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PATENTE DE CORSO
Arturo Pérez-Reverte
Alfaguara y Punto de Lectura. Madrid. 1998, 672 páginas.

La solapa
"Desde 1993, cuatro millones de lectores de 24 periódicos españoles leen cada fin de semana el artículo que Arturo Pérez-Reverte publica en el suplemento dominical El Semanal: su polémica, original y personalísima página de opinión. Patente de corso recoge una amplia selección de esos textos, de los que el propio autor ha dicho: “Escribo con tanta libertad que me sorprende que me dejen”: De ellos se puede disentir, participar, asumir o no sus postulados; pero es imposible no contagiarse con la fascinación de su honestidad salvaje, su compromiso personal y su coherencia. Porque son la mirada de veintiún años como reportero y el espejo de la literatura, aplicados a quemarropa sobre la sociedad contemporánea".

Lo que han dicho

Crítica
No es novedad que Pérez-Reverte ejerce de deslenguado, de viva voz y por escrito, y aquí están estos artículos para demostrarlo. Publicados en El Semanal a lo largo de cinco años, en ellos el ahora académico se atreve a casi todo: desde llamar cabrón a su lector hasta escribir un artículo loando al semanario para el que trabaja en pago de favores recibidos. Sus lugares recurrentes, por supuesto, no faltan: la guerra, el periodismo, los viajes, los hoteles, las personas –para bien y para mal–, la política, y así hasta un amplio abanico de asuntos. Su agilidad, su cinismo y su mala leche no dejan lugar a la indiferencia.
Care Santos, El Cultural

Prólogo
Aquel año, 1991, entre una guerra y otra, comenzó a publicar artículos en la revista llamada El Suplemento Semanal, que hoy destaca en su cabecera el nombre El Semanal. Es una revista que la distribuyen los domingos veinticuatro periódicos regionales. Entonces Pérez-Reverte era ya un escritor reconocido. Había editado tres novelas: El húsar (1983), El maestro de esgrima (1988) y La tabla de Flandes, que había sido en 1990 una auténtica revelación. (…) Aquellos primeros artículos que publicó en El Semanal aparecieron durante los primeros meses de forma dispersa. Hablaban de sus lecturas, de algunos de sus héroes favoritos, de guerras. Las agrupó bajo un título general, ‘Sobre cuadros, libros y héroes’, y los incluyó en un libro heterogéneo publicado en 1993 con el título Obra breve/1.

Pero esos artículos se convirtieron a partir de julio de 1993 en una página semanal (dos folios y medios: ochenta líneas). Desde entonces, todas las semanas Arturo Pérez-Reverte ha publicado un artículo literario en esa revista. Son ya casi cinco años. Más de doscientos cincuenta artículos. La mitad de ellos están reproducidos en este libro, ene. Que he realizado una selección personal de aquellos que a mí más me han impresionado.
El primero lo tituló ‘Doña Julia y el asesino” y en él describe cómo era la preparación todos los lunes del programa que entonces estaba haciendo en Televisión Española, que se llamaba Código 1. “Mis lunes –escribe en él- empiezan barajando y viendo barajar, fascinado, muertos y tragedias como naipes”. En ese artículo aparece también, pro primera vez, el título genérico que iba a utilizar Pérez-Reverte para esta sección: A sangre fría. Un título que se repite hasta el 2 de junio de 1996, que desaparece por criterios de maquetación. (…)
Sus artículos son un espejo de su tiempo. En ellos habla de sus vivencias de la guerra, de las personas que conoció, de esos escenarios de la batalla por los que anduvo rodando durante los veintiún años que vivió como portero. Y también de la España que se encontraba cada vez que volvía, entre masacre y masacre, atado a una cámara y a un micrófono, por esos mundos de Dios y del diablo.
Estos artículos no son disquisiciones abstractas, ni denuncias interesadas, ni reflexiones metafísicas, ni efusiones líricas, ni recreaciones retóricas. Son un espejo. El espejo de la literatura ante la sociedad contemporánea. Un espejo “a sangre fría”. Sin contemplaciones, sin paliativos, sin embellecimientos. Para transmitir el reflejo crudo y brutal de situaciones y de personajes actuales, tal y como son, o al menos, como él los percibe.
Arturo Pérez-Reverte se convierte así, a través de estos artículos, en un cronista literario de nuestro tiempo. Tipos, ambientes, preocupaciones, costumbres y polémicas de la vida española contemporánea están recogidos en esos textos, con la misma contundencia con la que en épocas pasadas llevaron a cabo esa tarea narradores de otros periodos de la literatura. Así como Larra diseccionó la sociedad del siglo XIX a través de sus artículos, Arturo Pérez-Reverte disecciona también en los suyos el sentir de la época actual, Pérez-Reverte es, en sus artículos literarios, el Larra español de nuestros días. (…)
En sus artículos expone abiertamente sus amores y sus odios, sus fobias, sus creencias, sus sentimientos. Todos esos postulados que van dibujando su personal visión de la vida, su particular tabla de salvación en este mundo de náufragos que describe en sus artículos.
José Luis Martín Nogales, prólogo del libro

