La
solapa
Poder contemplar el mundo a través del tiempo, de la
memoria, de los personajes, de la nostalgia, de los ritos,
de las campanas, de los olores, de la luz de una ciudad tomada
como medida del universo, es indudablemente un lujo. Un lujo
literario que algunas veces se puede uno permitir entre la
urgente escritura de los papeles diarios.
Afortunadamente he podido a lo largo de los años darme
ese lujazo de escribir sobre mi ciudad como una manera de
contemplación del tiempo y del espacio, aplicando los
principios de la geografía literaria de Fernando Villalón:
"El mundo se divide en dos grandes partes, Sevilla y
Cádiz".
En este libro que nuevamente ve la luz de la tierra en que
nació van reunidos mis cien "recuadros" más
queridos y clásicos, como memoriales de un mundo quizá
de ficción literaria, al que me permití el lujo
(o tuve la osadía) de ponerle por nombre Sevilla.
Lo que han dicho
Antonio Burgos lo atribuye a El Pali:
-Si Jesucristo, que es el Gran Poder, llega a nacer en Sevilla,
aquí no lo crucifican.
Lo hace en uno de los Artículos de lujo que acaba
de publicar La Esfera de los Libros. Son cien recuadros de
Sevilla para enseñarnos a todos los andaluces lo que
es amar a una ciudad, a la ciudad de uno. Y eso que, por lo
menos, Antonio Burgos ama a dos sobre todas las cosas, la
de él y la nuestra, o sea, Cádiz. Pero ya también
nosotros amamos a la suya casi tanto como él ama a
la nuestra después de leer sus Artículos de
lujo, porque su Sevilla en cien recuadros son los 100 posibles
cánones del amor.
Ahora que están de moda los libros de autoayuda y
de jardinería, llega nuestro Hijo Adoptivo y se saca
de la manga del corazón el formulario para amar. Por
ejemplo al recuerdo caliente de la madre ("Había
en Sevilla una sabia y prudente mujer...n") en la memoria
de la ciudad; a un emblema como La Giralda ("bella muchacha
en flor de bronce del corral de los Olmos... "); a los
magnolios y jacarandas, a la mermelada de naranjas amargas
del patio del Alcázar, que pidió su Graciosa
Majestad la reina de los ingleses; a las blancas acacias,
a El Pali, don Ramón Carande, Juan Belmonte, Manuel
Halcón...a Y a toda una geografía humana, física
y de sensaciones casi inmateriales que la extraordinaria calidad
literaria de Antonio Burgos hace vibrar con la respiración
de la belleza y de la vida.
Más caleidoscopio que friso, más taracea de
maderas nobles que cañamazo, este montón de
palabras, este lujo, lo es de la mejor literatura que se ha
incrustado en un diario, en este caso en el ABC de Sevilla
durante los años en el que nuestro Hijo Adoptivo escribió
allí. Valgan algunas muestras: "Ha muerto el último
andaluz que le guardó luto a su caballo. Se llamaba
Manuel Halcón." También: "En la plaza
están alzando los palos para ese navío de velas
blancas que habrá de navegar entre juncias y romero,
y Sevilla amanece con esa luz".
Estas cien palabras de amor a Sevilla de Antonio Burgos,
imagen incompleta más que de un amor de una forma de
amar, son toda una pedagogía efectiva de la pertenencia
a un esencia hecha de imágenes, recuerdos y vidas.
Sevilla tiene un color especial porque alguien dijo que tenía
un color especial. Es la herencia divina del nombrar, que
las cosas son por como son nombradas. Desde el Génesis.
Desde esta otra parte del mundo en que dividió el
mundo Fernando Villalón, deberíamos construir
el lujo de lo que nos parece inmortal, lo que queremos que
nunca muera. Ya no es la ciudad trimilenaria, es toda esta
provincia bendita, sus más de 100 kilómetros
de litoral, su sierra, sus pueblos blancos y sus ciudades
llenas de historia...a Que debemos reflejar con las palabras
de lujo con las que Antonio Burgos nos ha enseñado
cómo se ama...
Enrique Montiel
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