
Jorge, antes del inicio del concierto |
La doctina de Héroes sigue vigente
Héroes del Silencio. 12 de octubre
de 2007. 21 horas.
Estadio de La Romareda. Lleno. 37.000 espectadores.
Entradas: 42 euros / 62 euros.
25 canciones. Duración: 2h40'
Día del Pilar. Estadio de La Romareda. 17 horas. Cientos
de seguidores han hecho cola durante horas para obtener la mejor
ubicación posible. Se les ve extenuados, pero con una ilusión
desbordante. Llegamos con tiempo. Nuestro acceso es rápido.
Vamos con destino a la zona preferente, en la que compartiremos
espacio con "apenas" 6.000 personas.

Enrique,
durante el concierto |
Nos plantan la pulsera y un colgante para la ocasión. El
ambiente es sensacional. El tiempo, después de la tarde lluviosa
del 10, es entre veraniego y primaveral. Una gozada. La banda sonora
nos lleva a comienzos de los 90. Suenan desde Rage Against The Machine,
pasando por Soundgarden, Lenny Kravitz o, yéndonos un poquito
más atrás en el tiempo, los Black Sabbath. Una espera
que acompañamos de cerveza customizada para la ocasión
(hasta los vasos llevan grabados el símbolo de Héroes
del Silencio), y de algún que otro combinado espirituoso.
Con puntualidad británica, a las 21 horas se apagan las
luces del estadio. Sólo una veintena de focos móviles
en tonos azules rompen la oscuridad que preside el escenario.
No hay teloneros. No hacen falta. El concierto se va a retransmitir
en cines y en el recinto ferial de Zaragoza. La versión de
This Mortal Coil del tema "Song to the Siren", original
de Tim Buckley, calienta el ambiente. Es el tradicional comienzo
de un concierto de Héroes del Silencio.

El
escenario |
Después de once años de espera, llega el momento
más deseado. 2 de las 4 pantallas gigantes a pie de escenario
se iluminan con un fondo marino, en el que se sobreimpresionan las
sombras de Enrique Bunbury y Juan Valdivia, quienes dan el pistoletazo
de salida con sus guitarras a una de sus composiciones más
bellas: "El estanque". Saltan las primeras lágrimas.
Es una postal llena de simbolismo y tremendamente emotiva. Justo
cuando irrumpe la batería de Pedro Andreu, las sombras de
Bunbury y Valdivia desaparecen, se hace la luz y las pantallas se
elevan, dejando al descubierto a los cuatro integrantes de la banda
(Juan, Pedro, Joaquín y Enrique) y a Gonzalo Valdivia, hermano
de Juan, que les acompaña en esta gira. El entusiasmo se
desborda. El comienzo no puede ser mejor.
El concierto es una sucesión de grandes éxitos que
se saltean con alguna sorpresa. Es el caso de "Agosto"
o de "Fuente esperanza" que, a la postre, son las únicas
variantes con respecto al concierto del 10. Bunbury está
pletórico, se mueve en el escenario con una seguridad pasmosa,
maneja al público con maestría, mientras el resto
de la banda lo arropa con un traje sonoro compacto y contundente.
Suenan a los Héroes de siempre, pero con el vigor y la fuerza
que dan la experiencia y los años.
Los momentos clave del concierto
"Sirena Varada", uno de sus grandes hits, y "Opio"
son las dos canciones que enervan a la audiencia en el primer tramo
del concierto. Valdivia está que se sale. Matías Uribe
revela en su libro "El sueño de un destino" las
claves del silencio del grupo tras desatarse el rumor de su posible
regreso. Juan necesitaba tiempo para tomar confianza y comprobar
si era capaz de afrontar con garantías todo el repertorio
de Héroes. Hasta entonces, ensayarían y no harían
oficial su vuelta. Ese tiempo fue de al menos 5-6 meses. Todos hicieron
piña a pesar de las dificultades que tuvo el reencuentro.
"Ensayaremos las veces que haga falta", comentó
Bunbury. La dolencia de Valdivia en la mano (el conocido mal del
guitarrista) le tenía en el dique seco desde la separación
de Héroes. Llegó a mostrarle al periodista aragonés
un certificado, en el que un médico le prohibía expresamente
tocar una guitarra. Fue una de las aristas que golpeó sobre
Héroes en el 95-96 y que tuvo que limarse convenientemente
mientras se preparaba el regreso.

Más
concierto |
Volvemos al concierto. Después de interpretar seis temas,
llega el turno del escenario de 9 metros de diámetro, situado
a unos 40 metros del principal. Bunbury presenta a la banda y Pedro
Andreu, en la batería, emerge de las profundidades arrancando
las primeras notas del cover de la noche: "La mala hora",
de Radio Futura.
El concierto está en un momento muy caliente. Suena la armónica
de Enrique en el comienzo de "La herida" y, apenas interpretan
"Héroe de Leyenda", Bunbury pide cinco minutos.
Una inoportuna gripe al regresar de América (cambios de temperatura,
aires acondicionados…) lo tiene al borde del k.o. Las caras
de sus compañeros son un poema. Se retiran. Andreu pasa su
mano por el hombro de Enrique. Valdivia cruza alguna mirada cómplice.
Son los gestos más simbólicos. El suspense se apodera
de los casi 40.000 espectadores.
Pasan los cinco minutos y, aerosol en mano, Bunbury y sus compañeros
vuelven a escena. No sabemos si habrá recurrido a otro "pico"
de Dylan, como ya tuvo que hacer en una de las actuaciones del Freak
Show en 2005 debido a otra inoportuna gripe, pero lo cierto es que
su voz sigue funcionando. Y de maravilla.

