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TRAGARSE LA LENGUA Y OTROS ARTÍCULOS DE OCASIÓN
David Trueba
Ediciones B. 2004. 338 páginas

La solapa
Todos los domingos, durante los últimos tres años, David Trueba ha reflejado en El Periódico de Catalunya su visión de la realidad cotidiana y de la actualidad política: un punto de vista desenfadado, tan cáustico como el de sus novelas, de una originalidad que rebasa con creces la ocasión en que estos artículos fueron escritos y que convierte la recopilación en un suculento festín de inteligencia y humor.

Un texto

Los articulistas
Un señor se toma un fino a la orilla del Guadalquivir con un jersey azul celeste sobre los hombros. El bar es pretencioso y feo y las mesas son de aluminio gastado, pero la vista es maravillosa. No le importa sentir que una nube vaporosa se apodera de su cerebro en la vaharada alcohólica, aunque aún sea temprano. Hace un rato ya dejó escrito su artículo en el ordenador. Mañana aparecerá en el periódico para resolver el mundo con una facilidad asombrosa.
Está algo ronco de la larga tertulia matinal en la radio. Al salir de la emisora, el frío se le ha agarrado a la garganta. Le pide al taxista que se detenga un momento frente a un portal. Llama al timbre del tercero, pero ella no responde, ha debido salir. Luego hablarán por teléfono en el momento en que esté libre de la oreja inquisitiva de su esposa para acordar una cita de amantes estables. Mejor que no esté, piensa de regreso al taxi, así me da tiempo a escribir el artículo. Mañana otro político será escarnecido y ridiculizado por el verbo blando pero perverso de este reputadísimo articulista.

Sus dos perros han dejado un líquido excremento diarreico en mitad de la acera. Les debió sentar mal el cambio de pienso. Mira alrededor para comprobar que nadie le está mirando ys e aleja de esa calle para proseguir el paseo. Al cruzarse con la vieja vecina del chalet cercano evitan mirarse, se desprecian desde un incidente, hace años, por un coche aparcado en doble fila. Se morirá pronto, piensa de ella y luego vuelve a concentrarse en el artículo que ha dejado a medio escribir: una hábil estampa sobre la acusada carencia de solidaridad social en nuestro mundo.

Ella compra con cierto exhibicionismo todos los periódicos del quiosco y sube cargada hasta el despacho. No caliente motores hasta que lee con una mueca de desprecio las líneas de sus colegas de la competencia. No es capaz de reconocer en sí misma lo que en ellos sólo le parece encono dogmático, soflama interesada, descarga de filias y fobias en grado casi patológico. Escribe en el ordenador con todos los dedos y luego corrige el estilo para afilar la descalificación y endulzar el guiño cómplice al filtrador, al íntimo, al aliado.

Ha dejado a los niños en el colegio y sólo piensa en encerrarse a escribir la gran novela que todos esperan, aunque no la esperen de él. Resuelve el artículo del día siguiente como un mero trámite, un entrenamiento de los dedos para la jornada literaria. Le han salido tres metáforas brillantes y una litote deliciosa. Despelleja a dos gremios profesionales que se le han cruzado esta semana en la forma de un fontanero inútil, incapaz de arreglar la caldera de su casa y un mensajero que intercambió por error su paquete con el de otra persona. Le sale una columna bien ingeniosa.

Se está fumando el último habano de la caja que le regaló el amigo presidente de empresa. Ha tenido un día muy liado con la tertulia de televisión, la mesa redonda y el desayuno de prnsa para presentar su reciente libro recopilatorio. Mañana por la mañana toma un avión temprano para dar una charla en un foro empresarial. El artículo lo empieza sin ganas ni estímulo, pero luego le roba dos ideas a un colega y enlaza dos frases malvadas y siente que la inspiración se apodera de él. En volandas desatasca tres párrafos para darle un tirón de orejas a los suyos y de paso desengrasar el viejo afecto por la objetividad. No hace sangre, pero le sirve para sentirse mejor, más libre.
David Trueba (Dominical, 21 de marzo de 2004)