La
solapa
Una estrella de cine capaz de interrumpir en la vida de una
admiradora gracias a los efectos especiales (muy especiales)
de la película; un veraneante que vuelve a casa y empieza
a detectar extraños síntomas a su alrededor,
como si no regresara de un viaje de placer sino de un viaje
por el tiempo; dos peregrinos a Santiago -él en bici,
ella a pie- cuyos caminos se cruzan una y otra vez sin coincidir
nunca; un célebre gorila cuya biografía se confunde
con la historia entera de la humanidad, o una cumbre internacional
con una declaración final que se decide de madrugada
y con la ayuda de unas latitas de caviar...
Con la agudeza, el humor y la sensibilidad de siempre, Joan
Barril ha reflejado semana tras semana en El Periódico
de Cataluña su peculiar manera de ver el mundo en estos
cuentos del domingo, que tienen la singular virtud de inspirarse
en la actualidad sin resultar coyunturales, y que logran provocar
al mismo tiempo la sonrisa y la reflexión. El libro
reúne 44 cuentos -todos ellos han podido leerse en
la contraportada de El Periódico entre los años
2001 y 2003- ilustrados por Leonard Beard. Aunque no son columnas
propiamente dichas, el tratamiento de algunos de sus asuntos,
la periodicidad en su publicación y la misma maqueta
de la página lo enlazan directamente con la vena de
articulismo literario que tanto ha cuajado en los periódicos
españoles.
Un texto
Introducción
Les voy a contar un cuento. Hace muchos años, cuando
el petróleo estaba más asociado a las estufas
que a las invasiones, la gente solía reunirse junto
a una hoguera y allí salían historias vividas
o tal vez simplemente contadas. Las sombras de los asistentes
se proyectaban sobre las paredes de la casa o del bosque y
luego cada uno de ellos se llevaba un pedazo de cuento para
ponerlo bajo la almohada y dejar que nuevas imaginaciones
salieran por la ventana hasta un mundo posible. Para eso sirven
los cuentos: para dejarlos fundir en la boca como los caramelos
y para creer que podemos estar allí cuando jamás
podremos ir.
Pero un buen día llegó la televisión
a la salita y los cuentacuentos se quedaron sin parroquia.
El cuento salía de la máquina y la imaginación
ya no tenía trabajo porque en vez de dejar que el caramelo
se fundiera en la boca nos lo daban masticado. Pero la necesidad
de la gente de recibir cuentos para ser soñados continuó.
Y el periodismo empezó a buscar cuentos reales. A veces
eran princesas tristes que morían en las autopistas,
otras veces era un ladrón de poca monta que intentaba
robar a un policía secreta o a un perro abandonado
que recorría miles de kilómetros hasta encontrar
a su amo. Hoy los periódicos están llenos de
pequeños cuentos que han nacido en algún lugar
lejano del mundo sólo para dejarse alimentar y crecer
por la imaginación de los lectores.
Esos cuentos son los que están en este libro. Se distinguen
del resto de los cuentos de otros narradores mucho mejores
que yo por estar sometidos a la urgencia del día a
día y por nutrirse de algún hecho que ha sucedido
a lo largo de la semana. Los cuentos del domingo nacen a lo
largo de los días y del lento fluir de la vida, pero
se escriben con la rapidez de un sábado por lamñana.
Todos estos cuentos tienen la misma extensión y todos
han visto la luz en la cotnraportada dominical de El Periódico
de Catalunya, un diario del que me fío y que me representa
como lector y como trabajador. Eso significa que esos cuentos
tienen una vocación perecedera. Su destino es variable.
Pueden provocar una postrera emoción en el lector que
sólo busca información o simplemente pueden
servir de envoltorio literairo a algo tan noble como el bocadillo
matinal del día siguiente. Debo decir que, cuando veo
mis cuentos tendidos orgullosamente sobre el suelo recién
fregado, pienso que no hay academia mejor ni galardón
más prestigioso que el que se debe a la limpieza y
a las suelas de los zapatos de gente que va a trabajar y que
tal vez llegará tarde porque se ha detenido aleer un
cuento que le llama desde el suelo.
El riual es siempre el mismo. Los viernes por la tarde mi
hija Isabel, o alguno de mis otros hijos escuchan una llamada
de auxilio. "No tengo tema para el cuento del domingo".
Y generalmente Isabel, desde sus 11 años, me pregunta:
"¿Qué ha pasado esta semana?" Y ahí
viene un excitante debate sobre lo que merece la pena contar
o, mejor aún, cómo hubieran podido ser las cosas
si no fueran como han sido. Luego, a la mañana siguiente,
un momento de calma, cuatro notas sobre un papel y una llamada
a ese magnífico ilustrador llamado Leonard
Beard, que pone imágenes a mis palabras ciegas
con una precisión de agente secreto de los de antes.
Cuando le cuento el argumento a Leo van apareciendo escenas,
rostros, situaciones y no hay más que hablar. El periódico
exige un horairo y los lectores no pueden comprar un periódico
sin página posterior, porque entonces las noticias
irían resbalando de entre las páginas y cubrirían
las calles de política, deportes y demasiada sangre
y vísceras.
Los cuentos ya han dejado de ser lecciones morales. Tampoco
son realidades mágicas, porque hoy la realidad supera
la ficción. Hoy sabemos que los que mandan ya no son
los mejores y que los que bedecemos no sabíamos qué
hacer si tuviéramos que mandar. Esos cuentos mínimos
no intentan desdramatizar la realidad. Se trata de pequeños
números de circo sobre cosas que durante aquella semana
existieron de verdad. Sólo les pido que se acerquen
a ellos con la misma intención blanquísima con
la que han sido escritos. que no hagan como esos espectadores
pesados que, ante el prestidigitador, están más
pendientes de descubrir el truco que de dejarse llevar por
la ilusión. Porque, si perdemos la capacidad de ilusionarnos,
¿qué nos quedará?
Háganse un favor. Lean los periódicos dos veces.
La primera para saber lo que pasa. La segunda para inventar
lo que hubiera podido pasar. Luego bajen al bar y cuenten
su segunda versión. Y comprobarán cómo
la gente, en esos momentos desipstados en los que vivimos,
prefiere creerse lo falso que sentir la inseguridad y el temor
de lo real".
Joan Barril
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