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EN PROPIA MANO
Antonio Gala
Espasa Calpe, 1983, 328 páginas

La solapa
"Se puede rastrear por entre estas cien cartas, las grandes urgencias y las alarmas de la vida española, en un periodo de vital importancia histórica. Pero estos acontecimientos son meros pretextos para hablar, en última instancia, de esos sentimientos que agobian a la muchedumbre solitaria. El arte inconfundible de articulista de Antonio Gala consiste en traducir el acontecimiento avasallador y estruendoso al lenguaje íntimo y espiritual de esa sensibilidad en la que se reconocen las mayorías silenciosas y desconcertadas". Así resume Juan Cueto la esencia de esta obra y de una escritura que él define como "sagrada".

Antonia Gala escribió En propia mano durante 1981 y 1982, pero las reflexiones que su correspondencia ofrece sobrepasan el puntual acontecimietno político y social de entonces para centrarse en nuestras preocupaciones cotidianas, en los miedos, las inquietudes, dudas y anhelos de todo ser humano, los mismos que nos acechan hoy día.

"El amor, la soledad, la belleza, el dolor, la muerte, la solidaridad, la esperanza, el sentido de la vida, la tristeza, su Andalucía, España como enigma y problema, la nostlagia, la tolerancia y el fanatismo, la infancia yla vejez, la moral cotidiana, los gozos del paisaje y las penas de la gran ciudad, la pasión, las cartas de sus lectores, la responsabilidad del escritor, el éxito..." son los ejes de estos textos, los asuntos mayúsculos de la escritura de Antonio Gala, los que la hacen eterna.

En "La última carta" se despedía: "Es hora de quedarnos un poquito más solos. Vosotros encontraréis otras lecturas y otra compañía: yo debo dedicarme a otros trabajos". Hoy volvemos a encontrarnos con Antonio Gala y a dejar de ser muchedumbre solitaria leyendo estos textos en los que ofrece una correspondencia amiga, crítica y consejera, animosa y fustigante, la que se espera de quien nos sabe amigos uno a uno, de quien nos reconoce como compañeros únicos.

Lo que han dicho

Prólogo
Es este un país que todavía sospecha del éxito. No es casualidad -sólo paradoja- que el más respetado de nuestros pensadores le deba la celebridad a un ensayo periodístico contra la irrupción de las masas en los tradicionales escenarios del gusto burgués. Cuando Ortega y Gasset aseguraba que las muchedumbres empezaban a llenarlo todo, los teatros y las aceras, las playas y las tiendas, los cafés y los ocios, la cultura tradicional y la política, no sólo estaba constatando inconscientemente un fenómeno social derivado del paso trascendental de una economía de producción a otra de consumo -los artículos del ensayo aparecieron en El Sol en forma de folletón en 1929, fecha de la gran crisis que revolucionó la historia y los hábitos de las sociedades industrializadas o en trance de ello: que revoluciónó también el concepto de éxito cultural-: sobre todo, estaba emitiendo un elitista gesto de fastidio por el protagonismo ascendente de las masas en el hecho cultural, hasta entonces patrionio de las minorías ilustradas. Pero, curiosamente, el enorme éxito del gran filósofo español no puede dejar de relacionarse con su presencia continua en los más poderosos medios de comunicaciónd e la época, y muy especialmente, el periodismo de gran difusión.

Ortega fue el primer escritor español que entendió la decisiva mutación que se había operado en el discurso intelectual de su tiempo. Había que exclaustrar el pensamiento: sacar la cultura de los claustros académicos, airearla en las columnas de la prensa, exponerla a las mayorías, traducirla al lenguaje de la calle, divulgarla a los vientos populares, conectarla con la sociedad. Ya no bastaba escribir sólo para intelectuales. Fue el primer filósofo español de masas, aunque su filosofía iba contra el gusto de las masas. Su gran contradicción consistió en utilizar los grandes medios de difusión -includos el poder y la política, que son los mass media de mayor envergadura- para combatir la ética y la estética de las muchedumbres consumidores surgidas de las enormes mutaciones históricas e industriales.

