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DOY MI PALABRA
Jaime Campmany
Espasa Calpe. Madrid, 1997. 364 páginas

La solapa
"Doy mi palabra rescata de las páginas de los periódicos los 100 mejores artículos de Jaime Campmany en su larga trayectoria periodística, desde los años cincuenta hasta hoy. El volumen se convierte así en una importantísima antología y en una interpretación de las últimas décadas de la historia de España por parte de una de las principales plumas del periodismo, cuya labor ha sido reconocida con los más importantes premios". Los textos (procedentes de Época, Arriba y ABC) aparecen distribuidos y ordenados en cinco apartados temáticos que hacen referencia a asuntos de política, de cultura y libros, de costumbrismo español, semblanzas y necrológicas y un último que, bajo el epígrafe de varios, reúne textos sobre el juego de la ruleta o la media naranja.

Un texto

Confesión general
Ave María Purísima. Acúsome, padre, de llevar más de medio siglo, exactamente cincuenta y tres años, escribiendo letras para los periódicos. "Mal empezamos. ¿Cuántas veces, hijo mío?" Casi todos los días una vez, padre, y algunos días dos o tres veces. He pecado en todas las formas posibles, en todas las variantes de un kamasutra periodístico vicioso y cotidiano, y además he pecado ede pensamiento, de palabra y de obra. Habré escrito doce o catorce mil "servicios", como dicen los americanos, donde entran artículos, crónicas, comentarios, columnas, editoriales, recensiones, críticas, entrevistas, reportajes, notas, pies de fotografías, romances. He visitado templos y burdeles del periodismo escrito, radiofónico y televisivo. He recorrido diarios, revistas, radios y televisiones, donde a veces me han llevado como puta por barbecho, extrayéndome palabras, ideas, ocurrencias y opiniones hasta dejarme exprimido y mal pagado. Me he metido en parlamentos, senados, ágoras, odeones, teatros, asambleas, mítines, cines, exposiciones de arte, circos, estadios y plazas de toros para contar después lo que he visto en todos esos lugares.

He sido grumete, meritorio, maldito, redactor, cronista, corresponsal en el extranjero, director de periódicos, de revistas y de agencias informativas. He fundado periódicos universitairos y juveniles, un semanario deportivo, una revista de poesía y otra de información general, que todavía aletea. He pecado mucho, padre, y lo peor de todo es que aún tengo un invencible y desordenado apetito de seguir pecando, y que no me arrepiendo de nada -digamos de casi nada- de cuanto he dicho o escrito. Si acaso, me arrepiento de no haber cometido más pecados de lo mismo.

Escribir en Madrid será llorar, que decía Larra. Pero escribir en los periódicos es ser Sísifo. Todos los días levanta uno la piedra, esa piedra que uno cree que es luz, carga con ella y la sube hasta una columna del periódico. Por la noche, la piedra de luz ya es lástima vana, ha perdido la pompa y la alegría que tuvo, si es que las tuvo, y cae de nuevo al fondo del barranco del itempo. Hay que coger otra vez la piedra y subirla hasta la columand el periódico. El columnista vive como un eccehomo sucesivo, atado siempre a la columna. A Paco Umbral le he llamado alguna vez "sísifo cotidiano". A mí me gusta ser sísifo, y por eso lo hago. Hay que resignarse a que el periódico es como el río, que continuamente pasa y se va, y se lleva el agua donde uno escribe. Esa es su grandeza. Heráclito habría dicho, ante el suceso de la existencia de un periódico, aquello que dijo ante la vida misma: panta rei, todo fluye, todo pasa. Lo que sucede es que alguna vez dan ganas de ciscarse en el Tevere, por mucho que lo fugitivo permanezca, que es lo que vio Quevedo en Roma.
"Huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permanece y dura".
Qué bonito. Pero uno, eso, todas las mañanas, a traer el agua nueva. Y además, este menda de sísifo no descansa ni los domingos. Cuando yo podía descansar los domingos porque al día siguien no había periódico, me iba a escribir a La Hoja del Lunes o al Marca, que salía los lunes con la crónica de los partidos del domingo. O sea, que Sísifo puede tocarme las narices. El periodismo, ya lo he dicho, es el río de Heráclito. Panta rei. Pero también vale decir que es una inmensa hoguera, un enorme incendio de palabras. Uno destila palabras urgentes y a veces dolorosas, y las va tirando al agua. O las va echando a la hoguera. De vez en cuando, algunas de esas palabras merecen ser salvadas de la corriente o del fuego. O eso piensa uno. Todo el que escribe es un petulante, y yo no voy a ser la excepción. Si no fuera porque adquiere uno, escribienod, un poco de petulancia, iba a escribir de don Alonso de Madrigal, a quien llamaro El Tostado.

Pienso que esto que aquí os dejo -Doy mi palabra- puede merecer de alguna manera salvarse de la quema y sorbevivir a la herida del tiempo. Ya he confesado que he escrito de muchos argumentos, y también de política. Después de más de medio siglo de ejercicio profesional he aprendido que es absolutamente cierto que el periodista está obligado a ser un sujeto que escirbe todo sin entender demasiado de nada. Los periodistas escribimos de todo aquello que no entendemos. Cuando un periodista escribe de lo que entiende se convierte en un especialista y deja de ser un divulgador, es decir, un periodista propiamente dicho. Se convierte en un profesor que escribe en los periódicos.

Debo confesar ahora que al releer mis palabras para escoger las que aquí pongo no he encontrado nada -digamos casi nada- de lo que arrepentirme. Claro está que lo que escribí a los veinte años no es lo que escribo a los setenta. Un hombre, claro, no es un mineral o un metal inalterable. Yo soy ahora un vestigio o un residuo de todo lo que he pensado, lo que he vivido, lo que he amado, los libros que he leído, las gentes que he tratado, los paisajes que he gozado, los dolores que he sufrido, el agua sosegada o tumultuosa que he visto pasar bajo los puentes, bajo tantos puentes. Un hombre es producto de la acumulación de estratos vitales y de la sucesión de las erosiones. (...)

No sabría decir si dar este libro a la publicación es un acto de humildad o de soberbia, y yo me entiendo. Lo que sí puedo decir es que nada encuentro en todo lo que he escrito durante mi vida de lo que tenga que avergonzarme. Jamás he escrito una letra bajo soborno, por miedo o por adulación. Mis palabras serán yerros o miserias, pero todas son mías, muy mías y nadie me las dictó nunca, y si algunos intentaron dictármelas, yo no las copié. He escrito siempre lo que pensaba desde la sinceridad y sin cobrar ni pedir ni esperar otras monedas que las escassas del pago de la colaboración. Por eso, lo único que tengo es lo que os he dado. De esto también os doy mi palabra.
Jaime Campmany