Los reportajes de los sincolumnistas
...EN EL CONCIERTO DE POLICE
con Rosalía Sierra

 

Rosalía, con su camiseta y la entrada


Barcelona, 27 de septiembre de 2007


“Tío, llevo 24 años esperando este momento”. Cuando oí al cincuentón que tenía al lado asegurarle tal cosa a su colega, cerveza en mano y brillo en los ojos, fui por primera vez consciente de lo que estaba a punto de vivir. Cuando The Police se separaron a principios de los 80 yo todavía era fan de Enrique y Ana, y aún me quedaban algunos años para descubrir su música. Para mí y los de mi generación, The Police eran el grupo en el que Sting empezó, agua pasada, dejaron grandes temas que nunca volverán.

Y resulta que este año se cumplen tres décadas desde que el grupo se formó, y qué me-jor manera de celebrarlo que con una gira mundial en que los tres integrantes de la ban-da rememoren viejos tiempos y, de paso, den al fan de toda la vida la oportunidad de verlos de nuevo 24 años después y a los que nos reenganchamos a la altura de “The soul cages”, hacernos una mínima idea de lo que esos tres ingleses dejaron como legado mu-sical y emocional.


Un momento del concierto

Desde luego, el jueves pasado en Barcelona había gente de varias generaciones, de va-rios países y de varias tribus. Vamos, que había mucha gente. Confieso no haber estado muy atenta a los primeros teloneros, un grupo de Barcelona entre moderno y rockerillo, y reconozco que me hicieron gracia los segundos, Fictionplane, un grupo casualmente formado por un batería, un guitarra y un bajista que, casualmente, tenía la misma voz que Sting y, casualmente, era hijo suyo. Los gritos de “viva tu padre” y “quién fuera la madre que te parió” proferidos por una cincuentona que tenía al otro lado me hicieron por segunda vez consciente de lo que iba a vivir.

Por fin, con media hora de retraso sobre el horario establecido –al parecer por culpa de los problemas de acceso al recinto causados a su vez por el empeño de todo el mundo en llegar con la hora pegada a salva sea la parte, que hicieron que cuando tendría que haber comenzado la mitad de las gradas estuvieran vacías- se apagaron las luces y la fiebre del público se desató en gritos, aplausos y chillidos que acompañaron la entrada al escenario de Stewart Copeland, flaco e inquieto, tal y como lo conocimos en los video-clips de la banda solo que con gafas de ver; de Andy Summers, convertido en un señor de edad cuyas envejecidas manos no han perdido ni un ápice de talento y vigor cuando de acari-ciar la guitarra se trata, y, por fin, Sting, con botas militares, pantalón negro ceñido y camiseta blanca sin mangas, hecho un chaval. Sólo los primeros planos de su destrozado bajo, proyectados en las pantallas gigantes, nos recordaban que el tiempo había pasado. Empezó a sonar “Message in a bottle” y el 99% de los 55.000 allí presentes seguíamos sin creerlo, estoy segura.

No hicieron falta más músicos que ellos tres, ni más artificio que unas pantallas que permitían ver en grande que los que estaban ahí arriba eran efectivamente ellos. Durante algo menos de dos horas desgranaron lo que todo el mundo había ido a ver, los grandes éxitos de una banda que hizo historia. La efusión del público se reiteraba con cada nue-va canción, bastaban unos acordes de “So lonely”, “De do do do, de da da da” o “Walking on the moon” para que los corazones se agitaran y las gargantas dieran todo de sí. Vimos toda una exhibición de talento percusionista por parte de Copeland en “Wrapped around your finger”, que en directo también suena a obra maestra. Y ese sutil arranque de “King of pain”, con un crescendo que le pone los pelos de punta al más lampiño. Llegaron los bises, el escenario se tiñó de luz roja y sonó “Roxanne”, magistral. Y le llegó el turno a una de las canciones más perfectas jamás escritas aunque haya discusio-nes sobre los sentimientos que movieron a Sting a componerla, “Every breath you take”.

En definitiva, estuvieron todas las que son, aunque en algunos casos revisionadas. Unos dicen que por la edad, otros pensamos que porque no hace falta repetirse para ser grande cuando se cumplen treinta años pateando escenarios. Bien es cierto que el sonido no fue todo lo bueno que cabía esperar, y que bajar de revoluciones a algunos temas les quita algo de fuerza, y que ya se podían haber estirado un poco más con el tiempo y el reper-torio, y que en algunos momentos faltó conexión con el público. Vamos, que podría haber sido mejor, como todo en esta vida. Pero decepcionar, desde luego, no decepcionó. Aunque solo sea porque dentro de unos años podremos decir: “Tío, yo vi a The Po-lice en directo”.

 


Rosalía Sierra
Periodista