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DIARIO DEL NAUTILUS
Antonio Muñoz Molina
De Bolsillo. Madrid, 2002, 161 páginas

La solapa
"Diario del Nautilus recopila una serie de artículos originalmente publicados en el periódico Ideal de Granada, entre septiembre de 1983 y junio de 1984, a excepción de 'Dedicatoria', fechado en septiembre de 1984. A partir de sus propias ideas o hechos y noticias que dan pie a la reflexión, el autor desarrolla con claridad y agudeza su opinión personal sore diversos temas, entre ellos el proceso de creación literaria, el futuro de la literatura, Julio Cortázar, James Joyce, la soledad, la melancolía, la vida misma. La calidad de la prosa de Muñoz Molina, uno de los más destacados escritores de las actuales letras españolas, ofrece en estas páginas una vertiente apasionante, el artículo de opinión, que gracias a su pluma se convierte en pieza breve y de alta factura literaria. El volumen está compuesto por 36 columnas, entre las que destacan bellezas como 'Los libros y la noche' o 'Las ciudades provinciales'. Todas ellas imbuidas del espíritu del Nautilus, el submarino para los solitarios, para los 'nemos' que prefieren llamarse nadie y que atesoran, entre paredes, los tesoros de la literatura, la pintura... y las amistades.

Lo que han dicho
La escritura de dietarios personales -el género inicial de Muñoz Molina- ha tenido una notable fortuna en las letras de la transición y Pere Gimferrer, autor de un par de volúmenes de ese signo (publicados en 1982 y 1983), al leer las primeras páginas de nuestro autor, no podía sino reconocer halagado la feliz coincidencia de escrituras. Como ensayo de comunicación y como ejercicio de prosa, la libertad divagatoria de un dietario resulta ser una fórmula prometedora. Y la dedicatoria final que Muñoz Molina puso a Diario del Nautilus parece, leída a la altura de su éxito de hoy, una significativa profesión de fe y una premonición certera: "Miente quien dice escribir para nadie, quien dice hacerlo para sólo su placer o suplicio. Es posible que la literatura, como ha escrito Jaime Gil de Biedma, acabe pareciéndose al vicio solitario, pero yo prefiero imaginarla como un juego y una persecución regida por la cábala de azar. Uno escribe y aguarda, uno tiende al lector su cita, su celada de palabras asiduas, minuciosamente lo inventa...". Me sospecho que ahí está ya todo lo que ha sido después nuestro autor: en primer lugar, la orgullosa necesidad de ser leído pero, a la vez, la concepción de la escritura como un atesoramiento personal de experiencias compartidas, como un punto de encuentro y como una persecución del fugitivo momento en que el recuerdo se trueca en deslumbradora certeza estética
José Carlos Mainer

Un texto

Dedicatoria
Diré al final que el capitán Nemo nunca ha estado solo, que hay un fantasma en el Nautilus: testigo atento, no del todo o no siempre acogido al silencio, a la oscuridad anónima, dotado de la misma cualidad de presencia ausente que tienen los personajes de ciertos cuadros antiguos, de algunas fotografías que no es preciso mirar para saberlas pálidamente adivinadoras y espías, brújulas de navegar el olvido. Está o habita donde nadie lo ve, donde no hay nadie, justo al filo de la mirada que lo busca, a espaldas de Nemo, cuando escribe en su salón tapizado y desierto, o acaso en la última butaca del gabinete de imaginar películas o apostado tras un recodo de la biblioteca, escuchando la misma música a la que Nemo se entrega con los ojos entornados junto al fonógrafo cuya bocina tiene forma de loto azul, de caracola de poliéster. Paciente, cauto, con un sigilo como de reloj o de estatua, el testigo presencia la crecida de la música y de las voces invocadas y el caudal mecánico de la escritura, y a veces, cuando se detiene la máquina y la aguja gira reiterada y estéril al final de una canción, él ya sabe qué letra será la primera que pulsen los dedos suspendidos y qué palabra rasgará y abrirá de nuevo el porvenir de lo aún no sucedido ni escrito, que es imposible siempre, una tentativa de pasos sobre la cornisa de la nada.

