La
solapa
"Diario del Nautilus recopila una serie de artículos
originalmente publicados en el periódico Ideal
de Granada, entre septiembre de 1983 y junio de 1984,
a excepción de 'Dedicatoria', fechado en septiembre
de 1984. A partir de sus propias ideas o hechos y noticias
que dan pie a la reflexión, el autor desarrolla con
claridad y agudeza su opinión personal sore diversos
temas, entre ellos el proceso de creación literaria,
el futuro de la literatura, Julio Cortázar,
James Joyce, la soledad, la melancolía,
la vida misma. La calidad de la prosa de Muñoz
Molina, uno de los más destacados escritores
de las actuales letras españolas, ofrece en estas páginas
una vertiente apasionante, el artículo de opinión,
que gracias a su pluma se convierte en pieza breve y de alta
factura literaria. El volumen está compuesto por 36
columnas, entre las que destacan bellezas como 'Los libros
y la noche' o 'Las ciudades provinciales'. Todas ellas imbuidas
del espíritu del Nautilus, el submarino para los solitarios,
para los 'nemos' que prefieren llamarse nadie y que atesoran,
entre paredes, los tesoros de la literatura, la pintura...
y las amistades.
Lo que han dicho
La escritura de dietarios personales -el género inicial
de Muñoz Molina- ha tenido una notable
fortuna en las letras de la transición y Pere
Gimferrer, autor de un par de volúmenes de
ese signo (publicados en 1982 y 1983), al leer las primeras
páginas de nuestro autor, no podía sino reconocer
halagado la feliz coincidencia de escrituras. Como ensayo
de comunicación y como ejercicio de prosa, la libertad
divagatoria de un dietario resulta ser una fórmula
prometedora. Y la dedicatoria final que Muñoz Molina
puso a Diario del Nautilus parece, leída a
la altura de su éxito de hoy, una significativa profesión
de fe y una premonición certera: "Miente quien
dice escribir para nadie, quien dice hacerlo para sólo
su placer o suplicio. Es posible que la literatura, como ha
escrito Jaime Gil de Biedma, acabe pareciéndose
al vicio solitario, pero yo prefiero imaginarla como un juego
y una persecución regida por la cábala de azar.
Uno escribe y aguarda, uno tiende al lector su cita, su celada
de palabras asiduas, minuciosamente lo inventa...". Me
sospecho que ahí está ya todo lo que ha sido
después nuestro autor: en primer lugar, la orgullosa
necesidad de ser leído pero, a la vez, la concepción
de la escritura como un atesoramiento personal de experiencias
compartidas, como un punto de encuentro y como una persecución
del fugitivo momento en que el recuerdo se trueca en deslumbradora
certeza estética
José Carlos Mainer
Un texto
Dedicatoria
Diré al final que el capitán Nemo nunca ha estado
solo, que hay un fantasma en el Nautilus: testigo atento,
no del todo o no siempre acogido al silencio, a la oscuridad
anónima, dotado de la misma cualidad de presencia ausente
que tienen los personajes de ciertos cuadros antiguos, de
algunas fotografías que no es preciso mirar para saberlas
pálidamente adivinadoras y espías, brújulas
de navegar el olvido. Está o habita donde nadie lo
ve, donde no hay nadie, justo al filo de la mirada que lo
busca, a espaldas de Nemo, cuando escribe en su salón
tapizado y desierto, o acaso en la última butaca del
gabinete de imaginar películas o apostado tras un recodo
de la biblioteca, escuchando la misma música a la que
Nemo se entrega con los ojos entornados junto al fonógrafo
cuya bocina tiene forma de loto azul, de caracola de poliéster.
Paciente, cauto, con un sigilo como de reloj o de estatua,
el testigo presencia la crecida de la música y de las
voces invocadas y el caudal mecánico de la escritura,
y a veces, cuando se detiene la máquina y la aguja
gira reiterada y estéril al final de una canción,
él ya sabe qué letra será la primera
que pulsen los dedos suspendidos y qué palabra rasgará
y abrirá de nuevo el porvenir de lo aún no sucedido
ni escrito, que es imposible siempre, una tentativa de pasos
sobre la cornisa de la nada.
