir a jugar a Tánger, y que Tropezones pusiera
en su dibujo del lunes en el bar de los caballitos de jamón
de Manolo González, detrás de Correos, el dibujo
de un bético en la aduana, recién bajado del
barco, al que le quitaban lo que había comprado en
Tánger, la estilográfica Parker, el reloj Cauny
Prima:
Adiós, piedras de mechero,
Si la cosa bien se mira,
esto es cosa de Algeciras...
¡y de los carabineros!
Otras veces el Betis, ya llegado a la presidencia Benito Villamarín,
estaba en condiciones de ir al paraíso de Lisboa a
jugar con el Benfica. Tal ocurrió en 1962, aunque,
claro, ya entonces, a esas alturas del régimen de Franco,
salir al extranjero no era ni sombra de lo que era. Aunque
el Betis, en aquella ocasión que viajó a Lisboa
hizo algo que fue muy criticado en la calle Castelar, que
era donde estaba la Jefatura Provincial del Movimiento. El
Betis, con su directiva y su plantilla, se presentó
en Estoril, para cumplimentar al Villa Giralda a una bética
de excepción, a la Reina de España en el exilio,
Doña María de las Mercedes de Borbón.
Más que un acto de adhesión monárquica
se trataba de una ceremonia bética. Doña María
era bética, y a mucha honra, y desde pequeña,
cuando vivía en Sevilla, donde su padre, el Infante
Don Carlos, era capitán general. "Los Infantes
vivían en La Palmera", recordaba la geografía
sentimental de la sevillana del Pali y allí, en La
Palmera, doña María veía subir y bajar
a las huestes béticas hacia el que entonces se llamaba
"el Stadium de la Exposición", ora en tardes
de gloria, ora en anocheceres de derrota. Doña María
se hizo bética por cercanía de la gracia y los
béticos la cumplimentaban en Estoril, que hasta Paquito
nos ha quedado para la posteridad en el besamanos de la augusta
esposa de Don Juan III en aquella corte española, tan
sevillana, de Villa Giralda. Tan sevillana que tenía
en el pórtico un azulejo con la salida del Rocío
de Triana. Era el azulejo que estaba en la glorieta de Eritaña,
en la Venta de Fernando, y que tras su derribo fue comprado
por el duque de Alcalá y enviado a los Condes de Barcelona
como regalo sevillano para su casa lisboeta.
Y cuando fue el Betis a Estoril, estaban en Villa Giralda
los sevillanos leales a Don Juan que nunca
faltaban. Pablo Atienza, José
María Medina. Con ellos, el presidente del
monárquico Circulo Balmes, José Acedo
Castilla, sevillista de la vieja escuela del señorío.
Llevaba el Betis unas corbatas con el escudo del club y las
repartió Manolo Simó a todos los que estaban
con los Reyes, quienes, por no defraudar a la bética
Doña María y aunque sevillistas, al punto se
las pusieron, quitándose las suyas. Y la bética
doña María vio a Acedo con la suya en la mano,
la duda blanca clon la corbata verde, el Scila y Caribdis
de las creencias monárquicas y la protestación
de fe sevillista. Si la historia no es ciertamente así,
merecería serlo. Porque cuentan que Doña María,
sevillana y bética, viendo al sevillista Acedo Castilla
con la duda de la corbata bética en la mano, le preguntó
con guasa:
-¿No te pones tú también la corbata,
Pepe?
-Señora -respondió muy cortesano y respetuoso
Acedo-, mi fervor por la Monarquía y mi lealtad a Vuestra
Majestad no llegan hasta el punto de que tenga que abjurar
de mi fe sevillista...
Antonio Burgos
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