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Cuenca, miércoles 15 de marzo de 2006

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Yolanda
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Miguel no ha visto nunca a Yolanda (todavía), pero sus labios le hablan de ella desde la fotografía de un móvil donde su mirada, salvaje, parece llamar a su novio a cada segundo. Él siempre tiene el teléfono encendido y con cobertura para poder comunicar con esa imagen que vibra periódicamente, no sabemos si gracias al milagro de la telefonía o al del amor.

El novio de Yolanda es un tal José Luis, amigo de Miguel y de nadie más, y que por eso mismo es amigo de Miguel a pesar de que a veces se lleven a matar, como el toro y el torero, aunque ninguno de los dos tenga la fuerza del primero ni el arte del segundo y las únicas banderillas que conozcan son las que sirven en los bares o en las bodas de sus enemigos.

Yolanda tiene los pies de gato sin botas pero con tacones que llegan a la luna. A veces fuma porros pero sólo lo hace en sueños, que no hace daño. Hay ocasiones en las que se levanta un poco mareada, sí, pero feliz.

Sus ojos son dragones que arrojan fuego y queman pero no chamuscan (o sí, pero qué importa), y su perfume es el olor de las flores que ella misma riega con la saliva que le roba a José Luis.

Cuando se mete en el baño a orinar, el agua, que le sale del alma, es amarilla pero fina, como su silueta la noche de los sábados. Y el ruido que sorprende a su novio al otro lado de las paredes remite al canto del pájaro cantor que, según comenta Miguel, endulzará sus cuerdas el día en que Yolanda le quiera a él en vez de a José Luis.

El tal José Luis se acuesta cada noche con Yolanda para compartir el sudor de sus pesadillas, que desde que ella está son como oasis de luz en medio del desierto que hay afuera de la cama. No obstante a veces le duele la distancia que separa sus cabezas en la almohada, y entonces en sueños maúlla como un gato al que le falta la leche que cuando era más joven buscaba por portales donde se juntaban a dormir los drogadictos.

Y aunque siempre habla bien sobre ella, allá donde esté, jamás se ha atrevido a escribirle ni un verso de un poema a pesar de su costumbre de escribir sobre todo aquello que se le viene a la cabeza. “Yolanda es la única excepción. Jamás trataría de escribir algo sobre ella porque siempre sería poco”, comenta, mientras vuelve a mostrar a Miguel la fotografía de Yolanda que lleva guardada en el móvil, sin tener ni idea de los pensamientos que pasan por la cabeza de nuestro amigo, que aunque no tenga valor ni cuernos para entrar a matar cualquier día de estos se dejará cegar por la pasión de la primera mujer del mundo a la que ha empezado a echar de menos sin ni siquiera conocer. José Luis es su amigo, es cierto, pero Yolanda es Yolanda. De momento, Miguel empezará por robarle el móvil a su amigo cualquier día de estos.

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