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Cuenca, miércoles 1 de marzo de 2006

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Pitu (II)
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“El mundo es una mierda pero todo no está perdido mientras no tengamos problemas de erección”. Esta frase célebre pertenece al también célebre Pitu, el poeta frustrado del que ya hablamos hace bien poco, pero de quien merece la pena continuar hablando mientras sigamos sin resolver la terrible incógnita si sería mejor pegarnos un tiro o pegarnos dos.

“El problema”, le responde Miguel, “es que una cosa es ser capaz de tener una erección y otra poder culminar la faena. La última vez que llegué al final la chica con la que estaba empezó a aplaudirme. Pero de eso ya ha pasado demasiado tiempo”.

La sensación de impotencia se acrecienta sobre todo en las tardes del domingo, cuando si no fuera por su acostumbrada soledad tanto Pitu como Miguel hubieran sufrido tantos gatillazos como rayos de sol se cuelan por la ventana de la habitación en las mañanas de resaca con sudor que huele demasiado a soledad.

“Mejor sería tener un gatillazo que no tener con quién tenerlo”, admite Pitu, quien a sus cuarenta y pico años sigue sin encontrar la fórmula para entablar una conversación interesante con las mujeres. Miguel lo tiene algo más claro: “Antaño, cuando la dictadura y todo eso, era imprescindible leer libros de Sartre y todo eso para tener una conversación aceptable con las chicas y demostrarles que teníamos ciertas dotes culturales. Ahora deberíamos ver más la televisión”.

Así que Pitu y Miguel han quedado esta semana para presenciar juntos unos cuantos programas de ‘Gran Hermano’ y ponerse al día sobre la banalidad circense de la vida, que es lo que hay. Les costará al principio, pero con el tiempo lo irán asimilando y dejarán de ser los tipos “raros” que son hoy en día para convertirse en gente poco instruida y un
tanto chabacana, sí, pero con un lugar en el mundo.

Puede que reduciendo el nivel de sus conversaciones a la moda consigan dormir acompañados una noche sí y otra igual no, pero a la siguiente otra vez sí. El problema es que siempre lo harán con un cuerpo del que no querrán acordarse en cuanto se despierten con los primeros rayos crueles del alba pero que seguirá ahí, a su lado, como una condena de la que no sabemos cómo liberarnos (desde luego que hay que ser muy valiente para hacerlo con un beso) y que de vez en cuando nos producirá dentera al oírlo orinar al otro lado de la puerta del baño.

“Con experiencias como las que podemos llegar a vivir, cualquier día de estos hasta correremos hasta el riesgo de perder el poder de la erección”, le advierte Miguel a Pitu. Y es que a veces uno no sabe qué es lo peor, ni si no es mejor perder de vista el mundo que tener que aguantar a diario su dentera. "¡Que alguien tire ya de la cadena!", exclama Pitu, mientras se mete la manos en los bolsillos.

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