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TRONERAS
Antonio Gala
Temas de hoy, Madrid, 1996, 469 páginas

La solapa
"Aclamado poeta, novelista, dramaturgo, pensador crítico e insobornable, Antonio Gala ha convertido La Tronera -obra viva, gestada cada mañana- en una temida boca de fuego por la que diariamente dispara con seguridad y acierto contra la mezquindad de nuestra clase política, examina lúcidamente la actualidad y exige un compromiso ético, personal y colectivo, con una auténtica regeneración. En este volumen se recogen las troneras publicadas en el diario El Mundo desde enero de 1993 hasta junio de 1996. Una obra necesaria para comprender cuál es el sentido último de la más reciente historia".

Lo que han dicho

Prólogo
Tanto periodistas como escritores -algunos de ellos auténticos maestros- han afirmado que el periodismo es un género literario. No creo que se pueda hacer esa afirmación de un modo categórico. O, al menos, no todos los géneros periodísticos pueden ser considerados literatura. No es que sean más o menos que una obra literaria; simplemente son disciplinas diferentes, aunque pertenezcan a un todo mucho más amplio que los engloba: el noble oficio de escribir.

Por esa razón, no todos los que ejercemos el periodismo escribimos textos que se puedan considerar obras literarias. Y no por ese afán de identificar la obra periodística con la realidad y la literaria con la ficción, que esa distinción hace ya tiempo que fue superada, sino más bien por la diferente creatividad de los textos de uno u otro tipo. Son muchos los periodistas que han entrado en el mundo de la literatura para escribir obras no necesariamente relacionadas con el mundo de la información.
Como, parlalelamente, ha habido escritores que han probado suerte en el ejercicio del periodismo. Los resultados han sido muy dispares, y tampoco es éste el sitio idóneo para comentarlos por lo numerosísimo de los intentos habidos. Pero hay un nombre clave en el desembarco de los literatos en el reciente periodismo español, y es el de AntonioGala, quien desde hace años frecuenta las páginas de revistas y periódicos, a la vez que su presencia es requerida para intervenir en emisoras de radio y televisión. Además, a él siempre le ha acompañado el éxito en su andadura periodística, como también le ha sucedido en cuantos géneros literarios ha cultivado. Gala atribuye el éxito a la sinceridad que pone en su trabajo, algo imprescindible en el periodismo, mientras que sobre su versatilidad siempre ha dicho "la vida no me dio la posibilidad de elegir qué quería ser en el futuro; a cambio me dio el privilegio de poder escribir en todos los géneros literarios".

La Tronera es, desde su nacimiento en el diario El Independiente el 4 de julio de 1989, la experiencia más genuinamente periodística que ha cultivado Antonio Gala, pero no la única. El trabajo más parecido a estos artículos quizá sean los textos de Gala que bajo el epígrafe "firma y rúbrica" se emiten semanalmente en el programa Buenos días de RNE; pero, además de la extensión, los diferencia la temática; estos trabajos radiofónicos no siempre son comentarios de tipo periodístico, y cuando lo son, no abordan los temas desde una perspectiva tan actual como La Tronera. No obstante, ambas experiencias están a mucha distancia de los ensayos que, bajo distintos títulos y en diferentes semanarios (Sábado gráfico, EL País Semanal), publica este autor cordobés desde hace mucho tiempo. Tampoco tiene relación con los guiones televisivos que escribió hace unas década para TVE, como Si las piedras hablaran o Paisaje con figuras. Estas obras son relatos literarios de temática histórica, y su única relación con el periodismo es el hecho de utilizar un medio común para llegar al público.

Primero en El Independientes y actualmente en El Mundo, la Tronera es una lección de periodismo diaria. Es una obra periodística en estado puro, por su apego a la realidad cambiante de la información y por tener un sentido crítico que le lleva a la rebeldía. Es el compormiso ético personal de un periodista de lujo con sus lectores -cientos de miles-, que en no pocas ocasiones ha sido enarbolado como bandera, unas veces por su propio medio de comunicación, y en muchas ocasiones por sus lectores, que de alguna manera han adquirido así la condición de militantes. Y, créanme, pocos escritores-periodistas pueden disfrutar de esa situación privilegiada, ganada, por otra parte, en un pulso diario con la realidad.

