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| (Rentería,
1977) |
Nací en una casa de ladrillo rojo de un pueblo que antes
se llamaba Rentería y ahora Errenteria, aunque la mayoría
de la gente lo sigue llamando Rentería, o incluso Rente,
para abreviar, aunque por mucho que se abrevie la distancia
entre mi pueblo y San Sebastián (la republicana, no vayan
a creer) no deja de ser de siete kilómetros.
Cursé mis estudios primarios en un colegio que hay justo
enfrente de mi casa. Vivía tan cerca de allí que utilizaba
el pitido que anunciaba la entrada a las aulas como despertador.
Lo malo de apurar tanto el sueño es que nada más despertar
me veía obligado a correr a toda pastilla escaleras abajo.
Una vez casi me caigo rodando, pero me salvó una cáscara
de plátano que utilicé como si se tratara de un esquí.
Fue mi primera incursión en los deportes de invierno.
La segunda aquella vez en la que mi hermana y yo hicimos
un muñeco de nieve en el patio. Como no teníamos zanahorias
le pusimos una berza de nariz.
A Miguel, el protagonista de estos artículos, le conocí
algunos años después en Salamanca, donde estudié Periodismo
como podía haber estudiado Veterinaria o Lengua China.
Un amigo incomparable me preguntó que por qué había elegido
estudiar esa carrera y yo le contesté: "Porque quiero
ser humorista, como José Luis Coll". Mi amigo sonrío,
lo cual me hizo pensar en que llegaría lejos en la vida.
Y así fue, ahora mismo me encuentro en Cuenca (precisamente
en la ciudad de José Luis Coll), a unos 600 kilómetros
de distancia de mi pueblo natal, de cuyos diversos nombres
no consigo olvidarme.
Quizá debido a las inexistentes cualidades de mis profesores
universitarios, en mi ciclo salmantino empecé a prestar
una atención desmedida hacia ese tal Miguel, con el que
me cruzaba cada mañana camino de mis clases. Yo siempre
con mis apuntes y él con una barra de pan de ayer bajo
el brazo. Tanto me llegó a fascinar, que a veces al mirarme
en el espejo me parecía que quien me miraba desde el otro
lado no era yo, sino Miguel, quien para colmo me sacaba
la lengua con un gesto como recién salido de Crónicas
Marcianas.
Ahora que tengo un trabajo y colaboro habitualmente en
sincolumna.com, tengo la oportunidad de
revisar las entrañas de ese Miguel que todos llevamos
dentro, aunque pocos hayamos decidido sacar al exterior.
Claro que yo más que sacarlo lo escupo para que sus fantasmas
no le hagan un nudo a la corbata con la que cuando era
pequeño tantas veces quise ahorcar mis emociones.
Lo de convertirme en humorista la verdad es que lo tengo
bastante apartado. La última vez que participé en uno
de esos clubes de la comedia sólo conseguí hacer reír
a una persona de entre los centenares que copaban las
sillas preparadas para la ocasión. Al menos me queda el
consuelo de que esa única persona se destornilló de risa.
Que quede bien claro que no se trataba de mi abuela, sino
de un tipo de unos cuarenta años, delgaducho y con cara
de tristeza subalterna que responde al nombre de Miguel.
Para qué andarme con rodeos: reconozco que a menudo yo
soy la única persona que se ríe de mis 'chistes'. En fin,
menos da una piedra. Y como muestra un botón. |
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