La
solapa
"Desde 1993, cuatro millones de lectores de 24 periódicos
españoles leen cada fin de semana el artículo
que Arturo Pérez-Reverte publica en
el suplemento dominical El Semanal: su polémica,
original y personalísima página de opinión.
Patente de corso recoge una amplia selección de esos
textos, de los que el propio autor ha dicho: “Escribo
con tanta libertad que me sorprende que me dejen”: De
ellos se puede disentir, participar, asumir o no sus postulados;
pero es imposible no contagiarse con la fascinación
de su honestidad salvaje, su compromiso personal y su coherencia.
Porque son la mirada de veintiún años como reportero
y el espejo de la literatura, aplicados a quemarropa sobre
la sociedad contemporánea".
Lo que han dicho
Crítica
No es novedad que Pérez-Reverte ejerce de deslenguado,
de viva voz y por escrito, y aquí están estos
artículos para demostrarlo. Publicados en El Semanal
a lo largo de cinco años, en ellos el ahora académico
se atreve a casi todo: desde llamar cabrón a su lector
hasta escribir un artículo loando al semanario para
el que trabaja en pago de favores recibidos. Sus lugares recurrentes,
por supuesto, no faltan: la guerra, el periodismo, los viajes,
los hoteles, las personas –para bien y para mal–,
la política, y así hasta un amplio abanico de
asuntos. Su agilidad, su cinismo y su mala leche no dejan
lugar a la indiferencia.
Care Santos, El Cultural
Prólogo
Aquel año, 1991, entre una guerra y otra, comenzó
a publicar artículos en la revista llamada El Suplemento
Semanal, que hoy destaca en su cabecera el nombre
El Semanal. Es una revista que la distribuyen los domingos
veinticuatro periódicos regionales. Entonces Pérez-Reverte
era ya un escritor reconocido. Había editado tres novelas:
El húsar (1983), El maestro de esgrima
(1988) y La tabla de Flandes, que había sido
en 1990 una auténtica revelación. (…)
Aquellos primeros artículos que publicó en El
Semanal aparecieron durante los primeros meses de forma
dispersa. Hablaban de sus lecturas, de algunos de sus héroes
favoritos, de guerras. Las agrupó bajo un título
general, ‘Sobre cuadros, libros y héroes’,
y los incluyó en un libro heterogéneo publicado
en 1993 con el título Obra breve/1.
Pero esos artículos se convirtieron a partir de julio
de 1993 en una página semanal (dos folios y medios:
ochenta líneas). Desde entonces, todas las semanas
Arturo Pérez-Reverte ha publicado un artículo
literario en esa revista. Son ya casi cinco años. Más
de doscientos cincuenta artículos. La mitad de ellos
están reproducidos en este libro, ene. Que he realizado
una selección personal de aquellos que a mí
más me han impresionado.
El primero lo tituló ‘Doña Julia y el
asesino” y en él describe cómo era la
preparación todos los lunes del programa que entonces
estaba haciendo en Televisión Española, que
se llamaba Código 1. “Mis lunes –escribe
en él- empiezan barajando y viendo barajar, fascinado,
muertos y tragedias como naipes”. En ese artículo
aparece también, pro primera vez, el título
genérico que iba a utilizar Pérez-Reverte para
esta sección: A sangre fría. Un título
que se repite hasta el 2 de junio de 1996, que desaparece
por criterios de maquetación. (…)
Sus artículos son un espejo de su tiempo. En ellos
habla de sus vivencias de la guerra, de las personas que conoció,
de esos escenarios de la batalla por los que anduvo rodando
durante los veintiún años que vivió como
portero. Y también de la España que se encontraba
cada vez que volvía, entre masacre y masacre, atado
a una cámara y a un micrófono, por esos mundos
de Dios y del diablo.
Estos artículos no son disquisiciones abstractas, ni
denuncias interesadas, ni reflexiones metafísicas,
ni efusiones líricas, ni recreaciones retóricas.
