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Cuenca, miércoles 22 de marzo de 2006

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La madre
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Desde que vio ‘Volver’, Miguel no hace más que acordarse de las tetas y el culo de su madre, que en paz descanse ahora, pero que terribles guerras tuvo que combatir mientras vivía, cuando un día sí y otro también cargaba con el peso de un hogar, de una familia, de varias vidas humanas aparte de la suya propia, a la que por su tremenda generosidad siempre era a la que daba penos importancia, aunque de ella dependieran tanto todas las demás.

Probablemente no fuera tan guapa como Penélope, pero su corazón estaba por encima de cualquier belleza y por eso mismo no sólo era la mejor mujer entre todas las mujeres, sino también el mejor ser entre todos los seres reales e irreales, aunque lo suyo era real y se notaba.

Nunca cotizó a la Seguridad Social pero era quien ponía puntualmente los platos en la mesa de su casa, quien servía y santiguaba la comida, quien recogía los platos vaciados, barría y limpiaba cuanto fuera necesario. Y la que nunca tenía derecho a elegir el canal de la televisión que después se veía en el sofá, en una tele todavía en blanco y negro, del mismo color en el que se quedaron tantos sueños por culpa de los ronquidos del destino.

La madre de Miguel era también quien le preparaba a él y a sus hermanos los bocadillos de tortilla de las excursiones, quien les llevaba la cantimplora de agua para que bebieran a la puerta del colegio, quien les hacía rosquillas sin anís, para que no se emborracharan, quien les enseñó a reírse con Cantinflas (nunca de), quien les ponía su mano blanca sobre una frente que por mucha fiebre que tuviera nunca daría tanto calor como las tetas y el culo de la madre que les parió… y cuidó.

Su madre era la que limpiaba la mierda que los hombres ‘adultos’ generaban mientras se tomaban sus cervezas frías mirando el partido de fútbol que nunca ganaría una mujer. La que pese a la tristeza acumulada por tantos años de trabajo ni remunerados ni reconocidos nunca se quejaba y disimulaba a la vida cantando coplas antiguas con las que Miguel creció y aprendió que el mejor himno nunca es un himno nacional ni una canción de guerra, sino esa otra canción que habla del pueblo desde el pueblo y para el pueblo: de los pucheros de barro hirviendo en las casas modestas de barrios no menos modestos, de las amas de casa que ya entrada la noche salen con sus sillas a la puerta de sus casas a tomar el fresco y charlar con las vecinas para compartir sus rutinas, sacar a tender sus agujetas y reírse un poco de sí mismas, que siempre viene bien aunque a la mayoría de estas mujeres les falten los motivos para reírse de algo.

La madre de Miguel, llamémosle Manuela, porque de alguna forma hay que llamarla, era la que cogía el teléfono cuando a su querido hijo le llamaban a casa las primeras chicas de su adolescencia, a las que siempre pedía que lo trataran bien aun cuando todo estuviera a punto de acabar, que bastante dura era ya la vida por sí sola como para que encima tuviera que hacerla más dura el adiós de una mujer.

Fue ella quien le pagó los estudios y le consiguió un enchufe para su primer trabajo, quien le limpió la primera vomitona con la que ensució sus sábanas que después siguió mojando su terca adolescencia, quien le puso la corbata para que fuera de traje a su primer guateque, quien le animó a tomar la difícil elección de hacer lo que le saliera de los cojones en la vida, “porque no es suficiente con tener cojones, también hay que demostrar que uno los tiene”, le decía.

Fue su madre quien asimismo le animó a marcharse de casa cuando ya estaba lo suficientemente hecho como para poder dar ese paso al frente. “Ha llegado la hora de que tomes tu camino, no lo digo por mí, que te echaré de menos, sino por tu propio bien”, le dijo, poco antes de despedirse y entregarle unos taper con comida hecha para que no pasara hambre los primeros días. Los siguientes ya sería inevitable, pero así es la vida.

Miguel, que al contrario que casi todos los varones se considera más feminista que machista (aunque en realidad tampoco es ni una cosa ni la otra, y se conforma con seguir siendo Miguel), sólo tiene palabras de elogio para las hembras.“Cada mujer se merece un monumento a la puerta de su casa, y hasta a la puerta de las amantes de su marido, adonde si estos últimos acuden limpios y elegantes es gracias a lo bien que les lava y plancha la ropa su mujer”, se dice. Y es que aunque como Enrique Santos Discépolo cree que el mundo fue y será una porquería, se consuela con pensar que al menos siempre quedará una nueva mujer por conocer, lo cual ya es mucho.

Como el destino es el destino llegó el día en que a nuestro Miguel le tocó ir de entierro y despedirse para siempre del cuerpo de su madre. Sabía que los gusanos no tardarían en comerse esas tetas y ese culo que tanta vida sostuvieron mientras se resistían a desaparecer. “Cómo se van a poner los muy cabrones”, pensó con envidia en el momento en que el enterrador arrojó la primera pala de piedra sobre el ataúd. Y ahora que de su madre sólo deben quedar los huesos acostumbra a acercarse al cementerio con un trapo húmedo para limpiar el polvo de la tumba (el otro es ya imposible), consciente de que la vida hay que vivirla no sólo con los vivos, sino también con aquellos seres que estuvieron con nosotros y cuya huella puede ser todavía mucho más fuerte que la de tanto seres vivos. “¡Aprovecha la vida ahora que todavía puedes!”, siente Miguel que le dice su difunta madre desde la tumba. Y es que incluso después de muerta parece no desear otra cosa que lo mejor para su hijo, aunque ahora sea su fantasma el que tenga que acudir a arroparle de las noches de frío y viento y de las chicas que al final le hicieron más daño que el amor que le prometieron ofrecer y se quedó en promesa, como tantas cosas. Pero, en fin, al menos el fantasma de la madre de Miguel carece de cadenas y si sigue cuidando de los suyos es porque quiere, o sería lo mismo decir que porque les quiere.

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