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CUERPO Y PRÓTESIS
Juan José Millás
Punto de Lectura. Madrid, 2000. 468 páginas

La solapa
"Millás desmonta en estos artículos la superficialidad de la vida cotidiana en el estado de bienestar y denuncia con humor e imaginación desbordantes lo tópicos de nuestra cultura. El resultado es una mirada y un universo independientes, irónicos y alejados de todo convencionalismo chato, y que, al mismo tiempo, son un fiel reflejo de las paradojas de nuestra época. El absurdo se encuentra en los lugares más insospechados: en la política, en el arte contemporáneo o en las empresas de trabajo temporal, por citar algunos ejemplos. Políticamente incorrecto, reacio a la trivialización de la cultura, Juan José Millás sabe aislar los valores universales de los acontecimietnos que rellenan las páginas de los periódicos".

Lo que han dicho

El mundo de Millás
A veces, cada vez más a menudo, lo ilumina a uno la sensación de que ha ingresado en una columna de Juan José Millás. Va por la calle dando un paseo, con la mirada reptando por los suelos o quedándose enganchada unos segundos en los modelitos de la muchachada, cuando de repente, zas, un anciano lo detiene y le pregunta con lágrimas en los ojos y sin dientes en la boca, si no estaría dispuesto a venderle un fragmento de su futuro. El anciano parece saber algo que uno no sabe de lo que le espera allá arriba, en el futuro, y sin forzarse a describirlo, porque es hombre sensible, le asegura con un fragmento especialmente desdichado o incluso pesadillesco: a él le da igual, sólo quiere un trozo de tiempo con el que prorrogar el tiempo que para entonces ya se le habrá acabado.

En el mundo de Millás todos los armarios están conectados y el alcalde de Madrid, de tan bobo que es, se hace entrañable. Un mundo, en fin, en el que durante algunos renglones uno puede embaucarse con la enérgica certidumbre de que esta realidad es una mierda y lo único que merece la pena de veras es poder reírse de todo, porque reírse es una actitud moral, una muestra de civismo, una actividad que se realiza en defensa propia.
Cuenta Juan José Millás en Cuerpo y prótesis (recién publicado por EL PAIS), que en la época de Sade, lo que ocurría en las calles era un reflejo de las fantasías del marqués, que no tenía que potenciar demasiado su imaginación para dar con páginas tan encendidas y crudas: le bastaba con observar con cierta atención la realidad que le rodeaba. Con las columnas de Millás pasa un poco lo mismo. No es que tenga una imaginación tan penetrante que le permita transformar la realidad nuestra en una realidad paralela y singular: sencillamente se limita a mirar y a ver. Lo que pasa es que él ve cosas que sólo ve él: tiene mirada de microscopio y es capaz de descubrir en la apariencia de las cosas la monstruosidad o la ternura que no son perceptibles a simple vista.

Hay en Millás una comprensión ante el absurdo de vivir que nos invita a reírnos, en defensa propia, por supuesto, como actitud moral ante las meteorologías adversas. Y gracias a eso, lo que en otro caso nos deprimiría, nos sumerge en preguntas risueñas que no tratamos de contestar.

Porque que te pare un anciano en la calle para comprarte un hecho desdichado de tu futuro para alargar su vida parece mentira, pero también parece mentira que un alcalde utilice subvenciones europeas para montar un burdel y ya ven, está en todos los periódicos. Por supuesto le dije que no al anciano, y seguí caminando pensando en Millás, sonriente, a pesar de dos cosas: una, que ese anciano podría ser yo mismo dentro de muchos años que pasarán en un parpadeo, y dos, que ahora sé que hay en mi futuro, como en el de cualquiera, una porción desgraciada de la que no he querido deshacerme porque ha pesado más el hecho de que sea mía a la certeza de que será desgraciada.
Juan Bonilla, El Mundo.

Crítica
“Que la mejor literatura se hace actualmente en la prensa diaria podría ser una gran verdad en lugar de una gran ilusión si abundaran los articulistas como Millás. Aunque tal vez gran parte del calado de los artículos de este novelista y cuentista venga, precisamente, de su raigambre literaria. Y es que Millás escribe artículos que se leen como textos de ficción, como microcuentos, a veces con cierto vuelo poético. Sus temas buscan casi siempre el contenido social, cuando no la hilaridad más contagiosa. De su increíble sagacidad como observador de la realidad y de su capacidad de reacción ante sus circunstancias habla este volumen, en el que además el lector podrá admirar los registros de uno de los mejores exponentes del periodismo literario en castellano".
Care Santos, El Cultural

