|
“¿Qué tal estás? ¿Como siempre?”.
Son dos preguntas que, unidas la una a la otra como siameses condenados
a llevar el mismo traje de domingo, últimamente le formulan
a Miguel muchas de esas personas con las que se cruza por la calle
pese a su deseo de caminar dando esquinazo incluso a las nubes en
cuesta del invierno. Suponemos que se trata de personas que no tienen
otra cosa que preguntar ni que decir, y que lo único que
esperan de nosotros es que les asintamos con la cabeza, como si
fuéramos más tontos de lo que ya somos.
“La pregunta de qué tal estás me honraría
que me la formulasen”, se dice Miguel, “pero con lo
de como siempre está claro que a esa gente no le interesa
ni tres pimientos qué tal me va: lo que quiere es confirmar
que todo sigue igual para mí, es decir, que mi vida es tan
monótona como la suya; que las farolas que atravieso por
la calle son siempre las mismas, y si se funden lo hacen a la misma
hora; que el triunfo sigue tan alejado de mi cabeza como la cima
del mundo; que mi alma es un coladero para las esperanzas; que la
estúpida canción de Julio Iglesias sigue sonando en
los 40 principales de la mediocridad pese al polvo que impregna
de vejez el tocadiscos”.
Pero no. Miguel considera que cada día es diferente y que
nosotros somos asimismo diferentes cada día. A su entender,
es cierto que la mayoría de la gente suele mantener una estructura
más o menos inalterable a lo largo de su vida, pero siempre
hay algo que cambia, aunque sólo sea un pelo que se vuelve
blanco por las nieves del tiempo o que se cae y se lleva el viento
de la mañana sin siquiera despedirse de nosotros.
“Pese a lo monótono que nos parece todo, lo cierto
es que estamos continuamente en movimiento, como la tierra, y que
en realidad las cosas nunca son iguales como siempre, sino diferentes
como nunca. Lo que pasa es que a veces no nos damos cuenta”,
les dijo el otro día Miguel a sus amigos en medio de una
fiesta, pero ninguno le entendió.
Y es que, y aquí hago un inciso, pese a lo mal que le caen
las rutinas, paradójicamente Miguel reconoce que los problemas
de comunicación que tiene con algunos de sus amigos (menos
con Pitu, claro) se están volviendo demasiado rutinarios.
Y así está más que harto de que casi todos
se rían de él en cuanto abre la boca, como si presagiaran
que por ella va a soltar la tontería más grande del
mundo. “Puede que sea así, pero adelantar acontecimientos
resta emoción a la vida”, se dice.
El otro día pensaba Miguel en estas cuestiones cuando se
cruzó con una chica de su infancia a la que no veía
desde hace por lo menos cuarenta años. Ella le preguntó,
para variar, que a ver qué tal, que si le iba como siempre.
Y nuestro amigo respondió que sí, que como siempre:
que, igual que hace cuarenta años, seguía viviendo
con sus padres, jugando al béisbol en el equipo de la Universidad,
quitando la lechuga a las hamburguesas de los fast-food y yendo
cada mes a la consulta del médico para tratar de solucionar
sus problemas de acné. Incluso le dijo que seguía
enamorado como un niño en la edad del pavo de la misma chica
que le cautivó hace cuarenta años y divirtiéndose
con las películas de piratas y las canciones de los ‘Hombres
G’.
La chica se quedó muy sorprendida, quizá porque esperaba
que nuestro amigo le dijera que le iba como siempre sin más,
pero no que le diera tantas explicaciones ni tan evidentes muestras
de que nada había cambiado, de que, aunque de un modo irónico,
todo iba efectivamente como siempre.
“El problema es que a la gente le gusta preguntar, pero no
que les respondan con más allá de un sí. Además
de para evitar la envidia que les supondría que hubiéramos
progresado más que ellos, si quieren que sigamos como siempre
es para no tener que escuchar lo que nos ha pasado desde la última
vez que nos vieron.” Esto es lo que el otro día se
dijo nuestro amigo frente al espejo mientras se peinaba antes de
ir a la cama, por si soñaba con alguna chica guapa. Y es
que harto de la vida en sociedad, Miguel va a empezar a salir por
los bares cuando está en la cama para intentar ligar tan
sólo en sueños. Eso sí: tratará de ligar
con ellas como nunca, es decir, comprándoles flores, acariciándoles
la mano y susurrándoles poemas de amor al oído. Al
fin y al cabo hay que cambiar un poco en esta vida, y en los sueños
no pasa nada malo porque uno sea un poco cursi. Otra cosa es la
realidad, que siempre nos maltrata pero que, pese a lo que se creen
algunos, al menos tiene la buena idea de hacerlo de un modo distinto
cada vez: a veces nos azota con un látigo, otra con una regla,
otras con una escoba, otras con una brazo ortopédico y las
más con su insoportable indiferencia. Perra vida.
|