La
solapa
Durante años, la firma de Antonio Gala despedía
la última página de El País Semanal.
Aunque varió varias veces de nombre, su sección
se convirtió en habitual en el suplemento durante la
década de los 90. El presente volumen recoge las columnas
y artículos que publicó bajo el título
de La casa sosegada. Reúne 110 textos publicados
entre 1995 y 1997.
"Dentro del hogar, al anochecer, habitamos en el ojo
del huracán. Persisten alrededor la ambición,
las tormentas, las corrupciones, los duros fantasmas del día
y de la noche; pero aquí hemos obtenido la serenidad.
Una serenidad empapada de vida, que es movimiento interior:
no quietud, no pasividad. De ahí que sea imprescindible,
antes o después de cenar, antes o después de
ver un poco de televisión o de leer un libro, reflexionar
un rato, dar un momento gracias, detenerse a cambiar impresiones,
a renovar las fuerzas, a beber un largo sorbo de agua limpia.
"Se ha hecho el silencio. Apenas percibimos las sonoras
esqirlas de otras vidas. Por fin se hizo el silencio. Por
fin está la casa sosegada".
Un texto
La historia sigue
El hombre que ha habitado, durante estas páginas, su
casa más o menos soseegada; el hombre que la abrió
para que fuese, también más o menos, visible
es, como todos, una historia. Pero, ¿puede llamarse
historia a lo que acontece una vez sólo? El amor único,
la devastación única, el enigmático entusiasmo
que nos asaltó un día, ¿forman en realidad
parte de nuestra historia? Está claro que sí.
Más aún, son nuestra historia, porque nosotros
somos muy poco más que ellos. ¿A qué
llamamos madurez, si es que en la madurez concluye cada historia
personal? ¿Será haber realizado el proyecto
que en la juventud nos embargaba, o más bien andar
y haber andado, a pie enjuto, por secarrales salpicados de
oasis, en busca de ese espejismo palpable que es nuestra propia
perfectibilidad? A pesar de los tropiezos y los desgarros
y las desilusiones y los fiascos. A pesar de las hondonadas
y las alturas embriagadoras, de los derrumbaderos y las cimas
que atraviesan las nubes.
De otro lado, ¿la historia de cada cual son los hechos
y nada más? ¿No habrá una intrahistoria,
como una corriente subterránea que aumente la acústica,
bese los cimientos y justifique lo que arriba sucede? ¿No
habrá una suprahistoria que nos llene de condicionales:
si aquel día yo no hubiese estado allí ni conocido
a tal persona, si no hubiese perdido los nervios, si no me
hubiera equivocado, todo habría sido diferente? Puesto
que la historia de este hombre es él mismo, en el resultado
final se introducen factores no numerales, partidas no tangibles,
las imaginaciones también, y las sangrías incruentas,
y las posibilidades que jamás se cumplieron pero que
le repican en el ánimo. Porque quien entonces se equivocó
fue él. Y quien estuvo allí y conoció
a alguien, y quien perdió los nervios. Y asimismo quien
no estuvo en otros lugares ni conoció a otras gentes
que hubiesen escrito con su mano la historia alternativa de
su vida: frente a lo que ha sido, lo que habría podido
ser. Y aun aquello que ha sido, ¿cómo fue? Los
detalles del presente transformado en pretérito se
nos escapan a menudo. Y revivimos nuestra historia de forma
distinta. Y ponemos acaso más intensidad en su recuerdo
que la puesta en su pasada realidad. De ahí que sea
más válido pensar que toda historia en presente,
toda, contemporánea; toda, configurada por hombres
que viven en su tiempo, si es que el tiempo tiene dueño.
Pero la historia sigue. Para liberarse de la transcurrida,
hay que mirarla fijamente a los ojos. Este hombre la ha contado.
Como en un extraño sacramento, porque amó mucho,
sus errores le fueron perdonados. Aunque continúe siendo
hoy lo que ayer fue y antes de ayer. ¿Aprendió
algo? Quizá, pero para seguir no es indispensable.
Como escribió el maestro de su adolescencia, él
es -y fue- él y su circunstancia. Y sólo salvándola
a ella pudo salvarse él. ¿Luego se ha salvado?
El que intenta vivir con una vehemencia casi insoportable
siempre se salva. Es cierto que el alma es una guerra incesante
contra la inercia, contra el adocenamiento y la conformidad.
La canonización del pasado nos convierte en estatuas
de sal. El error, por muy grave que sea, es cuestión
de un momento; defenderlo buscándole una continua y
prolongada explicación sí que es mucho más
grave. A los individuos les ocurre lo que a los pueblos, según
Santalllana, si ignoran su histoira, se verán
condenados a repetirla. Por eso este hombre quiso conocerse
conociendo a los toros; comprendiéndolos comenzó
su propia comprensión. Tanto, que ahora ya se ha olvidado
un poco de sí mismo.
Afirmó Hesse que hay épocas
con una historia extremada, y otras, más humanas, en
que apenas se advierte que sean también históricas.
Es difícl que permanezcan los gestos que no sean de
dar o de abrirse en son de recibir. De acuerdo que somos lo
vivido, pero camino del futuro, largo o corto, y ensanchados
por él. La historia es el recuerdo; sin emabrgo tan
esencial como él para los hombres es el olvido. El
combate entero se realiza entre el origen y el proyecto, entre
la memoria y la profecía. En la vida y en la literatura
(el hombre de estas páginas no distingue apenas los
límites entre la una y la otra) no se es héroe
por haber obtenido el triunfo, sino por haber palpitado y
fluctuado, desde Escila a Caribdis, a bordo de la frágil
nave que es el humano corazón. Creo poder asegurar
que este hombre no desembarcó aún, a pesar de
haber zozobrado en muchas ocasiones. Qué más
queréis que os diga.
Antonio Gala. |