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EL TEMA DEL TEMA
Quim Monzó
El Acantilado

La solapa (Manuel Llorente, El Mundo)
Para el lector español, Quim Monzó es ya conocido como un narrador de primer orden. Con el presente libro descubrirá la agudeza y el sentido común que le han convertido asimismo en articulista de cabecera de miles de lectores. Monzó comparte desconciertos, ridiculiza petulancias, se subleva contra la corrección política y constata la amenaza del gregarismo. Con irreverencia y rigor, Monzó combina la causticidad, el escepticismo, una competencia de forense y una prosa periodística que Joan de Sagarra calificó «de primerísima calidad». “El tema del tema” reúne los mejores artículos que Monzó ha publicado en “La Vanguardia” y “Magazine” los años 1999, 2000 y 2001.



Lo que han escrito
Monzó, contra la trampa cotidiana
Algo pasa cuando Cindy Crawford critica los horarios de nuestras comidas, los propietarios de clubs de fútbol rebautizan los estadios con su nombre o el gremio de cazadores se resiste a pasar la prueba de alcoholemia. En el centenar de artículos que componen El tema del tema, aparecidos entre 1999 y 2001 en La Vanguardia y el Magazine, Quim Monzó, observador perplejo y lector alucinado, prosigue su cruzada por señalar al monarca desnudo, por mostrar las trampas de actitudes nada cuestionadas. Según él, la gente no sabe de lo que habla y calla cuando debería hablar, por doquier campan la ignorancia y la mala educación, el inepto es el rey porque los súbditos se deslizan sobre la inercia mental. Visto que donde antes te daban gato por liebre ahora sirven fideos caldosos por fideuá, no es extraño que el autor de Tot és mentida se haya declarado de profesión incrédulo. Para saber porqué su madre es proxeneta y Sabina tiene bula, entender la conveniencia de extinguir las postales y las muletillas, hay que leerlo.