Son un espejo. El espejo de la literatura ante la sociedad
contemporánea. Un espejo “a sangre fría”.
Sin contemplaciones, sin paliativos, sin embellecimientos.
Para transmitir el reflejo crudo y brutal de situaciones y
de personajes actuales, tal y como son, o al menos, como él
los percibe.
Arturo Pérez-Reverte se convierte así, a través
de estos artículos, en un cronista literario de nuestro
tiempo. Tipos, ambientes, preocupaciones, costumbres y polémicas
de la vida española contemporánea están
recogidos en esos textos, con la misma contundencia con la
que en épocas pasadas llevaron a cabo esa tarea narradores
de otros periodos de la literatura. Así como Larra
diseccionó la sociedad del siglo XIX a través
de sus artículos, Arturo Pérez-Reverte disecciona
también en los suyos el sentir de la época actual,
Pérez-Reverte es, en sus artículos literarios,
el Larra español de nuestros días. (…)
En sus artículos expone abiertamente sus amores y sus
odios, sus fobias, sus creencias, sus sentimientos. Todos
esos postulados que van dibujando su personal visión
de la vida, su particular tabla de salvación en este
mundo de náufragos que describe en sus artículos.
José Luis Martín Nogales, prólogo
del libro
Temblad malditos
Pérez-Reverte puede llegar a sorprender a quienes únicamente
tengan noticia de él a través de sus novelas,
medidas y trabajadas con un tesón de artesano antiguo.
Si se tradujera este libro fuera de España, seguro
que a americanos o franceses que han devorado con delectación
sus obras de ingeniería literaria se quedarían
pasmados e era u estimado autor berreando, blasfemando e insultando
a diestro y siniestro. Pero, por eso precisamente, la lectura
de esta recopilación de artículos es fundamental
para entender la compleja personalidad de uno de nuestros
mejores autores , como mínimo, uno de los que va a
perdurará allende del tiempo. Él no engaña
a nadie y en la introducción del libro advierte que
son sus opiniones subjetivas, que no pretende convencer a
nadie y pretende tener la razón en lo que afirma;:
únicamente es lo que piensa y pinto. A veces, se le
va la mano y dedica líneas y líneas a batallitas
suyas con funcionarios incompetentes o disputas de cafetín,
pero otras también dice verdades como puños.
Y, qué quieren que les diga, en un mundo lleno de tipos
paniaguados, donde todo es tan políticamente correcto,
donde a los vendedores se les llama comerciales; a la mala
leche, estrés a las putas se las llama masajistas,
da gusto de vez en cuando alguien diga lo que piensa con dos
cojones. Amén.
Sabina Luna, Qué leer, octubre de 1998
Un texto
El semanal
Los amigos y compañeros de El Semanal tienen
el detalle de darme cuartel, haciéndose eco de la aparición
de mi nuevo tocho sevillano. Ya pueden imaginar ustedes que,
con el millón y medio de ejemplares que tira esta revista
cada semana, eso me viene de perlas. De modo que he decidido
corresponder en la medida de mis posibilidades, tirándoles
unas cuantas flores. Porque, como decía mi abuelo –que
sabía de estas cosas-, quien no es agradecido es un
mal nacido. Y a uno le gusta pagar sus deudas al contado.
Quien paga sus deudas es libre, y así todos estamos
en paz.