Con La Tronera, Antonio Gala ofrece una visión crítica y profunda de la actualidad en unas pocas frases. Es el texto que le gustaría escribir a cualquier editorialista de un diario, por su claridad, concisión y rotundidad. En esas breves diez líneas, Gala analiza una noticia del día y toma postura sobre ella, sin dogmatismos ni enrevesamientos. Por eso ha popularizado un género periodístico que ya existía con anterioridad: su impecable forma de escribir, que siempre levanta pasiones, ha llevado hasta esa pequeña ventana diaria a miles de lectores.
¿Y cuál es, si es que lo tiene, el secreto de ese éxito? Quizá habría que preguntárselo al propio Gala, e ignoro si él mismo nos contestaría. A buen seguro que guarda relación con dos factores muy personales. El primero de ellos es el enorme conocimiento de su idioma y la vasta formación cultural que tiene Antonio Gala, lo que hace que sus artículos birillen con una luz propia casi cegadora en cualquier revista o periódico. Y segundo, el compromiso personal que preside desde sus escritos, y que le permite tomar partido por la ética ante cualquier acontecimiento. En resumen, los lectores valoran enormemente la pulcritud de La Tronera, y la independencia y sentido ético de los que parten esos artículos.

Pero el espíritu crítico desde el que son concebidos estos breves textos no reside en un afán meramente denunciador o destructivo, sino en la esperanza de alcanzar un futuro mejor a través de la rectificación, de una regeneración de la clase política y su ejercicio que recuperará, como dice Antonio Gala, "la ilusión de 1982". Tras La Tronera late el convencimiento de que la denuncia de la injusticia o la ilegalidad es el primer paso para superarlas. Y de ahí surge la apuesta ética de estos escritos, que rebosan esperanza en la sociedad civil desde la creencia en que sólo ella puede decidir su propio futuro. Pero partiendo de que la información y la experiencia pueden ayudar a no cometer errores o, en su caso, a no repetirlos. Y, desde luego, a que los ciudadanos no vivan indefensos ante la actuación de los que les gobiernan por el mero hecho de que éstos pasen por las urnas cada cuatro años.

Esa es la razon de que La Tronera sea, sobre todo, un artículo de contenido político. La actualidad es la que manda en estos escritos, y aquélla está plagada de actos y decisiones políticas que pueden o no ser acertadas, pero que siempre merecen un breve comentario. Por eso, Antonio Gala asume su doble condición de observador privilegiado de la realidad cotidiana y de articulista crítico con los acomodos de los gobernantes. Y de esta forma nacen las opiniones más duras que se hayan escrito sobre los sucesivos casos de corrupción que los medios de comunicación han descubierto en España, las censuras más contudentes a los gobernantes apoltronados, las más bellas palabras de fe en los ciudadanos de este país y de apoyo a los trabajadores que padecen esos desgobiernos, o la denuncia más radical de las situaciones de marginación e injusticia que tienen que sufrir muchas personas a las puertas del siglo XXI sólo por su sexualidad, raza o religión. En suma, la confianza en la plena vigencia de la ideología y en la posibilidad de un gestión honesta, contra lo que defienden los actuales profesionales de la política, constituyen la base de unos textos que brotan a chorros de un corazón de izquierdas cuyos ideales son la justicia, la libertad, la solidaridad y la fraternidad entre los hombres.

Y así nacen unas palabras que los lectores ven casi como propias. En muchas ocasoines, los lectores de El Mundo, y antes los de El Independiente -ya he dicho que algo tienen de militantes-, sienten esas líneas como algo que les habría gustado decir pero no encontraban la forma de hacerlo. De ahí viene esa actitud que a veces ha criticado el propoi Gala, cuando mcuhas personas le han dicho "Grita tú por nosotros, Antonio"; a lo que el escritor responde que deben gritar todos para ser mejor escuchdos. Desde su ventana diaria orientada a la realidad, Antonio Gala ha asumido ese papel que, le guste o no, le otorgan miles de españoles, y cada mañana, en las páginas de El Mundo, grita a os que nos gobiernan, a los que quieren gobernarnos y a quien haga falta, todo lo que, como él, muchísimos ciudadanos de este país querríamos decirles, pero de una forma en que sólo él sabe hacerlo.

