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Desde que vio ‘Volver’, Miguel no hace más
que acordarse de las tetas y el culo de su madre, que en paz descanse
ahora, pero que terribles guerras tuvo que combatir mientras vivía,
cuando un día sí y otro también cargaba con
el peso de un hogar, de una familia, de varias vidas humanas aparte
de la suya propia, a la que por su tremenda generosidad siempre
era a la que daba penos importancia, aunque de ella dependieran
tanto todas las demás.
Probablemente no fuera tan guapa como Penélope,
pero su corazón estaba por encima de cualquier belleza y
por eso mismo no sólo era la mejor mujer entre todas las
mujeres, sino también el mejor ser entre todos los seres
reales e irreales, aunque lo suyo era real y se notaba.
Nunca cotizó a la Seguridad Social pero era quien ponía
puntualmente los platos en la mesa de su casa, quien servía
y santiguaba la comida, quien recogía los platos vaciados,
barría y limpiaba cuanto fuera necesario. Y la que nunca
tenía derecho a elegir el canal de la televisión que
después se veía en el sofá, en una tele todavía
en blanco y negro, del mismo color en el que se quedaron tantos
sueños por culpa de los ronquidos del destino.
La madre de Miguel era también quien le preparaba a él
y a sus hermanos los bocadillos de tortilla de las excursiones,
quien les llevaba la cantimplora de agua para que bebieran a la
puerta del colegio, quien les hacía rosquillas sin anís,
para que no se emborracharan, quien les enseñó a reírse
con Cantinflas (nunca de), quien les ponía
su mano blanca sobre una frente que por mucha fiebre que tuviera
nunca daría tanto calor como las tetas y el culo de la madre
que les parió… y cuidó.
Su madre era la que limpiaba la mierda que los hombres ‘adultos’
generaban mientras se tomaban sus cervezas frías mirando
el partido de fútbol que nunca ganaría una mujer.
La que pese a la tristeza acumulada por tantos años de trabajo
ni remunerados ni reconocidos nunca se quejaba y disimulaba a la
vida cantando coplas antiguas con las que Miguel creció y
aprendió que el mejor himno nunca es un himno nacional ni
una canción de guerra, sino esa otra canción que habla
del pueblo desde el pueblo y para el pueblo: de los pucheros de
barro hirviendo en las casas modestas de barrios no menos modestos,
de las amas de casa que ya entrada la noche salen con sus sillas
a la puerta de sus casas a tomar el fresco y charlar con las vecinas
para compartir sus rutinas, sacar a tender sus agujetas y reírse
un poco de sí mismas, que siempre viene bien aunque a la
mayoría de estas mujeres les falten los motivos para reírse
de algo.
La madre de Miguel, llamémosle Manuela, porque de alguna
forma hay que llamarla, era la que cogía el teléfono
cuando a su querido hijo le llamaban a casa las primeras chicas
de su adolescencia, a las que siempre pedía que lo trataran
bien aun cuando todo estuviera a punto de acabar, que bastante dura
era ya la vida por sí sola como para que encima tuviera que
hacerla más dura el adiós de una mujer.
Fue ella quien le pagó los estudios y le consiguió
un enchufe para su primer trabajo, quien le limpió la primera
vomitona con la que ensució sus sábanas que después
siguió mojando su terca adolescencia, quien le puso la corbata
para que fuera de traje a su primer guateque, quien le animó
a tomar la difícil elección de hacer lo que le saliera
de los cojones en la vida, “porque no es suficiente con tener
cojones, también hay que demostrar que uno los tiene”,
le decía.
Fue su madre quien asimismo le animó a marcharse de casa
cuando ya estaba lo suficientemente hecho como para poder dar ese
paso al frente. “Ha llegado la hora de que tomes tu camino,
no lo digo por mí, que te echaré de menos, sino por
tu propio bien”, le dijo, poco antes de despedirse y entregarle
unos taper con comida hecha para que no pasara hambre los primeros
días. Los siguientes ya sería inevitable, pero así
es la vida.
Miguel, que al contrario que casi todos los varones se considera
más feminista que machista (aunque en realidad tampoco es
ni una cosa ni la otra, y se conforma con seguir siendo Miguel),
sólo tiene palabras de elogio para las hembras.“Cada
mujer se merece un monumento a la puerta de su casa, y hasta a la
puerta de las amantes de su marido, adonde si estos últimos
acuden limpios y elegantes es gracias a lo bien que les lava y plancha
la ropa su mujer”, se dice. Y es que aunque como Enrique Santos
Discépolo cree que el mundo fue y será una porquería,
se consuela con pensar que al menos siempre quedará una nueva
mujer por conocer, lo cual ya es mucho.
Como el destino es el destino llegó el día en que
a nuestro Miguel le tocó ir de entierro y despedirse para
siempre del cuerpo de su madre. Sabía que los gusanos no
tardarían en comerse esas tetas y ese culo que tanta vida
sostuvieron mientras se resistían a desaparecer. “Cómo
se van a poner los muy cabrones”, pensó con envidia
en el momento en que el enterrador arrojó la primera pala
de piedra sobre el ataúd. Y ahora que de su madre sólo
deben quedar los huesos acostumbra a acercarse al cementerio con
un trapo húmedo para limpiar el polvo de la tumba (el otro
es ya imposible), consciente de que la vida hay que vivirla no sólo
con los vivos, sino también con aquellos seres que estuvieron
con nosotros y cuya huella puede ser todavía mucho más
fuerte que la de tanto seres vivos. “¡Aprovecha la vida
ahora que todavía puedes!”, siente Miguel que le dice
su difunta madre desde la tumba. Y es que incluso después
de muerta parece no desear otra cosa que lo mejor para su hijo,
aunque ahora sea su fantasma el que tenga que acudir a arroparle
de las noches de frío y viento y de las chicas que al final
le hicieron más daño que el amor que le prometieron
ofrecer y se quedó en promesa, como tantas cosas. Pero, en
fin, al menos el fantasma de la madre de Miguel carece de cadenas
y si sigue cuidando de los suyos es porque quiere, o sería
lo mismo decir que porque les quiere.
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