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LA CASA SOSEGADA
Antonio Gala
Planeta. Madrid. 1998, 261 páginas.

La solapa
Durante años, la firma de Antonio Gala despedía la última página de El País Semanal. Aunque varió varias veces de nombre, su sección se convirtió en habitual en el suplemento durante la década de los 90. El presente volumen recoge las columnas y artículos que publicó bajo el título de La casa sosegada. Reúne 110 textos publicados entre 1995 y 1997.
"Dentro del hogar, al anochecer, habitamos en el ojo del huracán. Persisten alrededor la ambición, las tormentas, las corrupciones, los duros fantasmas del día y de la noche; pero aquí hemos obtenido la serenidad. Una serenidad empapada de vida, que es movimiento interior: no quietud, no pasividad. De ahí que sea imprescindible, antes o después de cenar, antes o después de ver un poco de televisión o de leer un libro, reflexionar un rato, dar un momento gracias, detenerse a cambiar impresiones, a renovar las fuerzas, a beber un largo sorbo de agua limpia. "Se ha hecho el silencio. Apenas percibimos las sonoras esqirlas de otras vidas. Por fin se hizo el silencio. Por fin está la casa sosegada".


Un texto

La historia sigue
El hombre que ha habitado, durante estas páginas, su casa más o menos soseegada; el hombre que la abrió para que fuese, también más o menos, visible es, como todos, una historia. Pero, ¿puede llamarse historia a lo que acontece una vez sólo? El amor único, la devastación única, el enigmático entusiasmo que nos asaltó un día, ¿forman en realidad parte de nuestra historia? Está claro que sí. Más aún, son nuestra historia, porque nosotros somos muy poco más que ellos. ¿A qué llamamos madurez, si es que en la madurez concluye cada historia personal? ¿Será haber realizado el proyecto que en la juventud nos embargaba, o más bien andar y haber andado, a pie enjuto, por secarrales salpicados de oasis, en busca de ese espejismo palpable que es nuestra propia perfectibilidad? A pesar de los tropiezos y los desgarros y las desilusiones y los fiascos. A pesar de las hondonadas y las alturas embriagadoras, de los derrumbaderos y las cimas que atraviesan las nubes.
De otro lado, ¿la historia de cada cual son los hechos y nada más? ¿No habrá una intrahistoria, como una corriente subterránea que aumente la acústica, bese los cimientos y justifique lo que arriba sucede? ¿No habrá una suprahistoria que nos llene de condicionales: si aquel día yo no hubiese estado allí ni conocido a tal persona, si no hubiese perdido los nervios, si no me hubiera equivocado, todo habría sido diferente? Puesto que la historia de este hombre es él mismo, en el resultado final se introducen factores no numerales, partidas no tangibles, las imaginaciones también, y las sangrías incruentas, y las posibilidades que jamás se cumplieron pero que le repican en el ánimo. Porque quien entonces se equivocó fue él. Y quien estuvo allí y conoció a alguien, y quien perdió los nervios. Y asimismo quien no estuvo en otros lugares ni conoció a otras gentes que hubiesen escrito con su mano la historia alternativa de su vida: frente a lo que ha sido, lo que habría podido ser. Y aun aquello que ha sido, ¿cómo fue? Los detalles del presente transformado en pretérito se nos escapan a menudo. Y revivimos nuestra historia de forma distinta. Y ponemos acaso más intensidad en su recuerdo que la puesta en su pasada realidad. De ahí que sea más válido pensar que toda historia en presente, toda, contemporánea; toda, configurada por hombres que viven en su tiempo, si es que el tiempo tiene dueño.

Pero la historia sigue. Para liberarse de la transcurrida, hay que mirarla fijamente a los ojos. Este hombre la ha contado. Como en un extraño sacramento, porque amó mucho, sus errores le fueron perdonados. Aunque continúe siendo hoy lo que ayer fue y antes de ayer. ¿Aprendió algo? Quizá, pero para seguir no es indispensable. Como escribió el maestro de su adolescencia, él es -y fue- él y su circunstancia. Y sólo salvándola a ella pudo salvarse él. ¿Luego se ha salvado? El que intenta vivir con una vehemencia casi insoportable siempre se salva. Es cierto que el alma es una guerra incesante contra la inercia, contra el adocenamiento y la conformidad. La canonización del pasado nos convierte en estatuas de sal. El error, por muy grave que sea, es cuestión de un momento; defenderlo buscándole una continua y prolongada explicación sí que es mucho más grave. A los individuos les ocurre lo que a los pueblos, según Santalllana, si ignoran su histoira, se verán condenados a repetirla. Por eso este hombre quiso conocerse conociendo a los toros; comprendiéndolos comenzó su propia comprensión. Tanto, que ahora ya se ha olvidado un poco de sí mismo.

Afirmó Hesse que hay épocas con una historia extremada, y otras, más humanas, en que apenas se advierte que sean también históricas. Es difícl que permanezcan los gestos que no sean de dar o de abrirse en son de recibir. De acuerdo que somos lo vivido, pero camino del futuro, largo o corto, y ensanchados por él. La historia es el recuerdo; sin emabrgo tan esencial como él para los hombres es el olvido. El combate entero se realiza entre el origen y el proyecto, entre la memoria y la profecía. En la vida y en la literatura (el hombre de estas páginas no distingue apenas los límites entre la una y la otra) no se es héroe por haber obtenido el triunfo, sino por haber palpitado y fluctuado, desde Escila a Caribdis, a bordo de la frágil nave que es el humano corazón. Creo poder asegurar que este hombre no desembarcó aún, a pesar de haber zozobrado en muchas ocasiones. Qué más queréis que os diga.
Antonio Gala.