La
solapa
"Millás desmonta en estos artículos la
superficialidad de la vida cotidiana en el estado de bienestar
y denuncia con humor e imaginación desbordantes lo
tópicos de nuestra cultura. El resultado es una mirada
y un universo independientes, irónicos y alejados de
todo convencionalismo chato, y que, al mismo tiempo, son un
fiel reflejo de las paradojas de nuestra época. El
absurdo se encuentra en los lugares más insospechados:
en la política, en el arte contemporáneo o en
las empresas de trabajo temporal, por citar algunos ejemplos.
Políticamente incorrecto, reacio a la trivialización
de la cultura, Juan José Millás
sabe aislar los valores universales de los acontecimietnos
que rellenan las páginas de los periódicos".
Lo que han dicho
El mundo de Millás
A veces, cada vez más a menudo, lo ilumina a
uno la sensación de que ha ingresado en una columna
de Juan José Millás. Va por la calle dando un
paseo, con la mirada reptando por los suelos o quedándose
enganchada unos segundos en los modelitos de la muchachada,
cuando de repente, zas, un anciano lo detiene y le pregunta
con lágrimas en los ojos y sin dientes en la boca,
si no estaría dispuesto a venderle un fragmento de
su futuro. El anciano parece saber algo que uno no sabe de
lo que le espera allá arriba, en el futuro, y sin forzarse
a describirlo, porque es hombre sensible, le asegura con un
fragmento especialmente desdichado o incluso pesadillesco:
a él le da igual, sólo quiere un trozo de tiempo
con el que prorrogar el tiempo que para entonces ya se le
habrá acabado.
En el mundo de Millás todos los armarios están
conectados y el alcalde de Madrid, de tan bobo que es, se
hace entrañable. Un mundo, en fin, en el que durante
algunos renglones uno puede embaucarse con la enérgica
certidumbre de que esta realidad es una mierda y lo único
que merece la pena de veras es poder reírse de todo,
porque reírse es una actitud moral, una muestra de
civismo, una actividad que se realiza en defensa propia.
Cuenta Juan José Millás en Cuerpo y prótesis
(recién publicado por EL PAIS), que en la época
de Sade, lo que ocurría en las calles
era un reflejo de las fantasías del marqués,
que no tenía que potenciar demasiado su imaginación
para dar con páginas tan encendidas y crudas: le bastaba
con observar con cierta atención la realidad que le
rodeaba. Con las columnas de Millás pasa un poco lo
mismo. No es que tenga una imaginación tan penetrante
que le permita transformar la realidad nuestra en una realidad
paralela y singular: sencillamente se limita a mirar y a ver.
Lo que pasa es que él ve cosas que sólo ve él:
tiene mirada de microscopio y es capaz de descubrir en la
apariencia de las cosas la monstruosidad o la ternura que
no son perceptibles a simple vista.
Hay en Millás una comprensión ante el absurdo
de vivir que nos invita a reírnos, en defensa propia,
por supuesto, como actitud moral ante las meteorologías
adversas. Y gracias a eso, lo que en otro caso nos deprimiría,
nos sumerge en preguntas risueñas que no tratamos de
contestar.
Porque que te pare un anciano en la calle para comprarte un
hecho desdichado de tu futuro para alargar su vida parece
mentira, pero también parece mentira que un alcalde
utilice subvenciones europeas para montar un burdel y ya ven,
está en todos los periódicos. Por supuesto le
dije que no al anciano, y seguí caminando pensando
en Millás, sonriente, a pesar de dos cosas: una, que
ese anciano podría ser yo mismo dentro de muchos años
que pasarán en un parpadeo, y dos, que ahora sé
que hay en mi futuro, como en el de cualquiera, una porción
desgraciada de la que no he querido deshacerme porque ha pesado
más el hecho de que sea mía a la certeza de
que será desgraciada.
Juan Bonilla, El Mundo.
Crítica
“Que la mejor literatura se hace actualmente
en la prensa diaria podría ser una gran verdad en lugar
de una gran ilusión si abundaran los articulistas como
Millás. Aunque tal vez gran parte del calado de los
artículos de este novelista y cuentista venga, precisamente,
de su raigambre literaria. Y es que Millás escribe
artículos que se leen como textos de ficción,
como microcuentos, a veces con cierto vuelo poético.
Sus temas buscan casi siempre el contenido social, cuando
no la hilaridad más contagiosa. De su increíble
sagacidad como observador de la realidad y de su capacidad
de reacción ante sus circunstancias habla este volumen,
en el que además el lector podrá admirar los
registros de uno de los mejores exponentes del periodismo
literario en castellano".
Care Santos, El Cultural
Un escritor mágico
Juan José Millás empezó a escirbir habitualmente
en periódicos a finales de los años ochenta.
Sus textos, publicados en El País, tenía
como título habitual la expresión En fin. Eran
entonces textos falsamente resignados sobre la realidad, en
los que Millás se inventaba una personalidad y un pasado,
creaba parejas estrafalarias, y hacía pequeños
cuentos o historietas sobre sucesos imaginarios que en su
pluma alcanzaban la categoría de reales y posibles.
