Los reportajes de los sincolumnistas

...EN LIVERPOOL
con Santi Riesco

Santi, en Liverpool


Sincolumna estuvo en Liverpool
Abirl de 2008

Mis tres sobrinos mayores (12, 15 y 16 años) habían suspendido inglés. Les eché una bronca de tío responsable y viajero. Respuesta de la pequeña: “No necesito aprender inglés porque no voy a salir de España”. Ante mi asombro, decido consultar con mi Eva, repasamos nuestros ahorros y les digo a mis hermanos que me dejen a sus vástagos porque me los llevo a Inglaterra, a Liverpool, para que se den cuenta de lo importante que es saber inglés (aunque en la ciudad del Liverbird lo hablen con un acento fatal). La excusa es perfecta. Este año Liverpool es la Capital Europea de la Cultura, Fernando Torres –ídolo de toda la familia- ha fichado por el equipo inglés y la música de The Beatles será nuestra aliada.

Durante doce semanas, los tres últimos meses, he ido enviándoles por correo electrónico canciones de la banda más importante del pop en mp3 con la letra en castellano y en inglés, con una introducción en la que se explicaba quién, cuándo, dónde, cómo y por qué se compuso el tema. Les he llenado el buzón virtual con información sobre la capital cultural y la agenda prevista entre el 30 de abril y el 3 de mayo. Les he puesto al día sobre los tres edificios Patrimonio de la Humanidad con que cuenta la capital del Mersey, sobre la historia del Liverpool F.C., sobre sus dos catedrales, sobre el cambio de la libra y el euro, sobre las costumbres de las islas y de la región, sobre los transportes públicos, sobre el hotel en el que nos íbamos a alojar, sobre los aviones y el aeropuerto John Lennon, el primero que recibe un nombre de una persona en el Reino Unido… una gozada preparar el viaje.


Stuart Sutcliffe

The Blenheim Lakeside Hotel es una antigua casa inglesa en la que vivió Stuart Sutcliffe, uno de los miembros fundadores de The Beatles. Se encuentra al sur de la ciudad, en Sefton Park, frente a un lago precioso y paradisíaco lleno de patos, de gente haciendo footing y de ancianos paseando a sus perros. El hotel es familiar donde los haya. Sólo tienen ocho habitaciones y dos suites con un pequeño bar dividido en dos salitas por el hall de entrada. Ciertamente, un hogar. La decoración, con la moqueta inglesa de rigor y cientos de recuerdos del Beatle que falleció a los 21 años. El desayuno inglés, estupendo, el trato, como en tu propia casa. Además se trata de un hotelito abierto a los vecinos del barrio de Sefton en el que todas las tardes se juntaban familias, amigos, parejas, niños, trabajadores… para tomarse unas pintas, ver la tele, conversar y fumarse un cigarrito en las escaleras de la entrada. Ciertamente entrañable.

Obras

Lo más sorprendente de Liverpool, además de su meteorología (un taxista lo resumió estupendamente: en un mismo día tenemos las cuatro estaciones) son las obras. La ciudad está prácticamente “patas arriba”. Algo ciertamente incomprensible en el año de la capitalidad cultural europea, aunque claro, conociendo el sentimiento de pertenencia a Europa que tienen los británicos… vamos, que les importa una mierda lo de la capitalidad y que lo único que han hecho ha sido poner la mano para reconstruir la ciudad y reconvertirla al sector servicios potenciando el turismo. La verdad es que tiene potencial. Muchos edificios que ver, muchas actividades en las que participar, muchísimos lugares para disfrutar.

Curioso también que la inmensa cantidad de obreros que pululaban por calles y edificios llenos de vallas, andamios y monolitos sean ingleses. No vimos ningún subsahariano trabajando, ningún latinoamericano, ningún marroquí. Rarísimo, ya digo. Y todos con su chaleco reflectante, con su casco, con sus botas, con una seguridad alucinante. Algo extraordinario para lo que estamos acostumbrados a ver en la madre patria.

De los tres edificios catalogados como Patrimonio de la Humanidad (están pegaditos en el puerto) uno de ellos estaba completamente recubierto de andamios. Los otros dos no se podían visitar por dentro. Junto a ellos, en el puerto, el monumento conmemorativo al Titanic, también envuelto de andamios. Por cierto, el famoso barco de la película de Di Caprio partió del puerto de Liverpool y en su recuerdo un monumento que recuerda la parte superior de la antena del transatlántico se yergue como un árbol plantado en la acera. Está en obras, ya digo.