Antonio Lozano, MAGAZINE, Barcelona

El arte del retoque
En un artículo de Fulls de dietari, Carles Soldevila refiere la siguiente anécdota de periodismo napoleónico. Cuando el 1 de marzo de 1815 Napoleón abandona la isla de Elba, el diario oficial, Monitor, anuncia a bombo y platillo: "El antropófago ha salido de su guarida". Unos días después, el titular es también muy contundente: "El ogro de Córcega acaba de desenbarcar en el golfo Juan". Al cabo de veinticuatro horas: "El Tigre ha llegado a Gap". Y más adelante: "El monstruo ha dormido en Grenoble", "El usurpador fue visto a sesenta leguas de la capital", "Bonaparte se acerca a grandes pasos pero no entrará en París", "Napoleón estará mañana entre nosotros", "El Emperador ha llegado a Fointanebleau", "S.M. Imperial entró ayer en el palacio de la Tuilleries, rodeado de sus fieles súbditos".
Antropófago, ogro, tigre, monstruo, usurpador... Bonaparte, Napoleón... Emperador... S.M. Imperial. A medida que se acercaba a París, Monitor iba dulcificando los calificativos en una gradación calculada que —dice Soldevila— "pot restar com a model d'aquestes evolucions tan possibles avui com fa cent nou anys". Nosotros, sin ir más lejos, llevamos desde 1977 metidos en una de estas cadenas. Lo que hace veinticinco años se consideraba espantoso y hortera, hace diez pasaba por una rareza, hace un lustro empezó a formar parte del ambiente, y ahora se considera "lo normal". Los volúmenes de artículos de Quim Monzó son un testimonio exacto de este proceso: analizan la realidad sin prejuicios, captan los cambios en las costumbres y en las creencias, diseccionan el discurso de la política y de los medios de comunicación. Con un método basado en la observación directa, la sospecha y la analogía, Monzó construye sólidas argumentaciones que ponen en evidencia la falta de espíritu crítico, la pereza mental, la programación creciente de la vida.
En un período de aparatosos conflictos mundiales (El tema del tema reúne artículos publicados en La Vanguardia entre 1999 y el 2001), Monzó se centra en las relaciones entre la realidad y el lenguaje. Comenta palabras y expresiones de moda ("zurito", "loft", "ciudad judicial"), subraya los eufemismos de la corrección política (las "mares de dia", les "bressoles"), saca a la luz los deslices de los políticos, las rutinas de los camareros en los bares y de los que piden en el metro. Una repetición, un lapsus, el uso abusivo o inadecuado de una palabra, son siempre el síntoma de algo que se quiere ocultar o reprimir. Monzó razona, llama a las cosas por su nombre, rompe el tabú. Como respuesta a tantos abusos verbales, practica una estricta ética del lenguaje. De entrada, desarrolla el tema con precisión y claridad. Si es necesario, recurre a la cita textual, a la definición del diccionario, al tecnicismo de la restauración o de la heráldica. Cuando el lenguaje convencional no basta, inventa expresiones que acotan nuevas parcelas de sentido (lo que se vende en los campos de fútbol no son bocadillos de butifarra sino "entrepans de botifarra poc cuita"). En lugar de aferrarse a lo que las cosas deberían ser, busca nuevas palabras que permitan nombrar una realidad incontestable (el "hal·luin") y asumirla como algo propio.
El lenguaje ilumina, el tema agarra. La narración periodística, brillante y variada, se adapta a la fluidez de la actualidad y la trasciende: desde la falsa carta que ridiculiza al destinatario, al microcuento sobre un tipo que pierde la cobertura (como otros, antes que él, perdieron la sombra), a la declaración contundente sobre las imposturas del turismo, al "collage" de dos noticias protagonizadas por meones, a la última marcianada de internet.
Los artículos que Monzó escribía hace veinte años, buscaban la adhesión y la respuesta de los lectores, alertaban acerca de determinadas conductas, a la espera de provocar una reacción. Ahora se limita a dejar constancia de una situación de descalabro. El tema del tema describe la decadencia de Cataluña y del catalanismo, en el contexto de una creciente televisionización de la vida, que abona la aparición de ghettos de inmigración permanente, auspiciados por el fiasco del sistema educativo y por una comercialización implacable. Los artículos de Monzó son siempre ocurrentes, irónicos, provocativos, pero cada vez más tienen un fondo de amargura. Y a pesar de que a primera vista establecen una complicidad que nos respeta, nos señalan y nos interpelan directamente. No sólo las series de televisión y los políticos falsean la realidad: también nosotros hemos aprendido a retocar y a manipular nuestras fotos para suprimir al pariente o a la novia indeseable, y del mismo modo que retocamos las fotos, borramos los compromisos y las ideas de antaño para adaptar creencias y recuerdos a las conveniencias de hoy. Bonaparte llega a las puertas de París en un clima de alegre revisionismo, aclamado por una multitud que se nos parece. Qué mal estamos.
Julià Guillamon, CULTURA|S, LA VANGUARDIA, Barcelona


