joliva@sincolumna.com
Cuenca, miércoles 22 de febrero de 2006

:: Inicio >> Gorka Díez >> Columna

Y todo es vanidad
Opina en el foro
Portada sincolumna.com

La vanidad, no sabemos por qué rayos, se da en la gran mayoría de seres humanos desde que el hombre es hombre y la mujer, mujer, independientemente de que ni uno ni otro han dejado nunca de ser monos, con perdonen de todos esos animales de cabeza grande, cejas prominentes, nariz aplastada y cuerpo repleto de pelos que, según el diccionario, (yo no lo he comprobado personalmente) son muy fáciles de domesticar, al final y al cabo como todos nosotros si nos ponen un fajo de billetes delante. A los monos al menos les vale con unos cacahuetes.

El caso es que Miguel ha coincidido a lo largo de su vida (y sigue coincidiendo) con cientos de seres vanidosos, tan encantados de haberse conocido a sí mismos que consideran que no hay obra de arte de mayor valía que un espejo en el que poder ver reflejados sus supuestos encantos. Lo de que provienen del mono parecen haberlo olvidado.

A mucha gente vanidosa la conoció Miguel en la Universidad: eran los que levantaban la mano a diario para hacer notar su presencia aunque no tuvieran nada que decir; los que llegaban a clase sonrientes y perfumados (Miguel en cambio hubo ocasiones en las que se presentaba en clase sin haber dormido, después de pasar la noche ya sea en un bar de mala muerte o en la alcoba de una princesa con aliento a destrucción); los que vestían con camisa de ‘Cara al sol’ a sus dieciocho; y los que siempre depositaban el libro que aseguraban estar leyendo sobre la mesa de la cafetería de la Facultad, aunque en realidad sólo lo utilizaban para conservar las flores que ninguna chica les quiso regalar por miedo a que se marchitaran entre dos ideas filosóficas de Schopenhauer.

Afortunadamente nuestro amigo perdió el contacto con toda esa gente de su pasado al poco de licenciarse: el paso del tiempo tiene sus buenas cosas. Pero sin embargo nada más acceder al mundo laboral seguía rodeado de los mismos seres: por lo general personas muy trabajadoras, sí, pero que no se preocupaban del bien común de la empresa que les tenía empleados sino de sí mismos. Paradójicamente, pretendían ascender en una empresa que podía acabar descendiendo a los infiernos por su culpa.

Tampoco la calle salvó a Miguel de tener que encontrarse diariamente con gente de la peor calaña: personas que van a los teatros con el único objetivo de dejarse ver; que sólo aceptan la amistad de personalidades importantes; que publican anualmente un libro aunque ni si quiera tengan un buen negro con algo que decir; que copan a menudo las portadas de los periódicos para enseñar los dientes; que pasean por la calle con traje de domingo abrazados a su novia con la típica sonrisa del triunfador que cree llevar consigo a la más guapa, aunque ninguna belleza sea a fin de cuentas para tanto.

Pero el colmo de la vanidad está, según Miguel, en su Santidad el Papa, a quien califica como “el vanidoso por excelencia”. Así lo demuestran a su entender su sonrisa de oreja a oreja y esos trajes tan llamativos como de Carnaval. “El Papa es un Raphel con cara de angelito que lo que debería hacer es censurar menos y masturbarse más, no sólo por su propio bien sino por el de toda la humanidad”, dice Miguel.

Claro que el propio Miguel no duda en incluirse a sí mismo en esa lista de seres vanidosos como luces de discoteca, sobre todo desde que se hizo consciente de que anda suelto por ahí un tipejo llamado Gorka Díez que semanalmente escribe sobre sus andanzas amorosas, laborales, filosóficas y vitales en general: ese escritor que es asimismo otro vanidoso y en algún momento se ha llegado a creer Miguel de Cervantes dando vida a su Quijote del siglo XXI, un tipo de la calle sin lanza pero con una p y lo que sigue que, eso sí, por mucha vanidad que tenga hace tiempo que ni se le levanta. Cosas de la edad.

Al menos nos queda la esperanza de algunas (siempre pocas) excepciones, como la de uno de los viejos amigos de Miguel, un tal Javier Muñoz, quien pese a no guardar prácticamente ningún parecido con el mono hace tiempo que no se mira en el espejo por miedo a enfrentarse con la realidad. “La última vez que me miré fue después de una de esas noches locas de fiesta y borrachera, y aunque en un primer momento me pareció ver a una estrella de rock al poco me di cuenta de que lo que reflejaba el espejo era el vacío más absoluto, es decir, la nada más demencial”.

Para acabar con su vanidad siguiendo el ejemplo de su amigo, Miguel tiene intenciones de colocar un espejo de grandes dimensiones sobre su cama matrimonial: está convencido de que en cuanto se vea haciendo el amor con una de sus ocasionales amantes no querrá volver a verse reflejado nunca más en el espejo de la vanidad y dejará de considerarse más que los demás. Lo malo es que a lo mejor se asusta demasiado al apreciar su deteriorada técnica sexual y empieza a comportarse como el Papa. Y pobre de la humanidad como a Miguel le falte eso que tanto nos gusta hacer a todos. Hasta a los monos.

Información sobre el columnista