Durante veintiún años fui reportero, y el ejercicio
de mi profesión me llevó a conocer periódicos
de todos los colores y talantes. Desde La Verdad,
donde mi maestro Pepe Monerri me enseñó
a perderle el respeto a los poderosos –“Ellos
son quienes tienen que temernos a nosotros” decía
el veterano zorro-, hasta aquel Pueblo donde en doce
años pasé de pipiolo total a vieja puta del
oficio, gracias al ejemplo de una pandilla de golfos y de
burlangas sin escrúpulos que eran –y algunos
continúan siéndolo, como Raúl
del Pozo, Tico Medina y algún
otro- los mejores periodistas del mundo. Después hubo
nueve años de televisión y radio estatales,
y entre unas y otras épocas traté con empresas
y directores/as de todo tipo y pelaje: cobardes y valientes,
abyectos y magníficos, corazones de oro y ratas de
alcantarilla. Y lo cierto es que todos ellos, de una u otra
forma y sin ninguna excepción, hube de soportar en
algún momento reservas, presiones o intentos de orientas
mi trabajo. Eso nada tiene de extraño, pues este oficio
incluye, entre otras cosas, ese tipo de situaciones por activa
o pasiva, y el periodista que se proclame virgen es un cínico
o es un imbécil. Con eso quiero decir que ni se me
pasa por la cabeza que El Semanal esté hecho
por hermanitas de la Caridad. Pero hay un par de cosas que
son verdad, y que puedo afirmar hoy sin el menor reparo.
Haciendo cuentas, llevo ciento veintitrés semanas dando
aquí la barrila, desde el día en que me dijeron:
“Dos folios, tú mismo y a tu aire”. Al
oír aquello pensé que iba a durar menos en esta
página que el buen nombre de una institución
del Estado en manos del presidente González.
Pero me equivocaba, y me alegro. En estos dos años
y medio me he venido despachando a gusto, y –como dice
por estas fechas mi compadre Sancho Gracia
en el Teatro Español de Madrid- ni reconocí
sagrado, ni en distinguir me he parado al clérigo del
seglar. Por eso, mis ajustes de cuentas semanales pueden calificarse
de cualquier cosa menos de cómodos para quien los alberga,
entre otras cosas porque, al no responder a un plan o una
idea determinada, y salir según el talante o la mala
leche de que el arriba firmante disponga en el momento de
darle a la tecla, son tan viscerales e imprevisibles como
los actos de un mono hasta arriba de jumilla y con una navaja
de afeitar. Pues oigan. Ni una sola vez –ni una- en
estos dos años y medios alguien de El Semanal me
ha dicho ojos negros tienes, córtate un poco, o te
has pasado varios pueblos. Ni cuando llegan cartas indignada
mentándome a la madre, o mis artículos –nunca
me lo dicen, pero yo lo sé porque cada vez me lo cuentan
los pajaritos- ponen en peligro importantes campañas
de publicidad de las que dejan mucha pasta, ni siquiera en
ese caso, me dirigen reproches ni dicen ay.
Ésa es la chipén. Escribo con tan absoluta libertad
que a veces me asombro de que me dejen. Disparo contra todo
lo que se mueve, no par de comerme el tarro a ver si doy con
algo que los mosquee conmigo y por fin me echan, ni por ésas.
Y cuando nos vamos a comer algunas veces por ahí y
anuncio, para fastidiar: “Pues la semana que viene va
de tal o cual cosa”, el director se bebe tres orujos
seguidos sin respirar y luego, como un samurai, silencioso,
agarra el cuchillo del postre e intenta abrirse las venas
en silencio, sobre el mantel, pero no dice esta boca es mía.
Y eso tiene mucho mérito. Y me gusta.
Hacer una revista semanal que concilie a un millón
y medio de compradores de una veintena de periódicos
distintos, a cuatro millones de lectores reales en este país
donde no hay tres fulanos que pidan el café de la misma
forma, es una tarea sabia, diplomática, casi florentina.
Y algo tendrá el agua cuando ustedes la bendicen. Por
eso sigo la evolución de este entrañable chisme
con curiosidad, y me encanta estar aquí dentro. A eso
añádanle una redacción joven, profesional
y eficaz, algunos buenos amigos, y una empresa seria que paga
religiosamente a fin de mes. Además, reseñan
mis novelas. Ya me dirán ustedes qué más
se puede pedir en este oficio y en estos tiempos.
Arturo Pérez-Reverte |