Con
los compis |
"No más lágrimas" cierra el set en el escenario
central… y emociona. Conmociona. Qué sentimiento le
da Enrique a esta canción... Qué intensidad. Como
en los mejores tiempos. Vuelven al escenario principal y a Bunbury
le queda el repertorio más difícil para su frágil
instrumento vocal. Uno piensa que se contendrá, pero comienzan
"Nuestros nombres" y lo está dando todo. Parece
desgarrarse en cada grito, en cada soflama… Uno recuerda aquellos
titulares que dio Bunbury en París en el 92 cuando tras interpretar
apenas tres canciones, la voz se quebraba y tenía que abandonar
el escenario. Esta vez no ocurrió. Su profesionalidad hercúlea,
decía Heraldo, superó todas las dificultades y permitió,
como titulaba el diario decano de la prensa aragonesa, pasar del
suspense a la apoteosis.
El tramo final del concierto fue espectacular. "Nuestros nombres",
"Oración", "Entre dos tierras", "Maldito
duende", "Iberia sumergida" y "Avalancha".
El espectáculo raya a gran altura. Es comparable al de cualquier
grupo internacional, pero hablamos de la liga de los grandes: de
los Stones y de U2. Tenemos pantallas por doquier, leds, pasarelas,
"provocador" que llaman ellos, llamaradas, fuegos artificiales
y efectos múltiples, que convierten el espectáculo
en el más grande jamás montado por un artista nacional.
De eso ya no hay duda.
En los bises, algunos temas del pasado remoto como "El mar
no cesa" o "Tesoro", sacian las demandas de los fans
más exigentes. Para el común de los mortales, la explosión
de humo y la lluvia de confeti en el final de "La chispa adecuada",
es el momento más álgido y más bonito de todo
el show. Apenas hay lágrimas en las mejillas, porque ya se
derramaron casi todas.
Y llega el final. Bunbury y Valdivia se sientan a pie de escenario
y comienzan, guitarra y voz, a interpretar "En brazos de la
fiebre". Enorme canción que interpretan a corazón
abierto. Bunbury se arrodilla foco en maco e ilumina a Valdivia
en su solo de guitarra. Es la reconciliación en escena del
núcleo duro de Héroes del Silencio. No cabe más
emoción ni más misticismo. La despedida es silenciosa.
Sólo brazos abiertos, reverencias, saludos al públicos
y besos al viento. Se van con la sensación de haber cumplido
sobradamente y de haber contagiado la emoción personal que
los cinco Héroes están viviendo sobre los escenarios
de las ciudades elegidas para este tour. Los fuegos artificiales
arrancan tras el escenario como colofón. Suena "Like
a rolling stone", de Bob Dylan. Sí. Mensajes encadenados
que nunca caen en saco roto. Nada en Héroes ocurre porque
sí.
El 18 de diciembre, un doble CD y un DVD serán un magnífico
epílogo audiovisual. Bajo la dirección de Charlie
Manzanera, hijo del ex Roxy Music, Phil Manzanera (productor de
"Senderos de Traición" y de "El espíritu
del vino"), el DVD mostrará lo mejor de esta gira de
reunión que, para quien no lo sepa, aún tiene dos
grandes citas por delante: el próximo 20 de octubre, en Sevilla
(Estadio Olímpico de La Cartuja) y el 27 de octubre, en Valencia
(Circuito de Velocidad Ricardo Tormo, en Cheste). La emoción,
como en Zaragoza, está servida. Señores, Héroes,
como ya dijo un colega periodista en el 95, tienen doctrina para
rato. Pues eso, que está más vigente que nunca.
El dato: Bunbury
soportó hora y media de concierto con un resfriado que arrastraba
desde el regreso de los conciertos americanos e incluso tuvo que
tirar de aerosol en el escenario. Detalle, para quienes a estas
alturas, aún dudan de su directo.
La crítica:
Matías Uribe, en su recomendable "El sueño de
un destino", lo corrobora en varias ocasiones. Bunbury tiene
el talante de una estrella. Lo mismo te cuelga el teléfono
que habla contigo horas y horas, sin mirar el reloj. Es imprevisible.
A pesar de su temperamento, el público debió volcarse
con el artista que, como un jabato, se batió el cobre para
no verse obligado a suspender el concierto. Los cinco minutos que
pidió Bunbury fueron de un silencio sepulcral.
El observatorio...
Desde la butaca de un cine malagueño el pasado 10 de octubre,
el concierto se ve desde otra óptica. El 12 había
demasiada locura como para percibir tales detalles. La noche del
miércoles, decía, se pudo comprobar la distancia que
sigue existiendo entre cantante y guitarrista, la base real de Héroes.
Esa es la mayor crítica a esta gira: el hecho de que cuatro
viejos amigos no transmitan esa sensación en escena, de que
parezcan auténticos músicos de sesión y no
desborden más sentimientos que los de la audiencia cuando
escucha los himnos fabricados por esta banda zaragozana. A pesar
de todo, ha merecido la pena. Larga vida a los Héroes.
Crónica del concierto en
la columna de Jorge.
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