La
solapa
Federico Jiménez Losantos es, desde hace veinte años,
uno de los creadores de opinión más influyentes
de España. Intelectual, poeta y ensayista, entre sus
libros destacan “Lo que queda de España”,
“La dictadura silenciosa”, “Los nuestros”
o “Poesía perdida”. Pero debe su popularidad
a una infatigable actividad periodística, tan discutida
como premiada. Director de la revista de pensamiento “La
Ilustración Liberal” y editor del diario en Internet
“Libertad Digital”, su columna de “El Mundo”,
su página de “Época” y sus cuatro
horas diarias de radio al frente de “La Linterna”
en la cadena COPE son una referencia política inexcusable,
especialmente en el centro-derecha nacional.
Desde esa posición de privilegio y responsabilidad
influyó de forma indudable en la creación y
afianzamiento de la línea liberal que, con Aznar como
líder, acabó con las viejas tradiciones de la
derecha y los largos años de hegemonía socialista.
La crítica diaria contra los gobiernos de González
fue recogida por el autor en “Contra el Felipismo”
(1993 y 1996), un gran éxito editorial. Pero aún
es más apasionante seguir a través de la misma
prosa acerada y brillante la creación casi de la nada
de la nueva derecha española, hoy en el Poder. Jiménez
Losantos fue –como testimonian estos artículos
y ensayos– el primero y más constante defensor
del discutido liderazgo de Aznar, hasta que llegó a
la Moncloa. Pero luego ha sabido mantener una independencia
profesional y una distancia crítica insobornables,
ser tan leal a los principios como severo ante las lagunas
éticas, el oportunismo ideológico o los errores
y abusos de poder del Gobierno y del propio Presidente. Y
también establece aquí primeras valoraciones
de su aportación histórica.
“Con Aznar y contra Aznar” es una valiosísima
aproximación a la historia viva de nuestro país
y un impresionante testimonio de coherencia intelectual y
de la pasión por España y por la libertad que
anima toda la obra de su autor.
Un texto
Prólogo
Desde 1987 hasta 2002 he escrito centenares de artículos,
ensayos y comentarios para prensa, radio y televisión
sobre José María Aznar. Demasiados,
sin duda, si uno pudiera elegir tiempo, lugar, gobiernos y
gobernantes para amenizar sus escritos políticos. Pero
en ciertos países y en ciertas épocas la política
es destino antes que opción y obligación antes
que devoción. Y como además padezco la manía,
propia de intelectual antiguo, de creer que las ideas y los
valores deben primar siempre sobre las apariencias y los personalismos,
tanto artículo desembocó en ensayo, y artículos
y ensayos han terminado en libro. Pero todo empezó
cierto día de otoño de 1987, cuando desde las
serias columnas de ‘ABC’, y a riesgo de ser tomado
por loco, sugerí que cierto oscuro político
de oscuro verbo bajo oscuro bigote y oscuro loden verde había
llegado a la devaluada Presidencia de Castilla y León
podía ser el hombre llamado a iluminar el destino de
la derecha española, más oscuro por entonces
que el reinado de Witiza y que mi propio candidato, un tal
José María Aznar López.
Movido por ese impulso típicamente suicida de los literatos
aficionados a la política, no me limité a glosar
sus primeros pasos en el modesto poder regional, caridad que
entonces no se le negaba a nadie, sino que lo proclamé
después el sansoncito capaz de levantar sobre los escombros
apenas humeantes de la derecha española una fuerza
política que pudiera ganarle las elecciones al PSOE
de Felipe González, que en aquel otoño
de 1987 disfrutaba del segundo año de su segunda mayoría
absoluta, fenómeno terrorífico que según
todos los expertos habría de repetirse muchas veces
más, hasta finiquitar el siglo, el milenio y los Presupuestos
del Tiempo todo.
El comprensible pavor liberal ante la perspectiva de un socialismo
con ínfulas de eternidad no me llevó a la desesperación,
ni siquiera al felipismo, astuta solución que adoptó
el liberalismo egipcio o de bolsillo por aquel entonces. Antes
bien, reforzó mi nativa tozudez. Así mantuve
mi apuesta por Aznar durante largos años adustos e
interminables, contra viento y marea, contra extraños
y sobre todo contra propios, siete años en la oposición
frente al Gobierno y seis años en el Gobierno frente
a la oposición. Pero, naturalmente, reservándome
la libertad y el legítimo derecho de criticarle cuando
me parecía que erraba o faltaba a sus promesas políticas
y apoyándole cuando creía que acertaba o que,
al menos, trataba de cumplirlas. Así, hasta hoy. Pero
nunca he militado en el PP, nunca colaboré con el equipo
de Aznar en la oposición y tampoco le debo cargo, sueldo
o distinción algunos desde que llegó a La Moncloa.
Si la aparición en TVE es el termómetro del
favor del Gobierno de España —y hay motivos de
sobra para suponerlo— puedo decir que los telechicos
de mi «enemigo» González me trataron algo
mejor que los de mi «amigo» Aznar. En los trece
años del PSOE me invitaron una sola vez, que recuerde,
a un debate político. En los seis años del PP,
ninguna.
