La
solapa
"Se puede rastrear por entre estas cien cartas, las grandes
urgencias y las alarmas de la vida española, en un
periodo de vital importancia histórica. Pero estos
acontecimientos son meros pretextos para hablar, en última
instancia, de esos sentimientos que agobian a la muchedumbre
solitaria. El arte inconfundible de articulista de Antonio
Gala consiste en traducir el acontecimiento avasallador y
estruendoso al lenguaje íntimo y espiritual de esa
sensibilidad en la que se reconocen las mayorías silenciosas
y desconcertadas". Así resume Juan Cueto
la esencia de esta obra y de una escritura que él define
como "sagrada".
Antonia Gala escribió En propia
mano durante 1981 y 1982, pero las reflexiones que su
correspondencia ofrece sobrepasan el puntual acontecimietno
político y social de entonces para centrarse en nuestras
preocupaciones cotidianas, en los miedos, las inquietudes,
dudas y anhelos de todo ser humano, los mismos que nos acechan
hoy día.
"El amor, la soledad, la belleza, el dolor, la muerte,
la solidaridad, la esperanza, el sentido de la vida, la tristeza,
su Andalucía, España como enigma y problema,
la nostlagia, la tolerancia y el fanatismo, la infancia yla
vejez, la moral cotidiana, los gozos del paisaje y las penas
de la gran ciudad, la pasión, las cartas de sus lectores,
la responsabilidad del escritor, el éxito..."
son los ejes de estos textos, los asuntos mayúsculos
de la escritura de Antonio Gala, los que la hacen eterna.
En "La última carta" se despedía:
"Es hora de quedarnos un poquito más solos. Vosotros
encontraréis otras lecturas y otra compañía:
yo debo dedicarme a otros trabajos". Hoy volvemos a encontrarnos
con Antonio Gala y a dejar de ser muchedumbre solitaria leyendo
estos textos en los que ofrece una correspondencia amiga,
crítica y consejera, animosa y fustigante, la que se
espera de quien nos sabe amigos uno a uno, de quien nos reconoce
como compañeros únicos.
Lo que han dicho
Prólogo
Es este un país que todavía sospecha del éxito.
No es casualidad -sólo paradoja- que el más
respetado de nuestros pensadores le deba la celebridad a un
ensayo periodístico contra la irrupción de las
masas en los tradicionales escenarios del gusto burgués.
Cuando Ortega y Gasset aseguraba que las
muchedumbres empezaban a llenarlo todo, los teatros y las
aceras, las playas y las tiendas, los cafés y los ocios,
la cultura tradicional y la política, no sólo
estaba constatando inconscientemente un fenómeno social
derivado del paso trascendental de una economía de
producción a otra de consumo -los artículos
del ensayo aparecieron en El Sol en forma de folletón
en 1929, fecha de la gran crisis que revolucionó la
historia y los hábitos de las sociedades industrializadas
o en trance de ello: que revoluciónó también
el concepto de éxito cultural-: sobre todo, estaba
emitiendo un elitista gesto de fastidio por el protagonismo
ascendente de las masas en el hecho cultural, hasta entonces
patrionio de las minorías ilustradas. Pero, curiosamente,
el enorme éxito del gran filósofo español
no puede dejar de relacionarse con su presencia continua en
los más poderosos medios de comunicaciónd e
la época, y muy especialmente, el periodismo de gran
difusión.
Ortega fue el primer escritor español que entendió
la decisiva mutación que se había operado en
el discurso intelectual de su tiempo. Había que exclaustrar
el pensamiento: sacar la cultura de los claustros académicos,
airearla en las columnas de la prensa, exponerla a las mayorías,
traducirla al lenguaje de la calle, divulgarla a los vientos
populares, conectarla con la sociedad. Ya no bastaba escribir
sólo para intelectuales. Fue el primer filósofo
español de masas, aunque su filosofía iba contra
el gusto de las masas. Su gran contradicción consistió
en utilizar los grandes medios de difusión -includos
el poder y la política, que son los mass media de mayor
envergadura- para combatir la ética y la estética
de las muchedumbres consumidores surgidas de las enormes mutaciones
históricas e industriales.