Católicos y anglicanos

Dos estupendas catedrales tiene la ciudad. Una a cada lado de “Hope Street”. La católica es del siglo XX (1968). Es la única catedral de planta redonda en todo el mundo. Sus capillas y sus vidrieras la convierten en un auténtico festival de colores cambiantes. El recogimiento en su interior es absolutamente indescriptible. Un lugar perfecto para encontrarse con uno mismo, para encontrarse con Dios, para cultivar ese lado trascendente que todos tenemos (aunque no nos demos cuenta).

Entre la catedral católica y la anglicana, en mitad de Hope Street, un monumento al viajero sirve para hacerse unas fotos y descansar un ratito. Son un montón de maletas de piedra en distintas tonalidades de color amontonadas como si de la oficina de objetos perdidos se tratase.

Lo que la catedral católica tiene de moderna y de espiritual, lo tiene la anglicana de antigua y de cotidiana. Es, según el folleto y la explicación, la más grande del mundo (anglicana, se entiende) y su torre la quinta más alta. En su interior (gótico espectacular con unas estrechas y altísimas vidrieras reformadas en 1978) tienen un restaurante, una cafetería, una tienda de comercio justo y regalos, una sala de conferencias, un aula de proyecciones, un espacio para el coro y, por supuesto, bancos para las celebraciones litúrgicas y las oraciones. Estos servicios hacen que el espacio sagrado se mezcle de un modo singular con espacios más “cotidianos”, más “profanos”. Me gustó. La sensación de ver gente en la catedral tomando un café, comprando una camiseta, yendo a una sala, rezando… era como si lo sagrado y lo profano no estuvieran separados, como si se sacralizase lo cotidiano. Curiosísimos estos anglicanos, más que nada porque aunque no creen en la virginidad de María tenían una capilla enorme dedicada a la Virgen. Están locos estos ingleses.


Mathew Street

La calle por antonomasia de The Beatles es Mathew Street. Aquí está The Cavern, el local donde los cuatro de Liverpool tocaban casi todas las noches abarrotando el aforo y creando una auténtica legión de fans. También está el pub The Grapes, un local de copas donde The Beatles tomaban sus lingotazos y sus pintas antes y después de los conciertos. Aprovechando el tirón han montado una tienda oficial de The Beatles así como otro bar Cavern (uno está en la ubicación del original que se desmanteló en 1972) y otro reproduce más o menos el antiguo y cuenta con algunos recuerdos originales del grupo. En esta misma calle se puede ver el “Muro de la Fama” que se han inventado para los turistas y una estatua de uno de los Beatles (no se le reconoce pero mola). La foto junto a él es obligada.

La ciudad cuenta con toda una estructura turística montada en torno al grupo. Nosotros visitamos el archipremiado museo que recorre la historia del grupo y que ha montado en Albert Dock la hermana de John Lennon, el The Beatles Story. Una auténtica delicia. También se puede hacer una ruta en autobús para pasar junto a los lugares emblemáticos de la banda: las casas de John y Paul, Penny Lane, Strawberry Fields… pero estos sitios se pueden ver paseando o cogiendo autobuses. Tampoco tienen demasiado interés si no eres un friki-fan de la banda.


Albert Dock

Sin duda un lugar soprendente y de visita obligada en la ciudad. Se trata de una plaza cuadrada rodeada de soportales en cuyos bajos se encuentran las tiendas, los restaurantes y los museos más modernos y actuales de la ciudad. Desde el Tate (arte contemporáneo) hasta The Beatles Story. Hasta aquí nada novedoso, lo que más llama la atención es que la plaza está construida en torno al agua. Se trata de uno de los antiguos hospitales “flotantes” en los que se confinaban los enfermos de cólera para evitar contagios. Es como una pequeña Venecia en la ría del Mersey. Navegable, por supuesto, y comunicada con otras plazas acuáticas de singular belleza. Merece mucho la pena.

Yellow duckmarine

Esto fue de traca, pero también muy chulo. Nos aventuramos a sacar entradas para este tour y acertamos a medias. Se trata de un autobús anfibio que, en algo más de una hora, recorre las calles más céntricas de Liverpool para acabar dándote un paseo por el agua para ver las distintas plazas acuáticas desde dentro. Curioso. La pena es que la chica rubia de mechas rosas, mangas desmontables y piercings varios que nos explicaba las cosas tenía un inglés ininteligible (el cansancio y la hora tampoco nos eran favorables). Resultado: 13 ingleses atentos y siete españoles (nosotros) roncando en el interior de este viejo trasto anfibio acunados por el fuerte ronroneo del motor, el solecito que entraba por las ventanas de lona transparente y los chistes ininteligibles de una guía con indiscutible aire de británica hortera y desinhibida. No le dimos propina.


