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La noche volvió a sorprender a Miguel apoyado en una barra
de bar desde la que, como quien cuenta ovejas para pasar el rato,
se puso a desnudar con la mirada a las chicas que, inquietas, movían
sus carnes bajo los focos sin alma de la pista de baile.
Como caída del cielo se le acercó una mujer en el
preciso instante en el que trataba de quitarle las bragas en la
cima más creativa de su imaginación.
“Hola, ¿qué haces aquí solito?”,
le preguntó con sus ojos insinuantes y feroces, como recién
salidos de una canción de Sabina que desde el primer momento
tiene toda la pinta de que acabará en la cama, aunque por
la mañana sólo quede de ella una mancha de sudor a
punto de secarse.
“Simplemente me limito a desnudar a las chicas como tú
con la mirada. Y de paso, bebo”, contestó Miguel, consciente
de su marginalidad pero sabedor de que a ciertas alturas de la vida
no hay nada que ocultar. Que los curas y las monjas se ponga como
se pongan, pero lo que a Miguel le pone son las carnes a la brasa
de la noche.
Aunque en un primer momento reaccionó colocando una de sus
delicadas manos sobre sus partes más íntimas, como
para taparse, a la misteriosa mujer de ojos de canción le
gustó la respuesta de nuestro amigo. Así que al poco
se mostró dispuesta a intimar y le ofreció a Miguel
compartir uno de sus cigarrillos, finos, largos y rubios como ella
misma.
Con el humo del tabaco ambos aspiraron (o creyeron aspirar) el humo
del amor. Y con suma complicidad empezaron a charlar, confesándose
sus amores pasados y presentes (aunque ambos reconocieron que el
único amor que perdura es el que se ha perdido), sus pocas
ganas de mirar hacia el futuro (el futuro es la muerte), la pérdida
de las huellas de una infancia que se les hizo mayor de edad cuando
todavía vestían con pantalones cortos y las tormentas
de un verano bajo las que ambos se dejaron mojar alguna vez, para
limpiar sus almas.
Miguel no las tenía todavía todas consigo, pero cada
vez creía más en sus posibilidades de llevársela
a la cama, como hubiera hecho Sabina de haber compuesto con esta
historia una canción. Sin embargo, repentinamente ella le
dijo que tenía un marido al que nunca había sido ni
pensaba ser infiel. “Quizá eche de menos mi independencia
y mi libertad para volver a casa sola, borracha y con besos de otros,
pero hace ya demasiado tiempo que soy una mujer casada y que dejé
atrás la mala vida. Puede que me veas algunas noches sola
por ahí, pero aunque salga sola también regreso sola.
Seguramente algo borracha, pero sola y con ganas de volver a mi
marido”.
El argumento de aquella chica tiró por tierra todas las esperanzas
de Miguel, quien no obstante, por no derrumbarse en público
y mantener su integridad, optó por seguir dialogando con
ella como si nada hubiera ocurrido. Incluso se animó a invitarla
a un par de copas más. Y tanto bebieron los dos, pero sobre
todo ella, que acabaron borrachos como dioses, que diría
Basilio Martín Patino, aunque como dioses incapaces de volar
al cielo (ni siquiera de subir las escaleras que llevaban al WC),
puesto esto es lo que tienen los colocones que se cogen en la tierra.
Ella llego a un estado de alcoholismo tan exagerado que optó
por retirarse. “Toda mujer con dignidad sabe marcharse en
el momento justo”, afirmó él, como cumplido,
aunque hubiera deseado que se quedara un poco más para ver
si con la embriaguez se atrevía a ponerle los cuernos al
marido de marras, que todos son igual de aguafiestas.
“Si quieres te doy el número de mi móvil, pero
a condición de que no me llames nunca”, le propuso
ella antes de irse. Miguel, consciente de que se le esfumaba una
nueva oportunidad de ser feliz, agachó un poco la cabeza
y se quedó solo, como tantas veces se ha quedado y le quedan
por quedarse todavía.
Para no amargarse en exceso pensó que, a fin y al cabo, lo
mejor era dejar marchar aquella nube de verano que dado el estado
de embriaguez en el que se encontraba tampoco hubiera sido capaz
de llevarle muy lejos de sí mismo. “Me hubiera tenido
que limitar a ponerle el camisón, meterla en la cama y escuchar
sus ronquidos durante toda la noche”, se dijo. Y entonces
pidió la penúltima copa en la barra y en vez de retomar
el juego de desnudar a las mujeres que bailaban bajo los focos de
la madrugada se puso a imaginar que todas habían acudido
allí en paños menores y que su misión era vestirlas,
que a fin de cuentas puede resultar hasta más excitante.
O eso es lo que dice Umbral. El problema es que a una de las chicas
tuvo que ponerle el vestido que la ministra de Cultura llevó
a la gala de los Goya y en vez de la excitación le entró
la risa. Para colmo uno de los guardias de seguridad de la discoteca
creyó que había estado fumando marihuana y le echó
a patadas del local. “Esto es un país serio”,
le dijo, mientras le sacaba de la discoteca, momento en el que a
Miguel le entraron todavía muchas más ganas de reír.
Que viva España.
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