Hay un fantasma en el Nautilus y un lector conjetural, necesario,
exacto, desconocido, que está del otro lado de las
palabras como detrás de uno de esos espejos desleales
que permiten espiar a quien se encuentra solo y no sabe que
su mirada ciega está fija en las pupilas de otro hombre.
Uno prepara sus cosas, no exactamente para escribir, sino
para reconocerse en algunos gestos menores, abre la máquina,
sitúa pulcramente el papel en el punto de partida,
vierte en la copa la justa dosis de alcohol, de hielo, de
desidia, y desde ese instante la soledad cobra la forma de
un rostro y la literatura se vuelve carta sin destino y renegada
confesión, porque el testigo, su sombra, ha venido
a sentarse al otro lado de la mesa, y apoya en ella los codos
y sonríe como si tomara posesión de la escritura
y de la copa y del Nautilus entero, ya anfitrión, no
huésped, ya dueño y juez de lo que uno todavía
no ha escrito.
En el cristal del espejo, en el no menos delgado muro del
papel escrito, sucede la cita de dos voces que se desean y
se ignoran, y las manos extendidas buscan la lista equivalencia
de las otras manos, cobardes en la oscuridad, como si tantearan
en ella indagando aristas y hostiles zanjas del aire mientras
quieren hallar el contorno reconocido de un rostro. "Un
cuerpo -escribió para siempre don Pedro Salinas-, es
el destino de otro cuerpo", un libro, estas palabras
que escribo, no importan si no hieren y aciertan como una
daga en el corazón de esa sombra que es el lector futuro,
el deseado testigo y cómplice que mira desde la silla
vacía o viene en mi ausencia a visitar las estancias
del Nautilus. Estas palabras no me importan si no son el destino
y la íntima posesión de alguien que existe y
camina ahora mismo por una ciudad o una calle que no he visitado
nunca, y me reconoce al recibirlas.
Miente quien dice no escribir para nadie, quien dice hacerlo
para su solo placer o suplicio. Es posible que la literatura,
como ha escrito Jaime Gil de Biedma, acabe pareciéndose
al vicio solitario, pero yo prefiero imaginarla como un juego
y una persecución regida por la cábala del azar.
Uno escribe y aguarda, uno tiende al lector su cita, su celada
de palabras asiduas, minuciosamente lo inventa igual que a
una cierta edad inventaba los perentorios rasgos de la mujer
que sin duda iba a concederle el destino. Sale a la calle,
del todo ajeno a mi conciencia, compra el periódico,
distraídamente lo abre sobre la mesa de un café,
o acaso él también ha deseado y buscado y entonces
la cita ya posee de antemano los atributos del reconocimiento,
el culminado deleite de la persecución.
Para ese lector único y plural ha existido el Nautilus,
para que otra voz, no la mía, interte a su propio sonido,
lo reviviera del silencio, de ese abandono de mensaje arrojado
al mar en el que va a extraviarse la literatura cuando uno
la aparta de sí como lastre o légamo en el que
se le enredaba la imaginación ya ansiosa por alcanzar
no roturados paisajes de papel en blanco.
Un cuaderno escrito hasta su última página,
un buque que está que está en una ciudad y en
un libro, un hombre solo, tal vez, que eligió llamarse
nadie y vivir bajo las aguas como quien se recluye y embosca
tras la apariencia de su propia mirada y de su propio rostro
conocido y extraño. Sabe que en alguna parte, muy cerca
o al otro lado del mundo, hay un fantasma, un testigo, un
cómplice de su soledad y su locura, y se sienta a esperar,
a oír el silencio o los pasos cercanos, mirando fijamente
la puerta que sin duda va a abrirse y las esquinas de los
corredores donde puede surgir la figura deseada.
Antonio Muñoz Molina.
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