Cada tronera empieza y acaba en sí misma, pero a la vez forma parte de una obra mayor, que crece diariamente. Este volumen reúne las que aún no habían sido recopiladas, desde enero de 1993 hasta junio de 1996. Los textos han pasado por una pequeña selección, en la que han quedado excluidos únicamente los referidos a cuestiones que despertaron interés sólo en el momento de su publicación, que, como puede apreciarse, son una mínima parte. Las troneras han sido ordenadas cronológicamente, la manera más lógica en un trabajo periodístico, y el volumen incluye un apéndice temático en el que se han clasificado los artículos por su contenido: son unos ciento veinte temas que van desde las cuestioens más permanentes (amor, la guerra, la religión, la tolerancia...) hasta otras más actuales e igualmetne interesantes (el gobierno, la corrupción, la situación económica...). Compartiendo actualidad pero en un plano aún más concreto, también se incluyen otros temas (GAL, caso Arny, fondos reservados...) y nombres de personajes y partidos político. Este apéndice será muy útil para todos aquellos que deseen conocer la opinión de Antonio Gala sobre cualquiera de las muchas cuestiones que deparado la actuliadad diaria en esos tres años y medoi: un pedazo importante de nuestra historia reciente bajo la lupa de uno de los comentaristas con más credibilidad de este país.
José María Gala


Un texto

El mono y el libro
Mi verdadera pasión turca es la lectura: no de lo que escribo yo, sino de lo que otros escribieron. Soy, pues, parte interesada; mi testimonio es muy parcial. Para mí el libro es una pértiga que permite dar saltos inimaginables en el espacio y en el tiempo; el testigo del a más hermosa carrera de relevos; un infalible e íntimo amigo silenciosos. Pero, de no ser yo así, ignoro si me animaría a empezar a leer la recomendación de un mono, por muy próximo a mí que los sienta; o quizá me ofendiera. En todo caso, los libros me parecen un buen procedimiento de superar al mono y sus ofensas. No sé de otro mejor, ni que os humanice en mayor grado". (20-III-03)

Fiesta del libro
Se ha dicho: el fin de la literatura ha llegado; los homrbes aprenden escuchando y mirando; la imagen tomó posesión del a cultura. no lo puedo creer. Acaricio los libros y pienso que ellos siguen siendo pontífices; abaten, al abrirlos, sus puentes levadizos entre una y otra época, uno y otro país, una y otra alma, una y otra opinión. El lector necesita ser su cómplice, hundirse en ellos, colaborar con ellos y ofrecérseles: aquí no basta la pasividad. A cambio recibir lo mejor de otro ser: una compañía, que el autor no le habría proporiconado ni con su convivencia, por encima del espacio y del tiempo... "Oh, bienaventurado/albergue a cualquier hora" (23-IV-1996)

Callejón sin salida
Hablemos claro: Berlusconis pueden producirse en cualquier país donde existan monopolios virtuales de la comunicación. Aquí mismo, unos caen y otros crecen, cosa arriesgada con un presidente acorralado y en peligro. A falta de pensamiento, triunfa el espectáculo, y la televisión es el más artero, cotidiano e inmediato de todos. No porque la imagen valga hoy más que la inteligencia, sino porque la inteligencia no aparece. Cuando no hay nadie valioso que lo guíe, el pueblo elige alguien que lo divierta y esté siempre presente. Quien maneje los medios manejará el poder. Hasta la Iglesia pide ya una cadena. Contra el desabarajuste sólo cabría el uso de la razón en escrito sentido: pero éste también, para hacerse público, requiere de los medios. Caput. (17-IV-1994)

Antonio Gala.