En cualquier caso, sus aristrocratizantes mensajes culturales quedaron neutralizados por los medios escasamente aristocráticos que utilizó para divulgarlos. McLuhan tenía razón para decir lo que dijo. Más todavía. Lo que se ha dado en llamar filosofíaorteguiana, a fin de cuentas, es una reflexión en profundidad acercad e los asuntos cotidianos: de las ideas mundanas y de las creencias populares. No sólo es que la celebridad de Ortega -su influencia cultural y política, por lo tanto- le viniera por su magistral trato continuo con los grandes medios de comunicación de masas; es que su pensamiento quedó contagiado por la presencia de ese gran público al que se dirigía con fines paternalistas. Al contrario de lo que ocurrió con la mayor parte de nuestros pensados y ensayustas de épocas anteriores -y posteriores, como ahora veremos-, en la escritura de Ortega y Gasset están retratados, con mayor o menor nitidez, siempre con elegancia, los grandes porblemas de su tiempo; el ruido y la furia de esas masas que, equivocadas o no, lo cierto es que cambiaron para siempre y jamás el curso del a historia y el discurso de la cultura.

Lamentablemente, la tradición que prevaleció en este país fue la del Ortega apocalíptico de La rebelión de las masas. Es decir, la del intelectual en estado puro, academizante, que desconfía por sistema del gusto de las muchedumbres y sospecha por método del éxito popular, al margen de la calidad intrínseca de las obras culturales celebradas por las muchedumbres. Incluso se perdió durante muchos años aquella orteguiana seductora manera de filosofar o ensayar de cara al gran púiblico, y sobre asuntos de rango cotidiano, mundanos. Se perdió, en fin, la gran oportunidad de incoporarnos a la modernidad. Porque desde aquel 1929 famoso, las masas iban a ser algo más que coro en los escenario del occidente: iban a transformarse en protagonistas indiscutibles de una nueva cultura surgida de las ruinas humeantes de la primera industrialización, que ya nada tenía que ver con las ideas intelectuales acuñadas en el siglo XIX. Y en esa nueva cultura, como es notorio, uno de los postulados esenciales era -y es- el estatuto privielgiado del gran público. Pero on de unos lectores op espectadores cualesquiera: un públcoo lo más amplio posible, en donde apenas cuentan ya las estructuras internas y tradicionales de clase social, sexo, edad, religión, familia, ideología, incluso nacionalidad.

Para ceñirnos al caso de la escitura, que es el que nos interesa en este prólogo a los artículos de Antonio Gala: lo que implicó este radical cambio de rumbo fue algo tan sencillo y complejo a la vez como la presencia viva, al otro lado del texto,d e una masa de lectores que no sólo iba a determinar la esencia y la existencia del discurso, sino sus propios contenidos. El triunfo o el fracaso del texto dejaba de estar supeditado a los criterios de la crítica especializada o del lector intelectual, y dependía directamente de la aceptación o del rechazo de ese nuevo lector multitudinario, homogeneizado, surgido del flamamnte hecho de civilización. Aquella única instancia del lector intelectual del a sociedad decimonónica -una intelectualidad cuya idea de cultura se rdeducía para lo esencial al discurso novelístico- dejó paso a la última instancia del gran público surgido de la soceidad industrializada. La escritura en la que se reocnocía la sociedad había dejado de tener relaciones exclusivas y excluyentes con las minorías. El fervor del público era un hecho sociológico, pero también un hecho cultural decisivo. Las musas se hicieron masas.

Que el lector y Antonio Gala me perdonen este largo y pelmazo ecusro de introito, que hubiera resultadoobvio y absurdo en cualuqier otro país desde hace cincuenta años. Pero escribir sobre Antonio Gala exige referirse inmediatamente al fenómeno insólito de su enorme éxito popular, y, como decía eal principio de otdo esto, el éxito se estima sospechoso por estos alrededores, especialmente dentro del as filas de lo que podemos llamar la interlocracia, cuyo código de usías y manías anda lamentablemente extraviado por entre vanas nostalgias decimonónicas, preorteguianas.

Hoy por hoy, Anotnio Gala es el escritor español de mayor éxito popular. Sus obras teatrales baten todos los récords de taquilla y se reestrenan sin cesar y sin expcepción: sus artículos habituales en la prensa provocan avalanchas de correo; susintervencione púlicas constituyen verdaderos acontecimientos de muchedumbres, sólo cpmparables a los que suelen protagonizar cantantes, futoblistas, toreros o estrellas de cine; sus novelas no sólo baten récords de edición, sino de firmas en las Ferias del Libro; en fin, la presencia del escritor ante las cámaras de la televisión o los micrófonos dela radio hace subir la atención instantáneamente, y siempre es garantía de espectáculo cultural. Que yo sepa, con las estadísticas en la mano izquierda -escribo con la derecha-, nunca en la historia reciente de este país un profesional de la literatura, y sólo de la literatura, ha logrado mayores índices de audiencia, comos e dice en la jerga de los medios de comunicación de masas.
Juan Cueto