La
solapa
También en las distancias cortas brilla el mejor Landero.
A medio camino entre el relato y la parábola, entre
el apunte autobiográfico y el comentario de actualidad,
entre el elogio de la literatura o las perplejidades del docente,
este libro reúne los artículos que Luis Landero
ha ido publicando —con menos asiduidad de la que le
gustaría a sus lectores— en diferentes medios.
Y juntos revelan una sorprendente unidad, una misteriosa coherencia
tanto en su mezcla de narración y reflexión,
como en su visión del mundo. Articulista de excepción,
también en este género mostró Landero
una escritura sabia y madura desde sus propios inicios.
Como avisa el propio autor en el prólogo, en todos
ellos le guió el propósito de recuperar el valor
de un instante, de fijar la mirada en los detalles, ahí
donde la vida se muestra de pronto «en toda su enigmática
y descarada espontaneidad», de abordar los grandes acontecimientos
desde el sillón de las peluquerías, o de hablar
de la actualidad desde la «épica de lo cotidiano».
En todos ellos asoma el contador de historias y recuerdos
que evocan una época; el lector sutil y apasionado
que ofrece la clave de complicados asuntos en las palabras
de Kafka, Tolstói o Shakespeare —saber leer es
aprender a conocer—; o el brillante pedagogo que arremete
contra los gramáticos o los teóricos para quienes
la lectura directa de los libros «equivale a cursar
estudios de ginecología en un burdel». Y así,
avanzando entre la sonrisa maliciosa, la nostalgia indisimulada,
la carcajada o la sentencia, la amenidad y el encanto están
garantizados.
Un texto
Introducción
Ginés, Gálvez y Sierra: así se llaman
y anuncian los tres peluqueros más divulgados de mi
barrio. Con ellos he compartido los grandes aconteceres públicos
de los últimos lustros y es indudable que los tres
han influido decisivamente en mi educación ideológica
y hasta sentimental, como por otra parte no podía ser
menos en un gremio cuya vasta labor civilizadora se pierde
en el confín de las edades. En las peluquerías,
con más pujanza acaso que en cualquier otro sitio,
se forjan y difunden poderosas corrientes de opinión,
se revisan continuamente los códigos éticos
de la sociedad y se articulan las vidas privadas hasta crear
esa vaga afinidad colectiva del espíritu que define
la mentalidad de una época. Ya al entrar en el ámbito
coloquial y fragante de una peluquería, y al despojarse
del gabán, y no digamos cuando llega el instante supremo
de salir a escena y ocupar el sillón, y al ser investido
institucionalmente con el babero y al ofrecer después
el cogote indefenso, uno siente que el particular que uno
es ha devenido de pronto ciudadano. Rigen allí normas
de conducta tan misteriosas como inapelables: la opinión
del que está en el sitial (si es que no tribuna) vale
siempre más que la de los que aguardan turno junto
a un velador atestado de prensa, aunque menos sin duda que
la del peluquero, cuya veteranía doctrinal y su mismo
rango de anfitrión le otorgan una supremacía
casi hegemónica. Suyo es el privilegio de subir o bajar
el volumen de una radio que, como referencia menor de actualidad,
emite un programa de política de vaudeville, y suya
la gracia de cambiar el tercio y pasar a otro tema. Ante ese
panorama, uno piensa a veces que si se humanizase la preceptiva
burocrática y hubiera que hacer constar en los currículos
no sólo las escuelas, institutos y universidades donde
se han realizado estudios y cursillos, sino también
las peluquerías a las que se ha venido asistiendo con
constancia y provecho, yo por mi parte habría de empezar
alardeando de ese establecimiento cívico que humildemente
se titula así: Ginés. Peluquería de caballeros.
Con Ginés me ha tocado vivir sucesos tan excitantes
como el 23-F o la primera victoria socialista. O, mejor dicho,
con los Gineses, porque son dos hermanos gemelos y uno nunca
sabe qué Ginés le ha caído en suerte
hasta el final de la faena, ya que uno corta al estilo clásico,
muy escrupuloso con la raya y con mucho volumen escultórico,
y el otro, juvenil y al desgaire, y como entre los hábitos
de la casa no figura el de escoger al artífice, es
el azar quien decide si uno saldrá de allí con
aire muchachero o de galán de medio siglo. Pero, fuera
de eso, son iguales en todo, no sólo en el aspecto,
sino también en la opinión y en el carácter.
Los dos son optimistas, charlatanes y frívolos. A veces
disertan a dos voces, como los detectives Hernández
y Fernández, y si uno dice, por ejemplo: «Hace
muy buen día», el otro remacha: «Yo diría
aún más: un día espléndido»,
y hacen cantar celestialmente sus tijeras. En todo encuentran
motivos de regocijo y esperanza. Cuando el 23-F, sentenciaron:
«No hay mal que por bien no venga». Si alguien
comenta que no le gustan los programas de televisión,
Ginés dice: «Pues no la vea», y el otro
Ginés añade: «Eso, eso: apáguela»;
si alguien se conduele de la miseria de los países
pobres, ellos dicen: «No se lamente: ofrezca un donativo»;
o aconsejan a coro, si a otro le da por confesar que ningún
partido político le convence: «Nada más
fácil: ¡vote en blanco!»; o zanjan, si
el de más allá se queja del juego de su equipo
de fútbol: «Nada, nada, hágase socio de
otro club y se acabó el problema». Una vez que
un cliente comentó abrumado al leer el periódico:
«Atracos, guerras, amenazas, asesinatos, violaciones...
