La
solapa
"Doy mi palabra rescata de las páginas de los
periódicos los 100 mejores artículos de Jaime
Campmany en su larga trayectoria periodística,
desde los años cincuenta hasta hoy. El volumen se convierte
así en una importantísima antología y
en una interpretación de las últimas décadas
de la historia de España por parte de una de las principales
plumas del periodismo, cuya labor ha sido reconocida con los
más importantes premios". Los textos (procedentes
de Época, Arriba y ABC) aparecen distribuidos y ordenados
en cinco apartados temáticos que hacen referencia a
asuntos de política, de cultura y libros, de costumbrismo
español, semblanzas y necrológicas y un último
que, bajo el epígrafe de varios, reúne textos
sobre el juego de la ruleta o la media naranja.
Un texto
Confesión general
Ave María Purísima. Acúsome, padre, de
llevar más de medio siglo, exactamente cincuenta y
tres años, escribiendo letras para los periódicos.
"Mal empezamos. ¿Cuántas veces, hijo mío?"
Casi todos los días una vez, padre, y algunos días
dos o tres veces. He pecado en todas las formas posibles,
en todas las variantes de un kamasutra periodístico
vicioso y cotidiano, y además he pecado ede pensamiento,
de palabra y de obra. Habré escrito doce o catorce
mil "servicios", como dicen los americanos, donde
entran artículos, crónicas, comentarios, columnas,
editoriales, recensiones, críticas, entrevistas, reportajes,
notas, pies de fotografías, romances. He visitado templos
y burdeles del periodismo escrito, radiofónico y televisivo.
He recorrido diarios, revistas, radios y televisiones, donde
a veces me han llevado como puta por barbecho, extrayéndome
palabras, ideas, ocurrencias y opiniones hasta dejarme exprimido
y mal pagado. Me he metido en parlamentos, senados, ágoras,
odeones, teatros, asambleas, mítines, cines, exposiciones
de arte, circos, estadios y plazas de toros para contar después
lo que he visto en todos esos lugares.
He sido grumete, meritorio, maldito, redactor, cronista, corresponsal
en el extranjero, director de periódicos, de revistas
y de agencias informativas. He fundado periódicos universitairos
y juveniles, un semanario deportivo, una revista de poesía
y otra de información general, que todavía aletea.
He pecado mucho, padre, y lo peor de todo es que aún
tengo un invencible y desordenado apetito de seguir pecando,
y que no me arrepiendo de nada -digamos de casi nada- de cuanto
he dicho o escrito. Si acaso, me arrepiento de no haber cometido
más pecados de lo mismo.
Escribir en Madrid será llorar, que decía Larra.
Pero escribir en los periódicos es ser Sísifo.
Todos los días levanta uno la piedra, esa piedra que
uno cree que es luz, carga con ella y la sube hasta una columna
del periódico. Por la noche, la piedra de luz ya es
lástima vana, ha perdido la pompa y la alegría
que tuvo, si es que las tuvo, y cae de nuevo al fondo del
barranco del itempo. Hay que coger otra vez la piedra y subirla
hasta la columand el periódico. El columnista vive
como un eccehomo sucesivo, atado siempre a la columna. A Paco
Umbral le he llamado alguna vez "sísifo
cotidiano". A mí me gusta ser sísifo, y
por eso lo hago. Hay que resignarse a que el periódico
es como el río, que continuamente pasa y se va, y se
lleva el agua donde uno escribe. Esa es su grandeza. Heráclito
habría dicho, ante el suceso de la existencia de un
periódico, aquello que dijo ante la vida misma: panta
rei, todo fluye, todo pasa. Lo que sucede es que alguna vez
dan ganas de ciscarse en el Tevere, por mucho que lo fugitivo
permanezca, que es lo que vio Quevedo en
Roma.
"Huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permanece y dura".
Qué bonito. Pero uno, eso, todas las mañanas,
a traer el agua nueva. Y además, este menda de sísifo
no descansa ni los domingos. Cuando yo podía descansar
los domingos porque al día siguien no había
periódico, me iba a escribir a La Hoja del Lunes
o al Marca, que salía los lunes con la crónica
de los partidos del domingo. O sea, que Sísifo puede
tocarme las narices. El periodismo, ya lo he dicho, es el
río de Heráclito. Panta rei. Pero también
vale decir que es una inmensa hoguera, un enorme incendio
de palabras. Uno destila palabras urgentes y a veces dolorosas,
y las va tirando al agua. O las va echando a la hoguera. De
vez en cuando, algunas de esas palabras merecen ser salvadas
de la corriente o del fuego. O eso piensa uno. Todo el que
escribe es un petulante, y yo no voy a ser la excepción.
Si no fuera porque adquiere uno, escribienod, un poco de petulancia,
iba a escribir de don Alonso de Madrigal,
a quien llamaro El Tostado.
Pienso que esto que aquí os dejo -Doy mi palabra-
puede merecer de alguna manera salvarse de la quema y sorbevivir
a la herida del tiempo. Ya he confesado que he escrito de
muchos argumentos, y también de política. Después
de más de medio siglo de ejercicio profesional he aprendido
que es absolutamente cierto que el periodista está
obligado a ser un sujeto que escirbe todo sin entender demasiado
de nada. Los periodistas escribimos de todo aquello que no
entendemos. Cuando un periodista escribe de lo que entiende
se convierte en un especialista y deja de ser un divulgador,
es decir, un periodista propiamente dicho. Se convierte en
un profesor que escribe en los periódicos.
Debo confesar ahora que al releer mis palabras para escoger
las que aquí pongo no he encontrado nada -digamos casi
nada- de lo que arrepentirme. Claro está que lo que
escribí a los veinte años no es lo que escribo
a los setenta. Un hombre, claro, no es un mineral o un metal
inalterable. Yo soy ahora un vestigio o un residuo de todo
lo que he pensado, lo que he vivido, lo que he amado, los
libros que he leído, las gentes que he tratado, los
paisajes que he gozado, los dolores que he sufrido, el agua
sosegada o tumultuosa que he visto pasar bajo los puentes,
bajo tantos puentes. Un hombre es producto de la acumulación
de estratos vitales y de la sucesión de las erosiones.
(...)
No sabría decir si dar este libro a la publicación
es un acto de humildad o de soberbia, y yo me entiendo. Lo
que sí puedo decir es que nada encuentro en todo lo
que he escrito durante mi vida de lo que tenga que avergonzarme.
Jamás he escrito una letra bajo soborno, por miedo
o por adulación. Mis palabras serán yerros o
miserias, pero todas son mías, muy mías y nadie
me las dictó nunca, y si algunos intentaron dictármelas,
yo no las copié. He escrito siempre lo que pensaba
desde la sinceridad y sin cobrar ni pedir ni esperar otras
monedas que las escassas del pago de la colaboración.
Por eso, lo único que tengo es lo que os he dado. De
esto también os doy mi palabra.
Jaime Campmany
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