La
solapa
Desoyendo los consejos de sus abogados, las recomendaciones
de su callista y los avisos del Papa, David Trueba no sólo
recupera artículos, sino que escribe algunas piezas
nuevas, como la inolvidabkle historia del "hombre dominado
por su pene" que, al aparecer, es rigurosamente autobiográfica.
Artículos de ocasión se ríe de todo,
empezando por sí mismo, desvela el significado del
mundo sin recurrir a trucos matemáticos como hizo Einstein,
previene el Alzheimer (antes llamado aburrimiento), ayuda
a rechazar el primer empleo y es ideal para ligar, incluso
en la propia boda.
Un texto
Primer día
Hace apenas un mes un hombre que dijo ser el director de este
suplementorrevista me propuso ante dos cervezas que viniera
a manchar esta página, un domingo sí otro Zoé,
con mis impresiones, opiniones y masturbaciones mentales.
Y aunque no me enseñó ningún carné
ni tan siquiera pagó las cañas, gesto que quizá,
pensé después, hubiera delatado su no pertenencia
a la raza periodística, acepté el encargo como
si fuera la cosa más normal del mundo, o debería
decir de El Mundo.
Sea por el pánico o por la ansiedad, lo que me sucedió
instantes después bien podría ser argumento
de una novela de Kafka o de Javier Tomeo, que es lo mismo
pero de Huesca. Mientras me imprimía unas tarjetas
de visita con nuevo oficio en una máquina del Metro,
experimenté ciertas mutaciones. Mi ropa de universitario
de última fila se transformó en uniforme de
niño de colegio para tontos, algo así como lo
que se pone el entrenador del Real Madrid para los partidos.
Mis gafas adoptaron el modelo ex ministro socialista, me
creció barba estudiada de varios días y barriga
caída. Al verme en el espejo del ascensor supe que
me había convertido en un “articulista”.
Mis padre me abrazaron felices y brindaron con sidra El Gaitero
al saber que al fin amortizaban mis años de Facultad
de Periodismo.
Por la calle la gente me detuvo para preguntarme sobre temas
de actualidad y yo fui el primer sorprendido al oírme
responder con coherencia, autoridad y vacuidad. De pronto,
alguien como yo, hasta entonces una cucaracha ignorante, lo
sabía todo de todo, vamos si me examinan en ese momento
de Selectividad entro en Telecomunicaciones. Transformado
en opinador, en tuttólogo que llaman los italianos
a los que saben de todo, por obra y gracia de un director
de suplementorrevista que no lo parecía, caminaba erguido
por la calle, con pipa y bastón, firmando autógrafos,
varios, todos sea dicho, confundido con Antonio Gala.
En el mercado, donde esas cosas te las notan, no me dieron
los filetes que se hacen agua en la sartén ni esas
naranjas que tras exprimir ciento cincuenta y siete te dejan
un dedo de zumo. Se me estropeó el coche en mitad de
la calle y con dos latas de conserva fabriqué un carburador
nuevo y en mi buzón de Internet me llegaron mensajes
de todos los rincones del mundo de gente que estaría
encantada de practicarme el sexo oral. Esto es vida me dije
y todo gracias a un director de suplementorrevista que no
parecía director de revista ni de suplemento.
Este articulista entró en el teatro sin pagar y se
salió en el descanso, opinó de películas
que no había visto, supo de qué iban novelas
que nunca leería y valoró a ojo el mercado del
arte nacional. En un programa de televisión, al que
acudí después de una tertulia de radio, opiné
sin miedo a equivocarme sobre el cultivo de la seta en zonas
de secano y también del tamaño medio del pene
de los esquimales tras una ducha fría. Elena Ochoa
me llamó para preguntarme tres o cuatro cosas que ignoraba
sobre el sexo y la pareja y Umbral antes de poner un adjetivo
era raro que no me diera un telefonazo. Si esto no era la
felicidad que venga Dios y lo vea.
Cómo podía pensar que por le mero hecho de
tener firma en un periódico iba a verme imbuido de
buenas a primeras por la sabiduría universal, vamos,
es como si te descalabran con la piedra filosofal. Así
que en eso consistía el secreto. Entonces supe que
había sido marcado por el destino, como todos los articulistas
del mundo –uníos. Y que sólo cabía
dedicar esta serie de páginas a explicar a la gente
lo que hay después de la muerte, la existencia o no
de Dios, la creación del universo.
Los lectores se me aparecían como un rebaño
desordenado de ovejas y yo como su único pastor en
este valle de lágrimas. No me costaba imaginar los
titulares del lunes por la mañana: “Un hombre
insignificante encuentra el sentido de la vida”. Era
el momento de sentarse a escribir. Ahora llevo ya dos semanas
sentado ante la pantalla del ordenador en blanco, tengo quemados
los ojos, no acierto a saber qué tecla pulsar primero.
Por las noches me tumbo en la cama y cierro los ojos. Me siento
vacío y entonces rompo a llorar. Es tan sólo
un bloque momentáneo, me digo, pronto fluirán
las grandes ideas como la corriente de un arroyo claro.
Sé que un buen articulista sólo tiene que esperar,
como un lobo a su presa, a que leguen las opiniones sobre
todo. Pero es que no lo veo claro, no sé qué
pensar, estoy confuso, no estoy seguro de tener razón,
dudo, y me hago preguntas que no sé responder, yo,
con mi cargo, con las tarjetas hechas. Si se entera el director
de este suplementorrevista, aunque no parezca un director
de nada, me manda a la muerda. Es cuestión de tiempo,
sí un poco de tiempo. Hasta dentro de dos domingos.
David Trueba (La revista, 12 de enero de 1997)
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