El tema del tema
Estoy de acuerdo con quienes piensan que en el periodismo está la nueva buena literatura de nuestros tiempos. La razón fundamental es que el articulismo en los diarios es un espacio vivo. Es vivo porque frente a otros géneros como la novela y la poesía, las columnas de opinión se leen, por un lado, y consuelan económicamente a los escritores, por otro. Seguramente la posteridad reservará un lugar en el parnaso literario a varios nombres que se han ganado ese derecho sólo por su trabajo en prensa.
Y a pesar de eso, ¡qué difícil es serle fiel a un columnista de prensa! ¡Cuánta tinta tonta inunda los periódicos! Quim Monzó es uno de esos articulistas que se han ganado la devoción incondicional de los lectores. Al leer este volumen de sus textos de prensa reunidos, entendemos por qué. No sacrifica sus esfuerzos en seguir consignas ideológicas, no está empeñado en atender la actualidad más caduca, por muy noticia que sea. A Monzó le interesa el artículismo para derrochar su talento de escritor y aportar un punto de vista sobre la realidad libre, intransferible.
Monzó divierte porque divaga, hinca el diente y tiene buenas ideas. Es un griego de perfil y de mente, que inventa palabras como “vigesímico”, aplicable a quien está pasado de moda, o sea, que ya es decimonónico del siglo XX. O que tiene el sentido del ridículo y el buen gusto para renegar de chorradas como buscarle a Cataluña su tortilla oficial. Me hago incondicional de Monzó en cuanto aplaude el gesto de un profesor de instituto que saca su navaja en una clase y raja un balón que un alumno le arroja para poner a prueba su paciencia. Qué razón tiene al reivindicar un clima de represión en nuestra sociedad que le dé algún valor a las actitudes rebeldes. Quien sabe dedicar quinientas palabras al arte de presentar un bocadillo en un bar merece todos los respetos.
Román Piña, EL CULTURAL, EL MUNDO, Madrid


Humor escéptico
El articulista-columnista tiene ante sí una tarea ardua: encontrar para sus tres, cuatro artículos semanales (o diarios) tema atractivo. Las páginas de nuestros periódicos van llenas de excelentes periodistas que nos instruyen deleitando. Algunos escritores han compaginado también esta actividad, desde los lejanos y míticos Camba o Pla. De algunos de ellos ya ni se sabe que escribieran libros. En la prensa barcelonesa de los últimos años destaca una firma, la de Quim Monzó. Escritor de éxito como cuentista de prosa acerada y fabulador de mundos chocantes, es también una personalidad mediática gracias a intervenciones en la radiotelevisión o a artículos en la prensa, una selección de los cuales llegan ahora, por fin, al lector en lengua española. Es éste el octavo volumen en el que Monzó recoge artículos, publicados al principio en catalán, pero desde hace varios años en castellano en La Vanguardia. Pero es el primero publicado simultáneamente en ambas lenguas.
Los artículos de Monzó ocupan un lugar central en su obra literaria. Observador de la realidad en sus aspectos más amplios, destaca por su gusto por la paradoja, por darle la vuelta a las verdades aceptadas por todos y por la habilidad en mostrar su punto de absurdo, la banalidad que éstas contienen. Algunos artículos son embrión de posibles cuentos («El paraíso azulgrana» o «Mitin a las sillas»). Su tarea cotidiana le convierte, quizá de manera inconsciente, en un agudo observador. De la lectura seguida de sus artículos resulta una crónica precisa de lo que cambia en nuestro país. Sus artículos son piezas hábilmente construidas en los que con frecuencia la última frase nos devuelve al título y resume la tesis. Agilidad argumental y precisión en el análisis son las armas de que se sirve para desmontar los trucos de la realidad. Por su ojo crítico pasan los políticos inconsecuentes nacionalistas (españoles y catalanes), el absurdo de tantos mensajes publicitarios, la banalidad de tanta prensa. Que en algunos artículos dedique gran atención a los protagonistas de "Gran Hermano", ahora, releído en formato libro tres años más tarde, descoloca al lector. Pero consigue un efecto: son como fotografías amarillentas del viejo álbum familiar. Instantáneas de un pasado marchito e irrecuperable.
Una lectura restrictiva de estos artículos los emparentaría con aquella desternillante sección de La Codorniz dedicada a la caza de gazapos periodísticos. O con la actividad de Fernando Lázaro Carreter en El dardo en la palabra, de comentario con sorna de los malos usos lingüísticos que detecta en los medios de comunicación. Porque las secciones de Monzó en La Vanguardia se nutren en buena parte de noticias curiosas, cartas al director, a las que da la vuelta y le sirven para poner en evidencia el absurdo ridículo por el que el 99 por ciento de los mortales regimos nuestra sufrida existencia. Debido a su voracidad de lector, se nutre de ejemplos que le llegan del universo mundo, aunque justo es reconocer que su puesto de observación se sitúa en un planeta catalán, atento a un satélite español. Bajo su fina crítica resultan devastados los medios de comunicación concertadores de ilusiones, que luego, al no verse cumplidas, desconciertan al lector. Amante de la buena cocina, se lamenta de la desaparición de la cocina tradicional, empujada por la «nueva». Comparada con la del País Vasco, afirma, la cocina catalana no tiene sopas ni cocidos.
A partir de su gusto por la paradoja aboga por una prohibición de la lectura en el bachillerato, para así convertir esta actividad en algo atractivo para los adolescentes y resolver la crisis lectora. Se preocupa, con relativismo escéptico, por la mala situación del catalán. Es un agente de la certificación de cómo ha desaparecido en los últimos veinte años una cierta idea de Cataluña y la culpa que de ello tienen los políticos. Autonómicos. Incluye una impagable instancia dirigida a Zaplana rogándole ser incluido en las listas de escritores valencianos por su condición –como en el fútbol– de oriundo. Se plantea cruzadas contra malos usos lingüísticos. Aboga por la invención de neologismos («vigesímico», es decir, «del siglo XX, anticuado»). O critica el abuso de expresiones como «compañero sentimental».
Entre el humor y el escepticismo, sus artículos son una buena receta contra el conformismo: nos obligan a enfrentarnos al mundo con óptica distinta. O expresan nuestras quejas más profundas, que no sabemos articular.
Enric Bou, ABC, Madrid


