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Miguel no ha visto nunca a Yolanda (todavía), pero sus
labios le hablan de ella desde la fotografía de un móvil
donde su mirada, salvaje, parece llamar a su novio a cada segundo.
Él siempre tiene el teléfono encendido y con cobertura
para poder comunicar con esa imagen que vibra periódicamente,
no sabemos si gracias al milagro de la telefonía o al del
amor.
El novio de Yolanda es un tal José Luis, amigo de Miguel
y de nadie más, y que por eso mismo es amigo de Miguel a
pesar de que a veces se lleven a matar, como el toro y el torero,
aunque ninguno de los dos tenga la fuerza del primero ni el arte
del segundo y las únicas banderillas que conozcan son las
que sirven en los bares o en las bodas de sus enemigos.
Yolanda tiene los pies de gato sin botas pero con tacones que llegan
a la luna. A veces fuma porros pero sólo lo hace en sueños,
que no hace daño. Hay ocasiones en las que se levanta un
poco mareada, sí, pero feliz.
Sus ojos son dragones que arrojan fuego y queman pero no chamuscan
(o sí, pero qué importa), y su perfume es el olor
de las flores que ella misma riega con la saliva que le roba a José
Luis.
Cuando se mete en el baño a orinar, el agua, que le sale
del alma, es amarilla pero fina, como su silueta la noche de los
sábados. Y el ruido que sorprende a su novio al otro lado
de las paredes remite al canto del pájaro cantor que, según
comenta Miguel, endulzará sus cuerdas el día en que
Yolanda le quiera a él en vez de a José Luis.
El tal José Luis se acuesta cada noche con Yolanda para compartir
el sudor de sus pesadillas, que desde que ella está son como
oasis de luz en medio del desierto que hay afuera de la cama. No
obstante a veces le duele la distancia que separa sus cabezas en
la almohada, y entonces en sueños maúlla como un gato
al que le falta la leche que cuando era más joven buscaba
por portales donde se juntaban a dormir los drogadictos.
Y aunque siempre habla bien sobre ella, allá donde esté,
jamás se ha atrevido a escribirle ni un verso de un poema
a pesar de su costumbre de escribir sobre todo aquello que se le
viene a la cabeza. “Yolanda es la única excepción.
Jamás trataría de escribir algo sobre ella porque
siempre sería poco”, comenta, mientras vuelve a mostrar
a Miguel la fotografía de Yolanda que lleva guardada en el
móvil, sin tener ni idea de los pensamientos que pasan por
la cabeza de nuestro amigo, que aunque no tenga valor ni cuernos
para entrar a matar cualquier día de estos se dejará
cegar por la pasión de la primera mujer del mundo a la que
ha empezado a echar de menos sin ni siquiera conocer. José
Luis es su amigo, es cierto, pero Yolanda es Yolanda. De momento,
Miguel empezará por robarle el móvil a su amigo cualquier
día de estos.
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