Tal vez por aquella otoñal adivinación del futuro
político de Aznar; acaso por mi obstinación
en defenderle incluso en momentos en los que parecía
que en su liderazgo sobre la derecha española sólo
creíamos su señora, cuatro amigos, y yo; quizá
también por la cercanía personal que suelen
propiciar esas situaciones de cerco y soledad; y, sobre todo,
por haber seguido ejerciendo el periodismo político
a diario, teniendo a veces que cambiar de medio por no querer
cambiar de ideas (con Aznar en el poder más aún
que con González) Ymelda Navajo, editora de los tres
libros críticos que dediqué a los gobiernos
del PSOE (‘La dictadura silenciosa’, ‘Contra
el felipismo’ y ‘Crónicas del acabose’)
venía reprochándome que, en justa correspondencia
(«es simplemente tu obligación», repite),
no escribiese «el libro de Aznar», es decir, una
biografía política y, como prefacio, una antología
de textos como ‘Contra el felipismo’, que supusiera
un prepaso pormenorizado de los éxitos y fracasos,
aciertos y errores de Aznar en sus años de Gobierno,
aparentemente más sosegados pero no menos ricos en
sucesos y conflictos que sus años de oposición.
A la biografía política de Aznar me resisto
temporalmente, hasta que tenga sucesor. A media legislatura,
incluido el semestre de la Presidencia europea, quedaba pendiente
un asunto de la máxima importancia para establecer
un perfil aproximadamente definitivo del personaje: su posible
retirada voluntaria como candidato a La Moncloa y como presidente
del PP. Ya está resuelto de la forma conocida y que
se recoge en la última parte del libro. Sin embargo,
antes de que se despejara esa incógnita creada por
el propio Aznar y después de la mayoría absoluta
lograda en el 2000, había comenzado ya a poner por
escrito lo que considero una obligación moral e intelectual
insoslayable: explicar el papel de Aznar en la historia reciente
de España y sobre todo —porque es lo que mejor
conozco, he participado en ello a fondo y se está olvidando
vertiginosamente— cuáles fueron las ideas y valores
sobre los que Aznar forjó una derecha política
totalmente distinta de la que prevalecía en España
desde hace un siglo. Hacer un primer arqueo de lo que sobre
estas ideas, con Aznar de por medio, he escrito en todos estos
años es el propósito de este libro.
Vaya por delante que no reivindico ningún protagonismo
ni me atribuyo papel alguno en la llegada de Aznar al poder.
Incluso me parece matizable la opinión, generalmente
admitida, del papel clave jugado por unos pocos pero influyentes
medios de comunicación —donde sí tuve
serias responsabilidades, que desempeñé lo mejor
que supe— en el costosísimo desalojo democrático
del Gobierno del PSOE. Naturalmente, como los gobernantes
socialistas, sus aliados nacionalistas y sus protectores mediáticos
se negaban a que se produjera un relevo en el poder a pesar
de llevar disfrutándolo sin control y sin trabas durante
trece largos años y de haber agotado hasta el último
vestigio de su proyecto político (a cambio, tenían
razones para temer que podían salir del Gobierno y
entrar en la cárcel), el cambio de Gobierno fue traumático
y el papel de los pocos medios de opinión radicalmente
críticos con el felipismo fue necesariamente esencial.
¿Pero es que en un país que aspira a ser libre
las cosas son, deben ser y pueden ser de otra manera? En los
medios de comunicación es donde se crea, se agita y
se condensa la conciencia cívica, en ellos germinan
las ideas que, tras ir ganando poco a poco terreno en la sociedad,
superando rechazos y concitando adhesiones, acaban por traducirse
en votos. Los «creadores de opinión» debemos
esforzarnos, o simplemente esmerarnos, en defender lo mejor
posible las ideas, los valores y principios que son los nuestros,
independientemente del partido que en cada momento ocupe el
Gobierno o la oposición, porque, aunque los hechos
lo desmientan cada día con crudeza, representamos o
deberíamos representar siempre a la sociedad (a una
parte de ella) frente al Gobierno, y no, como suelen pretender
y a menudo conseguir los gobernantes, al Gobierno frente a
la sociedad.
Esa libertad de opinión en la sociedad libre —que
es la simple coexistencia pacífica de opiniones diversas,
no una pretendida síntesis que las resuma, supere y,
fatalmente, anule— debe ser permanente por la misma
razón que los gobiernos deben ser transitorios: porque
es la sociedad —al menos eso defendemos los liberales—
la que debe hacer y deshacer gobiernos y no los gobiernos
los que hagan y deshagan las sociedades. Y por eso mismo la
función de los medios de comunicación no debe
ser la de transmitir la opinión, léase consigna,
del Gobierno o de la oposición, aunque, como es lógico,
puedan a veces coincidir. Lo que no puede coincidir es su
función sin que se desnaturalice la de ambos. Y, sin
embargo, esa libertad de acertar o equivocarse por cuenta
propia, que siempre ha sido un bien escaso, hoy que aparentemente
dispone de más medios materiales que nunca para asentarse
y cumplir a maravilla su tarea, empieza a ser no ya rara sino
prácticamente inencontrable. Entre la concentración
de medios (los llamados multimedia, tan multimediatizados)
y lo mucho que siempre se concentra el Poder en controlarlos,
uno no deja de recordar aquella frase de ‘La democracia
en América’: «Creo que en cualquier época
yo habría amado la libertad, pero en los tiempos que
corremos me inclino a adorarla.» Confieso compartir
esa idolatría. «España va bien»,
seguramente, y así nos lo repite el Gobierno pero,
en lo que a libertad se refiere, Aznar no nos ha permitido
olvidar ni un solo día a Tocqueville.
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