¡Siempre las mismas malas noticias!», ellos discreparon
risueños: «No crea, no crea, busque bien y verá
que la bolsa ha subido y la cosecha de naranjas ha sido superior»,
y se pusieron a silbar a dúo un aire de zarzuela. Porque
los hermanos Ginés son así: razonables, moderados,
objetivos, prácticos, emprendedores y risueños..
No sé muy bien si fue por cansancio ante aquel optimismo
irrebatible, o por desavenencias estéticas con el Ginés
clásico, pero el caso es que al cabo de unos años
dejé de frecuentarlos. Una mañana me sentí
intrépido y, con un sentimiento de culpa muy parecido
al de una infidelidad conyugal, entré en un local que
ya otra veces me había llamado la atención por
el añejo colorín de barbería que colgaba
a un lado del dintel. Era un lugar mínimo y sombrío,
con espejos roñosos y cegatos, y por él transitaba
lúgubremente Gálvez, un hombre otoñal
con cara de legumbre en remojo que, nada más investirme
con el babero, me dijo: «Cómo se notan los años,
¿eh?», y ante mi desconcierto me fue señalando
con el peine en mi propia cara las manchas de la piel, las
arrugas, las carnes sedentarias, los pelos en la nariz y en
las orejas, y acto seguido me arrancó uno de la cabeza
y me lo puso ante los ojos: «Vea usted mismo: despuntado,
lacio, descalibrado, frágil y caedizo. Una ruina».
Tres o cuatro clientes, o meros ociosos, que hacían
vez y asamblea apiñados en una esquina, gruñeron
y se conjuntaron en un profundo cabeceo de aflicción.
Así era Gálvez, y así el espíritu
de fatalidad y de infortunio que saturaba aquel ambiente.
No había noticia o experiencia personal que no confirmara
inapelablemente la decadencia y perversión de los tiempos.
«¿Ha leído los periódicos de hoy?»,
me preguntaba desalentado, y no sé si secretamente
eufórico, nada más ocupar el sitial, y a partir
de ahí todo era una sucesión de catástrofes
y presagios funestos. Alguien tenía un familiar que
había contraído una enfermedad incurable y de
inmediato intervenía el coro del rincón aportando
otros casos terribles. «¿Y de los políticos;
qué me dicen ustedes de esos sinvergüenzas?»,
mudaba el tercio Gálvez, suspendiendo la tijera en
el aire hasta comprobar con satisfacción que el silencio
se cargaba de elocuencia ominosa. «Y usted, ¿en
qué trabaja?», me preguntó un día.
«Pues verá: soy profesor de bachillerato»,
me disculpé. «Mal asunto», dictaminó
él. «Los jóvenes de hoy son todos unos
golfos, y los profesores, salvo quizá usted y algún
otro, unos vagos». Cuando cayó el muro de Berlín,
Gálvez, que ya muchas veces había echado pestes
del comunismo, comentó: «Se jodió el invento.
A partir de ahora, se acabaron las alternativas». Porque
por todas partes, en efecto, reinaban la corrupción
y la codicia, y no había modo de escapar a la encerrona
de la historia. La bondad era sólo artería;
la libertad, filfa y apariencia; la autoridad, oprobio y dictadura;
la gallardía, arrogancia; a los diligentes los acusaba
de agresivos, a los parsimoniosos de holgazanes, a los placenteros
de libertinos y a los escépticos de apáticos.
«Vamos hacia el abismo», aseveraba Gálvez,
y los del coro nos abismábamos en un cabeceo unánime,
de perdición y de evidencia.
Cursé unos cuatro años bajo el lúcido
magisterio de Gálvez, al que tanto debo, y si lo abandoné
fue porque al cabo creí poder dominar por mí
mismo el arte de la pesadumbre, y también porque solía
dejarme un corte taciturno a juego con su visión desolada
de la realidad. Así que me cambié a Sierras
Esthéticien. Recuerdo que al entrar allí por
primera vez, me preguntó: «¿Qué
tipo de corte prefiere: estilista o top estilista?».
Ofuscado, me decidí por estilista. Sierra es un hombre
joven, moderno, dinámico y de pocas palabras. Ante
su silencio incomprensible, y ya que estábamos en plena
campaña electoral, hice un comentario alusivo al objeto
de incitar al maestro. «Mire usted, yo soy un profesional,
y votaré al partido que considere más profesional,
porque en España, ¿sabe usted lo que se necesita?»
«Profesionales», aventuré tímidamente.
«Profesionales, usted mismo lo ha dicho.» Tal
es, como enseguida supe, la perspectiva con que Sierra enjuicia
el mundo, Cuando una revista publicó las fotos procaces,
obtenidas furtivamente, de una mujer famosa, él resolvió
de inmediato el conflicto moral: «Esos periodistas han
actuado profesionalmente». En la guerra del Golfo tomó
partido por Estados Unidos porque su Ejército le parecía
más profesional que el iraquí. «Usted,
Sierra», le dije, «tiene las ideas claras, ¿eh?»
Él me miró con ojos desapasionados, hizo una
pausa y repuso lacónico: «Es que usted está
hablando también con un profesional». Y es muy
cierto: corta muy bien el pelo, y es discreto, afable, servicial
y metódico: un gran profesional, sin duda alguna.
Sin embargo, también acabé por abandonarlo,
y desde entonces, por vergüenza y por no tener que dar
explicaciones de mi deslealtad, rehuyo las calles donde ejercen
Ginés, Gálvez y Sierra, de modo que esto me
obliga a veces a dar grandes rodeos para salir o entrar en
casa. He pensado incluso en mudarme de barrio, pero de momento
lo que sí he determinado es cortarme el pelo yo mismo,
con todo lo que esta decisión supone de melancolía,
de orfandad y de riesgo.
Luis Landero
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