La
solapa
"Si la televisión ha cumplido medio siglo, y lo
ha cumplido aunque nadie haya celebrado ni siquiera recordado
este otro aniversario de un invento que ha cambiado como ningún
otro chisme la visión y la banda sonora del planeta,
resulta que el autor de estas páginas ha tenido tratos
íntimos y pasionales ocn el tubo catódico durante
un cuarto de siglo. Veinte años escirbienod de sus
imágenes y sonidos, y un lustro redondo trajinando
al otro lado del cristal. Este libro, por lo tanto, es la
historia personal de una pasión que levanta tantas
y tan radicales pasiones. En realidad, todo es un pretexto,
mera literatura. El autor, que nació con la infamia,
utiliza los resplandores de la tele para hablar o reír
de otros asuntos del presente, y casi nunca al revés.
O sea, un libro escrito con mirada pop y sonido paradójico".
Un texto
Prólogo
Con los libros ocurre lo mismo que con las películas,
si no se estrenan no existen. O para decirlo de otra manera:
la producción no basta y la historia, o el drama, empieza
cuando los rollos de celuloide o los folios encuadernados
entran con todas las consecuencias en el circuito de la distribución,
donde ya no controlas nada. Es una pena, pero es así.
Hace aproximadamente un lustro este libro, o algo parecido
a estas páginas, fue editado en Asturias por unos amigos
tan entusiastas como marginales. Por razones que todos deconocemos,
apenas salieron del almacén algunos ejemplares. Incluso
liaron a mi amigo y maestro el profesor Gustavo Bueno
para que lo presentara en Oviedo; aunque ese día estaba
yo muy lejos de todo aquello: de mi ciudad, de mi verdadera
vocación y encima al otro lado de la pantalla infamante.
A mí me hubiera gustado que las cosas quedaran así,
tan codificadas en off, pero la insistencia de otros amigos,
esta vez muy poco marginales, capitaneados por el irresistible
Juan Cruz, han logrado condenar estas viejas
galeradas a distribución. Aunque, también es
cierto, hay tres diferencias significativas respecto a aquella
primera edición clandestina y rebelde.
En primer lugar, hay más capítulos, algunas
erratas menos, un orden distinto y, sobre todo, medio lustro
de inolvidable y sudorosa experiencia madrileña dentro
del tubo catódico. Si el primer ejemplar de aquel libro
inexistente llegó a mi guarida nada marfileñá
de Torre Picasso el mismo día en que salían
a la palestra las primeras imágenes de Canal + (Hitchcock
explicaba el truco del McGuffin y luego llegaba Catherine
Deneuve), justamente cuando había cambiado
el oficio de comentar por escrito lo que chorreaba la pantalla
por el de saber qué rayos había dentro de la
pantalla, al otro lado del cristal y, sobre todo, cómo
se hacía o debaja de hacer aquel circo; resulta que
la versión realmente existente de este libro me llega
cuando tamooco estoy allí. Esta vez, ni dentro ni fuera
del invento; ni traficando con la teoría ni enredando
con la práctica. Por lo tanto, menuda diferencia textual
entre una y otra versión de lo mismo. Si en un principio
se trataba de crítica (más o menos) resulta
que estas páginas tan parecidas a las anteriores se
han transformado en autocrítica. Toda una venganza.
Por consiguiente, lo decente es no tocarlas ni maquillarlas.
A ver si escarmiento de una vez por todas.
En segundo lugar, el título es muy distinto. En el
principio, era un plural, Pasiones catódicas.
Ahora, ya ven. Este singular es la única corrección
digna de tal nombre en tantos años de tratos bastante
íntimos con un ivnentod que nadie sabe a ciencia cierta
quién lo inventó, ni cuándo y por qué.
Titulé en plural cuando no había aquí
más posibilidad de entretenimiento e información
que la pantalla y el medio del Ente. Corrijo en singular luego
del advenimiento de las privadas y el aterrizaje todavía
muy forzoso de otras señales desfronterizadas o extraterritoriales.
Y es que en todo este tiempo he aprendido una cosa: siempre
se trata de la misma televisión con distintas cabezas,
cabeceras y consejos de administración. Aquí
o en Pekín.
Releyendo estas páginas de cuando el tubo era monopolio
me doy cuenta de que, sin haberlo pretendido en absoluto,
también estoy hablando mejor o peor de las privadas,.
No es que aquella TVE de raza inequívocamente franquista
haya sido mejor que lo que vino después, como ahora
se pretende con sospechosa insistncia. Es que, al cabo de
la llamada normalización del paisaje audiovisual, ya
todo es lo mismo o miy parecido. Los títulos, los personajes,
los mitos, las series, el ceremonial, los tics, las caras
y las caretas, las formas y los formatos, los nombres y las
manías, los estrenos y las reposiciones, qué
sé yo, saltan de una cadena a otra, incesantemente,
y sólo los programadores y los accionistas miran yv
en las rejillas en vertical, cegados por las terribles tablas
del audómetor. Para el resto, siempre es visión
muy horizontal. Y encima, zapenado sin distinción de
rejas, siglas o consejos de administración. O sea,
la tele. Sólo de eso tratan estas viejas páginas
nuevas.
Juan Cueto |