La
solapa
Todos los domingos, durante los últimos tres años,
David Trueba ha reflejado en El Periódico de Catalunya
su visión de la realidad cotidiana y de la actualidad
política: un punto de vista desenfadado, tan cáustico
como el de sus novelas, de una originalidad que rebasa con
creces la ocasión en que estos artículos fueron
escritos y que convierte la recopilación en un suculento
festín de inteligencia y humor.
Un texto
Los articulistas
Un señor se toma un fino a la orilla del Guadalquivir
con un jersey azul celeste sobre los hombros. El bar es pretencioso
y feo y las mesas son de aluminio gastado, pero la vista es
maravillosa. No le importa sentir que una nube vaporosa se
apodera de su cerebro en la vaharada alcohólica, aunque
aún sea temprano. Hace un rato ya dejó escrito
su artículo en el ordenador. Mañana aparecerá
en el periódico para resolver el mundo con una facilidad
asombrosa.
Está algo ronco de la larga tertulia matinal en la
radio. Al salir de la emisora, el frío se le ha agarrado
a la garganta. Le pide al taxista que se detenga un momento
frente a un portal. Llama al timbre del tercero, pero ella
no responde, ha debido salir. Luego hablarán por teléfono
en el momento en que esté libre de la oreja inquisitiva
de su esposa para acordar una cita de amantes estables. Mejor
que no esté, piensa de regreso al taxi, así
me da tiempo a escribir el artículo. Mañana
otro político será escarnecido y ridiculizado
por el verbo blando pero perverso de este reputadísimo
articulista.
Sus dos perros han dejado un líquido excremento diarreico
en mitad de la acera. Les debió sentar mal el cambio
de pienso. Mira alrededor para comprobar que nadie le está
mirando ys e aleja de esa calle para proseguir el paseo. Al
cruzarse con la vieja vecina del chalet cercano evitan mirarse,
se desprecian desde un incidente, hace años, por un
coche aparcado en doble fila. Se morirá pronto, piensa
de ella y luego vuelve a concentrarse en el artículo
que ha dejado a medio escribir: una hábil estampa sobre
la acusada carencia de solidaridad social en nuestro mundo.
Ella compra con cierto exhibicionismo todos los periódicos
del quiosco y sube cargada hasta el despacho. No caliente
motores hasta que lee con una mueca de desprecio las líneas
de sus colegas de la competencia. No es capaz de reconocer
en sí misma lo que en ellos sólo le parece encono
dogmático, soflama interesada, descarga de filias y
fobias en grado casi patológico. Escribe en el ordenador
con todos los dedos y luego corrige el estilo para afilar
la descalificación y endulzar el guiño cómplice
al filtrador, al íntimo, al aliado.
Ha dejado a los niños en el colegio y sólo
piensa en encerrarse a escribir la gran novela que todos esperan,
aunque no la esperen de él. Resuelve el artículo
del día siguiente como un mero trámite, un entrenamiento
de los dedos para la jornada literaria. Le han salido tres
metáforas brillantes y una litote deliciosa. Despelleja
a dos gremios profesionales que se le han cruzado esta semana
en la forma de un fontanero inútil, incapaz de arreglar
la caldera de su casa y un mensajero que intercambió
por error su paquete con el de otra persona. Le sale una columna
bien ingeniosa.
Se está fumando el último habano de la caja
que le regaló el amigo presidente de empresa. Ha tenido
un día muy liado con la tertulia de televisión,
la mesa redonda y el desayuno de prnsa para presentar su reciente
libro recopilatorio. Mañana por la mañana toma
un avión temprano para dar una charla en un foro empresarial.
El artículo lo empieza sin ganas ni estímulo,
pero luego le roba dos ideas a un colega y enlaza dos frases
malvadas y siente que la inspiración se apodera de
él. En volandas desatasca tres párrafos para
darle un tirón de orejas a los suyos y de paso desengrasar
el viejo afecto por la objetividad. No hace sangre, pero le
sirve para sentirse mejor, más libre.
David Trueba (Dominical, 21 de marzo de 2004)
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