En cualquier caso, sus aristrocratizantes mensajes culturales
quedaron neutralizados por los medios escasamente aristocráticos
que utilizó para divulgarlos. McLuhan
tenía razón para decir lo que dijo. Más
todavía. Lo que se ha dado en llamar filosofíaorteguiana,
a fin de cuentas, es una reflexión en profundidad acercad
e los asuntos cotidianos: de las ideas mundanas y de las creencias
populares. No sólo es que la celebridad de Ortega -su
influencia cultural y política, por lo tanto- le viniera
por su magistral trato continuo con los grandes medios de
comunicación de masas; es que su pensamiento quedó
contagiado por la presencia de ese gran público al
que se dirigía con fines paternalistas. Al contrario
de lo que ocurrió con la mayor parte de nuestros pensados
y ensayustas de épocas anteriores -y posteriores, como
ahora veremos-, en la escritura de Ortega y Gasset están
retratados, con mayor o menor nitidez, siempre con elegancia,
los grandes porblemas de su tiempo; el ruido y la furia de
esas masas que, equivocadas o no, lo cierto es que cambiaron
para siempre y jamás el curso del a historia y el discurso
de la cultura.
Lamentablemente, la tradición que prevaleció
en este país fue la del Ortega apocalíptico
de La rebelión de las masas. Es decir, la
del intelectual en estado puro, academizante, que desconfía
por sistema del gusto de las muchedumbres y sospecha por método
del éxito popular, al margen de la calidad intrínseca
de las obras culturales celebradas por las muchedumbres. Incluso
se perdió durante muchos años aquella orteguiana
seductora manera de filosofar o ensayar de cara al gran púiblico,
y sobre asuntos de rango cotidiano, mundanos. Se perdió,
en fin, la gran oportunidad de incoporarnos a la modernidad.
Porque desde aquel 1929 famoso, las masas iban a ser algo
más que coro en los escenario del occidente: iban a
transformarse en protagonistas indiscutibles de una nueva
cultura surgida de las ruinas humeantes de la primera industrialización,
que ya nada tenía que ver con las ideas intelectuales
acuñadas en el siglo XIX. Y en esa nueva cultura, como
es notorio, uno de los postulados esenciales era -y es- el
estatuto privielgiado del gran público. Pero on de
unos lectores op espectadores cualesquiera: un públcoo
lo más amplio posible, en donde apenas cuentan ya las
estructuras internas y tradicionales de clase social, sexo,
edad, religión, familia, ideología, incluso
nacionalidad.
Para ceñirnos al caso de la escitura, que es el que
nos interesa en este prólogo a los artículos
de Antonio Gala: lo que implicó este
radical cambio de rumbo fue algo tan sencillo y complejo a
la vez como la presencia viva, al otro lado del texto,d e
una masa de lectores que no sólo iba a determinar la
esencia y la existencia del discurso, sino sus propios contenidos.
El triunfo o el fracaso del texto dejaba de estar supeditado
a los criterios de la crítica especializada o del lector
intelectual, y dependía directamente de la aceptación
o del rechazo de ese nuevo lector multitudinario, homogeneizado,
surgido del flamamnte hecho de civilización. Aquella
única instancia del lector intelectual del a sociedad
decimonónica -una intelectualidad cuya idea de cultura
se rdeducía para lo esencial al discurso novelístico-
dejó paso a la última instancia del gran público
surgido de la soceidad industrializada. La escritura en la
que se reocnocía la sociedad había dejado de
tener relaciones exclusivas y excluyentes con las minorías.
El fervor del público era un hecho sociológico,
pero también un hecho cultural decisivo. Las musas
se hicieron masas.
Que el lector y Antonio Gala me perdonen este largo y pelmazo
ecusro de introito, que hubiera resultadoobvio y absurdo en
cualuqier otro país desde hace cincuenta años.
Pero escribir sobre Antonio Gala exige referirse inmediatamente
al fenómeno insólito de su enorme éxito
popular, y, como decía eal principio de otdo esto,
el éxito se estima sospechoso por estos alrededores,
especialmente dentro del as filas de lo que podemos llamar
la interlocracia, cuyo código de usías y manías
anda lamentablemente extraviado por entre vanas nostalgias
decimonónicas, preorteguianas.
Hoy por hoy, Anotnio Gala es el escritor español de
mayor éxito popular. Sus obras teatrales baten todos
los récords de taquilla y se reestrenan sin cesar y
sin expcepción: sus artículos habituales en
la prensa provocan avalanchas de correo; susintervencione
púlicas constituyen verdaderos acontecimientos de muchedumbres,
sólo cpmparables a los que suelen protagonizar cantantes,
futoblistas, toreros o estrellas de cine; sus novelas no sólo
baten récords de edición, sino de firmas en
las Ferias del Libro; en fin, la presencia del escritor ante
las cámaras de la televisión o los micrófonos
dela radio hace subir la atención instantáneamente,
y siempre es garantía de espectáculo cultural.
Que yo sepa, con las estadísticas en la mano izquierda
-escribo con la derecha-, nunca en la historia reciente de
este país un profesional de la literatura, y sólo
de la literatura, ha logrado mayores índices de audiencia,
comos e dice en la jerga de los medios de comunicación
de masas.
Juan Cueto
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