Contra ciertos tópicos
La figura literaria de Quim Monzó parece nacida para desmentir el tópico de que el cuento no basta para sostener un nombre de prestigio literario, que además comunique con un amplio público. Contra quienes arguyen que el cuento es género subsidiario de la novela aquí tenemos un autor cuya fama literaria, apoyada eso sí por el relieve de su figura periodística, se ofrece en su sola y predominante dimensión de escritor de piezas breves, bien sean cuentos, como los recogidos en sus celebrados volúmenes Ochenta y seis cuentos (2001) y El mejor de los mundos (2002), bien sean artículos de prensa como los recogidos en El tema del tema (2003). Monzó ocupa un lugar destacado en cualquier antología actual del género cuento, pero no ha necesitado a la novela para apoyarse. Otro tópico inservible a la luz de la suerte que ha visto crecer a Monzó: que una obra nacida en catalán tiene difícil comunicabilidad con el lector en castellano. No es que no haya contraejemplos, y tan llamativos como el que comento ahora, pero su éxito en castellano no ha sido baladí, lo que ha llevado al propio autor a traducir él mismo la última entrega de sus cuentos, tarea que en su libro anterior realizaron Javier Cercas y Marcelo Cohen. Un último tópico que el éxito de Monzó hace naufragar: que ya no existen periodistas capaces de comunicar artículo y obra literaria. Y cuando se emite este juicio se citan los proverbiales casos de comienzos de siglo Julio Camba o Josep Pla. No iguala todavía Monzó la dimensión de los citados, pero sí es un hecho que algunas de sus entregas periodísticas están situadas en el mismo lugar de arranque que sus cuentos: una situación nimia, extraña, paradójica, tomada de la cotidianeidad, a la que se da la vuelta y que, forzada un poco, funciona igual como artículo de costumbres que como cuento. O lo que es lo mismo: se está revitalizando aquella vieja alianza del género cuento con el periodismo, lo que ocurre sobre la base de lo que F. Valls llamó para J. J. Millás «articuentos» y que practican algunos de nuestros mejores periodistas. No es extraño: en el artículo, como en el cuento, lo importante es saber contar, pero también las líneas, que el periódico no perdona. Y éste de contar líneas es un taller formidable para el buen escritor de cuentos.
José María Pozuelo Yvancos, ABC, Madrid