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ARTÍCULOS DE OCASIÓN
David Trueba
Xordica, 1998.

La solapa
Desoyendo los consejos de sus abogados, las recomendaciones de su callista y los avisos del Papa, David Trueba no sólo recupera artículos, sino que escribe algunas piezas nuevas, como la inolvidabkle historia del "hombre dominado por su pene" que, al aparecer, es rigurosamente autobiográfica.

Artículos de ocasión se ríe de todo, empezando por sí mismo, desvela el significado del mundo sin recurrir a trucos matemáticos como hizo Einstein, previene el Alzheimer (antes llamado aburrimiento), ayuda a rechazar el primer empleo y es ideal para ligar, incluso en la propia boda.

Un texto

Primer día
Hace apenas un mes un hombre que dijo ser el director de este suplementorrevista me propuso ante dos cervezas que viniera a manchar esta página, un domingo sí otro Zoé, con mis impresiones, opiniones y masturbaciones mentales. Y aunque no me enseñó ningún carné ni tan siquiera pagó las cañas, gesto que quizá, pensé después, hubiera delatado su no pertenencia a la raza periodística, acepté el encargo como si fuera la cosa más normal del mundo, o debería decir de El Mundo.

Sea por el pánico o por la ansiedad, lo que me sucedió instantes después bien podría ser argumento de una novela de Kafka o de Javier Tomeo, que es lo mismo pero de Huesca. Mientras me imprimía unas tarjetas de visita con nuevo oficio en una máquina del Metro, experimenté ciertas mutaciones. Mi ropa de universitario de última fila se transformó en uniforme de niño de colegio para tontos, algo así como lo que se pone el entrenador del Real Madrid para los partidos.

Mis gafas adoptaron el modelo ex ministro socialista, me creció barba estudiada de varios días y barriga caída. Al verme en el espejo del ascensor supe que me había convertido en un “articulista”. Mis padre me abrazaron felices y brindaron con sidra El Gaitero al saber que al fin amortizaban mis años de Facultad de Periodismo.

Por la calle la gente me detuvo para preguntarme sobre temas de actualidad y yo fui el primer sorprendido al oírme responder con coherencia, autoridad y vacuidad. De pronto, alguien como yo, hasta entonces una cucaracha ignorante, lo sabía todo de todo, vamos si me examinan en ese momento de Selectividad entro en Telecomunicaciones. Transformado en opinador, en tuttólogo que llaman los italianos a los que saben de todo, por obra y gracia de un director de suplementorrevista que no lo parecía, caminaba erguido por la calle, con pipa y bastón, firmando autógrafos, varios, todos sea dicho, confundido con Antonio Gala.

En el mercado, donde esas cosas te las notan, no me dieron los filetes que se hacen agua en la sartén ni esas naranjas que tras exprimir ciento cincuenta y siete te dejan un dedo de zumo. Se me estropeó el coche en mitad de la calle y con dos latas de conserva fabriqué un carburador nuevo y en mi buzón de Internet me llegaron mensajes de todos los rincones del mundo de gente que estaría encantada de practicarme el sexo oral. Esto es vida me dije y todo gracias a un director de suplementorrevista que no parecía director de revista ni de suplemento.

Este articulista entró en el teatro sin pagar y se salió en el descanso, opinó de películas que no había visto, supo de qué iban novelas que nunca leería y valoró a ojo el mercado del arte nacional. En un programa de televisión, al que acudí después de una tertulia de radio, opiné sin miedo a equivocarme sobre el cultivo de la seta en zonas de secano y también del tamaño medio del pene de los esquimales tras una ducha fría. Elena Ochoa me llamó para preguntarme tres o cuatro cosas que ignoraba sobre el sexo y la pareja y Umbral antes de poner un adjetivo era raro que no me diera un telefonazo. Si esto no era la felicidad que venga Dios y lo vea.

Cómo podía pensar que por le mero hecho de tener firma en un periódico iba a verme imbuido de buenas a primeras por la sabiduría universal, vamos, es como si te descalabran con la piedra filosofal. Así que en eso consistía el secreto. Entonces supe que había sido marcado por el destino, como todos los articulistas del mundo –uníos. Y que sólo cabía dedicar esta serie de páginas a explicar a la gente lo que hay después de la muerte, la existencia o no de Dios, la creación del universo.

Los lectores se me aparecían como un rebaño desordenado de ovejas y yo como su único pastor en este valle de lágrimas. No me costaba imaginar los titulares del lunes por la mañana: “Un hombre insignificante encuentra el sentido de la vida”. Era el momento de sentarse a escribir. Ahora llevo ya dos semanas sentado ante la pantalla del ordenador en blanco, tengo quemados los ojos, no acierto a saber qué tecla pulsar primero. Por las noches me tumbo en la cama y cierro los ojos. Me siento vacío y entonces rompo a llorar. Es tan sólo un bloque momentáneo, me digo, pronto fluirán las grandes ideas como la corriente de un arroyo claro.

Sé que un buen articulista sólo tiene que esperar, como un lobo a su presa, a que leguen las opiniones sobre todo. Pero es que no lo veo claro, no sé qué pensar, estoy confuso, no estoy seguro de tener razón, dudo, y me hago preguntas que no sé responder, yo, con mi cargo, con las tarjetas hechas. Si se entera el director de este suplementorrevista, aunque no parezca un director de nada, me manda a la muerda. Es cuestión de tiempo, sí un poco de tiempo. Hasta dentro de dos domingos.
David Trueba (La revista, 12 de enero de 1997)