Ahora es, sobre todo, un escritor mágico, pues todo
lo que cae en sus manos se convierte en surreal, pero, enseguida,
en una circunstancia posible. Quizá es el escritor
más surrealista que ha tenido nunca el periodismo español.
Y este libro, que debe leerse como una unidad, no como un
conjunto de artículos o reportajes, es una muestra
de ello. Él dice en su introducción que su propio
prólogo es "más bien un suburbio, un arrabal,
un barrio periférico", pero eso mismo es lo que
consitutye en un periódico cada uno de sus textos:
un suburbio, un arrbaal o un barrio periférico que
tiene la virtud de constituirse en un continente sin el cual
no se entendería hoy un diario de calidad.
Millás ha convertido sus obsesiones -los armarios,
los huecos, los teléfonos móviles, los zapatos,
las extremdidasdes, los medios de transporte, la pareja e
incluso la familia entera- en materia periodística
que sirve para interpretar la realidad. ¿Qué
es más real, lo que nos cuenta Millás o lo que
se dice en primera página que ocurre en el mundo?
En este libro hay un vademécum para viajar con este
escritor mágico. En primer lugar, el estilo. Aunque
su propósito no sea estrictamente periódistico,
Millás ha impuesto un estilo para agarrar al lector:
"Yo antes era lo que se dice una mala persona. Y fumaba".
"Bien pensado, este hombre tan transparente es un misterio".
Estaba intentanod comprender por qué los periódicos
llaman independentista a un tonto, cuanod me llegó
la noticia de que había hielo en la Luna". Como
García Márquez en la historia
del artículo periodístico, Millás ha
inventado su propio género, pero también se
ha facilitado a sí mismo instrumentos que son inconfundibles
y que además le sirven para agarrar desde el principio
a sus lectores.
Estamos ante un novelista de la realidad y ante un periodista
de lo imaginario. La combinación ha hecho de Millás
un estilista cuyo destello más sobresaliente, el que
nos atrapa a todos, es un fasinante sentido del humor. ¿De
dónde lo saca? De la imaginación, que es un
guiño interior que hace reír enseguida aunqueél
ponga cara de palo, como Buster Keaton. Leerle
es una gozada, y releerle, y de eso ahora tenemos oportunidad,
es una gozada aún mayor.
Juan Cruz, Babelia, 3 de junio de 2000
Un texto
Suburbio
No conozco ninguna antología de prólogos, quizá
porque son una peste sólo comparable a la de las necrológicas
(de las que tampoco existen recopilaciones, por algo será).
El prólogo es la puerta del libro, de manera que no
puedes saltártelo sin la impresión de haber
entrado en el volumen de forma fraudulenta. Pero si caes en
la tentación de leerlo es muy probable que se te quiten
las ganas de continuar, aunque se trate de una obra maestra.
Así de convincentes suelen ser estas curiosas piezas
literarias. Y es que los prólogos, al tener una función
lubrificante, poseen altos índices de materia grasa:
te dejan sin apetito, en fin. Y eso que suelen ser de
Borges, de Cortázar, de Torrente
Ballester, de Calvino... Cuando
uno decide solicitar un prólogo, no acude a cualquiera.
Cabría preguntarse por qué Borges, Cortázar,
Torrente, Calvino ceden a la tentación de escribirlos.
Yo se lo diré: por puro compromiso.
Los prólogos suelen pedirlos las mismas personas que
solicitan las necrológicas, y con idéntica expresión
de lástima, de manera que uno no puede negarse sin
sentirse mal. De hecho, se escriben con el espíritu
fúnebre de los obituarios. Y siempre se dice que el
difunto era muy bueno, o que el libro es fantástico,
aunque el autor de la necrológica no conociera al muerto
ni el del prólogo haya leído el libro.
Yo tampoco he leído este libro para el que el editor
me ha solicitado un prólogo. Me he limitado a escribirlo,
lo que no hace más fáciles las cosas. Está
compuesto por un conjunto de reportajes y artículos
aparecidos en El País, en los periódicos
del grupo Prensa Ibérica, la revista Jano
y El Paseante. Debo a muchas de estas piezas más
satisfacciones que a alguno de mis libros, especialmente esta
de organizarse ahora como un cuerpo. Precisamente, el título
de la selección, Cuerpo y prótesis,
coincide con el de uno de los artículos que más
me gustan, pero sirve para señalar también mi
relación con la escritura, que a veces siento como
una prótesis de mí y a veces como un cuerpo
del que yo no sería sino una prolongación artificial,
una mano mecánica que en este mismo instante se detiene
para no convertir en verdadero prólogo lo que ha intentado
ser más bien un suburbio, un arrabal, un barrio periférico,
siempre en el caso de que un libro de estas características
tuviera un centro.
Juan José Millás
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