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“El mundo es una mierda pero todo no está perdido
mientras no tengamos problemas de erección”. Esta frase
célebre pertenece al también célebre Pitu,
el poeta frustrado del que ya hablamos hace bien poco, pero de quien
merece la pena continuar hablando mientras sigamos sin resolver
la terrible incógnita si sería mejor pegarnos un tiro
o pegarnos dos.
“El problema”, le responde Miguel, “es que una
cosa es ser capaz de tener una erección y otra poder culminar
la faena. La última vez que llegué al final la chica
con la que estaba empezó a aplaudirme. Pero de eso ya ha
pasado demasiado tiempo”.
La sensación de impotencia se acrecienta sobre todo en las
tardes del domingo, cuando si no fuera por su acostumbrada soledad
tanto Pitu como Miguel hubieran sufrido tantos gatillazos como rayos
de sol se cuelan por la ventana de la habitación en las mañanas
de resaca con sudor que huele demasiado a soledad.
“Mejor sería tener un gatillazo que no tener con quién
tenerlo”, admite Pitu, quien a sus cuarenta y pico años
sigue sin encontrar la fórmula para entablar una conversación
interesante con las mujeres. Miguel lo tiene algo más claro:
“Antaño, cuando la dictadura y todo eso, era imprescindible
leer libros de Sartre y todo eso para tener una
conversación aceptable con las chicas y demostrarles que
teníamos ciertas dotes culturales. Ahora deberíamos
ver más la televisión”.
Así que Pitu y Miguel han quedado esta semana para presenciar
juntos unos cuantos programas de ‘Gran Hermano’ y ponerse
al día sobre la banalidad circense de la vida, que es lo
que hay. Les costará al principio, pero con el tiempo lo
irán asimilando y dejarán de ser los tipos “raros”
que son hoy en día para convertirse en gente poco instruida
y un
tanto chabacana, sí, pero con un lugar en el mundo.
Puede que reduciendo el nivel de sus conversaciones a la moda consigan
dormir acompañados una noche sí y otra igual no, pero
a la siguiente otra vez sí. El problema es que siempre lo
harán con un cuerpo del que no querrán acordarse en
cuanto se despierten con los primeros rayos crueles del alba pero
que seguirá ahí, a su lado, como una condena de la
que no sabemos cómo liberarnos (desde luego que hay que ser
muy valiente para hacerlo con un beso) y que de vez en cuando nos
producirá dentera al oírlo orinar al otro lado de
la puerta del baño.
“Con experiencias como las que podemos llegar a vivir, cualquier
día de estos hasta correremos hasta el riesgo de perder el
poder de la erección”, le advierte Miguel a Pitu. Y
es que a veces uno no sabe qué es lo peor, ni si no es mejor
perder de vista el mundo que tener que aguantar a diario su dentera.
"¡Que alguien tire ya de la cadena!", exclama Pitu,
mientras se mete la manos en los bolsillos.
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