Un escritor mágico
Juan José Millás empezó a escirbir habitualmente en periódicos a finales de los años ochenta. Sus textos, publicados en El País, tenía como título habitual la expresión En fin. Eran entonces textos falsamente resignados sobre la realidad, en los que Millás se inventaba una personalidad y un pasado, creaba parejas estrafalarias, y hacía pequeños cuentos o historietas sobre sucesos imaginarios que en su pluma alcanzaban la categoría de reales y posibles. Ahora es, sobre todo, un escritor mágico, pues todo lo que cae en sus manos se convierte en surreal, pero, enseguida, en una circunstancia posible. Quizá es el escritor más surrealista que ha tenido nunca el periodismo español. Y este libro, que debe leerse como una unidad, no como un conjunto de artículos o reportajes, es una muestra de ello. Él dice en su introducción que su propio prólogo es "más bien un suburbio, un arrabal, un barrio periférico", pero eso mismo es lo que consitutye en un periódico cada uno de sus textos: un suburbio, un arrbaal o un barrio periférico que tiene la virtud de constituirse en un continente sin el cual no se entendería hoy un diario de calidad.

Millás ha convertido sus obsesiones -los armarios, los huecos, los teléfonos móviles, los zapatos, las extremdidasdes, los medios de transporte, la pareja e incluso la familia entera- en materia periodística que sirve para interpretar la realidad. ¿Qué es más real, lo que nos cuenta Millás o lo que se dice en primera página que ocurre en el mundo?

En este libro hay un vademécum para viajar con este escritor mágico. En primer lugar, el estilo. Aunque su propósito no sea estrictamente periódistico, Millás ha impuesto un estilo para agarrar al lector: "Yo antes era lo que se dice una mala persona. Y fumaba". "Bien pensado, este hombre tan transparente es un misterio". Estaba intentanod comprender por qué los periódicos llaman independentista a un tonto, cuanod me llegó la noticia de que había hielo en la Luna". Como García Márquez en la historia del artículo periodístico, Millás ha inventado su propio género, pero también se ha facilitado a sí mismo instrumentos que son inconfundibles y que además le sirven para agarrar desde el principio a sus lectores.

Estamos ante un novelista de la realidad y ante un periodista de lo imaginario. La combinación ha hecho de Millás un estilista cuyo destello más sobresaliente, el que nos atrapa a todos, es un fasinante sentido del humor. ¿De dónde lo saca? De la imaginación, que es un guiño interior que hace reír enseguida aunqueél ponga cara de palo, como Buster Keaton. Leerle es una gozada, y releerle, y de eso ahora tenemos oportunidad, es una gozada aún mayor.
Juan Cruz, Babelia, 3 de junio de 2000


Un texto

Suburbio
No conozco ninguna antología de prólogos, quizá porque son una peste sólo comparable a la de las necrológicas (de las que tampoco existen recopilaciones, por algo será). El prólogo es la puerta del libro, de manera que no puedes saltártelo sin la impresión de haber entrado en el volumen de forma fraudulenta. Pero si caes en la tentación de leerlo es muy probable que se te quiten las ganas de continuar, aunque se trate de una obra maestra. Así de convincentes suelen ser estas curiosas piezas literarias. Y es que los prólogos, al tener una función lubrificante, poseen altos índices de materia grasa: te dejan sin apetito, en fin. Y eso que suelen ser de Borges, de Cortázar, de Torrente Ballester, de Calvino... Cuando uno decide solicitar un prólogo, no acude a cualquiera. Cabría preguntarse por qué Borges, Cortázar, Torrente, Calvino ceden a la tentación de escribirlos. Yo se lo diré: por puro compromiso.

Los prólogos suelen pedirlos las mismas personas que solicitan las necrológicas, y con idéntica expresión de lástima, de manera que uno no puede negarse sin sentirse mal. De hecho, se escriben con el espíritu fúnebre de los obituarios. Y siempre se dice que el difunto era muy bueno, o que el libro es fantástico, aunque el autor de la necrológica no conociera al muerto ni el del prólogo haya leído el libro.

Yo tampoco he leído este libro para el que el editor me ha solicitado un prólogo. Me he limitado a escribirlo, lo que no hace más fáciles las cosas. Está compuesto por un conjunto de reportajes y artículos aparecidos en El País, en los periódicos del grupo Prensa Ibérica, la revista Jano y El Paseante. Debo a muchas de estas piezas más satisfacciones que a alguno de mis libros, especialmente esta de organizarse ahora como un cuerpo. Precisamente, el título de la selección, Cuerpo y prótesis, coincide con el de uno de los artículos que más me gustan, pero sirve para señalar también mi relación con la escritura, que a veces siento como una prótesis de mí y a veces como un cuerpo del que yo no sería sino una prolongación artificial, una mano mecánica que en este mismo instante se detiene para no convertir en verdadero prólogo lo que ha intentado ser más bien un suburbio, un arrabal, un barrio periférico, siempre en el caso de que un libro de estas características tuviera un centro.
Juan José Millás