joliva@sincolumna.com
Cuenca, miércoles 19 de abril de 2006

:: Inicio >> Gorka Díez >> Columna

Una vida sin televisor
Opina en el foro
Portada sincolumna.com

Miguel se ha pasado la última Semana Santa en el bar de debajo de su casa, bebiendo algo de alcohol pero sobre todo charlando con los amigos que, como él, se pasan las horas muertas haciendo una de las pocas cosas que saben hacer en esta vida los que no saben hacer prácticamente nada, que es beber y charlar, charlar y beber, dos acciones que se complementan de forma que cuando más bebe uno, más conversa y viceversa. Claro que al final de la noche a uno le cuesta mucho menos beber pero más hacerse entender. Es lo que tiene.

El camarero del bar, un tal Pepe, acostumbra a tener la tele encendida durante la práctica totalidad del día: noticiarios, fútbol, programas del corazón y otras tonterías del estilo. Pero ocurrió que antes de la Semana Santa el aparato se estropeó y Perico no encontró la forma de arreglarlo: todos los reparadores de televisores se habían ido de vacaciones a Benidorm. La ausencia de ese aparato tan imprescindible en bares y hogares, y hasta en las estaciones de metro, sorprendió en un primer momento a los clientes, pero pasadas unas horas todos llegaron a agradecerlo.

“La verdad es que se está mejor sin tele. Así no nos enteramos de lo que pasa. Para saber que el Real Madrid ha vuelto a perder dos puntos de oro o que la cuesta de enero se prolonga durante todo el año o que el número de muertos en carretera sigue aumentando...”, comentan unos y otros.

Al igual que sus compañeros de barra, cerveza, tapa y charla bravucona, Miguel también cree que es mejor no saber qué es lo que pasa más allá de esas cuatro paredes en las que pierde el tiempo que le gusta aprovechar. “¿Para qué saber?”, se dice, aunque del mismo modo lamenta que “quienes menos tratamos de saber al final somos quienes más acabamos sabiendo. La manipulación no nos nubla el sentido común ni nos cierra los ojos a la vida”.

Lo malo es que al bar de Pepe no acuden muchas mujeres que se diga, por no decir ninguna, y una cosa es la ausencia de una televisión y otra la falta de vistas a un escote de mujer. Al menos le queda a Miguel el recurso de fijarse en las piernas de la hija de Pepe, Pepa, que todos los días está en el bar ayudando a su padre. “Como trabaja en el local uno tiene además la garantía de que siempre va a estar ahí, a la vista, hasta que cierre el bar”, comenta Miguel a sus compañeros.

El último día de la Semana Santa nuestro amigo reunió el valor suficiente para proponerle a Pepa una cena para dos en un restaurante cercano. “Es barato pero se come bien”, le dijo. Pero la ayudante de camarera le respondió que sólo libraba los domingos y que los domingos le gustaba ir a dar una vuelta con su perro.

El caso es que todavía no han quedado, pero Miguel sigue frecuentando el bar, pasada ya la Semana Santa, con la esperanza de que Pepa acepte un día de estos su invitación. Y mientras espera y espera, se dedica a seguir charlando, bebiendo y tomando tapas con unos amigos con los que la verdad es que ya no sabe muy bien ni de que hablar. “Al final va a resultar que la televisión no era tan mala, que al menos servía para llenar el vacío de nuestras vidas”, reconoce ahora, mientras ojea por encima la revista de la programación de la tele que aún guarda Pepe en el bar, con una nostalgia que le aterroriza.

Información sobre el columnista