El fútbol, esa religión

Nuestra llegada a Liverpool coincidió con el partido de vuelta de las semifinales de la Liga de Campeones que enfrentaba al Chelsea con el Liverpool. Teníamos intención de verlo en algún pub. Misión imposible. Y no sólo porque estuviesen absolutamente atestados (que lo estaban) sino porque en esta ciudad los menores de 18 años no pueden entrar en estos locales después de las 18:00 horas. Alucinante.

Al final acabamos en Lark Lane (una calle de restaurantes y pubs) en un típico restaurante inglés donde el pub quedaba en el segundo piso. Pasamos miedo. Cuando el Liverpool F.C. empató por medio de Fernando Torres los del piso de arriba (absolutamente petado de gente) se pusieron a patalear, gritar, vocear, cantar, chillar… fue tal el escándalo que temimos se derrumbase el techo sobre nuestras cabezas. Los camareros corrieron escaleras arriba para ver la repetición, los cánticos atronaban como si estuviéramos en el estadio… ver para creer.

En el descanso previo a la prórroga una auténtica horda de ingleses e inglesas ataviados con camisetas rojas, gorros y bufandas de los reds bajaron a fumarse su cigarrito a la puerta del local. Yo esperé a que entrasen para salir a fumarme el mío. Cuando lo hice pude escuchar los cánticos que salían de todos los bares y pubs que había en la calle. Digno de ver (y de oír).

Al día siguiente fuimos a Melwood, el campo de entrenamiento del Liverpool. Íbamos con la intención de ver a los futbolistas españoles, saludarles, hacernos unas fotos con ellos y contarlo a nuestro regreso. La mala fortuna y la eliminación de la Champions quisieron que esto no fuera posible. Un familiar trabaja en la institución y consiguió que nos recibieran en el sancta sanctorum de los reds. Nos metieron en una sala VIP donde nos invitaron a café, refrescos y biscuits mientras nos pidieron, con muchísima educación, que esperásemos a que terminase la reunión de Rafa Benítez con el director deportivo. Al final decidieron suspender el entrenamiento y darles a los futbolistas el día de descanso. Nos invitaron a acercarnos a Anfield para ver el campo, el museo y la tienda oficial. Eso hicimos con una mezcla de alegría por el trato y tristeza por no haber podido ver a nuestros ídolos.

En Anfield nos estaban esperando para darnos un tour privado por el campo a los siete. Uno de los responsables del estadio, Steven, nos acompañó personalmente por las entrañas de este templo futbolístico: “This is Anfield”. Nos sentamos en el banquillo donde Benítez y sus chicos están rodeados de público y a menos de un metro del banquillo rival. Estuvimos en el vestuario de los jugadores, en las salas de prensa, en el museo, en la tribuna de los incondicionales, The Kop, y escuchamos sin descanso el “You Never Walk Alone” pensando en rojiblanco.

Ni qué decir tiene que en el museo nos hicimos una pedazo de foto con el trofeo Villa de Madrid que el Liverpool ganó hace años al Atleti y que tienen adornado con fotos de Fernando Torres y Luis García. También nos fotografiamos con la Copa de Europa que los reds le ganaron al Real Madrid (siempre hay consuelo para los pobres). Y nos fuimos de Anfield soñando en que pronto volveríamos vestidos de rojiblancos para animar a nuestro equipo contra el Liverpool F.C. en una eliminatoria de Champions. Quizá la próxima temporada, quién sabe.


Regreso

En el vuelo de regreso coincidimos, paradojas de la vida, con Toni Muñoz, lateral del Atleti en el Doblete del 96 y director deportivo del club hasta hace muy poquito. Charlamos en la cola con él y le invitamos a ir al Calderón esa misma tarde. Llegábamos a las 17:00 a Barajas y el partido contra el Recre empezaba a las 20:00. “Gracias, lo veré por la tele. Yo también tengo abono, pero no he vuelto a ir al campo desde que me fui” (le echaron). Él se lo perdió. Mi sobrino y yo fuimos al Calderón vestidos con nuestras camisetas del Liverpool y las bufandas del Atleti. Ganamos 3-0 y cada vez estamos más cerca de la Champions y de poder jugar contra el equipo de Anfield. Si esto ocurre el Atleti nunca caminará hasta allí solo.


Santi Riesco
Periodista