Temblad malditos
Pérez-Reverte puede llegar a sorprender a quienes únicamente tengan noticia de él a través de sus novelas, medidas y trabajadas con un tesón de artesano antiguo. Si se tradujera este libro fuera de España, seguro que a americanos o franceses que han devorado con delectación sus obras de ingeniería literaria se quedarían pasmados e era u estimado autor berreando, blasfemando e insultando a diestro y siniestro. Pero, por eso precisamente, la lectura de esta recopilación de artículos es fundamental para entender la compleja personalidad de uno de nuestros mejores autores , como mínimo, uno de los que va a perdurará allende del tiempo. Él no engaña a nadie y en la introducción del libro advierte que son sus opiniones subjetivas, que no pretende convencer a nadie y pretende tener la razón en lo que afirma;: únicamente es lo que piensa y pinto. A veces, se le va la mano y dedica líneas y líneas a batallitas suyas con funcionarios incompetentes o disputas de cafetín, pero otras también dice verdades como puños. Y, qué quieren que les diga, en un mundo lleno de tipos paniaguados, donde todo es tan políticamente correcto, donde a los vendedores se les llama comerciales; a la mala leche, estrés a las putas se las llama masajistas, da gusto de vez en cuando alguien diga lo que piensa con dos cojones. Amén.
Sabina Luna, Qué leer, octubre de 1998

Un texto

El semanal
Los amigos y compañeros de El Semanal tienen el detalle de darme cuartel, haciéndose eco de la aparición de mi nuevo tocho sevillano. Ya pueden imaginar ustedes que, con el millón y medio de ejemplares que tira esta revista cada semana, eso me viene de perlas. De modo que he decidido corresponder en la medida de mis posibilidades, tirándoles unas cuantas flores. Porque, como decía mi abuelo –que sabía de estas cosas-, quien no es agradecido es un mal nacido. Y a uno le gusta pagar sus deudas al contado. Quien paga sus deudas es libre, y así todos estamos en paz.

Durante veintiún años fui reportero, y el ejercicio de mi profesión me llevó a conocer periódicos de todos los colores y talantes. Desde La Verdad, donde mi maestro Pepe Monerri me enseñó a perderle el respeto a los poderosos –“Ellos son quienes tienen que temernos a nosotros” decía el veterano zorro-, hasta aquel Pueblo donde en doce años pasé de pipiolo total a vieja puta del oficio, gracias al ejemplo de una pandilla de golfos y de burlangas sin escrúpulos que eran –y algunos continúan siéndolo, como Raúl del Pozo, Tico Medina y algún otro- los mejores periodistas del mundo. Después hubo nueve años de televisión y radio estatales, y entre unas y otras épocas traté con empresas y directores/as de todo tipo y pelaje: cobardes y valientes, abyectos y magníficos, corazones de oro y ratas de alcantarilla. Y lo cierto es que todos ellos, de una u otra forma y sin ninguna excepción, hube de soportar en algún momento reservas, presiones o intentos de orientas mi trabajo. Eso nada tiene de extraño, pues este oficio incluye, entre otras cosas, ese tipo de situaciones por activa o pasiva, y el periodista que se proclame virgen es un cínico o es un imbécil. Con eso quiero decir que ni se me pasa por la cabeza que El Semanal esté hecho por hermanitas de la Caridad. Pero hay un par de cosas que son verdad, y que puedo afirmar hoy sin el menor reparo.

Haciendo cuentas, llevo ciento veintitrés semanas dando aquí la barrila, desde el día en que me dijeron: “Dos folios, tú mismo y a tu aire”. Al oír aquello pensé que iba a durar menos en esta página que el buen nombre de una institución del Estado en manos del presidente González. Pero me equivocaba, y me alegro. En estos dos años y medio me he venido despachando a gusto, y –como dice por estas fechas mi compadre Sancho Gracia en el Teatro Español de Madrid- ni reconocí sagrado, ni en distinguir me he parado al clérigo del seglar. Por eso, mis ajustes de cuentas semanales pueden calificarse de cualquier cosa menos de cómodos para quien los alberga, entre otras cosas porque, al no responder a un plan o una idea determinada, y salir según el talante o la mala leche de que el arriba firmante disponga en el momento de darle a la tecla, son tan viscerales e imprevisibles como los actos de un mono hasta arriba de jumilla y con una navaja de afeitar. Pues oigan. Ni una sola vez –ni una- en estos dos años y medios alguien de El Semanal me ha dicho ojos negros tienes, córtate un poco, o te has pasado varios pueblos. Ni cuando llegan cartas indignada mentándome a la madre, o mis artículos –nunca me lo dicen, pero yo lo sé porque cada vez me lo cuentan los pajaritos- ponen en peligro importantes campañas de publicidad de las que dejan mucha pasta, ni siquiera en ese caso, me dirigen reproches ni dicen ay.

Ésa es la chipén. Escribo con tan absoluta libertad que a veces me asombro de que me dejen. Disparo contra todo lo que se mueve, no par de comerme el tarro a ver si doy con algo que los mosquee conmigo y por fin me echan, ni por ésas. Y cuando nos vamos a comer algunas veces por ahí y anuncio, para fastidiar: “Pues la semana que viene va de tal o cual cosa”, el director se bebe tres orujos seguidos sin respirar y luego, como un samurai, silencioso, agarra el cuchillo del postre e intenta abrirse las venas en silencio, sobre el mantel, pero no dice esta boca es mía. Y eso tiene mucho mérito. Y me gusta.
Hacer una revista semanal que concilie a un millón y medio de compradores de una veintena de periódicos distintos, a cuatro millones de lectores reales en este país donde no hay tres fulanos que pidan el café de la misma forma, es una tarea sabia, diplomática, casi florentina. Y algo tendrá el agua cuando ustedes la bendicen. Por eso sigo la evolución de este entrañable chisme con curiosidad, y me encanta estar aquí dentro. A eso añádanle una redacción joven, profesional y eficaz, algunos buenos amigos, y una empresa seria que paga religiosamente a fin de mes. Además, reseñan mis novelas. Ya me dirán ustedes qué más se puede pedir en este oficio y en estos tiempos.
Arturo Pérez-Reverte