Hay un fantasma en el Nautilus y un lector conjetural, necesario, exacto, desconocido, que está del otro lado de las palabras como detrás de uno de esos espejos desleales que permiten espiar a quien se encuentra solo y no sabe que su mirada ciega está fija en las pupilas de otro hombre. Uno prepara sus cosas, no exactamente para escribir, sino para reconocerse en algunos gestos menores, abre la máquina, sitúa pulcramente el papel en el punto de partida, vierte en la copa la justa dosis de alcohol, de hielo, de desidia, y desde ese instante la soledad cobra la forma de un rostro y la literatura se vuelve carta sin destino y renegada confesión, porque el testigo, su sombra, ha venido a sentarse al otro lado de la mesa, y apoya en ella los codos y sonríe como si tomara posesión de la escritura y de la copa y del Nautilus entero, ya anfitrión, no huésped, ya dueño y juez de lo que uno todavía no ha escrito.

En el cristal del espejo, en el no menos delgado muro del papel escrito, sucede la cita de dos voces que se desean y se ignoran, y las manos extendidas buscan la lista equivalencia de las otras manos, cobardes en la oscuridad, como si tantearan en ella indagando aristas y hostiles zanjas del aire mientras quieren hallar el contorno reconocido de un rostro. "Un cuerpo -escribió para siempre don Pedro Salinas-, es el destino de otro cuerpo", un libro, estas palabras que escribo, no importan si no hieren y aciertan como una daga en el corazón de esa sombra que es el lector futuro, el deseado testigo y cómplice que mira desde la silla vacía o viene en mi ausencia a visitar las estancias del Nautilus. Estas palabras no me importan si no son el destino y la íntima posesión de alguien que existe y camina ahora mismo por una ciudad o una calle que no he visitado nunca, y me reconoce al recibirlas.

Miente quien dice no escribir para nadie, quien dice hacerlo para su solo placer o suplicio. Es posible que la literatura, como ha escrito Jaime Gil de Biedma, acabe pareciéndose al vicio solitario, pero yo prefiero imaginarla como un juego y una persecución regida por la cábala del azar. Uno escribe y aguarda, uno tiende al lector su cita, su celada de palabras asiduas, minuciosamente lo inventa igual que a una cierta edad inventaba los perentorios rasgos de la mujer que sin duda iba a concederle el destino. Sale a la calle, del todo ajeno a mi conciencia, compra el periódico, distraídamente lo abre sobre la mesa de un café, o acaso él también ha deseado y buscado y entonces la cita ya posee de antemano los atributos del reconocimiento, el culminado deleite de la persecución.

Para ese lector único y plural ha existido el Nautilus, para que otra voz, no la mía, interte a su propio sonido, lo reviviera del silencio, de ese abandono de mensaje arrojado al mar en el que va a extraviarse la literatura cuando uno la aparta de sí como lastre o légamo en el que se le enredaba la imaginación ya ansiosa por alcanzar no roturados paisajes de papel en blanco.

Un cuaderno escrito hasta su última página, un buque que está que está en una ciudad y en un libro, un hombre solo, tal vez, que eligió llamarse nadie y vivir bajo las aguas como quien se recluye y embosca tras la apariencia de su propia mirada y de su propio rostro conocido y extraño. Sabe que en alguna parte, muy cerca o al otro lado del mundo, hay un fantasma, un testigo, un cómplice de su soledad y su locura, y se sienta a esperar, a oír el silencio o los pasos cercanos, mirando fijamente la puerta que sin duda va a abrirse y las esquinas de los corredores donde puede surgir la figura deseada.
Antonio Muñoz Molina.