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NOS LLAMAMOS
Joan Barril
Ediciones B, 2003. 190 páginas

La solapa
Una estrella de cine capaz de interrumpir en la vida de una admiradora gracias a los efectos especiales (muy especiales) de la película; un veraneante que vuelve a casa y empieza a detectar extraños síntomas a su alrededor, como si no regresara de un viaje de placer sino de un viaje por el tiempo; dos peregrinos a Santiago -él en bici, ella a pie- cuyos caminos se cruzan una y otra vez sin coincidir nunca; un célebre gorila cuya biografía se confunde con la historia entera de la humanidad, o una cumbre internacional con una declaración final que se decide de madrugada y con la ayuda de unas latitas de caviar...
Con la agudeza, el humor y la sensibilidad de siempre, Joan Barril ha reflejado semana tras semana en El Periódico de Cataluña su peculiar manera de ver el mundo en estos cuentos del domingo, que tienen la singular virtud de inspirarse en la actualidad sin resultar coyunturales, y que logran provocar al mismo tiempo la sonrisa y la reflexión. El libro reúne 44 cuentos -todos ellos han podido leerse en la contraportada de El Periódico entre los años 2001 y 2003- ilustrados por Leonard Beard. Aunque no son columnas propiamente dichas, el tratamiento de algunos de sus asuntos, la periodicidad en su publicación y la misma maqueta de la página lo enlazan directamente con la vena de articulismo literario que tanto ha cuajado en los periódicos españoles.


Un texto

Introducción

Les voy a contar un cuento. Hace muchos años, cuando el petróleo estaba más asociado a las estufas que a las invasiones, la gente solía reunirse junto a una hoguera y allí salían historias vividas o tal vez simplemente contadas. Las sombras de los asistentes se proyectaban sobre las paredes de la casa o del bosque y luego cada uno de ellos se llevaba un pedazo de cuento para ponerlo bajo la almohada y dejar que nuevas imaginaciones salieran por la ventana hasta un mundo posible. Para eso sirven los cuentos: para dejarlos fundir en la boca como los caramelos y para creer que podemos estar allí cuando jamás podremos ir.

Pero un buen día llegó la televisión a la salita y los cuentacuentos se quedaron sin parroquia. El cuento salía de la máquina y la imaginación ya no tenía trabajo porque en vez de dejar que el caramelo se fundiera en la boca nos lo daban masticado. Pero la necesidad de la gente de recibir cuentos para ser soñados continuó. Y el periodismo empezó a buscar cuentos reales. A veces eran princesas tristes que morían en las autopistas, otras veces era un ladrón de poca monta que intentaba robar a un policía secreta o a un perro abandonado que recorría miles de kilómetros hasta encontrar a su amo. Hoy los periódicos están llenos de pequeños cuentos que han nacido en algún lugar lejano del mundo sólo para dejarse alimentar y crecer por la imaginación de los lectores.

Esos cuentos son los que están en este libro. Se distinguen del resto de los cuentos de otros narradores mucho mejores que yo por estar sometidos a la urgencia del día a día y por nutrirse de algún hecho que ha sucedido a lo largo de la semana. Los cuentos del domingo nacen a lo largo de los días y del lento fluir de la vida, pero se escriben con la rapidez de un sábado por lamñana. Todos estos cuentos tienen la misma extensión y todos han visto la luz en la cotnraportada dominical de El Periódico de Catalunya, un diario del que me fío y que me representa como lector y como trabajador. Eso significa que esos cuentos tienen una vocación perecedera. Su destino es variable. Pueden provocar una postrera emoción en el lector que sólo busca información o simplemente pueden servir de envoltorio literairo a algo tan noble como el bocadillo matinal del día siguiente. Debo decir que, cuando veo mis cuentos tendidos orgullosamente sobre el suelo recién fregado, pienso que no hay academia mejor ni galardón más prestigioso que el que se debe a la limpieza y a las suelas de los zapatos de gente que va a trabajar y que tal vez llegará tarde porque se ha detenido aleer un cuento que le llama desde el suelo.

El riual es siempre el mismo. Los viernes por la tarde mi hija Isabel, o alguno de mis otros hijos escuchan una llamada de auxilio. "No tengo tema para el cuento del domingo". Y generalmente Isabel, desde sus 11 años, me pregunta: "¿Qué ha pasado esta semana?" Y ahí viene un excitante debate sobre lo que merece la pena contar o, mejor aún, cómo hubieran podido ser las cosas si no fueran como han sido. Luego, a la mañana siguiente, un momento de calma, cuatro notas sobre un papel y una llamada a ese magnífico ilustrador llamado Leonard Beard, que pone imágenes a mis palabras ciegas con una precisión de agente secreto de los de antes. Cuando le cuento el argumento a Leo van apareciendo escenas, rostros, situaciones y no hay más que hablar. El periódico exige un horairo y los lectores no pueden comprar un periódico sin página posterior, porque entonces las noticias irían resbalando de entre las páginas y cubrirían las calles de política, deportes y demasiada sangre y vísceras.

Los cuentos ya han dejado de ser lecciones morales. Tampoco son realidades mágicas, porque hoy la realidad supera la ficción. Hoy sabemos que los que mandan ya no son los mejores y que los que bedecemos no sabíamos qué hacer si tuviéramos que mandar. Esos cuentos mínimos no intentan desdramatizar la realidad. Se trata de pequeños números de circo sobre cosas que durante aquella semana existieron de verdad. Sólo les pido que se acerquen a ellos con la misma intención blanquísima con la que han sido escritos. que no hagan como esos espectadores pesados que, ante el prestidigitador, están más pendientes de descubrir el truco que de dejarse llevar por la ilusión. Porque, si perdemos la capacidad de ilusionarnos, ¿qué nos quedará?
Háganse un favor. Lean los periódicos dos veces. La primera para saber lo que pasa. La segunda para inventar lo que hubiera podido pasar. Luego bajen al bar y cuenten su segunda versión. Y comprobarán cómo la gente, en esos momentos desipstados en los que vivimos, prefiere creerse lo falso que sentir la inseguridad y el temor de lo real".
Joan Barril